Analógica

Arquitectura sin origen ni final

Ilustración: Sofía Fernández Carrera.

Hasta dónde un cuerpo es cuerpo

Cuando trabajaba en un hospital, en las largas guardias, si no había urgencias solíamos jugar a elaborar experimentos mentales. Uno de ellos consistía en pensar hasta qué punto un cuerpo humano puede ir perdiendo miembros y órganos y, aun así, seguir siendo llamado «cuerpo humano». Comenzábamos por lo obvio, manos, piernas y brazos, y continuábamos con cuanto se pueda imaginar. Llegábamos siempre a la misma conclusión: resulta absurdo preguntarse por ese grado cero del cuerpo humano. En efecto, la inquietud derivada de la búsqueda de un Origen genera este tipo de indagaciones, carentes de sentido. Tampoco tiene sentido preguntarse cuál fue el rostro de tu primer antepasado; hay un experimento que lo demuestra: pon sobre la mesa una fotografía de tu padre o de tu madre, y sobre ella la de tu abuela, y sobre esa la de tu bisabuela. Procede así con las fotografías de todos los familiares que te precedieron —en algún momento rebasarás la línea en la que se data la invención de la fotografía, pero eso ahora da lo mismo—. Cuando llegues a la foto última del último rostro, este será el de algo muy parecido al de un pez. Esa y no otra es la cara de tu antepasado más lejano. Lo extraño del asunto es que el individuo de cada una de esas fotografías es de la misma especie que su predecesor y, sin embargo, esa regresión nos lleva a especies radicalmente diferentes. Así es, no existe el rostro de tu primer antepasado, de igual manera que no existe el cuerpo con una cantidad de órganos mínima por la cual pueda denominarse a un humano como tal. La búsqueda de una esencia, de un lugar prístino y de una original procedencia biológica o social, conduce a tales aporías. Es común que, en momentos históricos de crisis económicas generalizadas, la vergüenza de algunas personas por venir de un extracto de clase alta y poseer más bienes que la media estadística las lleve a hacer ostentación de un inventado pasado humilde, a través de antiguos detalles promocionados al presente como verdaderas situaciones de congénita precariedad; o viceversa: en tiempos históricamente pujantes y súbita opulencia alguna gente, por miedo a parecer nuevos ricos, tiende a crear sobredimensionados relatos de un pasado de riqueza que la justifiquen hoy. Lo que esas inocentes pulsiones denotan es algo mucho más arraigado: una carencia, algo que nos falta, traducida en miedo a no venir de ningún lado perfectamente anclado y determinado; buscarlo, inventarlo. Y lo cierto es que así es, no venimos de ninguna parte ni sabemos a dónde vamos, todos los cuerpos y vidas que nos han precedido no son otra cosa que un ejército de aceleraciones sin forma definida, una legión de cuerpos fantasma que a cada instante llaman a nuestras puertas al mismo tiempo que de pleno derecho están dentro de nosotros, son nosotros.

La forma final no es la forma real

¿Qué tiene que ver esto con la arquitectura? Si hablamos de un edificio en construcción encontramos múltiples «aceleraciones» que en su proceso constructivo los materiales han experimentado, los cuales han cambiado de lugar, temperatura y forma al ser transportados y luego mezclados o ensamblados, expresiones materializadas de las complejas aceleraciones producidas en los procesos dinámicos. Toda transformación compleja es evolutiva, es evolución. El ejemplo obvio es un organismo vivo, pero pongamos otro menos evidente, por ejemplo la construcción de una catedral. Tenemos la catedral final, el edificio finalizado, construcción que ya viaja por la Historia mundo a velocidad constante, pues en su conjunto no sufre modificaciones significativas, pero tenemos también lo que aquí nos interesa, su proceso constructivo previo, la acción humana que llevó las cosas a ese resultado final llamado catedral, proceso que resume todo lo que ya no podemos ver pero que estuvo ahí y, por lo tanto, de algún modo aún está ahí en tanto vemos sus consecuencias. Pensemos en los materiales usados en la edificación, de dónde vinieron, qué masas de territorios fueron desplazadas, cómo fueron transportadas las piedras, la arena, sus rutas de circulación hasta llegar al emplazamiento, y el polvo que su transporte levantó en esas rutas, pensemos en su utilización en la construcción, por qué fueron unidas así y no de otro modo, pensemos en los andamios que fueron necesarios, estructuras que literalmente empaquetaron lo que hoy es la catedral final, pensemos en los miles de metros de cuerdas y en la cantidad de poleas, pensemos en la fuerza física de los trabajadores, fuerza que realmente existió y que generó sudor, frío, calor, emociones, salarios, comidas y heces. Pensemos también en las leyes civiles a las que la construcción tuvo que someterse y en las leyes que probablemente tuvieron que ser modificadas o creadas expresamente para que todo eso ocurriera. Bien, llamamos aceleración a todo eso, a la compresión de todo eso, a la suma evolutiva de todos esos estados intermedios —que incluye, por supuesto, la catedral final—. Llamamos aceleración a una forma total, ya parcialmente oculta, que tiene su visibilidad real en un objeto al que llamamos catedral, composición de hechos pasados cuyas confrontaciones y reuniones propiciaron la existencia de una cosa visible y perfectamente identificable hoy como edificio. Una suerte de aceleración «multidimensional», una «aceleración sólida» en el sentido de voluminosa. Cada edificio es la evolución de una Historia particular de los objetos y de los conceptos que este ha involucrado. En símil: la parte visible del iceberg es la catedral finalizada, la parte invisible del iceberg es la «aceleración sólida» asociada al proceso que ha permitido que la parte emergida se haga visible a nuestros ojos. Similar a la diferencia entre ver el instante de la vida de una persona y ver la historia hasta la fecha de una persona —incluidos sus antepasados—. Un efecto acumulativo de los materiales en el tiempo, un histograma acumulativo, «historia de la materialidad» que ha propiciado algo estable. No existe entonces —como tampoco ocurría con los cuerpos— el Origen dado y definido de una edificación, el antepasado de todo edificio también es una suerte de pez.

El muro, lo poroso

Esto nos lleva a pensar en la porosidad que hay en las barreras, percatarnos de que las fronteras, murallas y fosos permiten el paso de algunos elementos y de otros no. Toda barrera, si realmente es barrera, es una estructura porosa. Cada noche los habitantes de un mismo hemisferio terrestre vemos al mismo tiempo una misma cosa, la Luna —la Luna como ancestral emisión televisiva prime time—, y si podemos hacerlo es porque el muro que en sí es la oscuridad nocturna se muestra totalmente opaco a muchas materias menos a una para la cual es poroso, la luz que ese satélite refleja. Tampoco las paredes de los edificios permiten el paso de la visión, ni del olor ni del tacto, sin embargo en mi calle cada mañana mis vecinos y yo nos despertamos con el canto de una colección de pájaros urbanos —bastante molestos, por cierto—, compartimos esa experiencia permitida por la porosidad de las paredes de las viviendas, experiencia común que desconoce los límites estructurales de la arquitectura vecinal; compartimos una radiofonía espontánea en virtud de la porosidad de cada una de nuestras viviendas. Vivir amurallado y no obstante compartir una misma experiencia con los que están más allá de las murallas: la porosidad del muro, característica inherente a todo muro; el muro siempre es muro respecto a algo y no lo es respecto a otro algo. El aislamiento total es un mito, se trata de una construcción cultural, como también lo eran, por ejemplo, el silencio total —que no existe en el Universo— o el vacío total. La ciencia sabe ya que el vacío no es la nada, el vacío no existe; incluso en su «unidad mínima más vacía», el vacío está lleno de una entidad física llamada Campo de Higgs. Al contrario que los pájaros, las serpientes o los dinosaurios, que nacen del huevo —de esa muralla ovoide e impenetrable a todo menos al calor de la hembra gestante—, los mamíferos vemos la luz tras estar unos meses en una muralla de carne y agua, la placenta, probablemente el muro más poroso que existe en el que no ha intervenido el humano. Pero no perdamos de vista que la barrera más alta y perfecta que los humanos hemos creado es el lenguaje, porque simultáneamente es la más imperfecta, la más porosa, y por ello la más creativa: mediante la metáfora vemos en todo momento qué hay al otro lado de ese muro, en virtud de sus poros vamos un poco por delante de la pobre exactitud que emanaría de un lenguaje exacto. También los instrumentos musicales son arquitectura y edificio, muros y barreras que nos permiten llegar al otro lado de su materialidad objetual, territorio en el que aparece algo a lo que llamamos música. Pensar la música como el acto de traspasar un muro, hallar la secreta porosidad de esa vivienda —en principio opaca— que todo instrumento es. En efecto, nada tiene un origen determinado del mismo modo que nada tiene un final para siempre. Esto debería tenerlo presente la arquitectura.

 


Agustín Fernández Mallo es físico y escritor, autor de los ensayos Wittgenstein, arquitecto (2020) y Postpoesía, hacia un nuevo paradigma (2009), entre otros muchos libros.

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