Ficción Crónicas en órbita

París no es una fiesta y tampoco se acaba nunca

Una excusa para desmontar ese mito clásico en virtud del cual se viaja leyendo. Patrañas. Al mundo se lo conoce viajando. Pero lo más importante de este relato es ver a un papá, esa voz narrativa, enredado con las dos hijas, sin saber cómo comportarse con ellas luego de un periodo largo de distancia, que no es lo mismo que ausencia.

Un lugar común y rastrillado dice que se lee literatura para viajar y conocer el mundo. Y la persona que repite esa mentira es un pobre pendejo llevado por el diablo. Es decir, yo. Hace años, leyendo Trópico de cáncer de Henry Miller, sentí que conocía París, el Sena, la Rue Saint-Denis y la plazoleta de La Bastilla. Creía ver la Rue Saint-Denis o el Faubourg du Temple. Pero cuando por fin pude caminar por la Ciudad de la Luz me di cuenta de lo ingenuo y pendejo que había sido. Fue un fin de semana en París con Abril y MariaIsabel, con 18 y 17 años. Lo comento porque viajar con hijas de esas edades nunca será una trivialidad, y menos cuando las circunstancias de la vida habían hecho que estuviéramos distanciados tanto tiempo.

Recuerdo que, detenido en el puente de la Tournelle y embelesado mirando bajar el Sena y las ruinas consumidas por el fuego de la catedral de Notre Dame, saqué mi libretica de poeta reprimido y escribí lo siguiente: «El mundo se conoce viajando y no leyendo. El mundo se conoce mirando con ojo propio, se conoce a París tocando con mano propia este puente de piedra, llenando los pulmones con aire francés y escuchando este río inmenso que lleva un rumor entre el desasosiego y el resplandor».

***

Las niñas se fueron a vivir con su mamá a Vitoria-Gasteiz, en el País Vasco, con mi consentimiento. En ese entonces tuve que decidir entre tenerlas cerca o intentar mejorar sus oportunidades de vida. Y la decisión fue pagar el precio de su distancia. Cuando pasaban por los cinco y seis años salíamos a acampar en la represa de Guatapé —por entonces ya estaba divorciado—, y los tres prendíamos fogatas, jugábamos a los indios y vaqueros y a la mañana siguiente, luego de bañarnos, rezábamos al sol, tiritando de frío, con oraciones que yo les iba inventando. Los domingos organizábamos obras de títeres en mi casa, mecateábamos todo el día desobedeciendo las instrucciones de la mamá, jugábamos en los prados del jardín botánico y las devolvía a su casa con la ropa mugrosa. Separarse de los hijos es como reinventar un mundo y perder una parte del corazón en el intento.

Henry Miller tuvo una hija con Beatrice Sylvas en Estados Unidos y al poco tiempo viajó a París y se le perdió del mapa a su hija. El hombre huyó de la paternidad para dedicarse a escribir. Parece que el ejercicio de la escritura es uno de los más tenaces antagonistas de la paternidad. O se escribe bien o se es un buen papá. Mirando a Notre Dame recordé un pasaje de Trópico: «Sigo vagando por ahí. Ya es media tarde. Me suenan las tripas. Ahora está empezando a llover. Notre Dame se alza como una tumba sobre el agua. Las gárgolas sobresalen mucho sobre la fachada de encaje. Cuelgan ahí como una idée fixe en la mente de un monomaniaco».

Marta, una amiga doctorada en administración de empresas y soltera eterna, alguna vez me dijo de manera irónica: «Yo también quiero casarme, tener hijos, trabajar, mercar, ver televisión colombiana, no tener tiempo para mí y dejar de leer».

El amor por los papás, por los hermanos, por la pareja, por los amigos es un gran amor, pero el amor por los hijos es, creo, el más intenso, el más grande. Y por eso entiendo perfectamente a quienes buscan tener hijos, a quienes buscan vivir la experiencia de ese amor. Jorge Alonso, amigo poeta y experto cazador de oportunidades, y padre entregado de su hijo, me comentó que «los hijos son el opio del pueblo, por lo que me encanta vivir drogado».

***

En octubre, luego de un viaje de trabajo a Barcelona, y estando ya tan cerca, pagué un boleto de tren para visitar a mis hijas en Vitoria-Gasteiz. Todos hemos leído una novela en la que el protagonista viaja en tren. Leer es transitar a otros mundos. Caspa. Mentiras. Patrañas. Viajar en tren siempre será una aventura melosa y cursi, una oportunidad para mirar por la ventana, escuchar música y sentir que somos protagonistas de una película. En mi caso, de una película sobre la paternidad, de una película romantizada sobre la paternidad. Viajando en tren saqué mi libreta Moleskine y recordé: «Un diciembre, luego de encontrar el regalo de navidad, sin saber leer, pero con gran sentido de la observación, MariaIsabel me dijo que el niño Jesús tenía mi letra. Yo no sabía que ella la conocía. En mi sensiblería firmaba tarjetas en sus regalos pensando que, así chiquitas, no se fijarían en eso, más concentradas en los regalos que en las tarjetas. Yo las firmaba porque en esa época guardaba fotos, juguetes, dibujos y hasta el primer cepillo de dientes en un baúl de los recuerdos. Luego fueron dientes, cuadernos del colegio y tarjetas que me dedicaban».

El plan consistía en pasar un par de noches en Vitoria, conocer el entorno de mis hijas, su colegio, sus amigos, algo de su vida cotidiana y viajar juntos el fin de semana. Una de las desdichas con las hijas consiste en que de pequeña las conoces a fondo, luego crecen y no sabes ni lo que piensan ni lo que sienten. Aún no se me olvida el día en que Abril, con once años, me preguntó qué era «bluyiniar«. Le contesté intentando parecer relajado, comentando besos, caricias y frote de jeans. Y ella quedó muy tranquila. Y yo muy intranquilo.

Por esa época me partieron el corazón cuando ya no quisieron que las llevara en caballito en los hombros porque se veían muy niñas y ellas ya «estaban grandes», dijeron. También por esos mismos días me preguntaron qué significaba la palabra «estilo» y entonces les puse una canción de Frank Sinatra. Todo para que terminaran escuchando reguetón.

***

El fin de semana comenzó cuando tomamos un bus desde Vitoria-Gasteiz hasta Bilbao, y de allí un avión hasta el gigantesco Aeropuerto Charles de Gaulle, a 35 kilómetros de París. Fue la oportunidad para volver a ser papá. Luego de bajar del avión, respirar aire francés y buscar una salida por los pasillos atiborrados de una fauna mundial, nos perdimos. Por el laberinto de los pasillos pasaban africanos, europeos, asiáticos y latinos. El Charles de Gaulle no tiene nada qué ver con nuestro sencillo aeropuerto en Rionegro. El nuestro es un chiste con dos salidas: una internacional y otra nacional. El Charles es un infierno espantoso de pasillos kilométricos, giros y escaleras atiborradas de viajeros. Caminamos un rato, girando a un lado y a otro, buscando la salida al tren de París y no la encontrábamos. Yo estaba aterrado y ellas muy tranquilas. Eran las nueve de la noche. Seguimos un par de minutos intentando leer los avisos y las flechas. Tendríamos que pasar la noche en el maldito aeropuerto. ¿Qué íbamos a comer? Si hubiera estado yo solo tal vez hubiera tomado la situación con más calma, pero sentirme responsable aumentaba la paranoia y el susto.

El terror duró unos pocos minutos, los pocos que duramos perdidos, pero a mí se me hicieron eternos, hasta que MariaIsabel se acercó a un servicio de información y preguntó en francés por la estación de tren.

Durante ese fin de semana me sentí el papá más inútil y torpe. MariaIsabel fue la traductora: pidió platos en restaurantes, compró boletas, contestó las preguntas de la recepcionista del hotel y saldó nuestras dudas no solo en francés sino en inglés. Muchos creemos que los hijos son para educar, cuando en realidad ellos son quienes nos educan.

Esa noche los chalecos amarillos estaban en protestas en el centro de la ciudad y el servicio del tren estaba detenido. Tendríamos que tomar un bus. De nuevo estábamos caminando por las tripas del aeropuerto endiablado. No encontrábamos los tales buses. Dormiríamos como gamines en un pasillo. Tendríamos que esperar hasta el lunes caminando como vagos hasta el vuelo de regreso a Bilbao.

MariaIsabel de nuevo nos salvó escuchando un llamado por los altavoces que anunciaba que el servicio de tren se había reanudado. Dicen que cuidar a las hijas es una forma de cuidar de uno mismo. Pero en realidad ahora sucedía lo contrario.

***

Durante el viaje, no dejé de pensar en esa novela, París no se acaba nunca, de Vila-Matas, una versión muy a la manera de don Enrique del París era una fiesta de Hemingway. Luego de dejar el aeropuerto y cuando llegamos a la estación Norte, dejamos el tren y, con maletas en el hombro, salimos a la calle. Pudimos ver la belleza de la Rue La Fayette. Al frente una fachada luminosa con rojos y amarillos brillantes, una atmósfera Moulin Rouge, un bar con un ambiente movido, carros lindos y mujeres con el cuello de jirafa. París hijueputa, pensé en un acceso de alegría que se apagó cuando fuimos presa de un taxista. Como si estuviéramos en una terminal de buses barata y bullosa del trópico, fuimos dirigidos hasta embutirnos en el carro, yo iba al lado del taxista y las chicas atrás.

Mierda, cómo dejé que nos manipulara. Nuestro taxista era barbado, moreno con cara de talibán. Nos secuestraría. Se llevaría a mis hijas para un harén en Arabia Saudita y a mí me cortaría la cabeza mientras grababa un vídeo que difundiría por internet. Cuando me pongo en función «papá», mis nervios se destrozan.

El talibán habló en francés y yo callado. Habló en inglés y yo apretando culo. Ya habíamos avanzado casi una cuadra y el hombre no sabía a dónde nos dirigíamos.

— Boulevard de Bonne Nouvelle —MariaIsabel tomó de nuevo las riendas. Por el móvil yo les había pasado a las chicas todas nuestras reservas y tiquetes.

Con esta dirección el taxista talibán preguntó entusiasmado:

— ¿Italia?

— No —dije yo.

Escuché las risitas burlonas atrás. Durante todo el paseo, y haciendo el ridículo constantemente, fui el hazmerreír de mis hijas.

— ¿España? —preguntó el talibán, haciéndonos inteligencia.

— Colombia —alcancé a decir.

— ¿Ah, Colombia? —dijo él, y como si hubiera dado con el premio gordo, siguió la lista— Netflix, Narcos, Pablo Escobar.

Con un instinto estúpido, alimentado por mi terror, pensé que si me asociaba con un criminal no íbamos a ser apresados y mis hijas no estarían encerradas por un pervertido dueño de un pozo petrolero.

— Sí, eso es —y saqué pecho y fruncí el entrecejo para verme más violento—, Colombia, Colombia.

Estamos en París, hombre, me dije, relájate, y yo mismo me contestaba: Europa no es una mansa paloma.

***

Alguna vez Marta, la doctora en administración, me hizo una lista sobre su filosofía: dijo que cuando son pequeños, emboban a sus papás; cuando son mayores, los enloquecen; que los adolescentes eran el castigo de Dios por haber traído hijos al mundo; que hay parejas tan aburridas que para paliar su situación conciben hijos. Y la otra vez me preguntó: ¿Qué es la esclavitud? No sé, a ver, le contesté. Búscate un novio, cásate, procrea y forma un hogar. Y aun así, yo le seguí tirando el perro. Lo que pasa, me dijo, es que vos con dos hijas me salís muy caro.

***

La primera vez que vi el Sena entendí que la lectura de Henry Miller nunca sería la misma. Pesado y grueso allí, bajando como una mole de aceite blanda y suave. Sabía que yo no sería el mismo. Entendí que la lectura de cualquier novela que lo mencionara no volvería a ser igual. Ya sabía cómo putas era el Sena. Ver ese río me estaba cambiando la lectura, y por lo mismo la vida. Entonces volví a Miller, al Trópico, y leí lo siguiente: «Tan silenciosamente corre el Sena, que apenas si se nota su presencia. Siempre está ahí, silencioso y discreto, como una gran arteria corriendo por el cuerpo humano».

Caí en la cuenta de que al único mundo que se viaja leyendo es al mundo interior, a ese mundo arbitrario y maravilloso de la imaginación. Yo, por supuesto, admiro más a los viajeros que a los lectores. Supe que era hora de escapar del lugar común que propone la lectura como viaje. Así como creo que también es hora de escapar del lugar común que dice «los hijos son de la mamá», y de ese otro que dice «para ser un buen padre hay que atreverse a ser una madre». Nada, fuck you, para ser un buen padre hay que intentar ser un buen padre y listo, así se fracase en el intento.

Ese fin de semana visitamos la Opera Garnier, la plaza del Louvre, los jardines de Luxemburgo y, por supuesto, la torre Eiffel. Para recorrer París se necesita una pasantía de dos o tres años, porque como dice Vila-Matas, París no se acaba nunca. Y otra nota importante: nunca será lo mismo el París de MariaIsabel o el de Abril. En otro pasaje de la novela Henry Miller dice: «Al pasar por la Orangerie, recuerdo otro París, el París de Maugham, de Gauguin, el París de George Moore». Y más adelante: «¿Por qué no me enseñas ese París —dijo— sobre el que has escrito? Lo que sé es que, al recordar esas palabras, comprendí de repente la imposibilidad de revelarle nunca aquel París que yo había llegado a conocer, el París cuyos arrondissements son imprecisos, un París que nunca ha existido excepto en virtud de mi soledad, de mi deseo de ella. ¡Un París tan inmenso! Se tardaría toda una vida en volver a explorarlo. Ese París, cuya llave solo yo poseía, no se presta en absoluto a un paseo, ni siquiera con la mejor de las intenciones; es un París que hay que vivir, que hay que experimentar cada día en mil formas diferentes de tortura, un París que crece dentro de ti como un cáncer, y crece y crece hasta que te devora».

Con Abril y MariaIsabel cerré un candado cerca de la torre Eiffel como muestra de una compinchería. Era nuestro pacto, nuestra alianza, nuestra promesa. Lo mejor del viaje fue comprobar que aún tenemos una frecuencia, nuestra química, como si no hubiera pasado el tiempo y hubiéramos pasado todos estos años juntos. Claro, las redes sociales ayudan mucho. Esa noche escribí en la libreta de cronista mediocre: «Si mis hijas pudieran saber cómo era yo antes de tenerlas, podrían percibir lo que han hecho de mí». Entonces lo supe, París no es una fiesta y tampoco se acaba nunca.

 

Andrés Delgado (Medellín, 1978) ha sido ingeniero, panadero, guitarrista, militar y periodista. Colabora con diversos medios de comunicación y es autor de la novela Sabotaje (2012), la colección de crónicas Noches de estriptís (2015) y El vértigo del viaje. Buscando a Zafón (2021).

5 Comentarios

  1. Entrañable relato!

  2. Libardo Marquez

    Es una cronica escrita con el alma, con retazos del ayer y melancolía del presente. Es un aprendizaje de lo q no pudimos enseñar como padres y ahora recibimos. Me pareció estar viendo a mis hijos burlarse de mi montañerada.
    Felicitaciones Andres, lo disfruté mucho.

  3. Yeison Andrés Tavera

    Espetacular este contenido del autor Andrés Delgado, gran escritor y exelente compañero de labores.

  4. ¡Qué agradable! Tan transparente. Mucha gracias, me reí bastante.

  5. Camilo Estrada

    Excelente relato!!!

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