Ficción

La fábrica de hielo

Foto: Jpdeex / CC 3.0.

En mi cabeza siempre están la voz de madre, de mis tíos, de mis hermanos diciéndome esto no está bien, Pablito, así no, Pablito, hazlo asá. Hay que alzar la voz, igual que si diera un golpe en la mesa. Aquí mando yo (!). Y se hace un silencio incompleto; todos callan excepto una sola voz. Esa voz corta el aire de las habitaciones al hablar, me vacía por dentro hasta no dejar nada. Cuenta los segundos, las horas, los días, siempre que me castiga, en mi cabeza, cuenta con su voz. Esa es la única voz a la que temo en la vida, no le tengo miedo sino respeto. A mis diecisiete años no le temo a nada. Esa voz es la de mi maestro, mi verdugo; es la voz de mi padre.

A padre no puedo llamarle «papá», tengo que llamarle «padre» o «señor». ¡Sí, señor! Ja, ja, ja. Si se lo dijese con este descaro, me cruzaría la cara sin pensarlo. Padre es un hombre muy alto en una familia en la que nadie es tan alto —levanta un par de cabezas por encima de la mía—, es un hombre tan robusto que parece que podría atravesar la puerta si decidiera andar recto hacia ella. El día en que me expulsaron del colegio por amenazar al director en su despacho, no le pude decir «papá», «padre» ni «señor».

Su rostro de sílex daba tantísimo respeto en el auto, que vi en sus ojos azul-invierno que si no decía nada —quizás y solo quizás— saldría ileso. El miedo no nace en el cuerpo, aflora de una muerte imaginada. Me lo dijo madre el otro día, ella lee muchos libros y yo leo lo que lee. Ella está muy enferma, pero no lo sabe. Madre no habla, recita. Dejas que te manden/ dejas que te maten/ un poquito/ se muere/ de poquito a poco. Su enfermedad viene de la falta y de la incontinencia, por eso la dejó padre y por eso el juez no me deja vivir con ella, por el consumo de-.

Al entrar en casa, padre abre la puerta y da un puñetazo en el marco de madera, cae el polvo blanco del yeso del techo que me recuerda a madre. Si destrocé el despacho del director, el sr. Puquet, fue por sus gritos, lo hice para seguir vivo.

A nadie le gusta que le rajen las ruedas del coche, pero era una apuesta con mi amigo Max, Max García, y una apuesta es una apuesta. Un hombre que no cumple su palabra no es un hombre.

El cabrón del Puquet me la tenía muy jurada, habló de expedientes disciplinares, expulsiones por mala conducta y falta de principios.

Usted lo que quiere es que yo le coma la polla, ¿no? Para eso nos hace venir a su despacho, corté su discurso con mi sonrisa de cortar. Saqué un cigarrillo y me lo encendí, en la oficina del sr. Puquet, en la cara del sr. Puquet. ¡Apaga eso ahora mismo! ¿Qué te crees que estás haciendo?, incendio en el sr. Puquet y golpe de mano de Puquet, en la mesa personal de Pu.

Agarré el portalápiz metálico de la mesa de su despacho, entre el griterío. Un lápiz portaminas de aluminio salió volando. Lancé todo el utensilio hacia la pared por encima de la cabeza de Pu. Volqué la mesa con mis dos brazos hacia Pu y reí con mi risa de haber cortado. ¿Qué mierdas te crees que estoy haciendo? Si vuelves a gritarme, te mato, escupí. Calló, quedó blanco-yesodeltecho. Me sentí entero.

Ahora con padre yo callo, no tengo miedo, muestro respeto al maestro. Me mira con su rostro fijo, afilando sus facciones antes de decir nada. Espera que yo hable, quiere oírme antes de estallar. Llevo mis rodillas al suelo y miro a padre, alzando la cabeza. Solo así se habla al maestro. Solo quería ser un hombre como tú, solo quería sentirme vivo como mamá, digo.

Su mano abierta golpea mi mejilla izquierda, me derriba como una pluma y mi cara escuece al sentir sus dedos marcados en mi piel. Las lágrimas quieren salir, padre respira enfrente, entrecortadamente, sigue sin decir nada. No lloro nunca, no lloro ahora. El miedo sale de dejar de ser un hombre, nace al callarse si te golpean. Los impactos quedan sostenidos en un cuerpo oculto/ no lo dejamos de cargar nunca/ nos acompasa/ Nos va muriendo/ poquito a poco, recitó madre. A la mierda, maestro (!). La mano alza mi cuerpo del suelo, empujo al hombre que tengo enfrente.

¿Qué pasa, papaíto?, grito. Apenas llega a moverse un centímetro, río como un maníaco y un puñetazo en mi pómulo izquierdo me devuelve al suelo. El suelo es frío en mi cuerpo, siento que voy a atravesar el suelo. No hables de tu madre. No eres un hombre. Me das vergüenza, rebota en un cuerpo pesado e invisible debajo del mío, que me ahoga cada vez que escucho su voz.

***

Cuento cincuenta y cinco días desde que comencé a trabajar apilando bolsas de cristales de hielo en la factoría, cubro mis manos con guantes térmicos de talla grande durante diez horas cada día. El castigo es la convicción del viejo de que puede ser divino. Quedan setenta y cuatro días más para que termine la condena. No me buscó otra escuela para continuar mis estudios este año después de la expulsión, solo volveré a la escuela el próximo curso si me redimo el resto del año trabajando en su fábrica de hielo.

No ir a la escuela no es molesto, solo leo por placer, nada por deber. Qué gusto. Solo leo los libros que me da madre. Ella me los da el tercer fin de semana de cada mes, único fin de semana del mes en que la veo, siempre el tercero. A madre le disgusta que no vaya a la escuela, pero elige padre. Él siempre elige desde que ella perdió la potestad por el consumo de-.

Volveré a estudiar el año que viene, llegaré a la universidad, voy a ser psicólogo. Salvaré a madre. ¿Qué más podría ser en una familia de enfermos?

Aún noto bajo mi cara el puño del viejo. El dolor no está en el cuerpo, queda más adentro, en los ojos del viejo y en los míos.

Los primeros días no cruzaba miradas conmigo, no me dirigía la palabra nunca. El quinto día recordé que nunca le puso una mano encima a madre, el viejo siempre dijo que solo pegaría a un hombre, pero me pega a mí que soy un hombre que no es un hombre. Sé que, por mucho que lo niegue, piensa que soy un hombre; si no, no me pegaría.

Cojo hasta tres cajas de cuatro quilos, con las manos, las voy dejando en el montacargas, las lleva a la cámara fría.

A primera hora tengo ganas de trabajar, no estoy tan cansado, hacia las cinco horas cargo dos paquetes, me pesan las manos.

Pasadas seis horas son las doce de la mañana y vamos a comer con los colegas del curro, que fuman unos canutos conmigo. Hassan es el que mejor me cae, tiene más o menos mi edad.

Si cantaran los mandarían a la calle, el viejo no quiere que sea como madre. Aspiro el humo de un petardo de hachís, liado prieto por mi buen amigo Hassan.

Ahí va, papito, jódete bien. El secreto hace de fumar porros un placer más placer y más prohibido. Los hombres tienen secretos, le ladro a Hassan y escupo humo blanco. Asiente, no dice nada, aspira el humo blanco. Suena el timbre, marca el fin de la pausa, volvemos al tajo. Jódete, viejo. Jódete.

Cargo solo una caja de cuatro quilos, con las manos, la dejo en el montacargas, la lleva a la cámara fría.

A la séptima hora hoy no tengo ganas de trabajar. Ya estoy más que cansado. Hacia las ocho horas, me escaqueo. Voy al baño. A fumar.

Pasadas nueve horas, el cabrón del encargado. Viene largando gritos de que el baño huele a hierba. No es hierba, puto primo. Es hachís. Mejor me callo. No dije nada.

Anteayer, cenando en la mesa de roble del comedor, con mis hermanos chicos, Jorge y Javier, sus siete y ocho añitos, mirando cabizbajos desde el otro lado de la mesa. El maldito viejo rugiendo, sabe que fumo canutos en las pausas para comer. ¿Quién mierdas fue? ¿El chivato del encar-?, quise saber. ¿Y qué importa quién fue? ¡Vas a tener que dirigir la maldita fábrica un día! ¿Qué imagen crees que estás dando de ti, de mí, de la familia?, ruge el muy cabrón. Tu fábrica me importa una-, grito.

Su mano poderosa me arrastra hasta el centro de la mesa, como si fuera la fuente con la carne o un centro ornamental de mesa. Su cara se acerca a la mía, su voz se acerca a mi oreja. Si no te importa la fábrica, coges la puerta y te largas, susurró el viejo.

Mi boca no dice nada, mis hermanos saben que toca callar; padre espera unos segundos para sembrar el silencio.

Aspiro el aire lento, sin hacer ruido, sin decir nada. La habitación entera calla; miedo a miedos.

Sus dos brazos levantan mi cuerpo por mi ropa, me arrastran por el pasillo hasta mi habitación y me lanzan dentro hacia la alfombra. Cae otra vez polvo-blanco-del-yeso-del-techo que me recuerda a madre. Cuento uno, cuento dos, cuento tres. Hoy no hay cena. Sal de tu habitación y te arrepentirás. No querrás haber nacido, retumba desde fuera. Cierra la puerta. Cuento cinco mil quinientos cuarenta y cuatro antes de cerrar los ojos y dormir hasta el día siguiente, para el que contaré un día más.

***

Cuento los días cada día, cuento cincuenta y ocho días. No es viernes, no es sábado, no es domingo. Hoy es lunes; hoy es día de fábrica. Quedaban setenta y un días más para que terminara la condena, que no era una pena sino mi destino al nacer. Pasar toda mi vida en esa cárcel y dirigirla un día, lo lleva claro.

En otra vida seré Walter White, me iré a un desierto, seré más rico que el viejo, fabricaré mi propio hielo. Jódete, papaíto, podría hacerlo. No, no puedo partir ahora. No sin cumplir mi gran plan.

El pasado fin de semana visité a madre, maldecía que su psiquiatra la castigara con ingresarla el lunes, vi a madre muy preocupada al componer con la palabra «castigo». Me castigan al encerrarme/ ya fui a esas salas blancas/ con hombres que saben/ dicen saber/ No me curé de nada/ la enfermedad está en sus ojos. Ella recita hasta los días en los que maldice. Nadie más que un psiquiatra podía mandarla a un hospital, dentro llevará una vida más ordenada. A madre no le gusta el orden. Nadie más que un psiquiatra podrá sacarla de un hospital, fuera está la vida que hace feliz a madre.

Voy a ser psiquiatra, rescataré a madre, soy la única esperanza de esta familia de enfermos.

Hoy lunes ingresan a madre. No voy a poder verla más. Es todo por tu culpa, puto viejo.

Nunca movió un dedo por madre y no quiere que la vea ni una sola vez al mes. Volverá a hablar con el juez. Tu madre está demasiado enferma, dijo. Vas a ver, viejo. Vas a ver.

Mis pies pasean por la fábrica tranquilos. Hoy mis manos no quieren cargar nada.

Cojo una sola caja de cuatro quilos, no la dejo en el montacargas, caminaré para la cámara fría. Mis brazos van ligeros y no pesan nada. Libero mi cuerpo, voy a vengarme del viejo, la caja es un engaño para alcanzar un destino obligado.

Abandono la línea de carga, en la que los cuerpos solos son cuerpos. Quiero el mío de vuelta. Ando hacia el encargado y al pasar por su lado escupo en el suelo. Sucia rata, te chivaste, suelto. Vuelvo a sentir mis brazos y mis piernas. ¿Qué has dicho, puto niñato?, escucho a mis espaldas.

Suelto una carcajada gutural y me giro para gritarle ¿quieres que te dé un beso, preciosa?.

Muchas bocas ríen a mí alrededor. Silban al encargado. Hasta suena un joder, Vicente, qué jovencitos te gustan, ¿no? Más carcajadas hacen de los gritos del encargado pitadas de bocina de payaso. Ahora sí, mi cuerpo es mío. Hassan alcanza mis ojos con los suyos. No quiere problemas. Ven aquí, si tienes pelotas, grita el encargado. Un hombre que es un hombre no deja que hablen mal de sus pelotas. Para ti siempre las tengo bien frescas, Vicenta, rujo tomando impulso.

Antes de que pueda dar tres pasos, la mano de Hassan me agarra por el cuello. Me lleva lejos de la Vicenta hacia el almacén. Has tenido suerte, chaval. Ya verás la próxima, grita la Vicenta. Muy graciosa la Vicenta. La próxima te arrancaré la cabeza entera, hijodeputa. Me muero de ganas, guapa, aúllo. Hassan me empuja dentro del almacén, su mano abierta golpea mi mejilla con suavidad, cristales de hielo caen al suelo. Cállate ya, joder. Necesito el trabajo, me vas poner en problemas, dice. Asiento con la cabeza sin dejar caer ninguna palabra. ¿Lo entiendes?, dice alzando la voz. No quiero problemas para mi buen amigo Hassan. Sí, respondo. Agarra mi cabeza con sus dos manos y busca dentro de mis ojos. Quiere ver si he entendido. Deja de joder ya con el encargado, si quieres joder con tu padre, pues es cosa tuya, exige Hassan. Un hombre que es un hombre no mete a los suyos en problemas. Trato hecho, digo. Hassan choca mi mano abierta con la suya, me da un abrazo, cierra nuestro acuerdo.

Cojo mi caja de cuatro quilos de hielo al salir del almacén. Paso por delante de la rata de la Vicenta. La miro avivando raíces sombrías, pero contengo. Contengo la necesidad de patearle el culo. Volvería, para darle una o dos, pero no puedo. No puedo traicionar a Hassan y tengo una misión que cumplir, por madre. Vas a ver, viejo. Vas a ver.

Mis piernas fingen ir hacia la cámara frigorífica, pero pasan de largo la gigantesca puerta de metal. Sigo recto hacia el corazón de la fábrica, el único que podría tener el viejo si tuviera uno.

Dejo caer de mis manos cuatro quilos de hielo, no quiero cargar nada. Mi cuerpo entero está demasiado vivo, rechaza el peso obligado. Voy descendiendo galerías, bajando escaleras, deslizándome por pasadizos inundados por una luz blanca-piel-muerta.

Los generadores eléctricos rugen a la lejanía, avivando memoria y deseo en mis pasos. Llego hasta la gran puerta metálica de la sala de alimentación. Un cartel de plástico exige NO PASAR: SOLO PERSONAL AUTORIZADO. Pateo la puerta, dos patadas limpias. Una al NO. Una al PASAR. Cae. Cae al suelo el cartel de plástico. Solo con dos fríos golpes que inician un gran placer en mi cuerpo. Aprieto el interruptor rojo en el lateral de la puerta. Saboreo la inminente victoria sobre el viejo, sonrío. Voy a matar a un Dios que no es un Dios. Mis pies caminan hasta desaparecer en el ruido inhumano de las máquinas.

Al entrar golpeo las palancas, vacío el polvo amarillo del extintor, lo lanzo hacia la maquinaria. Jódete, viejo cabrón. Jódete, grito. El engranaje engulle el extintor, sin poder arrastrarlo hacia sus tripas de acero. Revienta desencajando el engranaje y yo lo celebro. Y ahora qué, puto viejo, chillo.

Salgo victorioso de la sala de generadores, con un porro de hachís en mis labios. Enciendo para celebrar; la misión ha sido un éxito. Subo triunfante sin prisa saboreando, saboreando, saboreando.

Paseo mis piernas una buena hora antes de volver arriba a la fábrica. Al llegar, solo gritos, correteos y confusión. Va a fundirse el hielo en dos horas, más rápido, joder, grita la Vicenta. Corren con las bolsas de hielo a los camiones frigorífico. Como un gran hormiguero al que le han metido un buen petardo. Igual que el que me estoy fumando yo ahora.

Al lado de la Vicenta, el viejo sin decir nada. Por primera vez parece que haya perdido algo importante en años. Nadie más quieto que el viejo. Su cara no estaba tan vacía el día que echó a madre de casa. Mis pies andan hasta acercarme a un metro de sus pies. Doy una larga calada, que escupo hacia su nariz. Olfatea el aire. Clava sus ojos furiosos en los míos. Fui yo, digo con calma. Su mano golpea mi cara antes de que pueda verla. El porro vuela lejos y lo pierdo de vista. Mi cabeza palpita contra el suelo. No veo nada. Nada. Solo soy un espacio blanco y vacío en el que descansa madre. Las palabras se agolpan en mi cabeza, en mi lengua, en mis labios. En la piel siento agujas aguijando el cuerpo, en oleadas recorren mi pellejo, desde dentro hacia fuera y siento que quieren salir, quiero salir. Me levanto y chillo no eres mejor que nadie. No eres mejor que madre. Eres un puto mierdas, grito furioso.

Las máquinas vuelven a funcionar, el ruido ahoga mis palabras, pero yo ya estoy fuera. Mi cabeza palpita, no escucho nada. Lanzo mi cuerpo contra su cuerpo. Sale despedido hacia atrás, frena el impacto con su cuerpo. Detrás suyo, el crujir metálico de la trituradora de hielo. ¿Dónde está madre, hijodeputa?, grito.

No hay miedo en sus ojos, no hay miedo. Su cara está blanca, blanca de odio. Vuelvo a empujar hacia la trituradora, pero el viejo me hace retroceder. ¿Dónde está? Dímelo, joder, chillo. Cierra los puños y respira como un fuelle. Vas a decírmelo, joder, rujo. Cargo con todo mi cuerpo contra su cuerpo. Detiene el impacto, pero cede dos pasos. ¿Qué has hecho con ella? Estás muerto, maldito cabrón, grito. Cae miedo de sus ojos. Agarra mi cuello, pero lanzo otra vez mi peso contra el suyo. Su otra mano agarra un destornillador de encima de la máquina de triturar hielo. El hierro frío atraviesa mi cuerpo, que ya no es mi cuerpo. Mi pierna sangra, un destornillador la atraviesa, pero no siento nada. Caigo al suelo y miro con lástima al hombre que fue mi padre, mis ojos derraman lágrimas sin miedo a llorar. Si esto es ser un hombre no quiero ser un hombre, sollozo.

 


Con la colaboración del Máster en Creación Literaria de la BSM-UPF, dirigido por Jorge Carrión y José María Micó, quince años formando a escritores de España y América Latina. Más información aquí.

Oriol Masferrer es escritor y periodista. Cursó el Máster de Creación Literaria BSM-UPF. Ha sido redactor en Agencia Efe y ha publicado en El Salto. Trabaja en un informativo del canal de televisión 8TV. Actualmente, está trabajando en su libro de cuentos Palabras de una gaviota.

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