Ficción

Nuestros hijos

— Ella me habló…
— Pero ella estaba muerta.
— No, vosotros que no veis, no entendéis.

 

1.—

Mientras espera impaciente en su despacho, el doctor H.K. escucha con atención el silencio que desde ayer ha invadido los pasillos y las instalaciones del Colegio, un internado del que es director desde su creación hace tres décadas.

Lleva varias horas aguardando. Como siempre, el general Ot.W. se hace esperar; él es el enlace desde hace años de Defensa e Inteligencia con el Colegio. Como director y jefe de investigación del mismo, tiene que tratar en persona con el general, aunque si no fuera por la gravedad de la situación ya se habría ido. Revisa una vez más el informe que le va a entregar al general y sigue llegando a las mismas y terribles conclusiones.

Sin llamar a la puerta, y sin disculparse por la tardanza o los modos, el general entra en la oficina y pide que comience la reproducción del vídeo. Dice que ya le han puesto al día en todo lo acontecido, por lo que quiere ver eso por lo que tanto le apremiaba.

H.K. alza la voz y ordena el inicio del archivo de vídeo que está preparado. Mira de reojo al general, sus alumnos le han comentado que es una persona amargada; pero él les ha dicho siempre que no quiere enterarse de ninguna historia o pensamientos íntimos de nadie, sabe que por dentro todas las personas son básicamente complicadas, es decir, puramente humanas.

En la pantalla aparece la imagen del director vestido con su perenne bata blanca de doctor mientras palpa la frente de un joven con el lóbulo prefrontal extremadamente deforme y abultado, señal diferenciadora de todos los clones N—Sintientes. Los sintientes neuronales era uno de los grupos de metahumanos creados con distintas características por laboratorios y gobiernos, mediante técnicas de manipulación y recombinación genética, y cuyo fin declarado era mejorar la raza humana. Los N—Sintientes podían percibir las diferentes ondas cerebrales como ondas visibles y traducir qué significaban; simplificando, podían leer la mente. Aunque todos alcanzaban a percibir con facilidad los cinco tipos de ondas, cada uno detectaba con más claridad una concreta: delta, theta, alfa, beta y gamma; y así era como los habían llamado.

Una de las tareas que realizaban los internos, aparte del estudio ordinario y del entrenamiento de sus habilidades, era colaborar con la policía en resolver casos complicados. Con esto se intentaba conseguir que los N—Sintientes fueran mejor conocidos y aceptados por la sociedad.

 

2.—

Día: **. Hora: **.

— Soy el doctor H.K., en estos momentos iniciamos sesión de hipnosis con nuestro alumno Gamma7. Ayer fue testigo directo y afectado por el incidente en el que murieron cuatro de sus hermanos. Por el shock postraumático, o por las causas desconocidas que provocaron el accidente, Gamma7 no recuerda nada. Ninguno de sus otros hermanos quiere conectarse y leer sus ondas cerebrales y averiguar lo que esconde su mente, tienen miedo.

Era la primera vez que tenían miedo. Siempre habían conformado el pasado, el presente y el futuro con una amalgama de pensamientos de todos los que les rodeaban, no había nada que estuviera escondido a sus ojos; por primera vez había una zona oscura oculta a sus mentes.

El alumno, Gamma7, era un N—Sintiente de séptima generación que residía en el Colegio desde su nacimiento hacía poco más de quince años y, a pesar de ser el más joven entre sus hermanos clones, nunca se había dejado dominar y siempre sobresalía dentro de las complicadas relaciones con los otros. Quizás por ello hubo siempre una cierta admiración por parte del doctor hacia él, aunque nunca quiso admitirlo ni quería que se percibiera. Los dos estaban sentados en una habitación solos, entre ellos había una mesa que sostenía unos micrófonos y varias cámaras que registraban, en diferentes parámetros, el interrogatorio.

— Cuenta, por favor, con tranquilidad qué viviste ayer —le ordena el doctor H.K. al joven sensitivo. Vuelve la voz un poco más grave y habla más lento, desde pequeños están condicionados con ese tono de su voz para que hablen.

Gamma7 siguió en silencio unos segundos. Aunque tenía los ojos abiertos, su mirada estaba perdida más allá de las brillantes ondas cerebrales del doctor y más allá de los gruesos muros blancos.

— Nos dijeron que era una operación ordinaria, que no había nada fuera de la normalidad, un asesinato vulgar y corriente; qué irónico. El lugar donde yacía el cuerpo era en medio de un parque, sobre una pradera de césped y flores. Nuestro equipo de apoyo estaba ya en el lugar del suceso cuando llegamos, hablaban con la policía. Estos se retiraron a un lado al vernos, sabemos que siguen juzgándonos como monstruos, les repugna nuestra frente, les aterran nuestras habilidades; sus ondas se vuelven grises al vernos y parecen rechinar en nuestros dientes cuando las leemos. Al detectar sus ondas, al leerlas e interpretarlas, las hacemos nuestras, y en ese momento nos damos miedo y asco nosotros mismos. Es la sensación más terrible que puede sentir uno sobre sí.

«Nos acercamos al cuerpo de la joven, podría tener unos veinte años. Era muy guapa. Sin mirar a mis hermanos, sentí la perturbación que les producía verla desnuda. Esto nos hizo bajar la guardia y no estar atentos. Por la postura parecía que dormía plácidamente, pero ya los médicos nos habían confirmado su muerte física.

«Mi hermano Omega se puso de rodillas junto a su frente, él era el único de nosotros que podía amplificar correctamente las débiles ondas cerebrales que emiten los cerebros de los muertos recientes. Aunque él era similar al resto de nosotros, había algo que se os escapaba, ¿verdad, Padre?».

— Tienes toda la razón —le respondió el doctor H.K.—. Nunca hemos podido averiguar qué ocurrió, qué falló en su experimento para convertirlo en alguien tan extraordinario. Desconocerlo nos hacía frágiles y con su muerte, ahora mismo, somos más débiles.

Gamma7 se tomó un minuto antes de continuar hablando.

— Lo siento, Padre —Gamma7 tenía el tono de voz muy monótono y lo acaecido le afectaba mucho, aunque no lo pareciese—, nos criaste como hijos, somos tus hijos. Veo que lamentas, y te entristece, haber perdido a mis hermanos.

— Gracias, pero siempre os he pedido que no buceéis por mis ondas. Respeta ahora mi dolor. Continúa, por favor.

— El resto nos colocamos alrededor de ella, como habrás podido ver por las imágenes que estaban tomando nuestro equipo de apoyo y la policía. A Omega no le costó atrapar las ondas cerebrales y, a continuación, nos las transmitió amplificadas a nosotros.

 

3.—

Jamás, cuando me había conectado y buceado en un cerebro que muere, había sentido algo similar. En nuestras conexiones encontramos luces y sombras, gritos, ecos de susurros, los mejores recuerdos del que ha muerto y que se van perdiendo, otros recuerdos dolorosos que se han encallecido durante años; nosotros éramos los últimos testigos de sus vidas, unas miserables y otras extraordinarias, únicas y dignas.

Aquella conexión era más vívida que cuando lo hacía directamente con una persona viva.

Estaba dentro de una habitación, pensé que tenía que ser la habitación de la joven. A mi derecha había un escritorio cubierto con libros escolares y cuadernos, junto con un ordenador apagado. A mi izquierda tenía una cama pequeña y sobre ella había ropa desordenada. En las paredes y en la puerta se veían dibujos y pósteres de cantantes: A-Ha, Duran Duran, Dire Straits, B.E.R. o Culture Club. Creo que nunca los he oído antes.

Una joven entró en la habitación, estaba recién duchada y todavía tenía mojado el pelo rojizo. Era la misma que hacía un momento yacía muerta entre las flores. Tendría casi mi misma edad, unos quince o dieciséis años. Se puso muy contenta cuando me vio allí dentro. Extrañado, le devolví una sonrisa. Ella no sabe que morirá en pocos años, pensé con pena.

Las ondas cerebrales que salían y rodeaban su cabeza eran enigmáticas, nunca antes había visto unas tan bellas como aquellas. Chisporroteaban, bailaban, danzaban; eran suaves y delicadas.

Ella acercó su mano y con los dedos comenzó a acariciarme la cara. Aparte de mis hermanos clones y los doctores, nunca nadie me había tocado. Su belleza cambiante me turbaba. Intenté hablarle, nervioso: «Hola, me llamo…». No pude decirle mi nombre, no Gamma7, sino el real; mi condicionamiento desde pequeño en el Colegio me lo impidió, por ser considerado secreto. Continué: «¿Cómo te llamas? Ha ocurrido algo, vas a tener un accidente», me gustaría avisarle de su muerte. Estaba perdido completamente en el tiempo mental de la joven, no sabía si la habitación era pasado o era presente, si el parque sería futuro o era pasado; o si todo transcurría a la vez.

Ella besó mi abultada frente y luego se puso a repasar con los labios las marcadas circunvoluciones superiores. Posó dos de sus dedos sobre mi boca, negó levemente con la cabeza y sus ojos me pidieron silencio. Quería que la escuchara y yo no pude negarme.

De su boca, de finos labios y dientes blancos y perfectos, con la sonrisa justa para calmarme, salieron unas brillantes líneas de ondas que me rodearon y pronto entraron en mí. Era luz moldeada.

Durante lo que me parecen horas ella me habló, pero no se dirigía a mí. Tampoco entendí lo que decía, porque ella no quería que lo hiciera.

 

2.—

— Fue Beta4 el que se dio cuenta de que algo no estaba bien y el que me desconectó del grupo. Omega seguía en su sitio mientras que unas finas líneas de sangre salían de sus oídos, tenía el cerebro quemado y murió sin darse cuenta. Beta4 intentaba desconectarse cerebralmente de él, pero le fue imposible, gritó y murió entre convulsiones. Miré a mi alrededor y mis otros dos hermanos, Beta3 y Theta6, estaban tirados en el suelo y supe que no estaban vivos, porque no veía sus ondas danzando junto a ellos.

— ¿Qué pensaste en ese momento que había ocurrido? —le pregunta el doctor H.K.

— No supe qué pasaba, no sabía cómo reaccionar. Instantes antes creía que no estaba allí; estaba con ella, la joven. Es extraño todo este asunto y, más que la muerte de mis compañeros, fue que ella me habló…

— Pero ella estaba muerta.

— No, vosotros que no veis, no entendéis. Ella no estaba muerta porque nunca estuvo viva. Era una muñeca humana, creada en un laboratorio como mis hermanos o como yo. Su mente era irreal porque era perfecta. Era una caja sorpresa, un señuelo o una bomba mental, como quieras llamarlo.

— Para eso estamos aquí, para entender. Tenemos que entender qué les ocurrió a tus hermanos porque no queremos que vuelva a ocurrir. Si es posible os aislaremos más, controlaremos más, construiremos un muro a vuestro alrededor porque sois importantes. En un futuro próximo, vosotros y otros como vosotros seréis muy útiles y para mucho más que ayudar a resolver asesinatos.

— ¿Y si ese futuro próximo ya ha llegado? —comenzó a hablar, por primera vez en su vida, sin esperar a que el doctor terminara de hacerlo—. ¿Y si no nos podéis proteger, porque no os podéis proteger vosotros mismos?

Durante varios minutos no ocurrió nada más en la escena. Ambos se miraban inmóviles.

 

1.—

En el despacho del director, este y el general siguen observando atentamente la pantalla, en silencio. El doctor de la pantalla le da las gracias a Gamma7 por su ayuda.

La reproducción se detiene de forma automática. «General, ¿qué opina?», este ha estado todo el tiempo viendo la grabación con mucha atención y tomando notas sin parar. El director está nervioso, pero no quiere insistirle.

El general Ot.W. se atusa el bigote mientras piensa, y tarda un rato en responder. Su tono de voz ya no es tan engolado como cuando llegó: «Se nos han adelantado. Alguien ha fabricado a un metahumano superior a los nuestros, creo que el enemigo puede crear y modular a su antojo las señales cerebrales de otros, y como bien sabes ninguno de Nuestros Hijos puede hacer esto. Lo de ayer fue un ataque para intentar eliminarlos». El doctor le confirma que esas sospechas también son las suyas, tal como ha dejado expresado en el informe.

El general suspira, se levanta, guarda sus notas y una copia del informe en una cartera, y se dispone a irse. «Si esto es así, estamos a su merced, esas personas o quienes los controlan gobernarán el mundo si llegan a contactar con el Presidente. Gracias por informarnos del problema».

Ha oscurecido, las luces superiores se han encendido automáticamente. Solo en el despacho, el director toma el informe y lo repasa página a página, pero no puede darse cuenta de que el documento son unos simples folios en blanco.

Aunque el general ha salido del Colegio, el director sabe a la perfección todos los movimientos que va a realizar: irá directamente al Ministerio de Defensa e Inteligencia, allí hablará con el ministro, y juntos informarán al Presidente. Entre los tres, general, ministro y Presidente, decidirán por unanimidad reunirse con el director y con Gamma7 en el palacio presidencial lo antes posible.

Tras esa reunión…

 

Después de eso ya no hay recuerdos del futuro. Escucha a lo lejos la voz de una mujer joven, pero no se dirige a él, tampoco entiende lo que dice porque la voz no quiere que lo haga.

 


Este texto ha sido finalista del concurso Ciencia Jot Down en la modalidad de narrativa de ficción científica.

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