Crónicas Crónicas desorbitadas

El arte del suicidio

Autorretrato del artista Edouard Leve (2002). Alexandre Leve Collection / Desamorais.v (CC)

 

No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio.
Juzgar que la vida vale o no vale la pena de que se la viva.

Albert Camus, El mito de Sísifo.

 

Los escritores suicidas son un tema literario, no cabe duda. Hay cartas, despedidas, indicios y a veces toda una obra dedicada a sostener ese motivo. Y la muerte (el desenlace fatal, dice el lugar común para acentuar el sentido narrativo) tiñe por completo las lecturas y relecturas de lo que el suicida escribió.

Édouard Levé nació en Francia en 1965 y se suicidó, cuarenta y dos años después, el 15 de octubre de 2007.

Escribió solo cuatro libros y todos en un lapso de cinco años, los últimos. Hasta entonces había pintado y sacado fotos. Los cuadros fueron centrales durante un tiempo: pintó cientos, vendió setenta, quemó el resto. Armaba él mismo sus bastidores de madera, experimentaba y probaba; hizo un cuadro monocromático con cosas que salían de su cuerpo.

Las fotos formaban parte de su vida, incluso mientras escribía. Decía que sacaba fotos porque no tenía ganas de cambiar las cosas. Hacía que los modelos recrearan una publicidad o una foto de la prensa, tomaba una escena del porno y la copiaba con los modelos vestidos. Otras veces se demoraba en imágenes hiperrealistas.

Los libros de Édouard Levé son artefactos. Juegos con las palabras y las formas. No los llamaba libros, para él eran obras; objetos producidos mediante la aplicación de un conjunto de ideas, conceptos y técnicas con fines estéticos o artísticos, y la firma del autor estampada.

A su primera obra con palabras y formato de libro la llamó Obras, y la publicó en 2002. Es una enumeración: exposiciones, colecciones de museo, piezas de teatro, fotografías, videos, instalaciones. 533 obras que podría realizar pero sin embargo no. El libro es una gran lista despojada y sin emociones, un muestrario de arte factible. Puro concepto. Algunas más desarrolladas, otras apenas esbozadas en una frase, se enumeran en un catálogo:

24. Se construye una casa dibujada por un niño de tres años.

64. Un abrigo hecho de luciérnagas.

158. Un plano secuencia filmado en coche une dos pueblos: Angoisse [Angustia] y Prozac.

181. El Aleph. Una esfera de vidrio esmerilado flota en medio de una habitación a oscuras. En su superficie se proyectan, desde el interior, videos con imágenes de todo tipo, tomados de archivos cinematográficos y televisivos.

278. Un documental retrata a un pintor del que no se ve ningún cuadro.

332. En el cuerpo de una mujer desnuda y de pie se proyecta la película de un hombre desnudo y de pie.

Las obras que imagina no distinguen materiales porque Levé es capaz de usar el mundo como stock. Todo lo que existe, la naturaleza y lo que ha sido creado por la humanidad, las grandes y pequeñas cosas pueden ser reutilizadas para crear algo nuevo. Algunos de esos esbozos empezó a llevarlos adelante, como fotografiarse a sí mismo cada día, pero pronto se cansó y abandonó el proyecto. Después de todo, la pura potencia era mucho más interesante y además ahí está el libro que recoge sus ideas como una obra acabada.

Dos años después escribió Diario. No era el suyo, era el diario del mundo. Tomó las noticias de los periódicos y las transcribió sin nombres propios. El resultado es paradójico: se mezclan realismo y abstracción en un lenguaje que resulta muy cotidiano para cualquier lector.

Hay cacerolazos en las principales ciudades del país para protestar contra las restricciones bancarias y la corrupción de las clases dirigentes (…) La calle considera que el presidente actual es ilegítimo, al haber sido elegido durante una reunión de urgencia del Congreso y no por voto directo de los ciudadanos.

Después de una batalla de varias décadas, el tribunal mundial de comercio obliga a un gobierno a eliminar sus incentivos fiscales a la exportación. El dispositivo autoriza a las empresas a crear filiales extranjeras fantasma en paraísos fiscales (…).

Así se suceden atentados, inundaciones, asesinatos, controles de precios, casamientos, estrenos de cine y avisos publicitarios como historias breves de principios de siglo. Es la contracara del libro anterior. Si en el otro hace un despliegue de ideas propias, acá nada del material utilizado le pertenece. Selecciona, ordena y monta. Despoja los nombres propios y las noticias de los diarios se convierten en un compendio de lo humano en un sentido muy particular: el absurdo. Porque a veces escribir es poner un material en otro contexto y desplazar la escritura hacia el lector.

Al año siguiente escribió Autorretrato, su texto más conocido y abiertamente autobiográfico. Es un solo párrafo hecho de breves frases autoconclusivas con las que va perfilando su vida. Las banalidades y los sentimientos más profundos se entretejen sin jerarquías ni ponderaciones.

(…) He pasado tres años y tres meses en el extranjero. Prefiero mirar hacia la izquierda. Uno de mis amigos se deleita en la traición. Terminar un viaje me provoca el mismo dejo de tristeza que terminar una novela. Olvido lo que me desagrada. Quizá he hablado con alguien que ha matado a alguien. Me meto a mirar en callejones sin salida. No me da miedo lo que haya al final de la vida (…).

El efecto es hipnótico y, aun prescindiendo de los puntos y aparte, se puede leer como un poema con momentos más narrativos y otros más rítmicos. El efecto de lectura también es central en esta obra. Como pasa con todos los juegos literarios, cuando leemos no podemos sino escribir mentalmente nuestra propia lista, sentimos ganas de copiar el truco y descubrimos entonces que no alcanza con la simple enumeración, que en el artefacto de Levé hay una condensación de sentido más poética que prosaica con el vértigo de las buenas listas. Como en cualquier autobiografía, a medida que avanzamos vamos conociendo al personaje, pero en este caso no lo hacemos narrativamente sino por fragmentos, en la dispersión. Al final, es como si hubiéramos reunido una buena suma de dinero con billetes que caen del cielo: el avión pasó, tiró y uno fue tomando lo que pudo. Tenemos la certeza de que hay más, algunos se fueron volando lejos, pero lo recolectado está con nosotros.

Con Autorretrato sabemos que Levé tiene papada, que le gustan las camisas y odia las poleras, que la gente obesa le genera preguntas, que está en contra del revoque grueso, que nunca abrazó a su madre y que le dijo que la quería recién a los treinta y cinco años, cuando pensó en suicidarse. Sabemos que proyectó su lápida y su testamento, que tiene planeado morir a los ochenta y cinco pero también no envejecer nunca.

No perderé la vista, no perderé el oído, no me haré pis en los calzoncillos, no me olvidaré de quién soy, moriré antes.

Recién sobre el final, en la frase deliberadamente más larga del libro, aparece un segundo personaje. Es un amigo suicida.

Mis conversaciones más preciosas se remontan a mi adolescencia con un amigo con el que bebíamos cócteles (…) años después, este amigo le dijo a su mujer que se había olvidado algo en la casa cuando estaban saliendo para jugar al tenis, bajó al sótano y se pegó un tiro en la cabeza con la escopeta que ya había preparado cuidadosamente.

Ese amigo es el protagonista de su cuarto y último libro, Suicidio, escrito en 2007 y entregado a su editor como un gesto teatral antes de matarse. Ya no es fragmentario sino narrativo, es una novela y está escrita en segunda persona, al amigo muerto.

Un sábado del mes de agosto sales de tu casa vestido para jugar al tenis y acompañado por tu mujer. (…) Te has pegado un tiro en la cabeza con la escopeta que habías preparado cuidadosamente. Sobre la mesa has dejado una historieta abierta por una página doble. Con la emoción tu mujer se apoya contra la mesa, el libro bascula y se cierra antes de que comprenda que se trataba de tu último mensaje.

Cuando el libro se publicó, Levé ya estaba muerto. Suicidado. Ahorcado.

El sentido de la vida es la pregunta más apremiante, decía Albert Camus. Vivimos como si no lo fuera: nos levantamos y vamos a trabajar cada día, seguimos adelante como si esa pregunta no existiera, envejecemos y tal vez la muerte llegue así, sin más. Pero comenzar a pensar es comenzar a ser minado. Los suicidas, no se sabe cómo y en qué momento, son espíritus que han apostado en favor de la muerte: confiesan que no pueden con la vida.

Es fácil ver en Suicidio una premonición, un plan y una despedida. Después de todo es cierto que entregó el manuscrito a su editor, escribió una serie de cartas y se colgó con una soga al cuello. Sin embargo a mí me gusta, como motivo literario, anclar la muerte de Levé a su primer libro, con el que cobra otro sentido lo que escribió en el último; una obra que se fue consumando en pocos años y requería un desenlace trágico.

Tu vida fue una hipótesis, le dice al amigo.
Los que se mueren viejos son una mole de pasado. Fuiste y serás una mole de posibilidades.

Homero dice que Aquiles prefería una vida corta y llena de gloria antes que una larga destinada al olvido. Así parece la vida elegida por Levé, que incluye la planificación de su muerte como un hecho artístico más, la obra que le permitirá seguir siendo pura potencia. Había proyectado muestras y catálogos, performances e instalaciones. Había jugado con la posibilidad de hacer arte con yeso, con sonidos y con libros, con poliestireno, con lápiz y papel, con cuadros antiguos y otros abstractos, con máquinas, con maniquíes, con películas, con plantas, plumas, pájaros y árboles, con leche, con sangre y con agua, con carne, con pornografía, con ratas, basura y caños de plástico, con ciudades, con nombres, con fotos y mujeres y niños y cerebros. Había creado obras que nadie podría ver y otras que duraban un instante.

La mole de posibilidades de Levé está en ese primer libro y él es todas esas obras que proyectó, empezando por la primera.

1. Un libro describe obras que su autor imaginó, pero que no ha realizado.

 

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