Tempus fugit

Uniones, secretos y milagros

Tempus fugit: XIX septimana

9 de mayo de 1950.- Declaración de Schuman.

En condiciones normales, entendidas estas como la ausencia de guerra, hoy habríamos escuchado el «Himno de la alegría», tomado de la «Oda a la alegría» de la Novena Sinfonía de Beethoven, en todas las radios y televisiones, en muchos colegios e institutos e incluso como música del carillón de algunos ayuntamientos. Fue la banda sonora que el Consejo Europeo, celebrado en Milán en 1985, quiso poner al 9 de mayo en su declaración de este como «Día de Europa». Los contertulios habituales habrían dedicado unas frases a conmemorar la solidaridad y también unos recuerdos a aquellos que dieron los primeros pasos para construir la unidad desde la democracia y no desde el imperialismo en el Viejo continente.

No ha sido así, casi nadie ha hecho mención de este aniversario porque la actualidad pesa mucho más y tenemos el alma en vilo por lo que está pasando y lo que pueda ocurrir.

El día 9 de mayo de 1950, los periodistas fueron convocados a las 6 de la tarde en el Salón del Reloj del Quai d’Orsay. El ministro de Asuntos Exteriores francés, Robert Schuman leyó una declaración que había redactado junto a Jean Monnet, Comisario General de Modernización e Infraestructuras de Francia, en la que lanzaban la idea de la puesta en común de la producción de acero y carbón de los países de la cuenca del Ruhr, de los aledaños de Alsacia y Lorena y otras regiones productoras de tan preciados recursos. La fecha se eligió en conmemoración de la rendición de Alemania ante las tropas soviéticas el día 9 de mayo de 1945.

Dos guerras, millones de muertos, mucha destrucción y desesperanza habían convencido a estos políticos de abandonar el enfrentamiento y luchar por la unidad. La idea fue apoyada por el canciller de la República Federal de Alemania Konrad Adenauer. Los eternos enemigos se pusieron de acuerdo para crear la CECA, la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, el día 18 de abril de 1951, y contaron con la participación, además de Francia y la RFA, de los PPBB, Italia, Bélgica y Luxemburgo; la CECA quedaba abierta a todos los que quisieran adherirse a ella.

Empezar por abajo, por la economía, fue el primer objetivo que se marcaron para ir construyendo la unión de Europa: en 1957 se firmó el Tratado de Roma que daría lugar a la Comunidad Económica Europea y desde ahí fueron surgiendo las estructuras supranacionales que andan todavía edificando una realidad de la que ya disfrutamos las generaciones posteriores, las que viajamos sin pasaporte y sin cambiar de moneda por el que es territorio común.

La unión a través del acuerdo es un hueso duro de roer, la costumbre ancestral ha sido la conquista y el sometimiento. El Imperio Romano, el Sacro Imperio Romano-Germánico, Carlos V, el Imperio Austrohúngaro, católicos y protestantes, bárbaros y mediterráneos han hablado el lenguaje belicista de la dominación para enfrentar a unos contra otra otros. Quizá la amenaza de un enemigo común consiga que la unión sea un hecho real más allá de los intereses económicos o nacionalistas. La paz bien lo vale.

10 de mayo. – Miguel Ángel en la capilla Sixtina.

La noticia que abrió los informativos del pasado jueves, 5 de mayo, fue la reunión de la M española con aspaventados representantes políticos que clamaban al cielo porque, supuestamente, les habían mirado los móviles. La opereta se desarrolló según la partitura prevista: tuvo sus prolegómenos y sus tramas, aunque todavía no hemos llegado el desenlace.  

Cuando el grupo subía la escalera, camino del salón, unos cuantos llevaban cara de adolescente enfadado a quien su madre ha leído el diario íntimo, más si cabe porque las moneypennys y billtanners del sainete nacional les quitaban los telefonillos, les revisaban los bolsillos y les advertían del secreto que debían guardar acerca de lo que oyeran. Tales prescripciones elevaron el nivel de alharacas y los dardos palabreros contra los responsables de la fechoría. Secretismo, oscurantismo y otros tantos adjetivos de la misma índole fueron utilizados para calificar una reunión en la que, según algunos, no se dijo nada que no se supiera, aunque a ellos mismos les sirviera para andar tres días recorriendo pantallas en prime time.

¡Qué diferente la actitud taimada de los príncipes de la Iglesia cuando salen de un cónclave! Eso sí es ejemplo de misterio imprevisible, aristocrático secreto y buenos modales. Que después se reúnan por grupos, que se cotilleen al oído a la salida de la capilla Sixtina o que se manden recaditos será inevitable pero no público porque los gerifaltes eclesiásticos, como cualquier secta organizada, se deben a sus reglas. Y el sitio en el que se reúnen se merece un respeto, no en vano es la caja fuerte que guarda las pinceladas de los mejores de su tiempo, nada que ver con el saloncito del Congreso, recio y austero en sus nobles maderas, aunque la capilla es más pequeña de lo que parece en las fotos y suele tener tanta gente plantada mirando al techo que resulta difícil imaginarla amueblada con las mesas y las sillas que acogen a los purpurados para la elección de un nuevo papa.

El día 10 de mayo de 1508, Miguel Ángel comenzó a pintar la bóveda de un espacio que ya contaba con otras pinturas de artistas famosos como Perugino, Botticelli, Ghirlandaio o Roselli encargados de los cuadros que circundan las paredes laterales— todos ellos trabajadores al servicio del papa Sixto IV (1471-1484). De la bóveda, cuajada de estrellas, se había ocupado Pier Matteo d’Amelia, pero al papa siguiente, sobrino del anterior y llamado Julio II, no le gustaba la simplicidad con la que se había resuelto el cielo de la estancia, quería algo más grandioso y por ello encargó al florentino que arreglase los desperfectos causados por el agua filtrada de los tejados y repintara según su magnífico arte.

Miguel Ángel se resistió un tiempo por considerarse escultor y no pintor, pero acabó aceptando, entre otras cosas, porque había despertado las envidias de artistas como Rafael o Bramante que aspiraban a hacerlo ellos. Eligió el libro del Génesis como tema (Creación, Diluvio, Noé) cuyas escenas ocupan los espacios arquitectónicos delimitados por los arcos fajones, las ventanas, los lunetos, etc. con personajes semidesnudos que más parecen esculturas que humanos de carne y hueso. Utilizó la técnica de pintura al fresco, muy propicia para pintar paredes, pero complicada de hacer: hay que comenzar cubriendo la pared con una capa de mortero de cal muerta y arena y sobre ella extender una capa finísima de mortero de cal muerta y polvo de mármol que recibirá los pigmentos mientras se conserve húmeda. Conforme se va secando, queda impregnada de los colores que traspasan la pura superficie, pero si se seca antes de pigmentar, ya no vale y hay que picarlo todo y volver a empezar. Es laborioso pero muy lucido y duradero.

En 1563, el papa Pío IV ordenó el imbraghattamento de los órganos sexuales de los desnudos pintados por Miguel Ángel porque a los del Concilio de Trento les debía parecer más una sala de crushing que un lugar de rezos; por suerte, las telitas se habían pintado con témperas que se pudieron retirar con facilidad porque no penetran en la pared, cuando se restauró en los años 80 del pasado siglo: volvió así la desnudez.

¿Se concentrarán sus eminencias en el objeto del cónclave o se recrearán en los frescos sabiendo que ya está todo más o menos apalabrado? ¿se concentraron sus señorías en las respuestas de M o divagaron sobre la manera en la que iban a contar a los medios lo incontable?

15 de mayo. – San Isidro labrador

Los mozárabes eran los cristianos de origen hispanorromano que vivían en territorio musulmán. De ellos conocemos algunas cosas curiosas: los Beatos, esos libros que cuentan el Apocalipsis con dibujos monísimos, o algunas iglesias que sorprenden por ser cristianas, pero tener aspecto de mezquita por sus arcos de herradura, como Santo Tomás de las Ollas, cerca de Ponferrada, cuya visita recomiendo cerrar en el bar de enfrente comiendo el pulpo que tienen como especialidad.

Casi todos los mozárabes acabaron viviendo en la zona norte de la península por el empuje que ejercieron las diferentes invasiones musulmanas, pero no nos equivoquemos, la huida no era una cuestión tanto religiosa como económica porque el que no se convertía tenía que pagar impuestos y les convenía más largarse. El bolsillo ha tenido magníficos efectos conversores en todas las religiones así es que los pobres han tenido pocas opciones: expulsión, huida, sometimiento, esclavitud, etc.

El 15 de mayo de 1082 nació en el arrabal de San Andrés de la villa de Maryt (Margerit para los cristianos) Isidro, hijo de los mozárabes Pedro e Inés, que le pusieron el nombre de Isidoro, aunque se comieron una o al bautizarlo. Eran muy pobres muy pobres y cuando el rey cristiano Alfonso VI conquistó esos territorios en 1083 y los repartió entre los nobles que le ayudaron, los padres de Isidro pasaron a ser «propiedad» de la familia de los Vargas.

Cuando el chico tenía 30 años, los musulmanes contraatacaron y él, como muchos otros jóvenes, huyó a Torrelaguna donde tenía unos parientes para los que empezó a trabajar. Y aquí empieza también el cuento que mezcla lo sagrado y lo profano: era muy religioso y se iba a rezar y a hacer buenas obras y aun así tenía las cosechas más abundantes del lugar, ¿cómo era posible? Milagro.

Su fama de bondadoso empezó a extenderse, se casó con María Toribia (santa María de la Cabeza) y regresó a Madrid a trabajar en las tierras de los Vargas, al otro lado del río Manzanares. El resto de su vida la pasó de milagrito en milagrito: iba a misa primera y cuando llegaba a sus tierras ya se las tenían labradas los ángeles; su hijo, san Illán, se cayó a un pozo e Isidro rezó tanto que el agua subió repentinamente y el chaval salió por su propio pie; un indigente llegó a su puerta a pedir comida y el santo cogió la olla en la que cocinaba su mujer, que estaba medio vacía, y en el trayecto hasta la puerta se llenó tanto que hubo comida para todos.

Es el santo al que se reza para que llueva en primavera, su cuerpo incorrupto se encuentra en la iglesia que lleva su nombre y es el patrón de Madrid. Las aguas que manan de la fuente que él mismo abrió se consideran milagrosas y muchos madrileños acuden a beberla: el último en aficionarse a ellas ha sido James Rhodes que en su libro Made in Spain alaba hasta el agua del grifo de la capital. A este nuevo español deberían nombrarlo embajador de las cosas buenas porque sus amorosos descubrimientos de las costumbres españolas harían más por el turismo que todas las campañas oficiales.

El agua es muy buena, en efecto: procede de la sierra de Guadarrama que es granítica y por ello arrastra pocos materiales y es muy pura; nada que ver con la que pasa por calizas y lleva mucha cal, aunque esto tiene la ventaja de que fortalece los huesos.

Los madrileños tienen la costumbre de acudir el día de su patrón a comer a la pradera que lleva el nombre del santo y esa tradición popular fue recogida por Francisco de Goya en uno de los cartones que pintó en 1788 para la Real Fábrica de Tapices y que debería haberse tejido para una de las habitaciones del palacio de El Pardo, lo que no se llegó a hacer.

Años más tarde, en torno a 1817, sordo y enfermo, pintó La romería de san Isidro en las paredes de su quinta como parte de las «pinturas negras», actualmente en el Prado, con una visión bien diferente de la que había plasmado en el cartón.

¿Cómo sería la que imaginara para el día de hoy? Goya pintó muy pocos paisajes y los que hizo solían tener personas divirtiéndose despreocupadamente, quizá la romería de 2022 estaría formada por grupillos cerrados mirándose de reojo.


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