Horas críticas

Las ideas peculiares de Philip K. Dick (o los escritores pueden y tú no)

Sesión de fotos de una mujer observando la cabeza (desaparecida) del androide de Philip K Dick en el metro. (Posiblemente no es la real). Foto: Niki Sublime (CC).

Ser escritor mola. Ser escritor mola mucho. Te permite conocer gente interesante, trabajar desde casa, levantarte justo para el vermú y potenciar la creatividad inventando excusas graciosísimas para justificar retrasos, ausencias y fotos comprometedoras. Pero es que, además, a los escritores se les perdona todo.

Todo.

Miren ustedes, por ejemplo, lo de Philip K. Dick.

Si entre sus amistades hay alguno que trabaje en, no sé, el sector de la metalurgia, pueden lanzar un desafío. A ver si hay huevos, colega, jaja, traguito al gin-tonic. Mira, te plantas un día allí, en la fábrica, y, antes de entrar donde el torno, comentas a la peña, jefes incluidos, que acabas de ver a Dios. Sí, a Dios. Bueno, o al diablo, qué importa, la clave del asunto es que levantas tu cabecita, miras fijamente al sol y, oh sorpresa de sorpresas, allí hay un rostro sibilino que te saluda. Jiji. Mire, García, vaya cogiendo los papeles del paro, aquí no queremos verlo más. Ah, y espere unos minutitos, ya hemos llamado una ambulancia. Pum, historia finita, habitación acolchada. Casi seguro.

Pero si eres escritor… joder, si eres escritor te perdonan todo. Piensan que andas de coña, o que estás sometido a presiones grandes, o que mezclas realidad y trama de una novela futura, o que de tanto pensar te has quedado pirulí. Pero se te respeta, coño, se te respeta. A Philip lo respetaban, y eso que un día, como quien no quiere la cosa, elevó los ojos al cielo y allí había un ser maligno, de apariencia metálica, vigilándolo. Unas risas. Y miren que actuó de forma racional nuestro Phil, ¿eh? Primero cerrar los párpados, por si eran fosfenos o algo del estilo. Después autoconvencerse, gritar, no estás, no estás. La carita se burló de él. Como no se iba decidió ponerle nombre, que es lo que se hace con gatitos abandonados y perversiones del multiverso. Eldritch, te llamaré Eldritch. Qué majo, mi Eldritch… saluda, Eldritch… vamos, Eldritch, finge no ser una entidad interdimensional que viene a destruir nuestro mundo. Ay, Eldritch, siempre con tus coñas.

Digamos que Philip K. Dick (1928-1982) siempre tuvo un punto… excéntrico. Sus gustos, sus cosas, lo que lee en el baño. Excéntrico. Desde joven se lanzó a producir novelas y cuentos de ciencia ficción como si no costasen. Dos semanucas y me cepillo otra, que necesito pagar facturas. Ah, la pobreza del literato, cuántas historias guapas nos regala. Y eso, que escribía como un auténtico campeón, solo que hacía trampas. Trampas. Bastantes trampas. Una cajita de anfetas, sí, una de esas grandes. Por cada libro. A puñados, que es como hacen más efecto. A Philip se le quedaba la cara como si fuese el Homer Simpson camionero, ustedes me entienden. Pero funcionaba. A nivel artístico, digo, lo personal ya es otra cosa. Tenía media docena de médicos majísimos que hacían recetas gordas y preguntas flacas. A cada cual, actitud distinta. Que si me duele aquí, que si me duermo allá. En fin, son los sesenta, compadre, disfruta. Si hasta Timothy Leary está chiflándose a lo gordo en Harvard, que tiene una especie de secta de alumnos, artistas y zascandiles mendigando LSD y expandiendo espíritus. A quién va a molestar que un escritor haga lo que todos los escritores hacen. Jaja. Otra rula.

Digamos que el abuso de sustancias quizá contribuyó a potenciarle la creatividad en varias ocasiones, pero tampoco es que fuera lo más sano a nivel… cómo decirlo… a nivel vida. Nuestro colega Phil empieza a tener ligera manía persecutoria que acaba, como todos ustedes pueden imaginarse, cuando se convierte en chivato del FBI para cosas contraculturales, sí, mire usted, señor de negro, yo es que estoy muy metido en el asunto, les puedo ser de ayuda, pero no dejen que se me lleven, por favor. ¿Quién? ¿Quién se lo va a llevar? Pues ellos. Ellos. Los soviéticos. Los comunistas. Los romanos.

Pum, ensalada.

Nuestro protagonista tiene claro que algo va mal en el mundo. La pena es que… en fin, es lo único que tiene claro. Lo otro va y viene. Que hay infiltrados estalinistas en la Casa Blanca, colega. Sí, como lo oyes. ¿Quién? Bueno, a ver, acércate, hay micrófonos por todos los sitios. Ricky. Sí, sí, Ricky. Richard Milhous Nixon (poco se dice que Nixon se llamaba Milhous, para pena nuestra). Cae por su propio peso, decía Dick. Asesina, pone micros, practica el juego subterráneo. ¿No te suena eso a las costumbres de los rojos? Equilicuá… porque es uno de ellos. Ha venido a cargarse nuestra civilización, a convertirnos en una colonia. Ya hay campos de concentración en Alaska para los que somos conscientes de la auténtica realidad. Como yo. Estoy amenazado. Con lo que me jode a mí el frío, que me salen ronchas en las patas.

Ese era el primer enfoque de chifladura cósmica «Philip K. Dick Mode». Pero hay otra. Lo de Nixon resulta… En fin, lo de Nixon resulta hasta normal. Comprensible. Pudiera ser. No me miren de esa forma, esperen y me comparan con la otra opción. Porque, amigos míos, Philip nos dice que no estamos en 1974 (o en 2022, o cuando ustedes lean este desahogo). No, no, sería demasiado fácil.

Bienvenidos al año 70 después de Cristo. Palestina. Oh, sí, el Imperio Romano.

Que todo es una simulación, un universo ficcionado donde nos hacen creer lo que no es y nosotros ahí, tragando como buenas marionetas. Matrix antes que Matrix, y mucho mejor que Matrix (aunque también unos siglos después de Platón, por decirlo todo). Y eso, que él formaba parte de la disidencia, porque se había convertido, y era un cristiano de los buenos, y Cristo habitaba en su interior (seguramente también Micael y Carlos Jesús, estarían todos apretados allí dentro) y hasta hizo la buena labor de bautizar a su hijo con batido de chocolate (algo tan bizarro que, seguro, hay una filia sobre ello y usted puede encontrar videos explicándolo). En aquel entonces los romanos, que son muy malutos, intentaban volverle loco colándose en la radio, en la tele y, en general, en su cabecita loca, loca, loca. Un sinvivir. Con todo, las cositas iban relativamente bien. Logró expulsar a los comunistas de la Presidencia (ejem), contener a esbirros de grebas y loricas, y hasta, en giro bastante osado incluso para él, mantener conversaciones más o menos frecuentes con Dios (como hay confianza lo llamaba Varis). Precisamente Él lo impele a escribir su Exégesis… dicho de otra forma, a poner negro sobre blanco todas esas cositas tan chungas que Phil sabe y los demás desconocen. Cuentan que si por esos tiempos ya no tomaba pastillas y eso, pero si has quemado el cable recuperar después es jodido, supongo…

Ojo, también tenía cosas buenas Philip. Aparte de la literatura, vaya. Era un romántico, un romántico empedernido. A Linda, interés amoroso suyo, la cubría con regalos. Tarjetas, tarejetitas, como los adolescentes. Corazones atravesados por saetas de Cupido, las iniciales de ambos encima, la definición del término masturbación (recortada de un diccionario) en el centro… lo típico que se le ocurre a cualquiera, vaya. Un monstruo, el tío. Ah, también coqueteaba un poco con todas. De hecho, durante su gran día estuvo ausente Joan, abnegada esposa, por aquello de que Philip se tiró un buen rato lanzando redes aquí y allá entre periodistas y fans…

Fue la jornada gloriosa. Flashes, flashes, sonrisa, flash. Hat trick en el Bernabéu, ensaladera por Wimbledon, un concierto de Led Zeppelin. Pero a nivel Philip K. Dick, claro. En Metz, Francia, que es sitio polémico por lo de confluir caminos, estéticas y hasta tradiciones. Todo perfecto, oh, yeah. Cadenota gorda con cruz, papeles bien ordenados, el discurso que se ensaya durante meses y meses (solo para llegar allí y ponerte nervioso como un chaval ante su primer ósculo, porque nuestro héroe es así). Luces, cámara, acción.

Feria del género. Allí, en Francia. Joder, lo adoran, allí, en Francia. Será divertido. Discursito ligero y a otra cosa. Solo que no, que no anda Phil para discursitos ligeros. Carraspear, titubear, balbucir… eso sí, eso todo. Pero es que os traigo una revelación, una revelación importante. Puedo decir sin miedo que a partir de hoy el mundo ya jamás será igual. No, al menos, el vuestro, el de los que sabéis qué es verídico y qué no. Los asistentes ríen, el traductor duda, todos tienen más o menos la cara de quien busca explicaciones para no enterrar al ídolo. Pidieron pizza y les traen hamburguesas, pidieron al apóstol contracultural y ha cruzado el Atlántico un meapilas santurrón. Bueno, menos por lo de la sicalipsis, claro. Y eso, que lo revelado. Vivimos en un mundo diferente al mundo que decimos auténtico. Yo lo he visto, ustedes lo pueden ver. Un mundo peor, un mundo más trágico. Provengo de allí, sé lo que estoy diciendo. Los hay que recuerdan encarnaciones anteriores. Lo mío es diferente… Percibo una encarnación actual, pero distinta. Ya ven, por eso tengo esa mirada, supongo. He conocido la conspiración de Nixon, he conocido al Programador absoluto, he seguido sus dictados y ejecutado sus órdenes. Gracias a mí, y a otros como yo, el Reino está a punto de retornar a este plano de la Tierra que moramos. Muchas gracias, un saludo, gracias por invitarme.

Eso hacen los escritores, amigos. Tienen tal potestad. Les miran raro después, sí, pero siguen vendiendo relatos y novelillas. Cabrones con suerte.

No intenten hacerlo en sus casas.

Un comentario

  1. bueniiisimo

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