Cultura ambulante

Los rostros de Jaume Plensa en Céret

En 1910, Picasso y Braque se instalaron en Céret, en la Occitania francesa, donde alumbrarían algunas de las obras con las que arrancó el Cubismo —una nueva forma de mirar la realidad para construirla o deconstruirla— tras el impacto que les causó la retrospectiva de Cézanne en el Salón de París de 1907.

Céret es una pequeña población, a unos 15 km de La Junquera, apacible, luminosa, trilingüe, famosa por sus cerezas y su tradición taurina, en la que ambos pasaron largas temporadas y en la que recibieron a sus amigos de Montparnasse: Soutin, Krémègne, Chagall, Masson, Loutreil, Herbin, Juan Gris o Brune, nombres a los que se sumaron, en años posteriores, Dufy, Jean Cocteau, Dubuffet y tantos otros que hicieron de esta localidad un refugio de artistas y un lugar mágico para el arte.

El los años 50 del pasado siglo se fundó el Museo de Arte Moderno que se ubicó en un antiguo convento carmelita del siglo XVII, más tarde utilizado como gendarmería y prisión, cuyos espacios se acondicionaron con el fin de reunir las obras que unos y otros fueron cediendo. En 1993 se amplió, bajo proyecto del arquitecto Jaume Freixa, para dar cabida a performances y exposiciones temporales de artistas como Dalí, Miró y Tàpies. En noviembre de 2019 se cerró para construir un nuevo pabellón de 1.300 m2 con una nueva museografía, en un estilo purista y luminoso, muy mediterráneo, diseñado por Pierre-Louis Faloci para la colección permanente. El museo y su colección no han dejado de crecer desde su nacimiento.

La reapertura ha tenido lugar el 5 de marzo con una exposición de Jaume Plensa (Barcelona, 1955) titulada con una frase tomada de uno de sus poemas: Cada rostro es un lugar. El artista ha creado —y guardado en su taller hasta la finalización de los trabajos de ampliación— un total de trece obras y veinte dibujos que en cierto modo complementan las que se reunieron en El silencio del pensamiento en este mismo museo, en 2015, de clara inspiración literaria y poética.

La muestra tiene un protagonista absoluto: el rostro, del que el propio autor afirma que «en el mundo simbolista, es el gran regalo que hacemos a los otros al crear, con los gestos, un alfabeto de signos para comunicarnos; el rostro es la puerta del alma». Sus retratos son universales porque reflejan lo que nos une como seres humanos, caras que hablan de amor, de tranquilidad y de interiorización.

Los tristes acontecimientos que vivimos se han hecho presentes para dar un nuevo significado a esas figuras que invitan al silencio y la meditación, «es un malentendido absoluto, una guerra estúpida; tengo amigos en Ucrania y en Rusia» se lamenta el autor. «Hay mucha gente que está muriendo, mucha destrucción, muchos lugares que no volveremos a ver. Es muy trágico y me pregunto cómo puede el arte ayudar a la guerra… estos rostros son un homenaje a todos los rostros que estamos viendo en los medios, esas imágenes dramáticas de mujeres y niños que huyen de la guerra y de hombres que han decidido quedarse a defender su patria. Los seres humanos nos parecemos tanto que me resulta escandaloso que utilicemos distintas banderas, somos prácticamente idénticos».

El silencio, confiesa, es una de sus obsesiones, la manera de escuchar las vibraciones del cuerpo que nos llevan a la elevación del espíritu, algo que el artista traduce a esas formas comprimidas, casi prensadas, elongadas, en las que impera el sentimiento al punto de diluir la propia materialidad. El silencio ayuda a construir el pensamiento: los ojos, cerrados al mundo, miran hacia dentro y «la escultura se convierte así en una botella que traslada un mensaje en la que tan importante es el contenido como el medio a través del que nos llega».

Nos recibe Carlota, una pieza de 2020 construida en mármol de Macael veteado de grises, para advertirnos del ánimo con el que debemos recorrer el espacio expositivo, una gran sala, de 550 m2 , en la que se han distribuido los rostros a los que según el autor «los visitantes completan con sus propias miradas». Hay un predominio del modelo que Plensa ha convertido en su lenguaje artístico: realizadas en diferentes materiales como el acero inoxidable, el bronce, el alambre o la madera quemada, casi todas son hijas de una misma intención, la que nos lleva a reconocer el idioma en el que se articula el viaje hacia el interior. Una esfera calada que contiene diferentes alfabetos —es su idea de autorretrato— y alguna otra pieza, como Tors I, disienten pero no desentonan en la conversación que une al resto como si de una sala de meditación se tratara.

Cada escultura está iluminada con una luz individual que identifica su lugar en el espacio. Llama la atención Rui Rui’s Words (2017) que pende del techo al fondo de una de las zonas que conforman la estancia; realizada en bronce, invita al silencio, como Carlota, con los ojos cerrados y el dedo índice posado sobre los labios en una imagen llena de poesía y serenidad.

Los nombres se repiten en los rostros ya conocidos, pero a diferentes escalas de las que se manifiesta «muy cuidadoso»: Wilsis, Carlota, Julia y Laura Asia, todas de 2019 y realizadas en bronce, conforman un cuarteto que une rasgos orientales y occidentales a través de formatos casi idénticos. Dos grandes mallazos, Julia y Lou, permiten atravesar la esencia del pensamiento y dirigir la mirada hacia cualquier lado del entorno.

De las paredes cuelgan las telas que «a modo de sudarios» han cubierto las esculturas en los almacenes en las que han estado aguardando el momento de ser desveladas. Plensa recibió de un amigo esos los lienzos que también le hablaron y a los que ha invitado a formar parte de la exposición: los ha frotado con carbón, grafito y pasteles y les ha añadido algún toque de color para convertirlos, como el Santo Sudario, en una imagen en dos dimensiones del rostro que cubrían. Cualquier material le es propicio: la madera porque evoluciona, los metales que fijan el movimiento o el alambre que sirve para trasponer la imagen que los ordenadores crean como lo hacían los canteros con sus puntómetros, los paños que le unen a «sus abuelos» a los que, dice, viene a visitar a Céret y el papel sobre el que dibuja sus poemas con signos reconocibles.

Aunque afirma con cierta socarronería que «en mi vida todo empieza a ser retrospectivo» tiene nuevos proyectos en marcha: una exposición en París, en la galería Lelong, que será lo contrario de la de Céret, con piezas en las que predomina el blanco y el negro y una muestra en el parque de las esculturas en Yorkshire, un lugar muy querido para él; también participará en la bienal de Porto Alegre (Brasil), a la que ha sido invitado, el próximo mes de septiembre.

La muestra se puede visitar hasta el 6 de junio, aunque merece la pena dedicar un par de jornadas a recorrer las salas del remozado Museo de Arte Moderno para admirar los tesoros que contiene: el mural que Antoni Tàpies realizó en 1988 para la entrada, las cerámicas de Picasso, los lienzos de Chagall, la performance de Dalí visitando la población en los años 60 y las obras de artistas actuales como Jean-Pierre Pincemin y sus magníficas esculturas.

El edificio «histórico» alberga la colección permanente con una escenografía casi translúcida diseñada por Oliver Arnaudo mientras que el nuevo pabellón se dedica a las exposiciones temporales. Es un museo moderno en todos los sentidos, con almacenes, salas didácticas y una gran terraza desde la que se pueden admirar al natural los paisajes que los artistas llevaron a sus lienzos. La arquitectura se ha puesto enteramente al servicio de las obras de arte que tienen aquí el protagonismo absoluto; nada distrae la atención del espectador lo que da cuenta de la inteligencia de un proyecto que trasciende lo local y que ha sido financiado con fondos públicos.

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