Tempus fugit

Primavera de azahar y girasoles

Tempus fugit: Tertiadecima septimana

28 de marzo de 1942.- La flor de azahar.

El azahar de la novia. Felipe Abárzuza. Museo Nacional del Prado.

Frontera de lo puro, flor y fría.

Tu blancor de seis filos, complemento,
en el principal mundo de tu aliento,
en un mundo resume un mediodía.

Astrólogo el ramaje en demasía,
de verde resultó jamás exento.

Ártica flor al sur: es necesario
tu desliz al buen curso del canario.

Miguel Hernández no habría podido ligar estos endecasílabos si no hubiera llevado circulando en la masilla de la sangre la fragancia del azahar, el olor que impregna las madrugadas y los anocheceres de primavera.

Esta flor, símbolo de pureza y fertilidad por su color blanco, fue utilizada desde muy antiguo como atributo del matrimonio; los frutos a los que da lugar, fueron ofrecidos por las Hespérides en los desposorios de Júpiter y Juno (diosa de la maternidad) según la mitología romana.

Los cítricos, procedentes de Asia, se conocían en Babilonia y en la antigua Grecia como plantas ornamentales de palacios y jardines. Los musulmanes los introdujeron en la Península Ibérica en torno al siglo X, pero eran variedades amargas que solo adornaban y cuyos frutos no se consumían; fueron las expediciones portuguesas del siglo XV al subcontinente asiático las que trajeron otras especies más dulces y comestibles.

La palabra árabe az-zahar significaba genéricamente «flor blanca» pero también se usaba para el «juego de tabas», antecesor directo de los dados, y de ahí que se designe como azar la suerte o la casualidad, aunque haya perdido por el camino la hache intercalada. Es nombre de mujer: el palacio de Medina Azahara, en Córdoba, dedicado a la favorita de Abderramán III, era un lugar repleto de árboles y flores, lo que le daría al nombre doble significado.

En la literatura hay muchas referencias al azahar como símbolo de amor puro: Flaubert lo pone en el ramo de novia de Madame Bovary y Guy de Maupassant en su Sicilia escribe «Un aliento continuo viene del bosque perfumado, un aliento que embriaga la mente…».

En el arte aparece en multitud de obras, sobre todo a partir del siglo XV: hay naranjas en el famoso cuadro de Jan Van Eyck El matrimonio Arnolfini y Botticelli sitúa a Venus, en su representación de la primavera, en un bosque de naranjos. En el Museo del Prado se puede contemplar un cuadro costumbrista pintado en 1901 por el gaditano Felipe Abárzuza y llamado El azahar de la novia.

Miguel Hernández falleció de tuberculosis en la cárcel, situada entonces a las afueras de Alicante, el 28 de marzo de 1942. Sería bonito pensar que le hubiera acompañado el dulce perfume de su infancia.

28 de marzo de 1985. –  Marc Chagall

Una mujer, con el pelo en llamas y un niño en los brazos, es transportada en un trineo tirado por un mulo hacia un cielo azul, amarillo y blanco en el que asoman unos ángeles. Abajo, un hombre tendido sobre la nieve en medio de una calle, un caballo que intenta remontar con una dolorosa carga de sangre sobre otro que huye espantado: la guerra, cualquier guerra. Esta pintura, llamada así, La guerra fue realizada por Marc Chagall en 1943 pero describe el horror intemporal del dolor y la destrucción.

Al pensar en la obra de Chagall, la mente se llena de azules mágicos y de imágenes fantásticas: enamorados que vuelan para besarse, escenas bíblicas sobre tonos índigo o rabiosos carmines definieron el estilo de este artista que tomó de todos sus contemporáneos sin dejarse arrastrar por ninguno.  El trazo y el colorido de Chagall son reconocibles en cualquiera de sus obras, sea un óleo o una vidriera, como lo son las obras de los que fueron sus amigos Picasso y Matisse.

El 28 de marzo de 1985 falleció Mark Zajárovich Shagálov, más conocido como Mark Chagall, en Saint-Paul-de-Vence, una localidad provenzal muy cercana a Niza; era casi centenario. Había nacido en 1887 en Vitebsk, actual Bielorrusia, en una familia judía de estricto cumplimiento religioso y pocos recursos económicos, a pesar de lo cual, pudo viajar a San Petersburgo para estudiar en su Escuela de Arte. Ya convertido en pintor, vivió unos años en París donde entró en contacto con los artistas del barrio de Montparnasse. En 1914 regresó a Rusia poco antes del estallido de la I Guerra Mundial y allí permaneció, en su ciudad natal, tomando parte activa en la Revolución Rusa de 1917.

Su vida, a partir de ahí, fue un continuo peregrinaje; de Alemania tuvo que huir a Francia y posteriormente a EEUU después de la ocupación nazi y del estallido de la II Guerra Mundial. En los años 60 volvió a Francia donde se instaló definitivamente tras conseguir la nacionalidad y recibir encargos para pintar el techo de la Ópera de París o las vidrieras de la catedral de Reims.

Los conflictos pautaron su existencia y su vida, que ocupó casi todo el siglo XX, estuvo marcada por ellos. A pesar de todo, su imaginación voló del amor a las tradiciones, y de la religión a la naturaleza acompañada de colores brillantes, esos que llenan de optimismo hasta las más tristes horas.

30 de marzo de 1987.- Los girasoles de Van Gogh

Ya va por la tercera edición el libro de Óskar González Mendía Por qué los girasoles se marchitan editado por Cálamo. Este profesor repasa, con un lenguaje claro y muy pedagógico, la relación entre el arte y la química y cómo se han utilizado y comportado los pigmentos a lo largo de la historia del arte.

El título elige Los girasoles de Van Gogh por ser una obra muy conocida y por sus peculiares andanzas, aunque se estudian todos los componentes con los que los artistas han coloreado sus obras. Como es sabido, el pintor neerlandés utilizó con profusión el amarillo de cromo porque según él mismo contaba en sus cartas a su hermano Theo, era el tono que identificaba sus emociones.

Pintó girasoles a lo largo de toda su carrera, aunque los más conocidos son los siete lienzos que componen la serie que le ha hecho famoso.  El 30 de marzo de 1987, la galería Christie’s de Londres subastó uno de ellos —Jarrón con quince girasoles, de 1888— que alcanzó la cifra récord de 22 millones de libras del momento.

El adjudicatario fue el magnate japonés Yasuo Goto que se llevó la obra a Tokio, dicen las malas lenguas que para guardarla en una caja fuerte y exponer una copia, no fuera a ser que se la robaran. La polémica se suscitó cuando corrió el rumor de que la propia obra vendida era una falsificación hecha por Émile Schuffenecker quien siempre se defendió diciendo que sólo había intervenido para restaurar el color ya que el amarillo de cromo se vuelve parduzco con el tiempo. Parece ser que se permitió también alguna licencia personal ya que estaba ante la obra de un maestro (y no se pudo resistir). Al final, los expertos del Art Institute de Chicago junto a los del museo Van Gogh de Ámsterdan resolvieron a favor de la autenticidad del cuadro en el que el dueño de la mayor aseguradora nipona había invertido semejante fortuna.

La cuestión arrastra todavía varias discusiones: el precio y el valor de una obra de arte, el arte como inversión, la participación del artista en el mercadeo, la fiabilidad del original, el unicum y el trasiego de falsificaciones y un largo etc. de argumentos que permanecen vigentes en los nuevos modelos digitales que conocemos como NFTs.

Que se estropeen con el paso del tiempo no parece importar mucho siempre que se cuente con un buen equipo de restauradores: que se lo pregunten si no a los que volvieron a iluminar todas las obras de Julio Romero de Torres ennegrecidas por el barniz que utilizó en su día, por poner un ejemplo.


Si quieres recibir semanalmente Tempus fugit, puedes suscribirte a nuestra newsletter aquí.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

*