Ficción

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Foto: Philipp Katzenberger (CC0).

Primer plano de la crotalus durissus. Alejamiento de cámara hasta un plano medio en el que un hombre parece presa de un paroxismo extático. Enroscada en su brazo, la crotalus durissus se retuerce, muestra los colmillos, ataca. El hombre la esquiva. A su alrededor, el público, de pie, clama y alza los brazos al cielo, bañado por el neón azul de la cruz que cuelga de la pared en el fondo de la habitación. Solo uno de los concurrentes permanece sentado. Cabecea en dirección opuesta a la conmoción. Da la impresión de haberse quedado dormido.

Una imagen pixelada. Los contornos de cada elemento dentro del encuadre se difuminan en degradado, las figuras se mezclan hasta el punto de que es imposible distinguir dónde termina una, dónde empieza la siguiente. Solo se pueden diferenciar unas de otras gracias a la superposición y el contraste de colores. Arriba, a la derecha, aparece un recuadro azul pálido atravesado por mechas blanco brillante que se deslizan hasta desaparecer detrás de otro recuadro, este marrón, más grande y alargado, que ocupa todo el lado izquierdo. Nada más se mueve durante el primer medio minuto.

Abajo, en el centro, las dos manchas negras se acercan una a otra hasta tocarse. Por un momento parece que van a fundirse hasta que una cae horizontal. La otra queda en suspenso un instante.

Un hombre y una mujer en un auto; el hombre va de copiloto, la mujer conduce. No se miran. La sucesión de luces discontinuas que rebotan del cristal del parabrisas revela:

  1. que el auto está en movimiento,
  2. que probablemente sea de noche,
  3. que la velocidad del auto aumenta conforme rueda el metraje.

Como no podemos ver más allá y los destellos de luz tienen forma circular (por lo que parecen provenir del alumbrado público típico de una autovía) decimos eso de que probablemente sea de noche. Quién sabe. Tampoco podemos descartar que se trate de un túnel. Interminable.

No nos resulta fácil discernir eso que cae, planeando en el aire, dispersándose en hileras de motas centelleantes que se expanden hacia abajo. Es como un árbol sin tronco ni copa echando raíces en tiempo real. Se diría nieve, pero el cielo está despejado y no parece invierno. Casi al final, un fardo grisáceo se precipita a gran velocidad atravesando la nube tóxica. Las motas se esparcen, algunas salen disparadas. Acaban posándose en las azoteas de los edificios adyacentes.

Tocante a perversiones sexuales el cliente tiene una política de tolerancia cero. Pero eso no impide que de vez en cuando se nos cuele alguna perversión que otra, quizá maquillada con escrúpulo (los perversos suelen ser escrupulosos) o, como en este caso, camuflada tras la exasperante inocencia de un clip de dibujos animados.

Una mujer camina con dificultad por un terreno baldío. Con los brazos contraídos acuna una cesta que parece contener ropa recién lavada. Paso a paso inseguro la cesta se balancea peligrosamente. Más de una vez está a punto de volcarse. Cuando la imagen vibra, la mujer desaparece. La cesta cae, la ropa se ensucia.

Cardumen para los peces, bandada para los pájaros, ¿y para las moscas? Son muchas, en todo caso, tantas que parece un canal de televisión de los de antaño, un canal analógico cuya frecuencia está vacía y nos recuerda aquellas noches de los ochenta en que nos quedábamos sin sintonizar y debíamos conformarnos con dormitar al arrullo hipnótico del ruido estático.

Al que presta suficiente atención no tarda en revelársele lo que busca. Dos siluetas emergen del pandemónium analógico de moscas, se van haciendo nítidas hasta que vuelven a desparecer. Niños o enanos, uno de ellos intenta escapar con un paquete, el otro se abalanza sobre él.

Primero el mar. Después, la embarcación que oscila. Con cada sacudida a la derecha, desde la esquina superior izquierda penetra una luz intensa que devora los ojos. Cuando escora hacia la izquierda, desde la derecha los náufragos caen de dos en dos. Se sueltan o son empujados, no sabríamos decirlo. Gotas iridiscentes entorpecen nuestro análisis.

Se ve un auto varado en diagonal en lo que parece el arcén de una carretera secundaria. La carrocería tiembla, el motor vibra, el capó humea. Cuatro enormes agujeros han dejado el parabrisas a punto de quebrarse, acercamiento de cámara hasta el interior de la cabina impregnada de pegotes rojos. Una niña tiembla agazapada en el asiento trasero, se lleva la mano a la pierna izquierda. Su madre fue una ‘reina de belleza’.

Estas pequeñas pausas para limpiar la arena del gato o poner la ropa en la lavadora se cuentan entre las innumerables ventajas del teletrabajo. Podemos parar cuando queramos. Es un privilegio, nos dice el cliente, pero conviene no abusar de él porque hasta el más nimio detalle es contabilizado. Desde el número de clics en el ratón, pasando por la cantidad de veces que apartamos la vista, hasta cada gota de sudor que nos corre por la frente mientras intentamos descifrar si este vídeo es real o solo tiene muy buenos efectos especiales.

Una multitud de camisetas raídas sobre pieles morenas empapadas en sudor o sangre. Algunos brazos empujan, otros se repliegan en actitud defensiva, las caras anónimas miran con la misma expresión transfigurada. Las bocas se abren pero, sin audio, imposible saber lo que gritan. La cámara avanza entre el remolino de metales en ristre, dando enviones violentos a izquierda y derecha, dejando atrás un probable reguero de recriminaciones y amenazas de muerte, hasta quedar suspendida en picado sobre la figura que trastabilla en el centro.

Pierde aliento al final de cada frase, como si fuera incapaz de seguir un teleprómpter. Está sentado en una silla de madera, en mitad de lo que parece una tienda de campaña. Nervioso, varias veces se equivoca y vuelve a empezar, apremiado por el hombre camuflado que lo sujeta por la espalda. Hace calor, el aire pesa movedizo. Los rodea una arena fina, nostálgica, casi invisible, que va ensuciando fotograma a fotograma la tela negra que se extiende al fondo. Se intuye entre ambos una tensión cómplice. Cuando el hombre sentado por fin termina su homilía, el camuflado lo abraza desde atrás en un gesto casi tierno.

Creemos reconocer el lugar, aunque esto debió ocurrir muchos años antes de que naciéramos. Lo delata la ropa vintage de los transeúntes, el alambicado estilismo de los anuncios de las tiendas, el tamaño incómodo de los autos que se deslizan calle abajo hasta desaparecer del encuadre. La grabación, empañada y granulosa, debe ser la copia de una copia de una copia, la cinta avejentada tras el paso del tiempo y los cabezales, deteriorada por la fruición de cientos de historiadores y curiosos intentando desentrañar alguna verdad duradera.

El SS-X-100 rueda despacio, haciendo titilar las luces de emergencia. En un reflejo quizá demasiado humano, la mujer se da la vuelta y salta del asiento trasero. Camina a gatas sobre la carrocería del descapotable, se aferra a la mano de un hombre que la aparta. Atrás queda una parte de su historia.

El vídeo es breve y la resolución baja, pero la impresión que deja es duradera y nítida. Decenas de sacos calcinados en una habitación rectangular, el humo seccionado por cuatro rayos de luz vertical provenientes de una ventana con barrotes. El periodista (lo llamamos periodista por el micrófono que lleva en mano) escarba con la otra entre los restos: esto es una cabeza, un pie, la pipa de crack que uno de los presos debió dejar encendida por accidente.

Imposible volver atrás o adelantar. Hace rato que alguien decidió por nosotros lo que debemos ver, estamos a merced de la providencia algorítmica. Sentados ante la pantalla, las barras cambiantes del reloj digital, ajustamos el brillo, bajamos el volumen, deslizamos el ratón, permanecemos a la expectativa de qué será el fragmento siguiente.

La cámara de seguridad en el pasillo del hotel, la mujer que sale reptando de la habitación, el reguero que queda sobre la alfombra gris, una mano desde el suelo intenta pulsar el botón del ascensor, el hombre que sigue el rastro levanta a la mujer justo cuando la luz se enciende, las puertas del ascensor se abren, la de la habitación se cierra.

Es la hora de la comida, pero nos conceden bonus salariales si llegamos hasta final de cada post. El cliente premia la resistencia. Nunca se sabe, dice, a veces lo que empieza mal termina bien. Siempre puede producirse un giro catártico, una sorpresa de último segundo en que descubrimos que todo era mentira, un alivio instantáneo de conciencia en forma de deus ex machina.


Con la colaboración del Máster en Creación Literaria de la BSM-UPF, dirigido por Jorge Carrión y José María Micó, catorce años formando a escritores de España y América Latina. Más información aquí.

Luis Freites. Escritor venezolano afincado en Barcelona. Es autor del libro de relatos Barrio bonito (2017). Ha sido editor y profesor y actualmente ejerce como librero para la Asociación Llibre Solidari. Ha cursado el Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra.

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