Crónicas

Francia desencadenada

Una travesía por diez escritoras francesas cuyos libros han desatado grandes y pequeñas revoluciones

Marguerite Yourcenar (1903-1987). Foto: Bernhard De Grendel / Winoksbergen (CC).

Toda escritura es única. Sin discutir esa premisa es posible rastrear huellas entre autoras francesas que escribieron o escriben con la única pretensión de representarse a sí mismas y, precisamente por eso, han logrado cada una a su manera que sus historias atraviesen a sus contemporáneos. Este trayecto abarca a pioneras olvidadas durante años; referentes más nombradas que leídas; o apellidos llamados a revolucionar el universo literario actual en una búsqueda personal a través de diez nombres: De Gouges, Dupin, Colette, Beauvoir, Duras, Yourcenar, Ernaux, Despentes, Slimani y Daas.

Las consecuencias de la ocupación asomaban en la literatura de Duras; la otredad que Beauvoir aplicaba a la mujer respecto al hombre renace en Slimani con la migración y subyace en la hasta ahora única obra publicada por Fatima Daas, que promete seguir ahondando en las prácticas de Ernaux o Despentes, donde su propia experiencia se convierte en material de alta literatura. Diez escritoras en las que converge la mirada crítica, disidente de su tiempo, que unas han practicado de forma velada y otras explícitamente. Ninguna trazó un camino igual. El reconocimiento les llegó por vías muy distintas: por la negación de su obra, derribando obstáculos a base de ventas o por la vía rápida desde prácticamente la primera letra publicada. ¿Qué tienen entonces en común?

A todas las une la capacidad de disentir de su tiempo haciendo lo que mejor sabían: escribir siendo exactamente ellas mismas. Entre las diez acumulan millones de lectores en todo el planeta y cada una es capaz de prender con su literatura la chispa de una revolución.

Decir esa palabra aludiendo a Francia es invocar el espíritu de la «liberté, egalité, fraternité», un lema que, interpretaciones románticas aparte, no era en su origen más que tres palabras primorosamente enlazadas porque solo era aplicable a hombres de una determinada condición. «Hombre, ¿eres capaz de ser justo? Una mujer te hace esta pregunta», cuestionó la perspicaz Marie Gouze (1748-1793) cuando se decidió a emprender la revolución más larga y difícil, la que concernía a la posición social de las mujeres en 1791. Gouze firmaba sus escritos con un nombre diferente, Olympe de Gouges, y su pensamiento la condujo al mismo destino que la depuesta reina, a la que pedía amparo para «su» sexo. Su empeño era simplemente ganarse la vida con su escritura —obras de teatro, artículos de opinión, ensayos—, pero intentar elevar a las mujeres a la inalcanzable categoría de ciudadanas le costó la vida cuatro años después de la caída del régimen de Luis y María Antonieta. Con ella compartió destino, que no posteridad, porque De Gouges —que se adelantó a Wolstonecraft— quedó perdida en la escombrera de la historia hasta dos siglos después, cuando parte de su obra está siendo recuperada. La escritora armó el primer documento que proponía la equiparación jurídica y social de las mujeres a los hombres, epatando punto por punto la Declaración aprobada por la Asamblea Nacional. Su pionera defensa de la emancipación de la mujer tenía mucho que ver con su propia situación: la de una joven obligada a casarse en un matrimonio concertado que pronto enviudó y quedó a cargo de su hijo. Con dinero suficiente para subsistir, pudo dedicar su tiempo a la literatura. El éxito le llegó pisando terrenos pantanosos en sus obras de teatro y ensayos: pidió abolir la esclavitud y cualquier tipo de opresión. En ese intento publicó la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, un alegato por la igualdad efectiva corrosivo y directo.

Fatima Daas, Festival Atlantide 2021, Nantes. Foto: DeuxPlusQuatre (CC).

En el extremo más cercano en el tiempo Fatima Daas (1995) es la última revelación de las letras francesas cuya historia está por escribirse. Su escritura conecta con Gouges en la reivindicación de la parte de la sociedad que aspira a conseguir que el lema de la República de Francia se cumpla de una vez por todas, desde su posición de integrante de varias minorías si se atienden a aspectos de su bio —origen, religión, orientación sexual—. Daas también oculta su verdadero apellido, aunque es quizá el único aspecto personal que no expone: presta a su protagonista en La hija pequeña (Premio Les Inrockuptibles) su nombre, su familia, su entorno social y hasta su enfermedad crónica para construir un relato que ha vendido 35.000 ejemplares en Francia en una encendida denuncia del sistema.

Las experiencias vitales estuvieron también al servicio de las obras de­ Amandine Dupin (1804-1876), cuya identidad va abriéndose paso para dejar atrás el nombre masculino con el que firmaba, George Sand. No fue la única, pero sí la más popular de las escritoras de su tiempo. «¿Debo continuar escribiendo novelas?», pregunta en una de las numerosas cartas que intercambió con Gustave Flaubert, unidos por una admiración mutua. En su literatura queda el rastro de su pensamiento y de su vida: religiosa, anticlerical y socialista, escribía tan libremente como vivió. Su novela Ella y él refleja la alta complejidad de las relaciones humanas y aunque muchos de sus títulos guarden ciertos paralelismos con ella, Historia de mi vida es una autovía para conocer las causas que empujaban su azorada existencia. Un escalón más arriba en la práctica del realismo sin filtrar está Sidonie Gabrielle Colette (1873-1954). Basta una sola página de su Claudine en la escuela para saber que se está entrando en el terreno de las grandes escritoras. Su retrato de una adolescente empujada por su entorno a la adultez no escatima detalles: relaciones lésbicas, lascivia pederasta y el lado más cruel de la vida rural son diseccionados por la implacable protagonista, con una mente abierta espoleada por sus lecturas —entre las que figuran los relatos eróticos de Pierre Louys o la Historia de Francia de Michelet—.

Simone de Beauvoir. (CC0).

Su nombre, junto al de Dupin, salió de los labios de otra grande de las letras, la primera en atravesar —que no en merecerlo— las puertas de la Academia Francesa, una institución que permaneció ajena a la sociedad durante sus primeros 345 años, impidiendo ingresar en la nómina de las inmortales a cualquier escritora. Hasta que en 1980 Marguerite Yourcenar (1903-1987) lo logró. Fue Jean d’Omersson quien resumió magistralmente el significado de aquel día: «Ser una mujer no basta en todos los casos para sentarse bajo la cúpula. Pero ser una mujer tampoco es bastante ya para impedirle que se siente aquí». La escritora belga ha dejado una huella imborrable, donde figura en primer término su celebrada Memorias de Adriano,  aunque en sus conversaciones Con los ojos abiertos con Matthieu Galey permiten acercarse al pensamiento de la Yourcenar artesana de la palabra y ferviente observadora. La muerte la sorprendió un año después que a Simone de Beauvoir (1908-1986), vanguardia de la intelectualidad mundial cuyos ensayos han opacado su faceta de novelista pese a excepcionales títulos como La invitada o Los mandarines, con la que ganó el Premio Goncourt en 1954­­. Sus lecturas no son fáciles, pero sí enormemente agradecidas para quien se adentra en su complejidad. Así sucede con el gran tratado del pensamiento feminista, El segundo sexo, donde examina los mitos que relegaban socialmente a las mujeres, desarmando a Freud, a Engels o las extemporáneas opiniones de Montaigne.

«No se nace mujer, se llega a serlo», dejó escrito, y esa frase contiene todo lo necesario para consumar la única revolución que triunfó en el siglo XX.

Los 22.000 ejemplares vendidos en la primera semana de publicación evidencian que caminaba en la dirección adecuada con sus reflexiones. Su mirada sobre la maternidad como el método opresor por excelencia contra la mujer avanza un principio del que aún quedan rescoldos: el de cuestionar a quienes eligen no serlo. Deslumbra por su lucidez y por la sarta de verdades que impregnan sus páginas, un auténtico refugio para mentes inquietantemente estables. Escribía de lo que le afectaba, de lo cotidiano a lo universal. De nuevo a través del ensayo, abordó en La vejez las dificultades de la etapa madura, esa edad en la que las personas quedan recluidas en la inexacta categoría de «viejos».

Más explícitamente autobiográfica es Marguerite Duras (1914-1996), que experimentó con El amante su gran fenómeno literario. La historia de aquella niña de Saigón que tantos paralelismos guardaba con ella le valió también el Premio Goncourt en 1984. Vendió 1,6 millones de ejemplares y sigue siendo el récord del galardón francés.

«Nunca he escrito creyendo hacerlo; nunca he amado, creyendo amar, nunca he hecho nada salvo esperar delante de la puerta cerrada», dice por boca de su protagonista, una adolescente de 15 años y medio que vive un temprano despertar sexual y a la que la vergüenza por la miseria moral de su familia puede más que la económica.

Su nacimiento en la entonces colonia francesa quedó ligado a su obra, convirtiéndose en una narradora de sí misma, como si huyera de su propia vida. En El amante expone hechos traumáticos como espectadora, con la misma capa aséptica que imprimiría más tarde Annie Ernaux (1940) a sus autoficciones, que se refleja a su vez otros autores franceses. El Princesa de Asturias Emmanuele Carrére la señala entre sus escritores fetiche, igual que Virgine Despentes o la debutante Fatima Daas, cuya primera obra es descendiente de su literatura. La no ficción cobró relevancia con una autora que encontró en la disección de sus experiencias su herramienta de trabajo. En El acontecimiento somete a ese profundo análisis sus recuerdos del aborto clandestino que sufrió en los años 60. La penalización de un derecho finalmente conquistado es la excusa para retratar sin adornos las dificultades sobrevenidas para una joven de 23 años que toma una decisión que solo le concierne a ella y sobre la que cualquiera vierte su juicio. Cuenta su aborto como podría contar la llegada a la luna, desde una perspectiva tan alejada que su lectura deviene en hecho histórico.

Fue Virgine Despentes (1969) quien reabrió con su Teoría King Kong (2006) la cuestión social de la mujer, adelantándose al movimiento «Me too». «Las mujeres que se sienten más King Kong que Kate Moss», resume en un ensayo sin dramatismos y sin circunloquios. Teoría… es un ensayo escrito a hachazos, una autobiografía cargada de sensatez, aunque asuste, porque la experiencia personal asusta muchas veces. Como la pionera De Gouges, Despentes lanza sus cuestionamientos contra objetivos concretos y pide también las respuestas que no se obtuvieron después de la revolución feminista de los años 70: «¿Por qué no se ha inventado el equivalente de Ikea para cuidar a los niños, el equivalente de Macintosh para hacer las tareas domésticas?». Cuestionar como si disparara, ese es su sello: «¿Qué es lo que exige ser un hombre de verdad? (…) Estar angustiado por el tamaño de la polla (…) No saber pedir ayuda. Tener que ser valiente, incluso si no se tienen ganas». Lo que plantea es una «revolución de los géneros», que necesariamente debe escapar de la «religión igualitarista» que es el capitalismo. Otra Virginia está muy presente en su texto, haciendo suya la afirmación de Woolf de que «el primer deber de una mujer escritora es matar al ángel del hogar». La fuerza de todas ellas reside en que escriben para sí mismas, aunque la sociedad las acuse de lanzarse contra lo establecido. Ese sello va impreso en la escritura de Leila Slimani (1981). En 2016 una treintañera se hacía con el Goncourt con la historia de una niñera asesina. Canción dulce empieza por el final: con los padres descubriendo que la cuidadora de sus hijos ha asesinado a su bebé, la excusa para exponer a la burguesía francesa a sus contradicciones. Nacida en Marruecos, antes de nada asesinó, con sus novelas, las convenciones asignadas a la mujer. Con la primera, En el jardín del ogro aniquiló la concepción del sexo como placer secundario para ellas a través de una madre de familia adicta. Alcanzada la notoriedad, volvió su esfuerzo hacia el ensayo para hablar sobre Sexo y mentiras. Vida sexual en Marruecos. Un trayecto sólido y ecléctico que le permitió adentrarse en la trilogía que la mantiene ocupada: la de su propia familia, inaugurada con El país de los otros y llamada a ser testimonio de una nueva generación que reclama su espacio en Francia y en el mundo.

Virginie Despentes – Prix Landerneau Découvertes et Roman 2015. Foto: ActuaLitté (CC).

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