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De la sevillana Lebrija (y no Nebrija) a Ucrania

Estatua de Antonio de Lebrija (c.1441-1522) en la entrada de la Biblioteca Nacional de España, en Madrid. Esculpida por Anselmo Nogués García (1864-¿?) a fines del siglo XIX. Fotografía de Luís García (CC).

Antonio de Lebrija, no Nebrija.

En la colección Breviarios de la editorial Athenaica, Juan Gil publica ahora Antonio de Lebrija, con ocasión del quinto centenario de la muerte del gramático e historiador nacido en el pueblo sevillano de Lebrija. Es aquí, justo aquí, adonde queríamos llegar. A ver, ¿se dice Antonio de Nebrija o Antonio de Lebrija? Durante mucho tiempo al humanista se le conoció por el muy fatuo Elio Antonio de Nebrija. Para aclarar el nombre y purificarlo de engolamiento y falsedad, Juan Gil escribe al respecto: «El halo mítico que envolvió su figura causó graves estragos. La primera y muy dolorosa víctima fue su propio apellido, ese «de Lebrija» que tomó de su lugar de nacimiento en sustitución del «Martínez de Cala» paterno o del «Jarana» materno. En el frontispicio de sus obras, escritas casi todas ellas en la lengua del Lacio, figura orgulloso su nombre latinizado, Aelius Antonius Nebrissensis, una secuencia que, suprimidas las ínfulas nobiliarias, se corresponde bien con la firma que usó en vulgar, escrita con una majestuosa letra humanística muy nítida y clara: Antonio de Librixa. De Nebrissensis se debería haber derivado solo un adjetivo, nebrisense (hoy lebrijano sonaría a cantaor o torero); pero la incultura llegó a más y entre este adjetivo y el topónimo Lebrija, se forjó un absurdo e inexistente Nebrija […] Es hora de reaccionar». Aclarado queda, pues, que el humanista y estudioso lingüista no es otro que Antonio de Lebrija y no Nebrija ni tampoco el latinizado y engolado Aelius Antonius Nebrissenis. Su efeméride en 2022 debe servir para llamarlo, nunca mejor dicho, por su nombre. Lo del lebrijano pega más, es verdad, para un cantaor de flamenco. Sin olvido de la eufonía de la muy entrañable y querida Unión Deportiva Lebrijana de fútbol…

Ucrania.

La guerra civil entre bolcheviques y rusos blancos la describió como nadie Mihail Bulgákov en La guardia blanca, que transcurre en Kiev en el invierno de 1918-1919. Por su parte Chaves Nogales, en El maestro Juan Martínez que estaba allí, recrea uno de los más tragicómicos pasajes de la novela en tierras de Ucrania, en plenos bandazos de la guerra civil entre rojos y blancos, sin olvido de las razzias cometidas por los independentistas ucranios. Ucrania, cuyo amarillo en la bandera recuerda a sus pródigos campos de cereales y cuyo azul evoca el cielo patrio, ha sido siempre una tierra muy sufrida por la guerra y la barbarie. Ha padecido históricamente el yugo de mongoles, lituanos, polacos, rusos imperiales, austrohúngaros, nazis y soviéticos bajo la era criminal de Stalin. Sin olvidar los terribles pogromos antijudíos que se dieron en suelo ucranio. El último y frío documental de Sergei Loznitsa, Babi Yar. Contexto, recrea el terrible pogromo sucedido bajo la ocupación nazi, durante la Segunda Guerra Mundial, a las afueras de Kiev. El propio Loznitsa filmó otra película anterior, Donbáss, reflejo de la manicomial situación de guerra híbrida que desde 2014 se vivía en las zonas prorrusas del oeste de Ucrania (la cinta ganó el Festival de Cine Europeo de Sevilla en 2018). La lupa internacional vuelve a ponerse estos días por los heladores pagos del Donbáss. No hagan caso de los tertulianos expertos en todología y vean mejor esta película fría y sin corazón. Pura guerra sin nombre. Pura locura.

2 Comentarios

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