Ficción

El insecto

Es el avance de una tijereta, su caminar lento sobre el parqué, lo que me distrae mientras escribo las últimas palabras de un correo electrónico. Debía haberlo enviado hace horas y el latido del reloj me apremia mientras la noche, clara, quebradiza, pero sobre todo silenciosa, me mira a los ojos diciéndome que yo soy culpable de no haber enviado la comunicación a tiempo. El insecto para unos segundos y puedo ver sus antenas vigorosas y su abdomen negruzco y anillado en contraste con la madera de abedul del suelo de mi casa. Un recuerdo de la infancia: cuando los cazábamos y éramos tremendamente crueles con ellos. En mi niñez de barrio de Barcelona los llamábamos cortapichas. Me impresionaban sus tenazas de animal mitológico y conminatorio. Ese insecto que no hacía nada pero nadie quería tener cerca. Hago clic sobre «enviar» y cuando levanto la cabeza el bicho ya no está ahí. Afuera las hojas de un arce palmean por el vientecillo de media noche. Me sobreviene un miedo solapado por esa remota posibilidad de que la tijereta haya encontrado el camino a algún rincón oscuro y húmedo de la cocina y, ya en ese momento, esté realizando una puesta de huevos. Huevos que luego serán larvas color miel clara, más tarde pupas y después pequeños imagos con tremendas pinzas prensoras. La imagen del espanto.

Al no poder encontrar de nuevo la tijereta doy mis miedos por vencidos. Pero la noche pasa lenta y mi cabeza juguetea conmigo. La tijereta se reproduce por centenares en ese lugar estrecho y húmedo, ese refugio perfecto para aquel insecto contra el que no tuve la determinación de pisar fuerte con mi pie desnudo.

Por la mañana busco en un tratado de entomología general y descubro que pertenece al orden de los dermápteros el insecto que a esas horas estaría paseando por algún rincón de la casa, después de haber dejado su prole, homicida y feroz, a buen recaudo. El café ya está perdiendo su temperatura cuando aparece mi hijo con un andador de madera con el que ya no solo camina, sino que corretea por la casa y por los parques mientras se ríe a carcajadas; quién sabe si de felicidad o desasosiego. Suelta el carro, se deja caer de culo y me mira alzando sus manos para que lo coja en brazos. Entonces la vida es un verso susurrado con una sonrisa. Cuando muevo el carrito para apartarlo de mi camino, me encuentro con la temida tijereta, la dermáptera de las pérfidas metamorfosis, el cortapichas de nuestras pesadillas, con su abdomen y sus pinzas ya sin épica aplastadas por la rueda inocente del carro de mi también inocente hijo. Justo acabo de leer una última línea sobre las dermápteras: Muchas especies prodigan cuidados maternales a los huevos, volteándolos y lamiéndolos continuamente para evitar cualquier tipo de contaminación. Me agacho, cojo la dermáptera y le dedico una despedida lenta y silenciosa mientras camino para depositarla con la delicadeza de quien acababa de aprender algo cuando ya es demasiado tarde, y el único final posible tiene forma de cubo de basura orgánica. Mi hijo sonríe ajeno al drama que ha generado mi miedo soterrado.

Tengo un nuevo mensaje en la bandeja de entrada: dos signos de interrogación, una pregunta vacía como asunto del correo que me envía un tal Gregorio San Sebastián. Un adjunto que contiene la fotocopia de un contorno tenaz e inspirador, unas pinzas cinceladas de un cuerpo que fue brillante y quitinoso en vida, y que ahora se traza en líneas carbón que me recuerdan a la calcinación de los miedos antiguos en la retina del tiempo consumado.


David Gambarte ha publicado dos libros de poemas y uno de relatos. Escribe para Jot Down sobre literatura y ciencias. Es lector, pescador a mosca y, sobre todo, padre. Lo demás carece de importancia.

Un comentario

  1. Excelente relato. Lo leí mientras tomaba mi desayuno y me ha dado una extraña tranquilidad.

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