Ficción

Distancia

Foto: Lee Haywood (CC BY-SA 2.0)

Como el espacio entre dos puntos blancos de luz, en este cielo limpio y negro de la montaña, tomo distancia de mi hijo. Miro cómo le habla al fuego que armó con ramas secas de las palmas y pedazos de leños. Se acerca a la llama, sabe qué decirle, como si el fuego tuviera ojos y él los estuviera mirando sin dejar que nada lo distraiga. Le dice, eres como un dios con un hechizo en el medio. Le dice, eres un sol con más y más soles adentro, dragones con estómagos de lava, una estrella que vino hasta nosotros. Y continúa enumerando, entregado a la fuerza que una imagen despierta en la que le sigue. Me pregunto dónde aprendió esas palabras. Las pone tan bien, una después de la otra porque le pertenecen, tiene en verdad cosas que contarle.

Yo, por mi parte, había olvidado que el fuego escucha.

Estamos en una casa con ventanales altos, rodeada de un terreno sembrado con varios tulipanes y un almendro. Con naranjos, limones y un mango que cosecha en diciembre. Entre el pasto hay flores naranjas, semillas pulidas como pequeñas canoas de madera. En el aire, casi invisibles, zancudos, luciérnagas, jejenes. Mi hijo pasó la tarde buscando ramas que no estuvieran húmedas, las amontonó una sobre otra y esperó a que el sol comenzara a esconderse para encender las llamitas, que ahora ya son largas y se mueven seguras con la brisa tenue.

Desde aquí puedo ver cómo el humo viaja vertical sobre la hoguera y se disuelve en átomos etéreos, mientras el niño crece con ese reflejo primitivo y molecular del calor en las mejillas. Y si yo lo espero, quieta sobre el pasto, es porque estoy en verdad muy cansada. Tendría que inclinarme y pedir por mí. ¿Por qué me quedo adormecida y callada en momentos como este? La noche está en la cima con todos sus satélites y mi hijo juega, se olvida de su realidad precisa. Sopla y sopla a los pies del fuego para que no se apague.

La llama se agita horizontal, se recupera. Mi hijo tiene un suéter amarrado en la frente como si fuera parte de una tribu africana. Lo miro y me abrazo las piernas, el olor de la humareda me pica en la garganta. Pienso en una mujer joven que vi en una película francesa, nadaba toda sumergida en un río transparente. Se impulsaba en las piedras lisas del fondo, daba vueltas. Después se soltaba sin peso, fluía no más en el agua, como si no necesitara tomar del aire repartido en la superficie. Añoro su ligereza porque el cansancio anuda pequeños corazones en mi cuerpo, sobre todo en la espalda y en la planta de los pies. No bombean pero palpitan, cada pulso duele. No sé cómo ponerme para que se diluyan y no estén más en medio del fuego y yo. Quiero hacerme un lugar en la región invisible del calor de la que el niño hace parte. Pero quizás, él no quiere que yo me acerque, porque sus palabras nacen precisamente de su soledad. A su lado podría interrumpir el ritual, debilitar el fuego.

Así que parpadeo apenas, permanezco en mi lugar.

Lo miro y casi puedo ver su cara cuando tenía pocos meses y se dormía acomodado sobre mi pecho como un sapito. Es más fácil cuando son sapitos y las palabras que conocen son apenas pequeñas sílabas que no se abren hacia lo desconocido. Lo veo y puedo arroparlo en la distancia, decirle que lo amo sin contacto, sin moverme igual, sin que lo que quiero decirle llegue a él de una manera comprensible. El fuego que se eleva y se evapora en chispas finitas de combustión, nos lleva así, envueltos el uno sobre el otro, hasta el firmamento parejo y profundo, quizás como cada río en la noche. El caudal se confunde con el mar, nos sumergimos sin peso como en el cine. Somos también como esa ballena con su cría, el agua las lleva, las mece, no tienen que nadar y se tardan en respirar, suspendidas, la cría pegada al cuerpo de la madre, las dos flotando en su enorme casa.

 


Con la colaboración del Máster en Creación Literaria de la BSM-UPF, dirigido por Jorge Carrión y José María Micó, catorce años formando a escritores de España y América Latina. Más información aquí.

Manuela Gómez nació en Medellín, Colombia, en 1985. Tiene estudios en Periodismo, Filosofía y Letras. Cursó el Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra, en Barcelona. Ha publicado La vida como era (Atarraya, 2017) y La hora de los satélites (Angosta, 2020).

Un comentario

  1. ¡Madre mía, qué ternura! (valga la redundancia). Muy bueno, señora. ¿Cómo es posible que no probemos envidia de frente al prodigio de crear un nuevo ser en nuestras entrañas?
    «Creo que mi vieja no me amaba como yo lo hubiera querido; era una media india dura, como los guijarros de sus rios de montaña alisados por las aguas, por eso sus coscorrones diarios no dolían, los cintazos no valen pues nunca me alcanzaba; además, me contaba historias con un andar y venir leve, como la curvatura de sus piedras acuáticas; solo había sobresaltos, o mejor dicho vértigo cuando saltaba de una estrella a la otra, o cuando como bruja sus maleficios infalibles contra los malos siempre fallaban. Más que su cara recuerdo su mano envolviendo la mía en la noche, con una estrella fugaz que sólo a nosostros dos se presentó. Se detuvo de golpe, miró las que quedaban y me dijo muy seria, gordito, harás un largo viaje. ¿Yo sólo?, pregunté, ¿y vos? Pues claro, tonto. Vos solito. ¿Adónde querés que yo vaya?

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