Analógica Horas críticas

Nunca te acostumbras a Nueva York

Reseña de «Un día cualquiera en Nueva York», de Fran Lebowitz

Nunca he estado en Nueva York, pero no puedo decir que no la conozca. Hay quien la define como un estado mental o incluso un género literario en sí misma. Numerosos autores la han retratado, sobre todo durante el siglo XX, por su perfil bueno o por el menos favorable: Fitzgerald, Capote, Wolfe, Roth, Didion, Auster… y Dorothy Parker, la que acaso más fielmente captó su ritmo febril. También hemos podido recorrer sus (malas) calles y descifrar su espíritu en las películas y, hoy día, en series como How to with John Wilson, de lo mejor que nos pasó en 2020.

Otra serie reciente, Supongamos que Nueva York es una ciudad, creada por Martin Scorsese, ha presentado a medio mundo a Fran Lebowitz, desconocida por el gran público —abstracción en la que me incluyo— hasta hace unos meses. «Solía ser escritora», dice en el primer capítulo de este show en el que se exhibe más bien su vertiente de monologuista cómica. Este repentino redescubrimiento de su figura ha llevado a Tusquets a rescatar sus textos escritos entre 1974 y 1981, reuniendo los libros Vida metropolitana (1984) y Ciencias sociales (1985) en un solo tomo.

«Provengo de una familia cuya tradición literaria se limita en gran parte a la tarjeta postal», advierte en uno de estos jocosos ensayos la autora. Aunque el 90% de su discurso es ironía, ella misma admite que detesta la tarea de escribir, le pesa como una cadena perpetua; el bloqueo del escritor es su hábitat. No es de extrañar, pues los principios en los que asienta sus reflexiones sobre la vida diaria incluyen la pereza y cierta autoindulgencia, que son la base de su carisma. También su intención desmitificadora, empezando por la literatura y sus artífices: «El escritor viene a ser al mundo real lo que el esperanto al mundo del lenguaje: divertido tal vez, pero no tanto».

Cualquiera que sepa un mínimo sobre Lebowitz tendrá presente su papel de perenne cascarrabias, que parece empezó a forjar en esta época y del que es tan consciente como para titular uno de sus artículos Sí, otra queja. Se ríe de las aspiraciones del hombre moderno y el trepa, del sentimiento de exclusividad y privilegios, del absurdo de las relaciones públicas. Lanza sus diatribas contra el mal gusto y, en realidad, contra casi todo. Los poetas no muertos. Los activistas y sus huelgas. Los perros. Los Ángeles y las camisas desabotonadas. Los partos naturales. Los talleres de realización personal. Incluso critica lo incriticable: los niños y hasta las plantas, que define como «origen de todos los males» en una de las piezas más descacharrantes del conjunto.

Cualquiera que sepa un mínimo sobre Lebowitz tendrá presente su papel de perenne cascarrabias, que empezó a forjar en estos textos en los que carga contra casi todo

La escritora-humorista estadounidense luce orgullosa sus prejuicios («Nunca juzgue una cubierta por el libro que contiene») y a la vez los destroza cuando alcanzan a los sospechosos habituales: negros, judíos, jóvenes, mujeres u homosexuales —como ella misma—. No obstante, ataca a todos los frentes, sin ir más lejos al movimiento feminista, y parece experimentar especial fruición cuando emplea los resortes de la provocación. Como en toda incorrección política, hay más conservadurismo en sus chanzas de lo que pueda parecer, e incluso llega a frivolizar con la explotación sexual y la pobreza, aunque su objetivo sea la progresía o «esa manía actual de la toma de conciencia».

Con todo, la escasa fe en el ser humano es una de las bazas fundamentales de su humor cáustico, sobre todo cuando considera la noción de convivencia: «Alguien que sobra es simplemente otra persona que no sea uno mismo». Le horripila la idea de grupo y reivindica con sorna y no poco cinismo lo más granado de la cultura USA contemporánea: el individuo y el dinero. Recordando el ridículo pero real anticomunismo de su infancia, lo deja claro: «El bien común no forma parte de mis intereses»; aunque luego remate: «es el bien poco común el que realmente me interesa».

Fran Lebowitz junto a Martin Scorsese en «Pretend It’s a City». / © Netflix

Probablemente sea la frescura de esa honestidad, su genuina gracia al alardear de placeres culpables y pecados capitales, lo que haga de Lebowitz una autora anómala. Pero si algo sobresale en este libro es el ingenio de su escritura, capaz de florecer en cualquier jardín: «En lo que a la restricción de fumar se refiere, los hospitales son, quizás, los ofensores más empedernidos». Reconoce la influencia de Wilde en la construcción de sus certeros aforismos, pero también hay algo del absurdo de Marx (Groucho, claro) en sus divagaciones. Ensayista caprichosa y voluntariamente caótica, sus listas, clasificaciones, tests y diagramas de socióloga macarra nos muestran su destreza a la hora de especular con tendencias basadas en una atenta mirada al entorno, torticera pero fundada.

La referencia en el título español a su ciudad no es huera, pues lo que tenemos entre manos es, en gran parte, una carta de amor/odio a Nueva York. Más allá de sus plañidos, Lebowitz rehúye todo aquel escenario que no semeja su metrópoli, donde es capaz de definir las estaciones por el bronceado de sus habitantes (sic). «Nueva York no es nunca aburrida», dice en su serie televisiva, y nos recuerda a las palabras de Dorothy Parker, de la que ha sido nombrada digna heredera y con quien comparte ese contradictorio vínculo: «En Nueva York siempre existe la sensación de que algo va a pasar. No es paz. Pero, ya sabes, a la paz te acostumbras, y muy rápido. Y nunca te acostumbras a Nueva York».

 


Un día cualquiera en Nueva York
Fran Lebowitz
Traducción de José Luis Guarner y Alberto Cardín
TUSQUETS
(Barcelona, 2021)
368 páginas
20 €

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