Analógica Horas críticas

La lucha por la vida

El exboxeador Dum Dum Pacheco, fotografiado por Carlos Spottorno

«Una persona hace algo, pongamos un atraco, una pelea o un acto fuera de la ley. A la vista de la mayoría, o de los que le juzguen, es un desalmado o un delicuente asqueroso, pero si a estos les dejan contar el porqué y cómo ha llegado a hacer estas cosas, pienso que, en la mayoría de los casos, los corazones y los ojos de las personas serían muchísimo menos duros. Pero todos tenemos el defecto de no escuchar a nadie». Así escribe y así piensa Dum Dum Pacheco, el hombre que contó su vida hasta los veinticinco años en unas memorias tremendas que recogen su infancia salpicada de truculencia, sus inicios en la delincuencia con catorce años, su entrada en prisión con dieciséis, su ir y venir de Carabanchel a lo largo de tres años, la muerte de un hermano pequeño —el golpe que le reforma— y, finalmente, una carrera llena de altibajos en el boxeo, que consideraba «la última oportunidad de mi salvación como persona y sobre todo como hombre».

La editorial mallorquina Autsaider apuesta por la recuperación de este texto memorialístico escrito desde las periferias absolutas del sistema literario español, y lo hace con una edición muy cuidada: desde la composición tipográfica de cubierta y contracubierta, que remite a los carteles clásicos de boxeo, hasta las fotografías que acompañan cada capítulo. Además, se acompaña de varios paratextos: un prólogo de Jimina Sabadú y un epílogo de Mary Cuesta, que contextualizan la figura y obra de Dum Dum, y una entrevista final con el exboxeador realizada este mismo año.

El valor de este libro, publicado por primera vez en 1976 —un año antes de El Lute. Camina o revienta—, proviene de su categoría testimonial, de su condición de documento de una época y una sociedad, la española de finales del franquismo e inicios de la democracia, con su sordidez, su atraso en valores cívicos y sus desigualdades congénitas. La vida en la cárcel de Carabanchel es descrita con suma crudeza. Impactan las terribles celdas de castigo, las violaciones y los abusos indiscriminados, el maltrato a los presos más débiles, la deshumanización de los funcionarios… En este ambiente se introduce José Luis Pacheco, un chaval de familia trabajadora que había participado en algunos hurtos de poca monta. Inadaptado fuera y dentro de la cárcel, el narrador nos expone sin remilgos una historia de violencia y redención, de rebeldía y ansias de libertad, que debe servir como aviso a «los muchachos que se han torcido o están a punto de hacerlo».

El narrador nos expone sin remilgos una historia de violencia y redención, que debe servir como aviso a «los muchachos que se han torcido o están a punto de hacerlo»

El epílogo conecta esta obra con las más de treinta películas de cine quinqui que se rodaron en España entre 1978 y 1985, coincidiendo con el auge mediático de la delincuencia juvenil y con el trasfondo de una generación perdida en el fracaso de las periferias urbanas —maravillosamente retratado en un libro que ha pasado demasiado desapercibido pese a su calidad: La última vez que fue ayer, de Agustín Márquez (Candaya, 2019)—. A mí me gustaría enlazar Mear sangre con el libro de Eduardo Romero Autobiografía de Manuel Martínez (Pepitas, 2019), porque tienen muchos puntos en común. Y, especialmente, con su referente más profundo: la picaresca española, con Lázaro y Pablos a la cabeza, y ese submundo rufianesco con su particular argot y sus castas, que tan bien retrató Cristóbal de Chaves en Relación de la Cárcel de Sevilla, escrita a finales del siglo XVI. Un submundo que llega hasta el presente con series de éxito como Vis a vis. La cárcel despierta morbo. Y siempre nos lanza la misma pregunta: ¿Quién tiene la culpa? ¿El delincuente o la sociedad? La literatura lleva siglos indagando en esta cuestión a través de míticos personajes, llámense Guzmán de Alfarache, Manuel Alcázar o Pascual Duarte. «Yo me considero culpable de tropezar con las piedras. Pero también me pregunto… ¿quién pone las piedras?», razona Dum Dum.

Mención aparte merecen los personajes femeninos que aparecen en el relato: madres avejentadas con una capacidad infinita de perdón hacia sus vástagos versus mujeres de usar y tirar para el sexo. El esquema es simple: Mater dolorosa o puta. La homofobia y la violencia machista impregnan Mear sangre: José Luis propina tortazos a las novias cuando le sacan de quicio o se pone celoso, aunque él es el primero en serles infiel. Tanto Sabadú como Cuesta insisten en que «si has pagado por este libro, quiere decir que entiendes que, para valorarlo, debes dejar de lado los prejuicios». Pero leer asqueada la escena de una prostituta tailandesa que se niega a ser penetrada a la fuerza por el boxeador Perico Fernández mientras Dum Dum se ríe no tiene que ver con prejuicios. Me parece más honesto apuntar que el texto desprende misoginia a raudales que aconsejar que se lea al margen de lo políticamente correcto.

Los relatos autodiegéticos resultan peligros: el protagonista cuenta la historia desde su óptica y nos escatima otras visiones alternativas. Su verdad arrastra al lector, pero también le obliga a preguntarse si está ante un inocente, un caradura, un presuntuoso o un charlatán. El amor de Dum Dum por la Legión o el catecismo contrastan con su falta de disciplina y de contención. Pero esas contradicciones refuerzan la verosimilitud del personaje que él mismo se construye, ¿con qué fin? ¿Para que lo perdonemos? ¿Para perdonarse a sí mismo? Mear sangre es un relato sobre el trauma carcelario, sobre la familia y la soledad, sobre la desconfianza y la amistad. Una historia contada con la rotundidad que solo los grandes narradores orales dominan y saben dirigir a nuestro estómago, como un buen gancho.

 


Mear sangre
Dum Dum Pacheco
Prólogo de Jimina Sabadú
Epílogo de Mary Cuesta
AUTSIDER
(Sineu, 2021)
144 páginas
16,50 €

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