Crónicas en órbita

Elena Ferrante no es esa autora sentimental de la que usted me habla

Imagen de la serie televisiva basada en «La amiga estupenda». / © HBO

Es ingenuo pensar que a los lectores de Elena Ferrante no nos interesa saber quién es. Otra cosa diferente es que respetemos una decisión que, fuera de la norma, es parte de su éxito, de su atractivo, de su universo. No es casual que haya escondido su identidad durante más de 30 años; seguramente tampoco es soberbia. Escribió su primer libro en los años 90, El amor molesto, un libro de una mujer que vuelve a Nápoles para el funeral de su madre y vive un retorno sofocante de la memoria. Es un análisis rompedor de la relación entre madre e hija. Lo hizo en una Italia que hasta el año 1981 mantuvo el delito de honor a través del cual el marido podía alegar que la asesinada, su mujer, había manchado su honor de macho para una reducción de pena. Esconderse era seguramente parte de la revolución, la única manera de dar vida a sus mujeres y a las miserias que la sociedad les imponía.

En el año 2016, la traductora Anita Raja intentaba confirmar que era ella EF tras una investigación periodística. Pero ni con eso se arrojó mucha luz sobre su identidad y su relación con el seudónimo que la había acompañado tanto tiempo. Fue una confirmación que generó muchas más preguntas que respuestas. De hecho sus editores italianos, los únicos que verdaderamente conocen su identidad, lo desmintieron al momento. Ferrante defendió, y aún lo hace, el proceso creativo y literario anónimo hasta el final. Así lo escribió en el libro más revelador sobre su persona, el ensayo La frantumaglia, en el que se recogen cartas con sus editores y las entrevistas dadas hasta el momento. Dice en ese libro: «Escribir sabiendo que no debo aparecer genera un espacio de libertad creativa absoluta. Un rincón que, ahora que lo he experimentado, pienso defender. Si me lo quitaran, me sentiría bruscamente empobrecida».

Allí no solo se perfila de dónde nace el universo de su literatura: duras vidas de mujeres, conflictivas y pasionales amistades, amores tóxicos y amores desesperados, maternidades poco convencionales, sociedades alienantes, lucha obrera, problemas mentales, libros… También se entiende la calidad de su relato, de su discurso, se descubren las críticas a la Italia berlusconiana y su pensamiento casi inherente, nada pretencioso, sobre el feminismo. Además de incluir frases tan profundas como esta: «La necesidad de amor es la experiencia fundamental de nuestra existencia. Por insensato que pueda parecer, solo nos sentimos realmente vivos cuando tenemos un dardo en el costado que acaba con todas las otras necesidades y por otra parte motiva nuestra acciones. Los individuos y las ciudades sin amor son un peligro para sí mismos y para los demás». En el fondo el amor, en sus millones de tipos, subyace en sus historias, es el móvil de casi todas ellas. Pero es importante destacar que eso no significa que Elena Ferrante sea una escritora sentimental, como muchos han intentado etiquetarla.

Hace solo unas semanas el Financial Times publicaba una interesantísima correspondencia entre Elena Ferrante y Marina Abramovic, dos mujeres que plantean el arte de forma trascendentalmente opuesta: la primera, en la sombra; la segunda, con su cuerpo a plena luz como propia manifestación artística. Es a través de estas cartas donde podemos conocer a una EF primero interesada en el debate sobre la creación artística, algo que verdaderamente le confiere un perfil de pensadora además de escritora; después a una mujer que venció su extrema timidez para afrontar su deseo de escribir historias en un proceso no siempre fácil, tan duro como liberador. Allí entendió también que su papel estaba en la sombra, su personalidad le impedía por completo compartir el éxito de sus libros en una escena pública.

La actriz Olivia Colman, en un fotograma del largometraje «The Lost Daughter». / © Netflix

Se estrenaba este año en el Festival de Cine de Venecia la adaptación de Maggie Gyllenhaal de La hija oscura de Elena Ferrante, una obra publicada en 2006, la tercera del grupo de tres novelas que componen sus primeras publicaciones. La escritora italiana ha conseguido conquistar más de 45 idiomas con sus personajes, y ha habido adaptaciones cinematográficas desde el principio. Esta es especial porque son los ojos de una norteamericana y no de una italiana: es curioso pensar a Ferrante desligada de ese Nápoles maloliente y morboso. María Fasce, editora de Lumen en España, confiesa que en ese libro se esconde Ferrante en su plenitud. «Todo su universo está cifrado en esta novela», comenta. Se esbozan algunos de sus grandes temas ya citados y se entiende el dominio que tiene a la hora de crear personajes. La maternidad controvertida es central en este libro, el más difícil de escribir de entre todas sus novelas, según la propia Ferrante.

«No solo es la escritora italiana más conocida del mundo, sino que ha propiciado la vuelta de otras escritoras italianas olvidadas como Elsa Morante«, explica Fasce. De ella siempre han dicho que los lectores se acercan inicialmente reticentes, su fama de superventas la persigue aún ahora, pero el tiempo ha demostrado que a la ferocidad de su escritura y al ritmo de sus relatos nadie es capaz de resistirse. La propia Hillary Clinton confesó que había tenido que contenerse para no leer en una tarde la saga de Las dos amigas, los libros que la hicieron un fenómeno mundial, porque desde la primera hoja no podía pensar en otra cosa. Se había metido en su mundo de tal forma que pensaba como Lila y como Lenú. En esas cuatro novelas perfila el conflicto entre la madre y la hija, y la relación enredada de la maternidad. En La Frantumaglia de nuevo analizaba así a las mujeres de su infancia: «No sé cómo es la madre napolitana. Sé como son algunas madres que conocí, que nacieron y se criaron en esta ciudad. Son mujeres alegres y deslenguadas, víctimas violentas, desesperadamente enamoradas de los varones y de los hijos varones, dispuestas a defenderlos y a servirlos aunque las machaquen y las martiricen. E incapaces de reconocer, incluso para sí, que de ese modo los empujan todavía a ser más bestias. Ser hija mujer de esas madres no ha sido fácil», y añade que hay que huir de Nápoles para entender el suplicio de esas mujeres. He ahí una clave de cuál ha sido su camino.

Su traductora en español, Celia Filipetto, confiesa al teléfono que, cuando le encargaron su traducción, la literatura de Ferrante consiguió romper su disciplina y método férreo, siempre marcado en un horario exigente de entregas y hojas. Leía siempre más de lo que en aquella jornada le tocaba, anotaba aquellos párrafos que en italiano la habían golpeado especialmente y enfatizaba su traducción. Me explica, además, apasionada, cómo para un traductor ir descubriendo las artimañas perfectas de un escritor como Ferrante es un regalo. En este caso, a pesar de la ausencia de la autora, tuvo claro que «todas las soluciones estaban en el propio texto». Esa es también una respuesta para aquellos que ansiamos algo más de su misteriosa vida; nos toca resignarnos a la realidad de que sus textos son todo lo que tenemos que saber. Lo dice la propia Ferrante: quien quiera saber algo sobre mí deberá buscarlo entre mis historias.

Los únicos conocedores de su identidad son los editores italianos que la descubrieron, Sandra Ozzola y Sandro Ferri, creadores de Edizioni e/o. Aquella decisión revolucionó el mundo editorial. En los prestigiosos premios Strega de la literatura italiana se negaban a reconocer su éxito, a darle un lugar entre la burocracia cultural italiana, si no se presentaba como candidata. Ahora muchos envidian una decisión que la ha hecho más poderosa que nunca, poseedora de una intimidad intacta. En un mundo donde las redes sociales han impuesto una exposición casi continua, el fenómeno anónimo de Ferrante ha envejecido aún mejor con los años. Es un vino gran reserva. «El anonimato la distingue, otros muchos editores querrían hacerlo ahora que a ella le ha funcionado. La honra que ella tomó su decisión antes de ser famosa. Consiguió todo lo que tiene sin giras y sin promoción. Le salió bien y era muy arriesgado. ¿Quién se atreve a poner en duda la inteligencia de alguien así?», añade María.

Pero esa peculiaridad, que perfiló su nombre para siempre con un halo de misterio, no influyó en unos libros que se acercan, definen, destripan con mucho acierto la condición humana. En ellos se esconde una escrutadora voraz de la vida real y, más duro aún, de la imaginaria que todos tenemos dentro. «El valor de Ferrante ha sido no vivir en un torre de marfil, su lectura de la sociedad es la de una visionaria» dice María. Eso la hizo distinguirse, la sensación que tienes al leer a Ferrante es como si te abriesen en canal para enseñarte tus vergüenzas, las entrañas. Es incómoda y adictiva. Habla de conceptos formidables como la «trituración» en La hija oscura: «Se te hace añicos el corazón, no consigues soportarte a ti misma y tienes sentimientos que no puedes expresar». Completa Fasce: «Es un estado interno como el desbordamiento, que sale en otro de sus libros». Lo que describía Ferrante en los tempranos años 2000 eran los problemas de salud mental de sus personajes femeninos. Esa descripción tan precisa de los estados psíquicos a los que se sometían sus mujeres era también una manera de activismo.

El feminismo de Ferrante fue visionario y arriesgado. Y, lo mejor de todo, fue poco intencionado, fue sincero. «Ahora estamos acostumbradas a esos relatos de mujeres que repudian la maternidad, pero Ferrante en el 2002 escribe La hija oscura, una historia que en realidad habla de una mujer que abandona a sus hijas y que se horroriza al verse embarazada», explica María. Giulia, una estudiosa italiana de la literatura de Ferrante, insiste en que la palabra feminista no es la que la define mejor. «Es una militante, en sus libros describe a mujeres que se esfuerzan por afirmar su identidad. Solo el hecho de contar una realidad que simplifica a las mujeres, que es injusta, que las elimina, puede ser el gesto más político de todos. Sus libros son para todos, la etiqueta de literatura femenina va en contra exactamente de lo que Ferrante cuenta», añade. Precisamente sobre estos nuevos lectores me habla María: «Entre los lectores jóvenes y hombres, leer a Elena Ferrante se ha convertido en una declaración de intenciones de cara a las mujeres que tienen en su vida. No dejan de hablarlo los editores de todo el mundo. El nuevo lector de Ferrante está ya aquí», explica.

Todo esto que contamos es también complejo. Elena Ferrante pare los libros con sudor y lágrimas casi literales. Ella misma describía su trabajo así en La Frantumaglia: «Cuando el libro está terminado es como si se hubiera hurtado en nosotros con una excesiva intimidad y lo único que se quiere es recuperar la distancia, reconquistar libertad. Al publicar descubrí que parte del alivio proviene del hecho de que, en el momento de convertir el libro en impreso, el texto se va a otra parte. Antes él estaba encima de mí». Vive una especie de liberación con sus textos. «Ferrante tiene cosas de Flaubert y de Hitchcock e incluso de Murakami«, explica María. «A lo largo de estos años he ido hablando con mucha gente que ha vivido el mismo shock absoluto que viví yo al encontrarme con toda la literatura de esta mujer. Tengo la esperanza de que Almodóvar, como descubrió a Lucia Berlin, descubra también a Ferrante. Tienen exactamente la misma sensibilidad despreocupada y brutal de lo que es ser mujer», finaliza.

Elena Ferrante es un descubrimiento como un edificio. En el primer piso podrías encontrarte El amor molesto, Los días del abandono y La hija oscura, la versión más incipiente y cruda de la autora. Sus libros más difíciles de crear, como ha confesado, y más increíbles de leer: sientes que estás ante algo totalmente nuevo. Luego te pasearás en el segundo piso por su tetralogía de Las dos amigas y acabarás recomendando a todo el mundo que la lea, para luego esperar siempre en el tercer y cuarto piso que salga algo nuevo, que siga escribiendo. El verdadero descubrimiento está en conocerla sin saber quién es, entender que todo eso que está en sus libros proviene de una persona, sea quien sea, visionaria en los conflictos de la mujer y que aprende, a través de las letras, a convivir con sus fantasmas. Es ahí donde se produce la magia y, llegando al último piso, ves incluso la terraza.

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