Horas críticas

Philippe Sands: el Javier Cercas británico

Otto von Wächter junto a su familia, en el año 1944 (foto: Philippe Sands / Anagrama).

De entre las novelas que he leído en los últimos años, pocas me han impactado tanto como Calle Este-Oeste y Ruta de Escape, del escritor franco-británico Philippe Sands, un díptico fascinante y singular sobre la guerra, la justicia, la familia y la memoria. Reconozco que mi juicio esconde mucho de parcial: al igual que quien suscribe, Sands no es solo un amante de la literatura, sino también del derecho internacional, aspecto que confiere a sus obras, incluidas las dos abordadas en estas líneas, una solvencia extraordinaria para esbozar los contornos del mundo y colocar a sus personajes en una encrucijada de peripecias vitales que acaban determinando no ya sus propias vidas, sino también las nuestras —sí, la mía, pero también la tuya, apreciado lector—. Empecemos por el principio:

En Calle Este-Oeste, Sands narra la emotiva historia de Leon Buchholz, su abuelo, un judío de la antigua ciudad polaca de Lemberg (ahora en Ucrania) que emigra primero a Viena, donde regenta una taberna y, más tarde, ante el avance inexorable del nazismo, se refugia en París, la ciudad en la que varias décadas después zanjará los interrogantes de su nieto, un jovencito ansioso por comprender los orígenes familiares, con ademanes categóricos e inapelables: «Es complicado, es el pasado, no es importante».

Al principio, Sands acepta esta respuesta. Hasta que un día recibe una invitación para impartir una conferencia sobre crímenes internacionales en la Universidad de Lemberg —aunque sin relación directa con estas novelas, Sands es un reputado internacionalista y ha trabajado en una miríada de procesos penales, incluidos varios en relación con Chile, Yugoslavia, Iraq, Myanmar, Siria y la prisión de Guantánamo—. Mientras prepara su ponencia, se percata por primera vez de que los juristas que teorizaron (y popularizaron) las nociones de crímenes de guerra, i.e., Hersch Lauterpacht, y crímenes de genocidio, i.e., Rafael Lemkin, también vivieron en Lemberg, al igual que su abuelo Leon, y estudiaron precisamente en aquella misma universidad —algo que los propios organizadores de la conferencia ignoraban—.

A partir de aquí, la historia de la familia de Sands se entremezcla, en giros felizmente inverosímiles, con las historias familiares de Lauterpacht y Lemkin, y con las del cuarto protagonista de la novela, Hans Frank, un alto funcionario nazi que, en su calidad de Gobernador General de Polonia, jugó un papel determinante en el aniquilamiento y/o deportación de toda la comunidad judía de Lemberg.

En un tour de force magistral, el autor entremezcla estas cuatro historias personales con el desarrollo de dos nociones jurídicas (los ya mencionados crímenes de guerra y crimen de genocidio) que, de forma más o menos directa, sentaron los cimientos sobre los que se erigió el moderno derecho internacional de los derechos humanos. Pese a tratarse de una sinopsis simplona y carente de matices, podría decirse que el trabajo de Lauterpacht y Lemkin sirvió no solo para llevar a la horca a Hans Frank, uno de los criminales de guerra ajusticiados en los juicios de Nuremberg tras las Segunda Guerra Mundial, sino también para fundar las democracias liberales en las que aún (veremos a ver por cuánto tiempo) vivimos. Parafraseando a Kipling, como se hace en las páginas de Calle Este-Oeste, puede decirse que Lauterpacht y Lemkin contribuyeron de forma decisiva a crear un mundo en el que tenemos «permiso para vivir sin permiso de nadie, al amparo de la ley». Resumámoslo también con cierta inocencia: si a día de hoy los Estados no pueden masacrar a su antojo a los ciudadanos que se encuentran en su territorio es, en parte, gracias al celo y el empeño de los protagonistas de esta novela.

Al igual que la obra de Javier Cercas, la de Sands se encuentra plagada de pesquisas históricas que resultan más estremecedoras que cualquier ficción. Por las páginas de Calle Este-Oeste pululan investigadores husmeando en archivos ignotos, académicos capaces de descifrar la caligrafía más ilegible, estudiantes de doctorado escudriñando listines telefónicos y detectives privados a la caza de pistas improbables. Si todo esto no fuera real, nos creeríamos en una ficción de Borges, una sutil mezcla entre el interminable enciclopedismo de la Biblioteca de Babel y las ansias académicas de Pierre Menard, autor del Quijote.

Al final de Calle Este-Oeste, Sands se entrevista con Niklas Frank, el hijo del mandatario nazi mencionado más arriba, quien aborrece y condena los crímenes de su padre. El libro acaba aquí, sí, pero no la aventura, pues igual que el soldado que perdonó la vida a Rafael Sánchez Mazas en el Soldados de Salamina de Cercas prefigura en cierta medida el gesto de desafío de Manuel Gutiérrez Mellado y de Santiago Carrillo en las páginas de Anatomía de un instante, la matanza espiritual del nazi Hans Frank a manos de su propio hijo, Niklas Frank, sirve de antesala a la siguiente (y por ahora última) novela de Philippe Sands: Ruta de Escape.

Esta última novela cuenta la historia de otro jerarca nazi, Otto von Wächter, cuyo hijo, Horst Wächter, es la antítesis de Niklas Frank. En efecto, Horst no solo no reniega de su padre, pese a las acusaciones de crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad que pesan contra su persona, sino que se esfuerza con denuedo por limpiar su memoria y presentarlo como un hombre decente —alto mandatario de la Alemania de Hitler sin vínculos con las atrocidades nazis, al menos según su hijo—.

Personalmente, leí Ruta de Escape como un fascinante relato sobre el lado humano de los monstruos que nos rodean, o como un testimonio sin parangón de la disonancia cognitiva que ciega a menudo a los seres más sanguinarios del planeta (Horst Wächter permitió que Philippe Sands y un equipo de investigadores accedieran a miles de páginas de diarios y correspondencia de su progenitora, todo ello con el fin de limpiar el nombre de la familia.) En sus páginas, Charlotte, la esposa de Otto von Wächter, oscila entre sus preocupaciones mundanas y las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial con la misma indiferencia con que un funcionario somnoliento valida su billete de metro por las mañanas: ora decoro una mansión, ora alabo la arquitectura del gueto de Cracovia; ora disfruto de una cena lujosa o una noche en la ópera, ora dejo constancia del uso de la cal para separar los cadáveres dentro de una fosa común; ora menciono de pasada el Holocausto, ora me voy de paseo por las montañas; ora anoto en mi libreta un par de líneas sobre la deportación de judíos, ora me preocupo por la tierra batida de mi pista de tenis; y así sucesivamente.

Dicho de esta forma, tal vez no parece gran cosa. Déjenme desengañarles. En primer lugar, porque lo que implica mi último párrafo es que Ruta de escape es un testimonio monumental, sin duda vertiginoso, sobre la condición humana. Pero además, como ya se han encargado de anotar infinidad de críticos y reporteros culturales, resulta que, además, esta novela magistral, donde las veleidades de Charlotte se entrelazan con la huida de Otto Wächter a Roma tras el final de la Segunda Guerra Mundial y su intento por huir a América Latina con la ayuda del mismísimo Vaticano, es, a la vez, una historia de espías con un ritmo narrativo trepidante.

¿Qué es, entonces, todo esto?, se preguntará con razón cualquier lector de estas líneas. ¿Una novela de testimonio o novela de no ficción? ¿Una investigación sobre la banalidad del mal que refina las tesis de la mismísima Hannah Arendt? ¿Un thriller policiaco? ¿Todo lo anterior? No, mucho más. Créanme. O mejor: déjenme probárselo con una anécdota. Cuando hace un par de meses me encontraba en la playa leyendo Ruta de Escape, en un rincón del mar Adriático no muy lejos de donde Otto Wächter supervisó las últimas masacres nazis al final de la guerra, se me acercó de repente un señor francés para decirme, tras husmear la cubierta del ejemplar que sostenía en las manos, cuánto le había gustado la novela de Sands, que para él, por cierto, no era más que «la historia de amor de un matrimonio nazi». ¿Una investigación sobre la condición humana que es novela de testimonio, thriller policiaco e historia de amor? ¿Una historia que, en cierta medida, parecer ser, por ende, todas las historias, como una matrioska de la que van saliendo, ad infinitum, muñecas más pequeñas?

Y si todo lo anterior no fuese suficiente, imagínense un cameo de John Le Carré (vecino del autor) charlando con Sands sobre el reclutamiento de nazis por parte de las agencias de inteligencia occidentales, y una aparición fugaz, aún más fascinante, del propio Javier Cercas, quien en una visita a Roma le regala a su amigo británico, su sosias al otro lado del canal, la cita con la que abre Ruta de Escape: es más importante entender al verdugo que a la víctima.

Lograrlo nunca había sido tan fácil. Ni tan entretenido. Basta con disfrutar de estos dos libros.

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