Ficción

Pelos de animal

Me había citado a una hora extraña. Le advertí que tenía que cobrarle un poco más. Aceptó lo que le pedí y me dijo que era muy puntual, que cuando entrara quería verme preparada. Soy muy visual, agregó. A veces me encuentro con tipos extravagantes o que ocultan sus verdades. Ya estoy acostumbrada a las rarezas. Todd me pidió que preguntara por la llave del señor Wood, que, por supuesto, no era su verdadero apellido. Con el tiempo he aprendido a conocer a las personas por el tono de la voz cuando me llaman por teléfono. Una sola vez me he equivocado, hace poco, todavía llevo las marcas de mi torpeza. Me llamó la atención que había estornudado tres veces en el teléfono. Me dijo que era alérgico a los pelos de los animales.

Así que traté de alistarme. Contaba los billetes de un dólar, olorosos a cigarrillo, que casi no me cabían en la cartera. Me costaba acostumbrarme al tamaño de las cosas. Me acordé del grupo de camioneros golosos que, de paso por el pueblo, siempre se detenían. Estuvieron toda la noche, desde que abrió el Golden Paradise. En este pueblo de mierda, desolado, en el medio de la nada, solo quedaba hacer lo que yo hago o trabajar en la mina, que es asunto de hombres. Encendí el televisor. Me puse a ver Hospital General, que apenas comenzaba, una serie vieja, viejísima, una telenovela cursi que era una maravilla. Mientras me arreglaba para la cita a las tres de la tarde. ¡Qué hora tan chata!

Encendí mi viejo Ford. Me había costado trescientos dólares; un remate de la viuda del señor Taylor, que fue atropellado por una camioneta a toda velocidad, en medio de estos climas horrendos, cuando cruzaba la calle a pie. El pobre… La señora Taylor, que también moriría de soledad al poco tiempo, me regaló ese auto, estaba urgida de dinero para cubrir los gastos de la funeraria. Era uno de esos días lluviosos en los que cuesta ver la carretera y sientes que se aparecerá un maldito fantasma en el medio del camino. Veía todo muy borroso y mi respiración empañaba aún más los vidrios. Me acerqué al motel. A veces ni me daba cuenta y seguía de largo, distraída, pintándome la boca de rojo y poniéndome perfume, porque parecía más bien un lugar abandonado a la merced de los espantos. Había pertenecido a la señora Smith que, en vida, me invitaba a tomar el té, antes de que llegaran los clientes. Su hijo estaba ahora a cargo del negocio heredado y no le prestaba mucha atención. Desde afuera parecía un granero. Las habitaciones eran simples, las paredes lisas, con poca decoración, como un confesionario. Al menos me servía para ganarme un buen dinero en mis tiempos libres, cuando no trabajaba en el Golden Paradise.

Vengo por las llaves de la habitación del señor Wood, le dije a John, el hijo de la fallecida. ¡Qué temprano llegas!, exclamó. Caramba, eso no es asunto tuyo. Bueno, aquí tienes, escogí la que más te gusta, o la menos fea como siempre dices, la que tiene el cuadro de las cataratas. Me imagino que te gusta ver el cuadrito mientras finges un orgasmo, ¿eh? No seas pesado, algún día…

Entré a la habitación. Encendí el televisor y escuchaba de fondo las conversaciones de la habitación de al lado, que se mezclaban con la de los protagonistas de Hospital General a la que, por suerte, todavía le quedaban unos cinco minutos. Veía todo más grande de lo habitual. Me quité la ropa. Me puse un poco de pasta de dientes de menta en la punta del dedo índice, me cepillé como siempre hago y luego hice gárgaras. Con las piernas flexionadas, me sostuve en el aire, cerca del bidé, para limpiarme con la propulsión del chorro y con jabón que siempre llevo conmigo, aunque pesa como un lingote de oro. Si algo tenía de bueno este motel era la potencia del agua.

Eran las tres de la tarde. Lo esperaba de pie, encima de la alfombra, justo detrás de la pared de madera oscura que me parecía un muro enorme. Mientras más lo impactara al entrar, saldría más rápido de esto. Los hombres son como niños: un juguete, un caramelo, una mujer desnuda; su cerebro funciona igual. En ese instante tocó a la puerta. Le dije que pasara. Entró un tipo alto, buenmozo, con camisa de cuadros de leñador, fornido, de cejas pronunciadas, el anillo en la mano izquierda. Tuve que levantar la cabeza hacia arriba para mirarlo, parecía un gigante. Todd, ¿cierto? ¿Qué te pasa?, le pregunté. ¿Por qué me miras así? No respondía. Estornudó tres veces seguidas. Me volví hacia el espejo de la habitación para verme los morados de los golpes, quizás lo habían asustado, porque estaba petrificado como una roca pero a la vez indiferente. El frío invernal entraba sin remordimiento. El espejo del cuarto llegaba hasta el suelo acariciando la alfombra llena de polvo. Asombrada, logré ver mi propia mirada felina, perdida y vidriosa, impenetrable. No podía zafarme de mis nuevos ojos, como si se perdiera el mundo.

 


Con la colaboración del Máster en Creación Literaria de la BSM-UPF, dirigido por Jorge Carrión y José María Micó, catorce años formando a escritores de España y América Latina. Más información aquí.

Pedro Plaza Salvati (Venezuela) es máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra y en Escritura Creativa de la Universidad de Nueva York. Ganador del XVI Premio Anual Transgenérico (Caracas, 2016) por su libro de crónicas Lo que me dijo Joan Didion. En España ha publicado la novela Broadway-Lafayette (2019). Autor de las novelas El hombre azul, El lugar de las nubes y el libro de cuentos Decepción de altura. Colaborador regular de Prodavinci. Algunas de sus crónicas han sido incluidas en antologías y traducidas al inglés.

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