Horas críticas

Libros de la semana #27

La última niebla / La amortajada, de María Luisa Bombal (Seix Barral)

«Siento nostalgia de parques abandonados, donde la mala hierba borre todas las huellas y donde arbustos descuidados estrechen los caminos». Cualquiera de las citas que podamos elegir de este valiosísimo libro desprende la impresión de lo inexplorado, de todo un universo de imágenes y sensaciones por descubrir o descifrar en una escritura poderosa e hipnótica como muy pocas. Precursora del realismo mágico, a María Luisa Bombal se la ha nombrado de forma extraoficial la madre de los Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes o Juan Rulfo —quien tomaría prestada para su Pedro Páramo la idea de seres exánimes que aún deambulan por el mundo de los vivos—, así como referente para Jorge Luis Borges, con quien compartía escritos y paseos. «La madre de todos nosotros», la llama también su compatriota la crítica y escritora feminista Lucía Guerra, y sin embargo Bombal nunca ha llegado a gozar de la popularidad de aquellas otras estrellas del firmamento literario latinoamericano después de su gran eclosión a partir de los años 60. Este volumen que edita Seix Barral contiene las únicas novelas cortas —e inmensas— que llegó a publicar, La última niebla (1934) y La amortajada (1938), así como sus cinco magistrales relatos. En la primera de sus novelas tenemos a una mujer como sujeto activo y pasivo del deseo, en un relato inspirado por un amor que no fue en la vida real de la autora chilena, y cuyo tono se mueve entre lo trágico y lo espantoso: «Hombres y animales vienen a desplomarse, exhaustos, a mis pies. Se alinea delante de mí una profusión de alas muertas, de pobres cuerpos mutilados, embarrados». En la segunda su protagonista, aunque efectivamente muerta, puede emplear sus sentidos y recordar, naciendo al ámbito de lo sobrenatural y lo eterno: «Una fuerza desconocida atraía mis pasos desde el horizonte, desde allí donde el cielo negro y denso se esclarecía acuchillado por descargas eléctricas, alucinantes señales lanzadas a mi encuentro». Escritora de extraordinaria precisión y misterio, íntima y a la vez expansiva de la mente, Bombal armaba su prosa con un lirismo que se nutre de lo sensorial, de lo experiencial, como imágenes sacadas de una visión, una intuición o un sueño. Destacó justamente por articular en palabras las fantasías de sus personajes femeninos que huyen así de su presente, «cuestionando», como señala la escritora María Sánchez, «realidades donde el hombre es el único eje central de la mujer». Esta completísima edición de su corpus narrativo se enriquece además con textos de los citados Borges y Guerra así como del argentino José Bianco, junto con magníficas ilustraciones de Paula Bonet y un extenso, revelador testimonio autobiográfico basado en una serie de entrevistas con esta voz irrepetible de la literatura en español: «Reconsidera y nota que de su vida entera quédanle solo en el recuerdo, como signos de identificación, la inflexión de una voz o el gesto de una mano que hila en el espacio la oscura voluntad del destino».


Hijas del futuro, de VVAA, edición de Cristina Jurado y Lola Robles (Consonni)

La socorrida cita de Paul Éluard «hay otros mundos, pero están en este» parece que en ocasiones nos niegue la posibilidad de creer y crear verdaderas alternativas a la realidad conocida. Así, en el texto inicial de este libro coral que lleva el subtítulo Literatura de ciencia ficción, fantástica y de lo maravilloso desde la mirada feminista, se señala «la sorprendente pervivencia en el género de los estereotipos masculinos, femeninos y cisheteronormativos más tradicionales. Sorprendente, porque la ciencia ficción trasgrede nuestra realidad espacio-temporal, no solo en lo científico y tecnológico sino también en lo social, biológico, político o humano». Son palabras de la filóloga, escritora y activista queer Lola Robles, quien junto a la editora, traductora y también escritora Cristina Jurado coordina esta colección de diez ensayos sobre ficción no realista analizada con enfoque de género, que abre interesantes vías de reflexión en esta escena cada vez más prolífica e influyente, defendiendo la imaginación y la literatura de género —en sus dos posibles acepciones— como una forma de trasladar al arte narrativo los debates del mundo real y de explorar todas sus implicaciones temáticas y creativas. «Se trata de crear un tapiz de conversaciones, siguiendo el ejemplo de la Ariadna mitológica, mediante el cual se estimule la investigación y el debate sobre aquellas cuestiones que atañen a las mujeres que escriben literatura en español dentro de los géneros no realistas», explica Jurado en su introducción, antes de dar paso a un magnífico plantel de reputadas firmas entre las que hallamos a editoras, docentes, mediadoras, traductoras, investigadoras y por supuesto escritoras de referencia en este ámbito. Layla Martínez traza el vínculo que une a las autoras contemporáneas como hijas no biológicas de escritoras pioneras y visionarias de los siglos XVII al XIX (Cavendish, Shelley, Griffith). Inés Arias de Reyna examina el lenguaje inclusivo en este tipo de literatura mientras que Loli Molina cuenta cómo descubrió que «feminismo y ciencia ficción eran la alianza perfecta para explorar la identidad de género, entendida esta como un universo de posibilidades y, por qué no, de libertad». La mexicana Andrea Vega habla del contexto latinoamericano con representantes ilustres como Mariana Enriquez, y C. B. Estruch revisa el afrofuturismo que recorre las geografías de Estados Unidos, África y el Caribe. Carmen Romero analiza la presencia de los conflictos de género y clase en la obra de Margaret Atwood, y la especialista en cómics Elisa McCausland reivindica a algunas de las autoras más representativas de esta disciplina. Enerio Dima habla de los personajes femeninos en el entorno del fenómeno fan, mientras que la cubana Maielis González estudia las fronteras entre la ciencia ficción y el realismo humanista en la literatura de Ana María Shua, Pola Oloixarac y Agustina Bazterrica, bajo un lema que desde Mercurio, sin lugar a dudas, secundamos: «La revolución ha de ser feminista, pero también nerd».


Las piedras de mis ruinas, de Juan José Tejero (Valparaíso Ediciones)

«En una de sus acepciones trovador es el que encuentra. Ofrezco mis poemas como el que trae un canasto de flores raras». Con esta declaración de intenciones, Juan José Tejero (Lebrija, 1978) presenta en sociedad su segundo libro de poemas tras haber firmado, en el año 2009, su Cuaderno de extravíos. Un viaje a Grecia, editado por Point de Lunettes. Ahora es la colección Valparaíso, dirigida con buen pulso por Federico Díaz-Granados —uno de los referentes de la nueva poesía colombiana—, la que acoge esta selección de 38 nuevas composiciones donde pasa de evocar la huida de la juventud que emprendía en aquel primer título a ya afirmarse en una madurez recién conquistada: «Si pudiera definirse en una sola imagen tal vez sería la de un hombre con la mitad del camino por delante que ha comprendido que debe dejar de volver la vista sobre sus huellas». Transición no abrupta que puede extenderse a su evolución literaria, aunque en esta ocasión vuelven a estar muy presentes sus orígenes y sus raíces, así como la inspiración de autores cercanos en geografía y sensibilidad como el también sevillano Antonio Machado, el onubense Juan Ramón Jiménez o el malagueño José Antonio Muñoz Rojas. El poeta lebrijano, que pese a todo plantea una guerra continua contra la nostalgia y las vanas ilusiones, habla en sus versos del primer hogar y de la memoria de la niñez («cada vez más descompuesta, más honda, más alejada de mí») y, en prosa poética, del paso del tiempo como el agua que nos cruza y nos anega, así como de volver a un recuerdo que no es en nada como aquello que se rememora («A lo mejor no me conviene este temblor del tiempo bajo mis pies si acaba derribando y acumulando sobre mí un viejo montón de recuerdos como escombros»); de La vida en fuga en la conciencia que sus hijos proyectan sobre su propio pasado («Yo que dejé las huellas de mis pasos / en estas mismas calles me figuro / que mañana serán dulce recuerdo / vestigios de otro tiempo más liviano, / ruinas de la memoria en lo profundo / cuando sólo el placer y los deseos»); de los amaneceres, los futuros imperfectos y las despedidas de uno mismo; de la vida cotidiana donde las horas cuelgan y las sendas se dejan a un lado, del legado y la conciencia del deber de dejar uno. Y de escribir, claro, «como el que emprende un camino sin retorno, como quien se adentra en un sendero sin huellas en plena oscuridad […] volver a nacer, descubrir sin palabras la verdad». Deja ver Tejero su vocación y su pasión por la cultura y las lenguas clásicas de las que es docente, oficio al cual dedica el poema Dedicación («Así voy consumiendo mis jornadas, / removiendo papeles, avivándolos / como las ascuas de una antigua llama»). Evoca lugares de tiempos remotos cuyo eco habita: Emerita Augusta, Segóbriga, Sagunto, Edeta-Liria, Munigua, Baelo Claudia, Itálica. El gran propósito sobre el que se asienta este libro es el de trascender, siquiera, al propio acto de contar los días: «Poder decir, por ejemplo, somos hijos del fuego de la noche y que alguien se estremezca porque ha subido conmigo a lo más alto del puente que he levantado en el aire y desde allí ha percibido la magnitud del cosmos reflejado en el agua, agitada brevemente como la vasta superficie de nuestra ignorancia». Hay mucha sabiduría en esa humildad, esa honestidad límpida. Y más que sobre los grandes temas, los vocablos de gran alcance, el poeta se encomienda a las palabras chicas, brindando al lector una inestimable cosecha de belleza exótica y, por tanto, difícil de caer en el olvido de lo que yace arruinado, inerte y ajeno a los amaneceres.


Sangre a borbotones, de Rafael Reig (Tusquets)

Para nuestro contento, Tusquets recupera esta novela en la que hacía su primera aparición en escena el detective patrio Carlos Clot, antihéroe de carácter más bien laso y borrachuzo, quien aquí desarrolla sus pesquisas en un Madrid alternativo al que conocemos, acuoso y navegable, donde las diferencias de clase se han exaltado a cada lado del canal que la divide: «Hacia el sur la ciudad latía como una herida infectada. Casi podía sentir la inflamación, la fiebre y el olor a pus, dulce y deletéreo, brutal y embriagador como el de las orquídeas o el de la carne que se descompone». Clot narra en primer persona un trío de relatos alucinados, tres casos insólitos de desapariciones sobre los que se cierne la sombra de una corporación genómica nada menos; publicada originalmente en 2002, Sangre a borbotones plantea qué aspecto tendría Blade Runner si se ambientara en el Madrid de Leguina. La ocurrencia de Rafael Reig (Cangas de Onís, 1963) cuenta con el plus de introducir tonos ácidos y punzantes que, a diferencia de otros relatos sobre el oscuro porvenir que nos aguarda, aplican cierta compasión tragicómica hacia nuestras miserias proyectadas en el porvenir: «Como siempre que tengo pesadillas de amor, me había levantado con la sensación de haber dejado los huesos de los brazos (sobre todo los húmeros) expuestos durante toda la noche a la acción de la lluvia». Su fresco tratamiento del lenguaje y su osadía a la hora de transitar mediante diversos registros y sin ningún respeto, se diría, por los arquetipos habituales del género detectivesco, hacen el resto. El autor asturiano, que ha tratado con cierta frecuencia y considerable éxito la ficción policiaca, demuestra en estas primeras peripecias de la saga Clot que es capaz de trascender el formato y llevarlo a insospechadas cotas de originalidad, aunque siempre con un pie en las referencias a las distopías cinematográficas y literaria, entre la ciencia ficción y el western crepuscular, combinados con el absurdo de componente puramente castizo. Una rareza de estupenda consistencia narrativo y de refulgentes hallazgos donde, como concebidos por Luigi Pirandello, los personajes emprenden la búsqueda de su autor y viceversa, en un juego continuo entre la ficción más incontaminada y la cotidianidad más prosaica. Nada es lo que parece aunque todo se parece bastante a como en realidad es en esta novela que, a su manera nada pretenciosa, habla de la España de hace veinte años y de su futuro que a saber si no se va pareciendo al que se nos ha quedado en este 2021.

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