Ficción

Hija de Dios

«La visión de Ezequiel» (1518), óleo sobre tabla de Rafael Sanzio.

Padre dijo que así es la vida, que a algunos les toca fácil y a otros se los lleva la chingada. No sé todavía qué es eso, pero sonó malo. Madre me llevó a la habitación y dijo que no hiciera caso, que ese hombre no sabía de lo que hablaba. No sabe de lo que habla, así me lo dijo, con esas palabras. Pero es padre, sabe de lo que habla, le contesté, muy segura de lo que me había dicho. No hagas caso, mi amor, me acarició madre. Ese hombre no es tu padre. Tú eres hija de Dios.

Dios es grande, me dijo. ¿Más grande que el abuelo?, pregunté. Me contestó que sí, que más grande que la casa y el campo. Más grande que la catedral en la ciudad, me dijo, y por eso no tengo miedo, pues si mi padre es grande entonces yo también soy grande, aunque sea pequeña y arrugada, como los escarabajos que Manuel se come en la tarde. Peloteros, les llama el abuelo. Peloteros porque hacen pelotitas de caca. Es muy raro, Manuel. No me gusta, pero es mi hermano. ¿También es hijo de Dios? Él también es hijo de Dios, dijo madre. Me sentí bien. Qué bueno que no soy hija del hombre ese que manosea a madre cuando llega de su trabajo caminando chistoso y soltando palabrotas.

Nos parecemos, Manuel y yo, pero yo soy más morenita y rápida y él más güerito y lento. En la escuela se burlan de él también. El otro día le hicieron calzón chino y lloró como la mula. Ahí va el mongol, el mongol; ahí va el mongolito, gritaron todos cuando una de las profesoras se lo llevó chillando a la biblioteca. Quién sabe qué le hizo, que salió muy feliz, con la nariz llena de mocos y agua. Me sentí mal, él es mi hermano. A mí también me dicen mongolita, pero no sé por qué. Le pregunté a mi profesor y me dijo que no hiciera caso. Los mongoles son de Mongolia, dijo, y nosotros no vivimos en Mongolia.

Yo no soy mongolita, soy hija de Dios. A lo mejor soy un ángel torcidito. Madre me leyó una tarde el cuento de Ezequiel en el desierto: se le aparecieron cuatro ruedas de fuego, con cabezas de león, buey, águila y hombre; y Ezequiel se zurró en los pantalones, de verdad que se zurró. Porque la carne, me dijo madre, no soporta lo divino; por eso la gente se vomita cuando el Espíritu Santo entra en ellos y se deforman cuando son hijos de Dios.

Un día vi a madre y padre peleando en el cenador. Es culpa de tu sangre podrida, gritó él, y apuntaba a la puerta de nuestro cuarto. Mis padres no fueron unos hermanos cochinos, gritó ella, y padre le dio una buena zurra y toda la semana quedó morada, como una uva.

Era noche, Manuel miraba las estrellas en la ventana. ¿Qué miras?, le pregunté, pero no dijo nada. Tenemos la misma edad, aunque yo soy un poco más mayor. Manuel no habla nada, solo camina y come peloteros. Creo que yo soy más hija de Dios que él.

 


Con la colaboración del Máster en Creación Literaria de la BSM-UPF, dirigido por Jorge Carrión y José María Micó, catorce años formando a escritores de España y América Latina. Más información aquí.

Antonio Tamez-Elizondo es escritor y arquitecto mexicano. Su libro Historias naturales fue ganador en la categoría de cuento del X Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz, 2018, organizado por el Gobierno del Estado de México. Ha escrito artículos en las revistas culturales Jot Down, Culturamas, Metropolitan, Revista de Letras y Wall Street International. Desde 2010 vive en Barcelona.

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