Cultura ambulante

Buckminster Fuller contra la inevitable catástrofe

Fundación Telefónica acoge en estos días inciertos una exposición dedicada a este diseñador, arquitecto e inventor, considerado «el Da Vinci del siglo XX». Visionario de las viviendas sostenibles, la economía circular y las tecnologías de la información, Bucky supo convertir su desdicha personal en energía con la que suturar las grietas del mundo moderno.

Buckminster Fuller ante dos de sus creaciones, Dymaxion Car y FlyesEye Dome, en su 85 aniversario.

«Mis ideas emergen por emergencia. Cuando la desesperación las hace necesarias, son aceptadas»

Lo más descorazonador del momento que estamos viviendo es pensar que quizá no sea tan excepcional, sino una especie de catastrófico presente continuo. En teoría, es en situaciones así, de emergencia, cuando emergen —valga la redundancia de la cita anterior— los héroes, esos que tan a menudo hemos visto proliferar como nunca en noticias y telediarios durante el último año. La vida y obras de Richard Buckminster Fuller (1895-1983), no obstante, sí tienen algo genuinamente heroico y podrían ser fácilmente carne de biopic. Tras estudiar en Harvard, donde fue expulsado por sus juergas y «falta de interés», pasó por varios empleos modestos antes de verse arruinado y sin futuro, crisis que coincidió con la muerte de su hija menor. Se puso a beber y acarició la idea del suicidio. Pero entonces le dio un vuelco al guion de su vida y decidió apostarlo todo a un experimento para descubrir si un individuo podía cambiar el mundo. Suena muy a discurso de autoayuda, a charla TED inspiracional e incluso a anuncio de telefonía, pero la realidad es que se convertiría en un innovador trascendental.

Comisariada por Rosa Pera y José Luis de Vicente, la exposición Curiosidad Radical. En la Órbita de Buckminster Fuller, organizada por el Espacio Fundación Telefónica, recoge buena parte del legado de este visionario diseñador científico o «comprehensive anticipatory design scientist«, como él se presentaba. La muestra supone un viaje al futuro más que al pasado, por cuanto fue capaz de anticipar muchas de las crisis actuales pero también algunas soluciones, a través de una forma de pensar transversal, que ponía toda su fe en el gran cuadro más que en las pinceladas de cada vida aislada, y una forma de actuar polímata, donde todo había de conectarse por sinergias, y que le procuró el hiperbólico (pero en realidad ajustado a su genio inventor) sobrenombre de «el Da Vinci del siglo XX». También en eso triunfó Bucky —alias con el que se autonombraba—, que continuamente fue reafirmando su ego en ese proceso de revelación personal con el que realmente pretendía transformar todo lo demás. En ese sentido, puede considerársele un emprendedor pionero.

Vista de la exposición «Curiosidad radical. En la Órbita de Buckminster Fuller» (Fundación Telefónica).

Pero más allá de la marca personal, si sus contribuciones son relevantes aún un siglo más tarde es porque sus ideas estaban destinadas a alcanzar al cien por cien de la sociedad. Por eso, sin ir más lejos, abordó el tema de la vivienda, que consideraba clave para la salud física y mental de las personas. En la muestra podemos contemplar diversos diseños y maquetas con sus propuestas en esta área, que iban de la construcción de residencias resistentes con materiales ligeros a las colonias y ciudades futuristas en alta mar. De lo más urgente a lo más ambicioso, pero siempre avanzado en conceptos tan contemporáneos como la sostenibilidad, la movilidad, la eficiencia energética o la biomimética. Términos que hoy día, en este mundo articulado por la mercadotecnia, pueden parecernos huecos, pero que en su caso eran aplicaciones prácticas de un modelo de vida más humano. Otro concepto clave, quizá el más famoso de entre sus múltiples aportaciones: la tensegridad.

Mito aparte, lo que Buckminster Fuller estaba generando era confianza en el futuro, lo que es decir en el ser humano; por eso otra de sus apuestas fue la educación

De ahí surgió su también célebre cúpula geodésica, que lo convertirían en la década de 1960 en una suerte de gurú para la contracultura hippie por sus implicaciones en materia de ecología y autosuficiencia. Mito aparte, lo que Buckminster Fuller estaba generando era confianza en el futuro, lo que es decir en el ser humano; por eso otra de sus grandes apuestas fue por la transformación de la educación. Enseñar a pensar con la mayor curiosidad, a experimentar, a no conformarse con el mundo que se tenía sino aspirar, como mínimo, a moldear el modo en que era habitado. Bucky fue un gran creyente en la tecnología como vía de comunicación e información, de nuevo adelantándose a su tiempo. En la década de 1930 ya abogaba por crear grandes archivos de datos para su análisis y una mejora en la toma de decisiones: es decir, el tan cacareado big data, que él predijo con la invención de un Inventario de Recursos Mundiales.

Buckminster Fuller en el Black Mountain College, 1948 (foto: Hazel Larsen Archer).

Ideas que esta exposición condensa en cerca de doscientes piezas organizadas en nueve ámbitos, que recorren sus principales ejes de investigación y desarrollo, haciendo visibles sus ilustraciones con los diseños y las patentes originales. Pero también se incluyen trabajos de otros creadores en esa particular órbita o visión suya, aquellos que recogieron y ampliaron sus conceptos en distintos campos, con la intención de recoger su testigo y seguir haciendo más con menos. Así, la visita a la Fundación Telefónica nos permite conocer proyectos tan interesantes como Bone Arm Chair, de Joris Laarman, The Gate, de Tomáš Libertíny o el vídeo Silk Pavillion, de Neri Oxman. Todas ellas son obras que en algún momento podrían haberse considerado utopistas y que sin embargo, vistas hoy día, parecen estar hablando mejor que ninguna otra del (constante) estado de emergencia en el que nos hallamos.

De algún modo, la reflexión a la que nos lleva esta Curiosidad radical es la de que pensar en el mundo del mañana es hacerlo en el de hoy, porque tristemente ya no nos quedan más prórrogas para abordar ciertos asuntos. Un presente convulso que implica una crisis sistémica a diferentes niveles (sanitario, medioambiental, social por la inequidad, geopolítico, de vivienda), todos los cuales fueron ya considerados e incididos por la brillante trayectoria de Buckminster Fuller, quien murió a los 87 años como uno de los creadores más influyentes del siglo pasado. Quizá lo que le llevó hasta ahí fue la conciencia de que, por muy mal que le fueran las cosas, había algo dentro de él que le impelía a probar, a aprender, a no dejar de creer.

Esa curiosidad que nos ata a la vida y que, en su máxima expresión, se traduce primero en una manera de pensar y, a la postre, en una manera de actuar, que es justo lo que más necesitamos ahora que las teorías y los indicios empiezan a materializarse, y todo parece derrumbarse. Todo menos esas cúpulas geodésicas, sorprendentemente ligeras y estables, que sostienen su propio peso sin límite. Aspirar a eso, a sostener nuestro peso en el mundo con ligereza y estabilidad, no parece mal propósito de año nuevo. Y esta exposición es la mejor inspiración posible.

«Vivo en la Tierra en el presente, y no sé lo que soy. Sé que no soy una categoría. No soy una cosa, un sustantivo. Parece que soy un verbo, un proceso en evolución, una función integral del universo»

 


Curiosidad Radical. En la Órbita de Buckminster Fuller
Comisariada por Rosa Pera y José Luis de Vicente
Espacio Fundación Telefónica, Madrid
Hasta el 14 de marzo

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