Crónicas desorbitadas

Sobre Giovanni Papini: la vigilia del indeseable

En un nuevo aniversario de su nacimiento, esta vez con número terminado en cero, se vuelve a Papini como a esas figuras cuya sombra excede largamente la devoción tranquilizadora debida a los muertos más o menos ejemplares. Lo bueno de Papini es que no ceja en su voluntad de incordiarnos.

Hay nombres que nacen malditos. Nombres que vienen al mundo para ser olvidados, callados, sepultados. Nombres de pedigrí y nombres de la calle, como los perros. Pero hay nombres perfectos como para materializarse en la boca de los miembros de un club de confabulados. Son esos nombres que se pronuncian a escondidas, entre miradas que parecen de consternación y en realidad expresan un deleite secreto, casi incomunicable, ante las andanzas vitales de los desesperados, de los inconformistas, de aquellos que, simplemente, no se encuentran a gusto del todo en ningún lado. Seguramente no es necesario decir que el de Giovanni Papini es uno de esos nombres mágicos como talismanes, de esos que parecen tener cualidades chamánicas; que son capaces de evocar entre los devotos una marea de escritos filosos, de invectivas que se abalanzan sobre la sociedad que les tocó en suerte, de reconvenciones, de desconfianza, de señalamientos intempestivos: el arte de la literatura como forma del desvelo, santo oficio del testigo iracundo cuyas fuerzas no desfallecen a la hora de auscultar los temblores del mundo, sin piedad ni miramientos.

Pero quizá la pregunta que es menester lanzar al viento sea la siguiente: ¿Alguien se acuerda de Giovanni Papini? ¿Alguien tiene en mente al italiano de verbo incandescente, el de los dardos con fisonomía de palabras, de la constancia en el juicio respecto de una humanidad que parecía haber renunciado a la vida demasiado pronto? Bien, parece que nadie, o muy pocos. Papini vendría de perillas para estos días en los que una claudicación histórica amenaza con recorrer el mundo. Algunos motes insuficientes que le podían caber a Papini, entonces: loco, rebelde, visionario, cerdo, insumiso. Don Giovanni descansa hace rato en su tumba, hasta el bronce le es esquivo, no digamos la consideración general o el cariño eterno. Más bien olvidado, o no siempre bien recordado. El Diablo y los tigres tienen los ojos amarillos: Papini yace un poco solo, como el Innombrable, puesto que siempre fue en el fondo un solitario, ensimismado en su dolor y en su sed de venganza, como una bestia, una criatura espléndida perdida en el bosque con la mirada ardiente. Enterrado sin Gracia ni dolor.

«Giovanni Papini es uno de esos nombres mágicos como talismanes, de esos que parecen tener cualidades chamánicas»

Ciento cuarenta años desde el nacimiento de alguien no es mucho ni poco, eso depende. Hablamos de Papini en esta ocasión por deferencia insensata al sistema métrico decimal, pero lo que pasa es que siempre habría que hablar de él, con cifras que cuadren o sin ellas. La verdad es que para un escritor de su talla es una excusa poco satisfactoria esa de los números redondos. Como saben los que sí se acuerdan, Giovanni Papini ha sido escritor, aunque una de las prácticas que ejerció con mayor entusiasmo fue la de polemista. Nació en Florencia en 1881 y ejerció también de pintor, de escultor y de pensador todoterreno. Pero siempre, más que ninguna otra cosa, fue escritor; fue escritor contra todo obstáculo. Uno de los mejores, de los imprescindibles para todos los tiempos, pero quizá más para los que corren. Papini no pensó que la vida consistiera en una existencia cómoda, exenta de peligros, una pradera eterna en la que yacemos para no ser molestados, con la felicidad y el confort comprados, de una vez y para siempre. Papini no dio nada por sentado; escribió como si nadara, dando brazadas feroces contra la corriente, bajo un cielo que lo miraba absorto y lejano, azul de pura indiferencia. El hombre escribió novelas, cuentos, ensayos, escribió artículos periodísticos; escribió obituarios. Todo ello con las marcas de una pasión salvaje, la determinación portentosa de un guerrero. Los objetos sobre los que volcó su esmero fueron múltiples, conformaron un mosaico en el que su atención podía fijarse con igual interés y no pocas veces con encarnizamiento.

Como todo moralista, con bastante frecuencia se veía obligado a levantar la voz. No era raro que sus detractores más acérrimos se despertaran muchas veces con ganas de agarrarlo del cogote. Y así es como en sus ensayos prácticamente se lo oye gritar, se sigue el tronar sin descanso de la sangre en sus venas; se puede notar su furia estremecer la mano sosteniendo la pluma, volver a gritar, girar como un maremoto. El enemigo más visible de Papini, su presa preferida de siempre, fue la burguesía en todas sus manifestaciones, sobre todo en las más extendidas y aceptadas; la convención erigida en dios tutelar del mundo, el tedio programado; la grisura de una existencia que no puede alcanzar la plenitud porque está sojuzgada por la falta de una conciencia libre capaz de hacer frente a la insensibilidad sin clemencia de la vida moderna, a su fealdad sin límites y a sus obstinados remilgos. Papini fue especialista en ser poseído por sus lecturas y escritos, en poner el cuerpo en cada línea.

«Fue especialista en ser poseído por sus lecturas y escritos, en poner el cuerpo en cada línea»

Cuando se ocupa del libro de Miguel de Unamuno Vida de Don Quijote y Sancho, por ejemplo, mira con los ojos del autor —como si se los arrancara y se los pusiera embrujado en su propia cara— y ve al Quijote como un tonto iluminado, un animalito trastornado tocado por la gracia celeste; un místico desesperado a la misma altura que Ignacio de Loyola o Santa Teresa. Pero resulta que unos meses después, y a raíz de nuevas lecturas, cree descubrir otro Quijote, esta vez taimado, brutalmente lúcido; un enviado de la inteligencia sutil y la ironía capaz de haberse hecho pasar por tonto durante quinientos años sin que nadie se diera cuenta. Con Tolstoi le toca practicar una verdadera maldad, bastante habitual por otro lado, acaso tratando de ganarle un poco de tiempo a los apremios de su trabajo periodístico: escribe una nota necrológica anticipada con pelos y detalles, cuando el escritor ruso se debatía todavía entre la vida y la muerte. Como es sabido, según todos los testimonios, parece que en sus últimos años Tolstoi había producido un cambio radical en su vida, había intentado despegarse de su pasado, olvidar el cuerpo, hacer de sí mismo un templo en lo que parecía ser un arrebatado proceso de ascesis y purificación personal. Y justamente en ese punto crucial es donde Papini se siente fascinado: le obsesiona este hombre que hace de su alma un campo de batalla en el que se le van los huesos; que muere según los lineamientos de su ley nueva, abjurando del pasado con ademán regio en el último minuto.

De un modo parecido —de ahí, quizás, el chispazo que pudo entrever en las horas finales de Tolstoi, algo así como la clave de un común resplandor—, Papini era arbitrario y contradictorio al extremo. Hacía un gesto furibundo y después se desdecía. Podía ser moderno a su modo y también cavernario al poco tiempo; preso de sus pasiones, pero siempre fiel a su credo. Ese según el cual uno se debe a la verdad impostergable del momento, a aquello que lo consume y hay que sacar a la luz, en contra de la comodidad, de la conveniencia social y de las prescripciones que rigen la vida de la odiosa gente que se jacta de gozar de la respetabilidad pública. Papini difundió y tradujo a Walt Whitman, a quien conocía al dedillo. Reivindicó con entusiasmo a Dostoievski en contra del gusto de la época, para el que los violentos arrestos eslavos del ruso no formaban parte de lo que se consideraba de buen gusto. Fue un duro crítico de la Iglesia Católica y después parece que se arrepintió públicamente. Fue recibido por Mussolini en el poder y no se privó por momentos, en un ambiente que lo propiciaba, de practicar un antisemitismo de opereta.

«Tenía claro aquello de “apurar la vida”, no dejar que esta se deslice sin más, como si se tratara de de un juego impenitente de luces y sombras a través del cual nos deslizamos como sonámbulos»

Giovanni Papini murió en Florencia en 1956. ¿Qué se puede decir ahora de un hombre que vivió para escribir y que escribió para cambiar el mundo? Papini jamás se resignó; nunca terminó de aceptar que la vida pudiera reducirse a una sucesión de banalidades, de escenas indoloras más o menos decorosas publicitadas desde los poderes, ni se conformó con la idea de que la existencia debiera ser simplemente una serie de maniobras lúgubres destinadas a aislarnos del drama, para que este no nos toque ni nos rasguñe. Papini aspiraba a una vida lo más plena que se pueda, o si no nada. Justo él, que había escrito algún que otro libro a lo largo de una sola noche, tenía claro aquello de “apurar la vida”, no dejar que esta se deslice sin más, como si se tratara de un juego impenitente de luces y sombras a través del cual nos deslizamos como sonámbulos. Despedidas hubo algunas en esos días, en el escenario ceniciento de una lenta posguerra que ardía todavía en las sienes. Algunos lo lloraron un poco, con discreción y espíritu de conjura: flores y palabras apretadas para el maldito que partía, para el eterno impenitente; el impío con corazón inquieto como el de un ave de presa. Hoy no se sabe qué hay en su tumba, o quién se inclina allí a cavilar sobre el abismo negro que tarde o temprano nos toca a todos. A lo mejor nada, ni nadie. Flores muertas. Un olvido con gusto a seco, no se sabe en qué grado merecido. Si hay suerte, y voluntad, en las calles de algunas ciudades, pongamos Buenos Aires, Madrid, Roma o Montevideo, se encuentra quizá alguno de sus libros en las librerías de viejo.

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