Analógica

Un unicornio en el café
(Lo cuqui pese al covid-19)

Un gatete en Instagram, repostería en inglés, las nubes con ojitos… el sueño de lo cuqui reemplaza lo bello por lo cursi y produce monstruos al exaltar el marketing de nuestros lunes. Mal rollo con tipografía de Mr. Wonderful
Un ‘unicorn frappé’ en Saint Aymes: el día perfecto para fanáticos de lo cuqui (foto: Saint Aymes).

En el número 59 de Connaught Street, al oeste de Londres, una mujer sonreía a un vaso de plástico. Contenía un líquido celeste. Un algodón de azúcar, unos gofres con crema rosa, una tarta red velvet y un té rojo ocupaban la mesa. Esperaba a que su acompañante la fotografiara. Un jardín vertical de flores, como de peonías y bocas de dragón, enmarcaba la cristalera frente a la que posaba. Un café con leche azul, un unicorn frappé, no aparece en cualquier carta. En la de Saint Aymes figura María Antonieta. El chocolate al que da nombre es de color rosa chicle, rematado, sobre un cojín de nata, con purpurina y oro comestible de 24 quilates.

Algunos días, Oscar Wilde paseaba por el interior del local. Las clientas, antes del obligatorio para llevar, pedían una foto con él. Sus patas de chow-chow combinan con gracia con sus ojos de bulldog francés. Es la mascota de la cafetería. Audrey Hepburn, en forma de póster, vigila desde las paredes. La inspiración es ella.

Como, según las propietarias, lo fue Wes Anderson. La pastelería de El Gran Hotel Budapest iluminó, cuentan, a las dueñas de la cafetería londinense. Cada uno escurre su imaginación como puede. La estética de Anderson busca la simetría y la belleza. La belleza es escasa, es elitista. Se distancia del que observa. Lo cuqui reblandece, se acerca a la atención del que mira, apunta Simon May en El poder de lo cuqui (editorial Alpha Decay), por el instinto de protección del ser humano. Las cucadas son redondas, tienen los ojos grandes, las extremidades chatas, los bordes lisos y pulidos. Conducen a la idea de un bebé. Y a la versión más pequeñaja del ser humano uno quiere protegerla. Un gato con las pupilas dilatadas es cuqui. Una lámpara con forma de cactus es cuqui. Las cejas de Fernando Simón son cuquis. Una agenda con un aguacate panzudo del que sale un bocadillo que dice “¡A por el lunes!” mientras sube los bracitos por la emoción es supercuqui.

Para Sianne Ngai, lo cuqui le concede una estética nítida al desvalimiento. Lo hace atractivo. Para May, refleja y refuerza. Demuestra que la idea del amor romántico se ha esfumado y que el “arquetípico” es hoy el que se profesa hacia la niñez. Los niños, salvo para los maduritos plañideros de la Fase 0, se han sacralizado. Lo cuqui, con su juguetización de las cosas, recuerda que en las consultas de psicoterapia las razones del comportamiento adulto se buscan en la infancia y que la adultez, con Converse de la talla seis y móviles sin internet, pringa a la infancia. Y lo cuqui repesca, por otra parte, la atracción natural del hombre hacia lo ambiguo, hacia lo indefinido.

«Lo cuqui, con su juguetización de las cosas, recuerda que en las consultas de psicoterapia las razones del comportamiento adulto se buscan en la infancia»

La mitología griega lo ensalza en la leyenda de Hermafrodito, hijo bigénero y biforme de Zeus y Afrodita. Magdalena Ventura, la mujer barbuda de José Ribera, lo recuerda en el siglo XVII. Lo ambivalente perturba y fascina. A los objetos cuquis se los somete a una prosopopeya que no termina de humanizarlos. Ni los unicornios ni E.T. ni las nubes con ojitos evidencian un género o edad determinados. Lo cuqui, escribe May, no es distracción, sino reflejo. “Su única consistencia es (…) no arrogarse ninguna importancia duradera”. Como lo camp de Susan Sontag, no logra alcanzar la seriedad.

Ni en el fondo ni en las formas lo cuqui se pone derecho. Lo cuqui sustituye lo bello por lo cursi, por el exceso. Lo cuqui es ordinario porque es facilón. Redondea el mundo. Ablanda. Apremia a ser feliz. Hace de sus sacristanes, bautizo de Pantomima Full, Amélies de Tiger. Llena el fondo de pantalla de veinteañeras, en Tokio y en San Diego, de Minions y de Baby Yodas. Escribe la palabra «brillibrilli» en las cubiertas de los cuadernos de treintañeras de Huelva y de Salamanca. Logra que en Primark una taza de Chip, el personaje de La Bella y la Bestia, agote existencias. Activó, cada día de la primavera de 2020, a eso de las ocho menos diez, una lista de reproducción musical en la que todas las canciones contenían la palabra «esperanza». Cubre, en cualquier estación, las paredes de un salón millennial de ilustraciones de piñas y costillas de Adán, prietas como piezas de puzles sobre el gotelé. Olvida a Pitufina y a Hello Kitty, pero en Instagram tumba a los bebés en las camas de sus padres y, con un puñado de flores en forma de número, celebra cumplesemanas.

Un gato con las pupilas dilatadas y gorrito; imposible resistirse al poder de lo cuqui (foto: Pinterest).

Lo cuqui es papelería, repostería con nomenclatura en inglés, una corriente publicitaria, un manifiesto en tipografía Courier junto al cuarto de baño de una cafetería de bicicleta alicatada sobre la pared y una forma de hashdjsblar. Lamento la errata. Ahora no la puedo borrar. Creo haber visto, uy, uy, que sí, holiiiiii, aaaaah, chi-llo, un gatete en Instagram.

«Detrás de alguien con un bolígrafo con pompón hay un monstruo que come el kiwi a rodajas o a los niños con patatas. Un alma tenebrosa fluctúa en los cuerpos cuquis»

Escupir purpurina tras las comas no es natural. Ser simpática es agotador. Detrás de alguien con un bolígrafo con pompón hay un monstruo. Uno que come el kiwi a rodajas o a los niños con patatas. Un alma tenebrosa fluctúa en los cuerpos cuquis. En una de las pruebas contenidas en un estudio que en 2015 publicó la revista Psychological Science, quienes mostraron las reacciones más exaltadas frente a imágenes de bebés (monos) fueron también quienes expresaron sus emociones de manera más agresiva. El papel de burbujas que sostenían explotaba cuando se cruzaban con imágenes de cachorros. El cerebro, concluyeron, necesitaba contrarrestar la oleada de instinto protector y, ante el exceso de estímulos, se ponía en guardia. Lo cuqui es como el tabaco, un selfi desde un rascacielos asiático y el tocino del jamón serrano. Lo cuqui puede matar.

Lo que es redondo lo cuqui lo exacerba. Yo no quiero que me exacerben. Ni a lo que veo ni a lo que tengo. No hay ni una parte de mí, pese al empeño que ha puesto en doblegar mi voluntad la cadena confinada de silla-cama-sofá, que quiera yo ver más redonda. Y ahí están las piedrecitas de las playas de Málaga. No hay quien llegue a la orilla sin hacerse de montaña. Lo redondo, trituradito. Como en las playas de Cádiz.

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