Cultura ambulante

El grabador salvaje

El Centro Niemeyer recrea en su web la muestra Picasso. Grabados eternos, que nos redescubre al creador malagueño en esta técnica y en su vertiente más visceral. Sus relaciones personales quedan expuestas en una selección donde destaca la magistral serie Suite Vollard

Al primer grabado que hizo, Pablo Picasso lo tituló El zurdo, por cómo le quedó la figura del picador de toros al salir la imagen invertida de la plancha; algo que no había previsto, según se cuenta. Tenía 18 años y un amplio margen de mejora, ostensible en los más de 2.200 grabados que completaría hasta su muerte. Antes del dichoso confinamiento, las paredes curvas de la cúpula del Centro Niemeyer albergaban una selección con 126 obras de aquellas. Como joya de la corona, una de las diez colecciones completas que existen en el mundo de Suite Vollard, acaso la serie de grabados más importante del arte moderno. Ni que decir tiene que Picasso. Grabados eternos estaba destinada a ser una de las muestras del año.

Para consuelo y gozo de muchos, el espacio cultural avilesino ha abierto en su web un espacio donde apreciar algunas de las piezas que forman esta exposición. Además, un clip de vídeo nos permite asomarnos a ella, de la mano de su comisaria Marisa Oropesa. La que fuera directora de la Galería Levy introduce la inmersión en esta vertiente creativa del pintor malagueño, que nos permite redescubrirlo. Aunque posiblemente en el arte del grabado no tuviera la paciencia de Durero o Goya, su destreza para el dibujo le procuró innovaciones expresivas tan potentes como en otras disciplinas. Además, su obra como grabador fue singularmente visceral, dejando al trasluz la verdad de sus relaciones, tanto las de amor –odio– como las de amistad.

Como joya de la corona, la muestra incluye una de las diez colecciones completas que existen de Suite Vollard, la serie de grabados más importante del arte moderno

De una de estas últimas nace la citada serie Suite Vollard (1930-1937), apellido del primer galerista que confió en la obra de Picasso, ya en 1901. Aquí dispone su obsesión por dotar a la creatividad de un aura divina, encarnada en su predilecta figura del Minotauro, que le fascinaba y le servía para representar su propio carácter dual y salvaje. En los grabados de esta serie (con los que Vollard planeaba ilustrar un libro del poeta francés André Suarès sobre este ser mitológico), vemos el tránsito del minotauro desde su pulsión devoramujeres hasta el patetismo con el que, ciego, se deja guiar por una niña que podría ser Marie-Thérèse Walter, uno de sus romances. Pero la ansiedad que respiran estas escenas también viene de aquel oscuro momento en España; estamos en la antesala del Guernica.

«Retrato de Dora Maar» (1939), grabado de Pablo Picasso.

En ese sentido, una de las mujeres que más despertó su conciencia política de cuantas pasaron por su lado fue Henriette Theodora Markovitch, a la que dedicó el Retrato de Dora Maar (1939). A falta del reconocimiento como fotógrafa que perdió a su sombra –aunque de forma reciente la Tate Modern y el Pompidou le dedicaran una muestra–, Dora es reconocida como protagonista de algunas de las efigies más representativas de la maestría picassiana, tal vez por la profundidad emocional con la que captaba su rostro. En este grabado parece quebrarse en dos, aun sin llegar al dramatismo del previo óleo La mujer que llora. Y lloró, cuando lo que tenían ambos terminó después de siete años y ella cayó en un abismo de psiquiátricos y electroshocks.

«La parade», de la serie «El entierro del Conde de Orgaz» (1969).

La exposición del Niemeyer se completa con otros grabados sueltos, junto con las series Les Cavaliers d’Ombre y El entierro del Conde de Orgaz (1969). Esta última toma su título de la fascinación que la famosa obra de El Greco provocó en Picasso desde joven. Editada el día en que cumplía 88 cumpleaños, la serie aúna, en una suerte de coreografía erótica y caricaturesca, motivos mitológicos con personajes circenses. La tendencia al surrealismo de esta serie de grabados le movió a usarlos para ilustrar un libro homónimo, en el que se atrevió a probarse (sin mucha fortuna, a juicio de la crítica) en la escritura mecánica. Un volumen prologado por su amigo y cómplice Rafael Alberti, quien justamente dedicó a la pintura de Picasso algunos de sus versos más recordados:

“¡Oh monstruos, razón de la pintura,
sueño de la poesía!
Precipicios extraños,
secretas expediciones
hasta los fosos de la luz oscura”

 

Picasso. Grabados eternos
Comisariada por Marisa Oropesa
Centro Niemeyer de Avilés (Asturias):
https://www.centroniemeyer.es/events/event/picasso-grabados-eternos
Hasta el 31 de mayo de 2020

VISITA APTA PARA: Adeptos al grabado y al hombre-toro nacido en Málaga.
VISITA NO APTA PARA: Espectadores de piel fina y hombres que no lloran.

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