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Un “¡manos arriba!” en el mundo del libro

Antes de la crisis del coronavirus, el modelo comercial ya tenía grandes retos pendientes. Ahora que el virus nos ha pillado a todos in fraganti, toda predicción de futuro inmediato del sector plantea complejos dilemas; pero es momento de renovar los desafíos y ser valientes

«A comienzos del siglo XX había muy pocas librerías y bibliotecas. Muchos libros se vendían por suscripción. De hecho, los vendedores de las editoriales iban literalmente de puerta en puerta haciendo los pedidos. Así, en la década de 1880 las Memorias del general Grant se convirtieron en un éxito de ventas gracias a la existencia de un gran número de veteranos del ejército de la Unión a disposición de un editor llamado Mark Twain, ¡que los reclutó como equipo de ventas!». Destaco este párrafo de uno de los capítulos del libro Las claves de la edición. Lo que los editores no cuentan, de Mike Shatzkin y Robert Paris Riger, en Trama Editorial (2019), dos de los gurús del mundo de la edición estadounidense, en el que nos destripan una historia reciente del mundo del libro, hasta la actualidad, para descubrirnos los entresijos que dominan el mercado actual. Lo destaco por la anécdota y por la afirmación de que a comienzos del siglo XX había muy pocas librerías. Los libreros somos, como quien dice, hijos de la modernidad, somos comerciantes de libros. Por más que intentemos reivindicar el rancio abolengo y la estirpe de Alejandría.

«Los libreros somos hijos de la modernidad, por más que intentemos reivindicar el rancio abolengo y la estirpe de Alejandría»

Inmersa estaba en esta lectura, como acostumbro a investigar en el catálogo de Trama Editorial, y otras fuentes, ensayos y artículos que me ayuden a reflexionar sobre el futuro de las librerías, buscando la respuesta entre líneas, descifrando casi acertijos, juntando signos, como si de una tabla de güija se tratara, cuando el fatídico viernes 13 nos hace a todos un «‘¡manos arriba!» literal y, en el mundo del libro, nos sorprende en la inercia de la huida hacia adelante, la amenaza que ha llegado a convertirse en nuestra zona de confort, y con la cara de incredulidad absoluta.

Ilustración: Guiridi.

Ese viernes 13 de marzo, se cernía sobre nosotros una sombra más grande que todas las incertidumbres que había tenido en mi mediana carrera de librera. De repente aquella sombra de la amenaza del ebook por 2008, aquella otra del print on demand, aquella otra del gigante-come-guisantes, es decir, librerías independientes, se me antojaron más insignificantes. Quizá esta última amenaza se hace aún más grande, el coronavirus la alimenta, como alimenta a los grandes grupos, que son los que tienen las herramientas preparadas para la cacería. “Uno de los peligros en estos momentos es el sálvese quien pueda, sobre todo porque los grandes grupos, con mucha capacidad de endeudamiento, intentarán aprovechar este momento para fortalecer su presencia en librerías, reduciendo así el espacio de las propuestas más arriesgadas”, me comenta Diego Moreno, editor de Nórdica Libros.

A la voz de “Librerías, os echamos de menos. Y queremos que volváis”, Nórdica destinará el 35% de las ventas de su web a las librerías independientes

Vemos en las redes estos días iniciativas de grandes grupos con las que no se sienten incluidos, ni mucho menos cuidados, ni autores ni libreros (y dudo que los lectores, más allá de obtener un descuento desproporcionado o incluso la gratuidad de los contenidos, sientan que estos grupos estén aportando valor añadido en estos momentos de crudeza de esta crisis inesperada). Precisamente Diego Moreno, editor independiente, ha tenido uno de los gestos mejor valorados por los libreros, dentro de la jauría de campañas promocionales que tienen lugar actualmente en la red. A la voz de “Librerías, os echamos de menos. Y queremos que volváis. Todas”, Nórdica Libros destinará el 35% de las ventas que se realicen a través de su web a las librerías independientes; será el consumidor quien elija a la librería a la que quiere que vaya destinado. “Está claro que la única forma de salir de esta es estando más unidos y encontrando fórmulas que sean positivas para todos”, aclara.

A esta iniciativa se han unido otras editoriales como la sevillana BarrettDos Bigotes. Grandes editores arriesgados que entienden que si el tejido librero independiente se va a ver afectado especialmente en esta crisis, que para algunos será incluso el golpe de gracia final, es urgente un apoyo desde las editoriales.

El apoyo a las librerías puede que sea uno de los trending topics de estos días, un llamamiento emotivo de parte de un sector que siente que el poco oxígeno que tenía está en peligro, y lanza una voz de auxilio. Está claro que esta llamada no debe ensombrecer el verdadero drama humano de estos días. No se pretende eso, démoslo por descontado. Se trata de un anticipo a ese momento anhelado de virus en retirada (que a saber cuándo llegamos a él de manera certera) y en el que no quedará otra que observar el desastre económico que ha dejado. “La crisis a la que a partir de ahora se va a enfrentar la cadena del libro es solo una más de las muchas crisis sectoriales que la sociedad va a tener que superar en lo sucesivo. Desde mi punto de vista, sería un error plantear salidas para cada sector de un modo asilado pues todo y todos funcionamos dentro de una estructura mayor que es la sociedad”, nos comenta Jesús Carrasco, el autor que en 2013 dio el campanazo editorial del decenio con Intemperie, y más tarde con La tierra que pisamos, Seix Barral ambas, y al que le gusta mencionar que parte responsable de aquel éxito fueron los libreros que apostaron por su escritura.

Para Jesús habría que “aprovechar el trance para invitar también a refundar o, más modestamente, a reconfigurar la cadena del libro de modo que, a la salida de este proceso, la lectura esté más integrada en la sociedad”. No queda otra, insiste, cuando antes de esta parada obligatoria cosechábamos unos índices de lectura decrecientes y un lector que presta una atención cada vez más fragmentada a otros estímulos: las redes sociales, la adicción a la actualización de la información, las plataformas de ficción. “Sin embargo, ninguna de esas actividades por separado, ni actuando conjuntamente, es capaz de proveernos de aquello que el libro nos ofrece. La literatura sigue siendo una herramienta clave para comprender el mundo”.

“Algo tendremos que hacer, un cataclismo como este al menos tiene que dar una oportunidad para reflexionar sobre cómo se han hecho las cosas y cómo ya no se van a poder seguir haciendo” me dice, en mensaje personal, Lola Larumbe, de la Librería Rafael Alberti, una de las librerías, y libreras, de referencia a nivel nacional después de 45 años funcionando.

Desde aquel viernes 13 solo engullimos noticias para paliar la incertidumbre. Ahora más que nunca, los libreros necesitamos una bola de cristal y a los lectores comprometidos. Y los lectores necesitan a los libreros comprometidos (autores comprometidos, editores comprometidos y distribuidores comprometidos), porque se va a tratar de acciones de protección mutua o no se va a tratar de nada. Y ante eso, solo cabe reflexionar. Lanzo un dilema: ¿continuismo o ruptura? Plantear el decrecimiento de la estructura que sostiene el sector del libro se llevaría muchos puestos de trabajo por delante, sería inadmisible (no a la destrucción de empleo), pero esta institucionalización de la precariedad es igual de peligrosa.

«¿Libreros o algoritmos? ¿El algoritmo es capaz de detectar un estado de ánimo?»

A continuación también lanzo una serie de preguntas por cada uno de los eslabones de la cadena del libro. No tengo respuestas. No las he hallado definitivas en ningún artículo, ensayo ni tablas güija de las que he hecho uso hasta ahora, pero es urgente reflexionar sobre los retos que el modelo comercial del libro tenía pendientes y ahora son determinantes. Tómenlo como una invitación a aportar respuestas posibles, como una responsabilidad y hasta como una obligación.

¿Todos tenemos algo que contar? ¿Todos podemos ser autores o autoras en nuestras habitaciones propias? ¿Es un derecho? ¿Hasta dónde ha calado el mito de plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro?

¿Negaremos que hay autores y autoras a los que sería mucho mejor arrancarle el teclado de las manos y cambiárselo por más semillas de árboles?

¿Es posible reducir el volumen de novedades? ¿Esta desorbitada cantidad de opciones, fomenta el consumo del libro bajo la premisa “hay un libro para cada tipo de lector”? ¿O ejerce el efecto contrario: abruma y asfixia?

El modelo de distribución, que es el responsable de que todas esas novedades encuentren su lugar de exposición en el circuito comercial, ¿es adecuado? ¿No es a veces ridículo ese ir y venir de ejemplares para mareo de transportistas? ¿Se debe poner una cota a la producción editorial anual?

¿Libreros o algoritmos? ¿El algoritmo es capaz de detectar un estado de ánimo? ¿Se puede juzgar a un librero o librera por la rentabilidad económica de sus prescripciones? ¿Le confiaría el lector su alma a un algoritmo? Espacios físicos o virtuales: ¿si el lector no va a la librería, la librería va al lector?

¿Y no es mejor en los planes formativos un fomento de la lectura libre? Desterrar el plan de lectura obligatoria, y el eufemismo de recomendada, que solo encubre lo que sigue siendo obligatoria, el prejuicio de que el canon es lo adecuado para fomentar el amor por la lectura: asesino de futuros lectores en cuanto a que no se lleva a cabo desde la libre elección. Disfrutar de la lectura es lo que hace que continúes leyendo. El miedo a enfrentarse a un libro encriptado, en cuanto que no habla ni de ti ni de tu momento vital o emocional, es el asesino de la pasión lectora.

¿Podremos volver a empezar? ¿Seremos lo suficientemente valientes? Lanzo el guante del reto o el mensaje en la botella, tómese como se quiera. ¿Hay alguien al otro lado? Que alguien recoja el guante y la botella y empecemos a elucubrar respuestas.

Un comentario

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