Crónicas desorbitadas

¿Cuánta casa necesitamos?

El ideal de la vivienda mínima ha sido una constante en la historia de la arquitectura moderna; una búsqueda que, en tiempos de reclusión y Coronavirus, adquiere nuevos significados. Un libro del profesor Urs Peter Flueckiger reflexiona sobre este concepto a partir de los ejemplos históricos de Thoreau y Le Corbusier

En marzo de 1845, el escritor Henri David Thoreau inició la construcción de una cabaña de madera cerca del lago Walden, en un terreno que había comprado para ese fin su amigo y mentor Ralph Waldo Emerson. Su intención era recluirse allí, “desnudo de equipaje”, para investigar los vínculos entre la naturaleza y el hombre. Una empresa en la que empleó dos años, dos meses y dos días, y cuyo mayor fruto fue Walden, o la vida en los bosques, un volumen en el que se mezclan la autobiografía y el ensayo, la poesía y la exploración de la soledad, y que se ha convertido en clásico entre los naturalistas, los ecologistas y los defensores de la desobediencia civil.

La cabaña de Thoreau a orillas del lago Walden. Foto: Urs Peter Flueckige.

Cien años más tarde, en 1952, Le Corbusier regaló a su mujer Yvonne una pequeña cabaña de madera, conocida como Le Cabanon, a las afueras de Roquebrune-Cap-Martin, un pueblo situado en la Costa Azul francesa. El matrimonio conocía muy bien esa zona porque había veraneado allí en múltiples ocasiones, algunas de ellas invitado por Eileen Gray y Jean Badovici en la famosa villa E.1027 (visitas que, al parecer, se terminaron cuando Gray descubrió, con horror, que Le Corbusier había decidido “regalarles” un mural en una de las paredes de la casa). Durante aquellas estancias trabaron amistad con Thomas Rebutato, propietario del restaurante L’Étoile de Mer, que accedió a venderles una parcela dentro de su propiedad, a cambio de que el arquitecto diseñara para él varias cabañas de alquiler: las Unités de Camping, construidas en 1956.

«A pesar de la distancia histórica y geográfica, la cabaña de Walden y Le Cabanon tienen mucho en común»

A pesar de la distancia histórica y geográfica, la cabaña de Walden y Le Cabanon tienen mucho en común. Para empezar, su tamaño, poco más de 13 metros cuadrados, aunque Le Corbusier hizo un poco de trampa, como veremos después. También su concepción como “refugio”. Thoreau quería distanciarse del modo de vida urbanita y abrazar otro más primitivo y primordial, “quería vivir deliberadamente sólo para hacer frente a los hechos esenciales de la vida”; Le Corbusier buscaba alejarse de la rutina de su estudio y del bullicio de París. Por otro lado, su cercanía al agua: el lago Walden servía a Thoreau para alimentar los cultivos de su huerto y para bañarse; Le Corbusier bajó por el sendero que llevaba hasta la playa a diario, hasta que lo alcanzó la muerte. De manera literal, ya que sufrió un ataque al corazón durante uno de sus baños en el Mediterráneo, en el verano de 1965.

Ambas cabañas mantenían, por último, una sutil cercanía con la civilización. Thoreau defendía una inmersión en la naturaleza, pero buscó una parcela situada a poco más de una milla de distancia de Concord, su ciudad natal. Esto le permitía acercarse a comprar suministros y a cenar con su familia al menos una vez por semana. También recibir visitas con mucha regularidad y conservar una vida pública muy activa, hasta el punto de que una de sus biógrafas, Laura Dassow Walls, considera que “su retiro quedará para siempre como una obra paradigmática de las artes escénicas”. Le Corbusier, por su parte, adosó su cabaña a una de las paredes de L’Étoile de Mer. De ese modo aprovechó la sombra y protección de un hermoso algarrobo existente en la finca, bajo el que se sentaba a trabajar, o se reunía con su familia y amigos. Pero también pudo abrir una puerta directa hacia el restaurante, que en la práctica se convirtió en cocina, despensa y comedor de su cabaña (aquí tienen la trampa de la que hablábamos más arriba).

Un ideal para vivir en paz

Todas estas coincidencias sirvieron al arquitecto y profesor Urs Peter Flueckiger para reflexionar acerca del modo en el que vivimos y diseñamos nuestras casas. Y de ese proceso ha surgido un libro cuyo título, ¿Cuánta casa necesitamos?. Thoreau, Le Corbusier y la cabaña sostenible (Gustavo Gili, 2019), supone una llamada de atención al imparable aumento de metros cuadrados que registran las viviendas en su país, Estados Unidos. Si en 1950 la familia media vivía en casas de 90 m2, para 2013 esta superficie se había incrementado hasta los 240 m2, a los que muchas veces se añade un garaje, con capacidad para dos o tres plazas, que se utiliza como trastero. Un trastero que, señala Flueckiger, “es más espacioso que las superficies de la cabaña de Thoreau y la de Le Corbusier juntas”, por lo que bien “podría ser una casa de vacaciones”.

«Si en 1950 la familia media vivía en casas de 90 m2, para 2013 esta superficie se había incrementado hasta los 240 m2»

Las razones para este crecimiento desmesurado se encuentran en la mejora de las condiciones de vida, que se traduce en salones con varios ambientes, dormitorios equipados con vestidor y cuartos de baño completos, habitaciones específicas para jugar o estudiar, lavanderías donde hacer la colada y planchar con comodidad. También en la imparable incorporación de maquinaria específica a la vida doméstica: ¿quién imagina una cocina hoy en día sin espacio para una vinoteca generosa, una Thermomix, una cafetera espresso y una olla de cocción lenta? ¿Cuántos cachivaches electrónicos necesitan acomodarse en un salón conectado a internet? Casi resulta obsceno recordar que en la década de los setenta un televisor de alta gama difícilmente sobrepasaba las diecinueve pulgadas.

Junto a sus alumnos, Urs Peter Flueckiger ha diseñado una cabaña adaptada a los tiempos modernos. Foto: Denny Mingus.

Pero quizás la causa que mejor explica este aumento de superficie tenga que ver con la inagotable capacidad de acumulación que lleva aparejado el modo de vida actual. Y no me refiero aquí a librerías y discotecas, esos monstruos que, en el maravilloso Bibliotecas llenas de fantasmas de Jacques Bonnet, devoran estancias y desbordan edificios enteros. Sino a las montañas de ropa que acumulamos, a ese equipamiento deportivo de todo tipo, a los aparatos y herramientas de uso anecdótico, los muchos accesorios de utilidad incierta, los restos de algún hobby que nunca superó la fase de proyecto. Todo este arsenal necesita espacios donde ser guardado, y en muchas ocasiones, olvidado.

«La cabaña representa no solo un espacio físico a donde huir, sino un ideal, una metáfora de un lugar en el que las cosas están claras y bajo control»

Tal vez para superar esa sensación de aplastamiento, también por la presión invisible que las nuevas tecnologías producen sobre todos nosotros, y que ha terminado por emborronar las fronteras entre espacio de trabajo y espacio doméstico, la idea de una cabaña aislada resulta tan atractiva. “La cabaña”, explica Flueckiger, “representa no solo un espacio físico a donde huir, sino un ideal, una metáfora de un lugar en el que las cosas están claras y bajo control, y donde no nos vemos desbordados por un flujo de datos digitales”.

Es posible que ese pensamiento guiara también a muchos de los ciudadanos que, cuando estalló la crisis del Coronavirus, abandonaron capitales como Madrid en dirección a sus segundas residencias, en la playa o la montaña. Los imagino descubriendo, con horror, que el confinamiento es mucho más duro cuando se pasa en una vivienda pensada y equipada para escapadas ocasionales. Después de todo, si Thoreau decidió acometer su experimento con la red de seguridad que proporcionaba la cercanía de Concord, es porque sabía que una cabaña en medio de la naturaleza puede convertirse con facilidad en una trampa mortal. Los que hayan leído Sukkwan Island de David Vann, que casi podría considerarse como el reverso negativo de Walden, sabrán a qué me refiero.

«Imagino a los que huyeron por el Coronavirus descubriendo que el confinamiento es peor cuando se pasa en una vivienda pensada para escapadas ocasionales»

La máxima sustancia

Así que una de las consecuencias del confinamiento es que vamos a averiguar, a la fuerza, si disponemos de la casa que realmente necesitamos, una pregunta que no tiene una respuesta sencilla. Como tantos estos días, Napoleón echaba de menos a su familia desde su destierro en la Isla de Elba. Confinado de por vida en el lujoso hotel Metropol, el protagonista de Un caballero en Moscú, de Amor Towles, habría dado lo que fuera por cruzar la calle y entrar una vez más en el Teatro Bolshoi. Del mismo modo, los que están atrapados en su segunda residencia suspiran por las sardinas que sirven en el chiringuito de la playa, y es de suponer que la Reina Letizia, que ha pasado la cuarentena enclaustrada en un dormitorio de 110 m2 (¿cuántas cabañas caben en 110 m2?), echará de menos sus clases de yoga. Por muy grande que sea la celda, siempre hay deseos que no caben en ella.

Le Corbusier trazó Le Cabanon sobre unas servilletas en 15 minutos. Foto: Urs Peter Flueckige.

También es cierto que una vivienda de tamaño escaso, sobre todo si no está bien pensada, puede influir de manera negativa en la persona confinada. Las cabañas de Thoreau y Le Corbusier surgieron como reducciones elementales del espacio, realizadas a través de un discurso arquitectónico. Al decidir construir él mismo su morada, Thoreau tuvo que buscar un equilibrio entre costes, tecnología, necesidades espaciales y estética. Un problema, por cierto, que supo resolver con una clarividencia notable: “Sé que lo que alcanzo a ver hoy de bello en la arquitectura ha partido gradualmente desde dentro, de las necesidades y el carácter del ocupante, único constructor, de una nobleza y verdad inconscientes, que excluyen toda consideración a lo aparente; toda belleza adicional que de ello resulte tendrá sus raíces en una hermosura de vida igualmente liberada”. El resultado fue una cabaña construida con los mismos sistemas que se empleaban en edificios de mucha más envergadura, y diseñada a partir de las necesidades específicas de su ocupante. “Una casa de firme tablazón, revocada, de diez pies de ancho por quince de largo, con pilares de ocho pies, con buhardilla y guardarropa, un ventanal a cada lado, trampillas de ventilación, puerta en un extremo y chimenea de ladrillo al otro”.

«Lo que tienen en común las dos cabañas, al final, es que se trata de proyectos que, “además de tener apariencia minimalista, contienen la máxima sustancia»

En cuanto a Le Corbusier, dibujó los planos de Le Cabanon en tres cuartos de hora, sobre varias servilletas de L’Étoile de Mer. Pero como bien apunta Flueckiger, “lo que suele pasarse por alto es que esos 45 minutos de proyecto destilan, en realidad, más de 40 años de viajes alrededor del mundo, de innovadora experiencia en arquitectura, diseño y urbanismo”. Le Cabanon, de hecho, estaba realizado y amueblado según las dimensiones del Modulor, el sistema de medidas que había desarrollado como base para el diseño de edificios, y que había aplicado con éxito en proyectos como L’Unité d’Habitation, en los que investigó las diferentes posibilidades que ofrecía la vivienda mínima. Años después, durante una entrevista, se refirió a Le Cabanon como “un castillo en la Costa Azul que mide 3,66 m x 3,66 m. Lo hice para mi mujer, era espléndido, y, dentro era extravagantemente confortable y bonito”. Lo que tienen en común las dos cabañas, al final, es que se trata de proyectos que, “además de tener apariencia minimalista, contienen la máxima sustancia”.

La vivienda mínima

Ese problema, el de sacar el mayor rédito posible a un tamaño ajustado, es el que han intentado solventar siempre los arquitectos y estudiosos de la vivienda mínima; una tipología de vivienda que suele estar asociada a los arrabales y barrios pobres. En Bajos fondos, el monumental estudio que Luc Sante dedica a la vida cotidiana en la ciudad de Nueva York entre mediados del siglo XIX y principios del XX, uno de sus capítulos habla de la aparición de esas medidas de protección pioneras.

Según nos cuenta, “la casa de vecindad era la fachada fundamental en Nueva York, el rostro de los barrios bajos, un bloque con las proporciones de una lápida, agujereado con ventanas”. La pobreza y la falta de escrúpulos mantenían llenos estos edificios en los que “los cuartos eran de proporciones tacañas, contenían el mínimo de luz natural; las paredes y los techos se habían enyesado con descuido y rapidez, eran sensibles a la humedad y al frío; y el suelo estaba hecho con tablones toscos que se desprendían, se astillaban y sobresalían. Las tuberías eran un chiste, y la calefacción lo era sólo un poco menos”. Lo que no impedía que “los caseros exigieran cantidades principescas por ellos”. Asusta comprobar cómo, en estos tiempos de gentrificación y presión turística, las cosas no han mejorado mucho.

Las leyes reformistas de finales del siglo XIX intentaron poner coto a estos desmanes imponiendo unas dimensiones mínimas de 8×30 metros para estas casas de vecindad, y un máximo de cuatro viviendas por planta. Lo que, descontando patios y comunicaciones verticales nos deja con unos 40 metros cuadrados por vivienda, que además debían estar bien ventiladas e iluminadas de manera natural. Una cifra mágica, que ha saltado a través de la historia y la geografía, y se encuentra en muchas de las leyes sobre vivienda protegida del mundo. En el caso de España, la normativa que las regula se redactó en el año 1968, y no ha cambiado mucho desde entonces, salvo para añadir medidas destinadas a mejorar la eficiencia energética y ajustarse a nuevas leyes en el ámbito de la construcción. La vivienda mínima está tasada también en 40 m2, una superficie que se ha mantenido en el tiempo (en el año 2005 la ministra María Antonia Trujillo propuso, sin demasiado éxito, minipisos de 30 m2 “para jóvenes”), y que permite acomodar en su interior las cabañas de Thoreau y Le Corbusier sin muchos agobios. Por debajo de eso, sólo quedan los apartamentos turísticos con 24 m2. Recuerden este dato, por cierto, todos aquellos que desean que sus propietarios los transformen en viviendas de alquiler convencional.

«Uno de los grandes retos del interiorismo y la arquitectura en la actualidad pasa por encontrar maneras de mejorar esos espacios mínimos»

Por supuesto, estas dimensiones y normativas no garantizan que el resultado sea de calidad; ahí es donde entran el buen hacer del arquitecto y, por qué no, del inquilino. No siempre es posible construir viviendas orientadas hacia el exterior: las diferentes normativas urbanísticas, las morfologías de las ciudades históricas, determinadas cuestiones geográficas o físicas pueden obligar a mirar hacia patios interiores o recurrir a soluciones poco ortodoxas. Pero basta echar un vistazo a las revistas y publicaciones especializadas para comprobar que uno de los grandes retos del interiorismo y la arquitectura en la actualidad pasa por encontrar maneras de mejorar esos espacios mínimos, para convertirlos en viviendas que contengan la máxima sustancia. En la parte final de su libro, Flueckiger cuenta cómo, tras estudiar a Thoreau y Le Corbusier, encargó a sus alumnos el diseño y la construcción de una “cabaña sostenible” en el desierto de Texas. El resultado, sin ser tan brillante como sus predecesores, es un digno ejercicio de arquitectura contenida, económica y ecológica, que resuelve las necesidades básicas de una vivienda en poco más de treinta metros cuadrados. De paso, responde a otra de las preguntas que se hacía Thoreau: “Para qué sirve una casa si no tienes un planeta tolerable donde colocarla”. Como base para averiguar la casa que necesitamos, es un buen comienzo.

¿Cuánta casa necesitamos? Thoreau, Le Corbusier y la cabaña sostenible
Urs Peter Flueckiger
Traducción: Susana Landrove Bossut
Editorial Gustavo Gili
112 páginas
18,00 €

 

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