Horas críticas

Estamos tan solos

Si aún le queda tiempo estos días, lea a Adrian Tomine. Sapristi publicia ‘Intrusos’, un mosaico carveriano de historias anónimas que suceden en la ciudad, el retrato de una serie de alienaciones mínimas que acompaña en los días de confinamiento

Nunca hubo tanto ruido como en los días del confinamiento, ¿verdad? A la misma velocidad en la que se vaciaron las calles y se limpió el aire, los canales en los que estamos empadronados desde hace años se saturaron de todo tipo de mensajes diciéndole lo que tiene que hacer en su intramuros. Practique yoga, cree un escritorio confortable para seguir produciendo en casa, cocine sano, escriba un diario de la cuarentena, pinte aunque no haya empuñado un pincel en su vida, vea un tutorial sobre construir columpios en el salón. Por supuesto, que no se le escape un vecino paseante, corra, denúncielo. Aplauda. Aplauda otra vez, aplauda mejor. Sea un ejemplar ciudadano que aplaude.

Y además, lea todo lo que no ha leído mientras el frenesí de los días precuarentena le tenía tan ocupado. Qué va, tampoco hay tiempo ahora. Y, peor aún, la concentración no es la que era: esta fórmula epiléptica de consumo, miedo y sobreinformación logra que nuestra atención no fluya sino que salte, que rebote de un punto a otro sin apenas tocar el suelo.

Cuando vivía en Madrid, cogía el metro a diario. Dos o tres transbordos, según la época. Tampoco allí abajo era sencillo meterse de lleno en las páginas. En aquellos años, descubrí que los cómics eran un tipo de narrativa que me permitía adentrarme en historias maravillosas incluso en el trajín espídico de ruido, busca asiento, no te pases de parada, no te caigas, elige bien tu vagón.

Sé que no necesitan más consejos sobre qué hacer dentro de sus casas, pero si tuviera que ofrecer uno, si alguien me preguntarse en qué refugiarse estos días de concentración volátil, le diría que le diera alegría a los tebeos y le animaría a que leyera el nuevo de Adrian Tomine, uno de los maestros del cómic norteamericano de los últimos años, cada día más a la altura de antecesores como sus admirados Charles Schulz, Daniel Clowes y Chris Ware.

Titulado en su versión original con la sugerente expresión Killing and Dying, y en la española Intrusos, esta obra a vueltas con la soledad y la desesperanza muestra al autor más seguro de sí mismo que nunca, desplegando distintos estilos de dibujo en cada una de sus historietas. Comparado en numerosas ocasiones con Hopper, Tomine se empareja aquí, más que nunca, con esa narrativa que cuenta desde la distancia, a la manera de un voyeur agazapado, la alienación de los habitantes de la ciudad en el siglo XXI.

Abre el tomo un jardinero amargado que cree que ha inventado la pólvora aportando a la humanidad la «Hortiescultura», unas terribles estructuras que combinan arte y jardinería, yeso y plantas. El tópico del creador incomprendido lleva al pobre empecinado a sufrir el odio de sus vecinos, el descrédito de su familia, problemas económicos, oprobio. «El artista camina solo», cantaba Daniel Jonhston en un tema que bien podría ser la banda sonora del relato, una historia entre la comedia y la desolación para hablar de las obsesiones que a nada conducen, trazada en viñetas diminutas y en la que el artista alcanza una de las cumbres de su carrera.

 

La sutil poética de Tomine (Sacramento,1974), asidua a poner luz sobre aquello que nos pasa desapercibido, a las vidas pequeñas y a las historias de soledad, incomprensión y dolor desde sus clásicos Rubia de verano y Sonámbulo, está muy presente en Amber Sweet, capítulo en el que narra la peripecia de una universitaria que ha tenido la mala fortuna de compartir un extraordinario parecido con una actriz porno. Asediada por los susurros a sus espaldas, salidas de tono de fans e incluso novios que parecen querer estar a su lado sólo por esta circunstancia, la protagonista va huyendo una y otra vez de sí misma o, más bien, de la sombra cada vez más siniestra de su doppelgänger, que le impide vivir con normalidad.

El libro prosigue con la relación-secuestro entre dos personas que se conocen en una reunión de alcohólicos anónimos, una de ellas con un pasado peligroso; y con la peripecia de una joven que quiere dedicarse al humor justo cuando en vida aflora el peor de los dramas, la enfermedad… así hasta completar un magnífico muestrario de vidas anónimas, mínimas en las que no sucede nada y sucede todo, paseos breves por momentos concretos de unas biografías en las que el historietista va señalando, sin necesidad de emitir conclusiones, ese lugar en el que deberíamos fijarnos, el momento absurdo en el que una vida puede cambiar para siempre. Todo, enmarcado en una hermosa americana de arquitecturas, diners, no lugares, vías de tren… planos dibujados desde la periferia de una ciudad que encierra todas estas tragedias que, al cabo, son también las nuestras.
Intrusos
Adrian Tomine
Sapristi
128 páginas
16,90 € 

APTO PARA: Confinados contra el ruido digital, nostálgicos de los paseos por la ciudad.

NO APTO PARA: Hiperconectados e hiperactivos de la cuarentena.

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