Crónicas en órbita

El Cid, un mito mutante

David Porrinas desempolva al héroe y analiza su inserción en nuestro ADN de españolitos en un ensayo ameno, riguroso y bien construido que publica Desperta Ferro

Vivar del Cid es un villorrio al norte de Burgos, con apenas 370 habitantes. La primera y única vez que viajamos allí, hace 30 años, era un lugar polvoriento y desolado, no muy diferente a como debió ser en el siglo XI, los años en los que la sombra de don Rodrigo Díaz paseó por la Península.

Aun así, paramos el 4 Latas y dimos un paseo por la patria chica (más bien minúscula) del que era uno de los mitos indiscutibles de la historiografía nacional española, un personaje entre fantástico e histórico que en absoluto era ajeno a los veinteañeros que viajábamos en aquella cafetera. Todos, como decíamos, habíamos mamado Cid desde nuestra más tierna infancia, bien en forma de cuentos maternos, versiones prosaicas del viejo romancero que nos hablaban de un guerrero que ganaba batallas después de muerto, una especie de zombi medieval; bien en forma de lecturas escolares del cantar del ‘Mio Cid’.

Pero más allá de esos relatos, el Cid de nuestra mocedad, el de la Transición y primeros años socialistas, poco tenía de terrible guerrero y mucho de niño ejemplar y repelente que protagonizaba dibujitos animados y aparecía en las estampitas que se regalaban con los yogures o en los libros ilustrados de la primera comunión.

«El Cid de nuestra mocedad, el de la Transición y primeros años socialistas, poco tenía de terrible guerrero y mucho de niño ejemplar y repelente»

Cartel de la película ‘El Cid’. Anthony Mann, 1961.

Todo esto lo decimos para que se comprenda que, sencillamente, era impensable pasar por Vivar y no rendir algún tipo de tributo al Campeador, aunque sólo fuese el tiempo de estirar las piernas y fumar un cigarrillo. Los que viajábamos en aquel 4 Latas teníamos al Cid, como se dice desde la era de Crick, en nuestro ADN de españolitos.

Las razones de tal carga genética, en gran parte, se explican en este ameno, riguroso y bien documentado libro: El Cid. Historia y mito de un señor de la Guerra, del profesor de la Universidad de Extremadura, David Porrinas (apellido de indudables resonancias flamencas), publicado por Desperta Ferro, una editorial que está haciendo una excelente labor en la recuperación y difusión de la historia militar, tan olvidada por una historiografía patria que durante años sintió más atracción por las curvas de población y producción cerealística que por los heroicos y vibrantes hechos de armas.

El libro del profesor Porrinas se inserta dentro de esa gran tradición, más anglosajona que latina, que es la alta divulgación. El autor huye del tocho doctoral y la erudición árida para entregarnos un libro ágil y bien construido, pero profundo y riguroso, lejos también del folletín historiográfico y fantasioso al que tantas veces se presta la figura del Campeador.

«El autor huye del tocho doctoral y la erudición árida para entregarnos un libro ágil y bien construido, pero profundo y riguroso»

Su principal objetivo, como no podía ser de otra forma en un historiador, es rescatar a la figura del mito para mostrarnos una aproximación de lo que fue el personaje real, tarea ardua si tenemos en cuenta las muchas lagunas documentales que existen. El Cid de Porrinas no es el titán hercúleo y matamoros, ni el perro fiel de Alfonso VI apaleado por la ingratitud del malvado y envidioso monarca, ni el amante padre traicionado por sus pérfidos yernos, sino un fascinante señor de la guerra inmerso en ese convulso y apasionante escenario que fueron la Europa y la Península Ibérica durante el siglo XI, una realidad selvática en la que imperaba la destrucción creativa, con reinos que nacían casi abruptamente, como acné adolescente, y se fagocitaban los unos a los otros.

En definitiva, una España -usaré el anacronismo- en la que un hombre valeroso e inteligente, como sin duda fue don Rodrigo Díaz de Vivar, podría medrar y conseguir el título de Rey para entregarlo a su hijo, fatalmente muerto en el campo de Consuegra luchando contra los almorávides, la nueva oleada de la morería que vino a poner orden en la fiesta un tanto desmadrada del al Andalus de los reinos de Taifas.

«La historia del Cid es también la de la futilidad de las pasiones humanas»

Por tanto, junto al Cid guerrero, experto en ganar las siempre complicadas y difíciles batallas campales -de ahí el mote-, aparece también el Cid político y diplomático, el que sabe arrimarse al Papado para, poco a poco, ir construyendo un futuro reino cristiano, el de Valencia, que lo aupase a la élite europea del momento. Todo se esfumó, vanidad de vanidades, cuando la parca cerró los ojos de su hijo Diego y los suyos propios poco después. La historia del Cid es también la de la futilidad de las pasiones humanas.

Quizás una de las principales aportaciones del libro del profesor Porrinas es el capítulo en el que se dedica a desmenuzar la construcción del mito, algo que sucedió desde tiempos muy tempranos, cuando los monjes del monasterio de San Pedro de Cardeña vieron en su leyenda un filón para atraer lo que hoy llamamos el turismo religioso (peregrinos), y llega hasta su reciente invocación por Vox como héroe machirulo y reconquistador. Se equivocan, sin embargo, los que ven al Cid como un icono facha. En el siglo XIX fue personaje muy preciado por la progresía del momento, con Riego a la cabeza, en cuyo himno se dice «De nuestros acentos/ el orbe se admire/ y en nosotros mire los hijos del Cid». Lo de poner los siete cerrojos al sepulcro del Campeador es más tardío, ya con el Regeneracionismo y el 98, que fue época más propicia para otro caballero que también cabalgó, aunque de manera más desmallada y taciturna, por los secarrales hispanos: nuestro señor don Quijote. Pero esa ya es otra historia.

Fotograma de la serie de dibujos ‘Ruy el pequeño Cid’.

El Cid. Historias y mito de un señor de la guerra (4ª edición)
David Porrinas González. Prólogo de Francisco García Fitz.
Desperta Ferro Ediciones
432 páginas. 24,94 euros

Un comentario

  1. Gemma Minguillón

    Gracias por el artículo. (Elite sin tilde, desmayada con y).

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