Crónicas desorbitadas Analógica

Apostando desde 1978

La escritora Bárbara Blasco. / Foto: Tusquets

Llevo jugando a la vida desde 1978, si no antes. Desde que escuché el primer chasquido de dados en la mano de Dios, si el ascensor llega en 1, 2, 3, 4, 5, 6, me regalarán la Nancy, si el próximo coche que pasa es rojo, me sacaré un 10 en mates.

¿Supersticiosa? Si Einstein, que era de relativizar científicamente a base de bien, buscaba a Dios en el fondo de la ciencia, ¿cómo no iba yo a estar atenta a su música celestial, a esa música que me traía el azar?

Llevo jugando a la vida desde 1978, perdiendo, ganando, perdiendo, ganando, perdiendo, desde que tengo uso de razón. Si me han dado el Tusquets, enfermaré de nuevo, si he tenido suerte en el amor, Hacienda me va a dar un palo, y así hasta la bancarrota del cuerpo; ¿o acaso la solvencia del alma, el superávit infinito? Con la sensación de que, si vivo deprisa, si gano mucho, me voy a morir pronto, que soy vaga hasta la supervivencia, vaga hasta la longevidad.

Llevo apostando a la vida desde 1978, como si la vida fuera un asunto de contabilidad donde debiera cuadrar el debe y el haber, jugando aunque sin escenificarlo. Igual que mi fe no necesita de una iglesia para existir, mi afán jugador no necesita de casinos ni de bingos ni de casas de apuestas.

Solo una vez en mi vida, siendo muy joven, pisé el Monte Picayo, un casino situado a las afueras de Valencia, en una de esas urbanizaciones pijas con buganvillas, luces de colores y una joie de vivre que solo existe en la imaginación de los pobres. Un concepto de lujo tan desfasado hoy como el faisán o la palabra «champaña».

En realidad, fui a documentarme, que es lo que decimos los que escribimos cuando nos apetece hacer un poco el idiota. Estaba escribiendo una historia sobre un jugador profesional, de esos que apuestan a diario pequeñas cantidades en la ruleta y se sacan un sueldecito para ir tirando.

Recuerdo que era martes. Nos vestimos de gala mi novio de entonces y yo. De gala quiere decir que él parecía un cruce entre Ringo Starr y el Jero de Los Chichos (traje de hombros estrechos, solapas infinitas, bigote denso) y yo la prostituta de Leaving Las Vegas. Cambiamos dinero por fichas, papel por plástico, convención por convención, y nos acercamos a la ruleta.

Lo reconocí enseguida: camisa de cachemir con brillos —se llevaban cosas extrañas entonces—, pelo grasiento, cara con reminiscencia de acné. Sentado a la mesa, apuntaba misterios y números en una libretita. A su lado, dos gordos trajeados que me miraban con una lascivia de oficio; enfrente, un matrimonio de bastante edad que llevaba sin bajar el mentón más de cinco generaciones.

Pero a quien trataba con desprecio el crupier era al jugador profesional, se reía de su camisa, se reía de sus notitas, hacía chistes a su costa.

Y el pobre jugador sonreía humillado, como si el agravio fuera una cláusula en su contrato.

El desprecio acabó calándome tan hondo que empecé a despreciarlos a todos: a los gordos, al matrimonio pijo, al crupier y hasta a nosotros, mientras apostaba al rojo, al negro, al par, al impar, mientras perdía, ganaba, perdía con desgana.

Y con cierta vergüenza: a esas alturas, el juego era ya un asunto de adultos y yo solo una cría. Todo iba muy rápido, había que reaccionar con agilidad y recoger las ganancias, si las había; si no, el croupier pasaba con su palo escobilla y repartía. A mí ese palo me recordaba a la regla del profesor, y pensaba que me iba a dar cada vez que fallaba.

Ya solo quería acabar pronto con esa tortura, que mi montoncito desapareciera. Así que puse una ficha en un número redondo, rotundo: el 18. La ruleta giró y la bolita se colocó sobre el 18. Gané. No pongo exclamaciones porque gané sin alegría, 36.000 pesetas, entonces una pequeña fortuna para mi joven bolsillo.

Cogí el dinero y nos fuimos.

Y así fue como me convertí en una de las pocas personas que le han ganado al casino, ya que nunca volví a pisar ninguno, segura de que no iba a poder mantener el balance a mi favor.

La primera lección que aprendí esa noche es que para ganar no hay que tener interés en ganar. Conviene ignorar al de los dados, despistar el ansia, que no es nada estética por otra parte. La elegancia reside en fingir que a uno no le interesa ganar, fingir hasta creérselo, hasta que sea verdad.

Y no como aquella jugadora que, en un crucero, por no dejar la máquina tragaperras cuando estaba calentita, sintió un apretón y no se le ocurrió nada mejor que cagar tras otra de las máquinas para no perder tiempo y seguir jugando. Al poco, el olor era tan insoportable que casi hubo que desalojar el barco.

La segunda lección que aprendí es que retirarse a tiempo es la única forma de ganar. ¿Por qué no aplicaría yo esta máxima a las relaciones a lo largo de mi vida?

La tercera, que el dinero es lo de menos, que el dinero es siempre metáfora. Quien juega no busca el premio sino sentir que es afortunado, que ese que mira todo el rato, llamémosle Dios, llamémosle conciencia, le acepta, le mima.

No he vuelto a entrar a ningún casino desde entonces, pero escribo, que es otra manera de seguir jugando, de apostar a ser otra, de ser niña un rato más.

Mi primera novela se llamó Suerte. Ya buscaba entonces un guiño cómplice allá arriba, una señal de aceptación. No tuvo mucha suerte el libro.

Aun así, he seguido escribiendo, ganando, perdiendo, ganando, perdiendo, apostando a las letras con la creencia de que algún día confundan estos dos términos.

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