Horas críticas

Libros de la semana #86

Recomendaciones literarias de la redacción de Mercurio

A la busca del tiempo perdido, de Marcel Proust (El Paseo)

Reseñar en unas pocas líneas un trabajo de treinta años, y más cuando esa labor ha sido la de una edición enteramente puesta al día de la obra magna de Marcel Proust (1871-1922) A la busca del tiempo perdido, no resulta sencillo. Pues esa ha sido la heroica gesta de Mauro Armiño —Premio Nacional de Traducción y Caballero de las Artes y las Letras de Francia— que ha sabido apreciar la editorial sevillana El Paseo: una versión de siete tomos, de los que se acaban de publicar los dos primeros correspondientes a las entregas tituladas Por la parte de Swann y A la sombra de las muchachas en flor, respectivamente, y que se irá completando en entregas semestrales, al modo de una serie. Dos libros que avanzan un conjunto sólidamente revisado, rigurosamente anotado y primorosamente editado como mejor homenaje posible al escritor nacido en Neuilly-Auteuil-Passy y muerto en París de una neumonía hace, justamente hoy, cien años. Un aniversario que bien merece este esfuerzo que pone al alcance de la mano, más que nunca, la monumental recompensa que supone leer el clásico proustiano, gracias a sus resúmenes de cada tomo y su identificación de personajes y escenarios en el primero, que nos orientan en su intricada estructura. Publicado originalmente entre 1913 y 1927 —en buena medida, de forma póstuma—, es uno de los motivos de que su autor se convirtiera en icono de la historia de la literatura de aquel siglo. Desde entonces, como se señala en su prólogo, «personajes y hechos históricos o no históricos, perfectamente conocidos para los lectores de la época, se han desvanecido en la mente de un lector actual, y más si no es francés, por el inexorable trabajo del tiempo». Ese salto y los estudios sobre Proust que han inundado las librerías galas, desde la anterior traducción que hizo Armiño en 2001, son los que han motivado esta nueva empresa. Se ofrecen aquí también las relevantes circunstancias de la publicación y la recepción originales: hay en esta obra una distancia sideral con las propuestas de la narrativa decimonónica de los Balzac, Flaubert, Stendhal, Eliot o Dostoyevsky, pues se eliminan nociones sacralizadas como la de trama, sustituida por una arquitectura de «hilos que se superponen, enredan y encabalgan». Proust empleó la metáfora de una catedral sobre cuya concepción primera se van haciendo modificaciones y añadidos con el paso del tiempo; que es lo mismo que decir el paso de la memoria: «[L]a memoria proustiana», señala el editor en su introducción, «está unida a la sensación, porque son las sensaciones las que hacen brotar el recuerdo, y con ello las profundidades del individuo, la parte más auténtica del ser humano precisamente porque son inconscientes». Pero A la busca del tiempo perdido va más allá, explorando una verdadera filosofía existencial, unas leyes generales de la realidad, a lo largo de esta novela-ensayo que, señala Armiño, no apela a la moralidad ni al solipsismo psicológico que por lo común se le han achacado, sino a la amplitud sociológica y el matiz metafórico o simbólico de la escritura, donde el lenguaje busca penetrar en las cosas, ahondar en los pliegues ocultos de lo vivido. Un estupendo aparato crítico acompaña este suculento volumen que nos permite abrazar la «biografía interior» de Marcel Proust y los recodos de una obra en la que perderse eternamente.


La verdad es que estoy sola y que estoy ardiendo, de Laura Ramos (La Isla de Siltolá)

«Se suele decir que la arquitectura de Nonú es una cosa inútil. No vientos no lluvia no seísmos. También se dice que es inútil la sintaxis [sin embargo, con ella te nombro], el bordadillo de los trapos de cocina [sin embargo, tus manos] y el color de las aceras [sin embargo, tu baile]. La traducción inmediata es: la belleza es inútil». Cuenta Laura Ramos (Avilés, 1996) que la tierra mítica e imaginaria de Nonú, en la que se enclava el bloque central de La verdad es que estoy sola y que estoy ardiendo, nació en una prosa poética —de la que acabamos de citar un fragmento— publicada en la revista Iowa Literaria, del departamento de español y portugués de esta universidad (junto a textos de autores como Juan Bonilla, Natalia García Freire o Ce Santiago); si bien otras composiciones recogidas en este volumen fueron difundidas antes en otra revista, Caracol nocturno, y también en el pódcast Querida Matrioska de la asociación cultural Cafuné Poesía. Como señala el también poeta asturiano Rodrigo Olay, la autora urde en estas páginas «una pequeña cosmogonía cuajada de mitos propios», convocando presencias fantasiosas que destilan verdad literaria. Así sucede, sobre todo, en ese capítulo central dedicado a la tierra de Nonú que, anunciado por las voces de Delphine de Vigan y Jorge Luis Borges, tiene algo de metaficcional («había que esperar a que pasara / por nosotros el torrente del relato») y de recreación de las pasiones indómitas y lacerantes de la poesía: «Niña, no se cortan con vidrio / las palabras»; pero aquí casi. También se evocan e invocan los elementos de la naturaleza, el agua, las llamas, las rocas, su poder de asombro y destrucción: «Pocas veces observó tanta belleza, / colgado sobre la bravura del mar / como un reloj y su péndulo: / el solemne destello del mineral y la muerte». En la primera parte del libro, Cuatro poemas sobre amar y morir, la autora se ve reflejada en esa tejedora que es Penélope en la espera eterna: «fui yo el reflejo de toda nuestra historia / un nudo en mitad de las labores». Con referencias a Safo y Elizabeth Barrett Browning, se dibujan maternidades truncadas y otros derrumbamientos, como en la Elisena del Amadís de Gaula («me he imaginado muchas veces sola como un pez / globo que se asusta / me he imaginado un vientre que no era mío / como el vientre de Elisena / inflado por la ausencia»). Finalmente en La alegría y la mecenas, que se deja acompañar por las palabras de Wallace Stevens, Anne Carson, Simone Weil e Inger Christensen, por un lado, comparecen elementos de la Antigüedad como testigos de la historia personal: la Roma imperial, las dédalas y Pausanias («no puede existir un cuerpo sin su diosa / no puede existir un verso sin sus ojos»), la diosa Afrodita o la princesa-mito Salomé; y, por otro, se baila al ritmo de las teorías del lenguaje, la poética o la indeterminación de la traducción («hace siete mil años estas palabras no tenían esta forma / y sin embargo duran tanto / como aquellas otras que antes de mí ya pronunciaste»). Osados artefactos que descomponen las formas tradicionales del poema, reflexionan sobre el lugar que ocupan sus versos, se aovillan en torno a estructuras poco convencionales y, al mismo tiempo, se expanden en base a su resonancia, típica del terreno de lo legendario: en esa bruma, ese misterio arcano y siempre fresco que ofrece fascinantes capas de lectura, hallamos la personalísima voz de la poeta inflamable Laura Ramos.


De la boca del caballo sale la verdad, de Meryem Alaoui (Cabaret Voltaire)

«Cuando acabo la faena, no me entretengo. Me bajo la chilaba, aliso alguna arruga y espero. A que el tío de turno se cierre la bragueta o se eche un cigarrito. Y a que se largue para que yo regrese a mi esquina en la calle y trinque a otro». Así de cruda comienza esta novela, situada en un Marruecos alejado del pintoresquismo o el exotismo que suele despertar en la mirada del turista. Se trata, más bien, de un retrato vívido y en tres dimensiones del país, a través del día a día de sus clases populares, crónica canalla en las calles de una Casablanca bullente y poliédrica, que respira autenticidad. Madre y prostituta de 34 años —casi la mitad de ellos ejerciendo el oficio—, el personaje de Yemía es uno de los más memorables de la literatura árabe reciente: mujer empoderada, inteligente, desinhibida, malhablada y con suficientes recursos como para hacerse respetar, que escapa a los dictámenes, las prohibiciones y los tabúes de signo religioso y patriarcal que la acechan. La protagonista describe su cotidianidad en forma de diario, que abarca del año 2010 al 2018, armada de una naturalidad y libertad insólitas, e incorporando comentarios llenos de lucidez, humor y transgresión de lo normativo. Cuenta sus conversaciones, sus encuentros y su existencia renovada desde el momento en que se cruza con Chadlía Bocacaballo —de su apodo procede el título del libro—, una joven cineasta extranjera que llega en busca de actriz para su proyecto y que marcará un punto de inflexión en la narración. El debut literario de la socióloga y editora Meryem Alaoui (Rabat, 1977), con el que fue nominada al reputado Premio Goncourt en 2018, sabe trasladar la energía desorbitada y atrapante de la urbe marroquí a un lenguaje palpitante y rítmico, trufado de imágenes tan sugerentes como terrenales, llevadas al espacio de lo más prosaico, al mismo tiempo que nada convencionales ni sujetas a cualquier preconcepción: «El hachís es una enfermedad dulce, muy dulce. Penetra suavemente en la piel, es sonriente, amable. Te sientes bien con ella. Te apetece acurrucarte en sus brazos para que te acune, como hacía tu madre». Para ello, la autora ha optado por esgrimir un francés que no suena al idioma oficial o académico, sino que tiene un matiz mestizo y se alimenta de los modos y tonos de quienes lo hablan en ese lado del Mediterráneo; no en vano, se incluye un glosario de términos específicos al final. Alaoui ha logrado con su extraordinaria ópera prima una fábula realista y ensoñadora, que llega a nuestro país con las bendiciones de autores tan importantes como Leila Slimani o Tahar Ben Jelloun, quien alabó su magnífica capacidad de observación y evocación. Sin sentimentalismos y sin juicios morales, De la boca del caballo sale la verdad muestra las contradicciones y las paradojas de una sociedad marcada por la calamitosa normalización de la pobreza, la hipocresía, la violencia, la corrupción, los excesos y, al mismo tiempo, los momentos —fugaces pero tanto o más verdaderos— de placer y alegría, afectos y sororidad.


La gula, de Asako Yuzuki (Temas de Hoy)

Esta extraña y cautivadora novela, originalmente titulada Butter y publicada en 2017, es una obra incómoda y resbaladiza en su evocación de temas sociales controvertidos, empezando por la gordofobia: «Antes siquiera de plantearse si era guapa o fea, todo el mundo se fijaba en que estaba gorda». Se habla ahí de la protagonista, una mujer condenada de por vida a la cárcel por atrapar en su telaraña y matar, como mínimo, a tres hombres —aunque culminó su estafa sobre otros cinco— para pagarse espléndidos banquetes y clases de cocina. El personaje se inspira en el caso real de Kanae Kijima, bloguera que saltaría a la fama en el Japón de 2009 como «La asesina de konkatsu» (reformulación nipona del concepto de cazafortunas que vivió un boom como argumento de las telenovelas japonesas en aquellos años). En La gula, una periodista treintañera solicita visitarla en prisión para conocer sus verdaderos motivos, bajo la excusa de pedirle consejos culinarios. La historia tiene lugar tras el desastre de Fukushima, cuando los productos lácteos escasearon en el país y se convirtieron en una obsesión, por eso lo primero que la convicta le describirá desde su celda es una receta hecha con mantequilla: «Cuando la como, siento como si me precipitase al vacío», relata de modo perturbador. La receta es gráfica hasta casi lo enfermizo o lo sexual: «La sensación al morder es suave y parece alcanzar la raíz de los dientes». A fuego lento se irá cocina esta clásica historia de atracción de una mente normal, que investiga un raro espécimen, hacia una mente desviada, que consuma sus peores fantasías de estatus. Un poder de fascinación que se traslada al lector pues, como otros psychokillers de ficción, la asesina busca a alguien cómplice de su visión de las cosas, alguien con la suficiente inteligencia como para entender su particular sensibilidad y gustos; ese poder explicará, también, el influjo que ejerció sobre las víctimas de su apetito. Asako Yuzuki (Tokio, 1981), autora de otros ocho libros y ganadora de los más prestigiosos premios en su país, ha dado el salto internacional con una novela que, bajo la apariencia de un thriller convencional, despliega una punzante e inquietante sátira de terror psicológico que refleja la opresión del sistema patriarcal nipón sobre las mujeres, sin ahorrarse comentarios provocadores sobre el feminismo o la pornovenganza. Relato de extremos y contrastes que evoca la obra de cineastas asiáticos como el surcoreano Kim Ki-duk o el japonés Kiyoshi Kurosawa, La gula es una obra ambiciosa y maravillosamente retorcida que no se queda en la mera provocación sino que, a través de una trama elaborada con vibrante pulso, reflexiona sobre la noción de felicidad y las expectativas imposibles en la sociedad japonesa contemporánea. O en la nuestra.

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