Horas críticas

«Hojas rojas», de Can Xue

Cuentos para renegar del ser humano

A veces, la casualidad conduce a un libro, sin saber de dónde procede esa fuerza gravitatoria por la que una se deja arrastrar, en parte cediendo al gusto de escapar de las gruesas novelas que proliferan sin control en el panorama editorial. Por cambiar el paso y gracias a un título sugerente, también por caer en la tentación de lo desconocido, así comenzó la lectura de Hojas rojas, una recopilación de ocho cuentos de Can Xue, traducida al español por Belén Cuadra Mora. Que Susan Sontag opine que «si China tiene una candidata con posibilidades de conseguir un Premio Nobel es Can Xue» constituye un aviso serio sobre la dimensión de la escritora que se avecina. No es nueva la autora, nacida en 1953, aunque en el lado occidental del mundo su nombre apenas sea un sonido imperceptible.

Como una liturgia ancestral, acude en primer lugar el relato que da título al libro: en los pasillos de un curioso hospital de seres fantasmagóricos arranca el intento por encontrar un sentido completo a una selección en la que se echa en falta un prólogo o un epílogo para contextualizar la lectura, aunque las visitas guiadas, es cierto, puedan encorsetar la percepción individual. Esas hojas sientan las bases de los temas que subyacen en todo el libro: el sentido de la vida, el miedo a la muerte y las rendijas oscuras de la naturaleza humana, todo ello aconteciendo en no-lugares, en cualquier parte y en ninguna.

Sin adornos innecesarios, las historias avanzan hacia lo desconocido, precisamente donde habitan los miedos más íntimos. Juega a eso la escritora en Los forasteros o en El delito, dos textos en los que la familia tradicional es una madeja de secretos que solo puede desenredar la imaginación. Con aparente simpleza, escondiendo sus cartas, logra que funcione el prodigio de la narración. La suya es una ficción pura que se sacude las reglas. No hay manual de instrucciones, no teledirige, no deja migas esparcidas para hacer el trayecto de vuelta sin perderse: solo literatura basada en la emoción, nada más y nada menos. Xue traza un camino incómodo por el que se avanza con el temor de perderse algún detalle importante que haga no comprender el final, y planta con sus creaciones una semilla de inquietud en el lector.

Hay escritores que encuentran en la retórica su espacio; o en la moda imperante de atiborrar de acción y giros inesperados sus tramas. Nada de eso cabe en Xue, de la que solo ha llegado a España una mínima parte de su obra y en la que apetece seguir profundizando para descubrir sus largas raíces, ya que su definición de sí misma como «una novelista experimental con un temperamento fuertemente filosófico» va cobrando sentido. Es curioso que cuando mejor enfrenta al ser humano a sus propias limitaciones, a sus miserias, es cuando lo mira con otros ojos, metiéndose en la piel de seres indefinidos o atribuyendo la facultad de razonar a animales y plantas. A través de sus personajes se vislumbra una verdad incómoda: probablemente, sin las personas el futuro del planeta no sería tan aterrador. «Imposible adivinar lo que les pasa por la cabeza a los humanos», resume una urraca en conversación con su pareja, después de observar su comportamiento de cerca. Pese a esa pincelada, Conviviendo con humanos podría haberse quedado fuera porque aleja la magia que desprenden los otros relatos, con Movimiento vertical como mejor exponente de su mundo. En él, un bicho ciego que habita en el subsuelo emprende una aventura arriesgada pese a reconocer poco antes que «engullimos la tierra y sus nutrientes y finalmente, defecamos. Vivimos en la más absoluta felicidad. […] Nos permiten a todos satisfacer nuestras necesidades alimentarias sin conflictos». Sucumbir al deseo frente a la capacidad de ser feliz con lo que se tiene es la rueda en la que gira nuestra existencia: somos seres ciegos que creen avanzar hacia adelante, estresados y con miedo porque no hay ninguna señal externa que confirme que vamos por el camino adecuado. ¿Adecuado para qué?, cabría preguntarse.

Xue hace de sus cuentos un tratado de la condición humana en el que mujeres y hombres salen malparados, aunque el valor de sus historias no reside en su utilidad. No son fábulas alumbrando enseñanzas, por más que la naturaleza adquiera un papel relevante, sino pedazos de irrealidad increíblemente parecidos a la realidad. Y tienen algo de juego al proponer una estructura aparentemente inacabada, como uno de esos pasatiempos de unir los puntos en los que la figura resultante fuera indescifrable. Como en el final de ¿La dama o el tigre?, el clásico de Frank Stockton, en el que es inevitable preguntarse por qué acaba así, las narraciones contenidas en Hojas rojas se quedan reverberando en busca de explicación. Pero eso sería como cuestionar por qué el arte es arte, iniciando un debate irresoluble en el que los parámetros racionales no tienen cabida. Dicho eso, es complicado no sentir cierta decepción al ver abruptamente interrumpida alguna de las narraciones, cuando lo más plausible es que sucediera al revés y sea la escritora quien deba sentirse engañada por esta mente estrecha.

 

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