Horas críticas

Chomón. El mago de la luz

Los efectos especiales antes del CGI

Los españoles somos seres contradictorios, muy orgullosos de lo nuestro, pero poco justos con los hombres ilustres que salieron de aquí. El cine -no solo el cine español- le debe mucho a Segundo de Chomón, un turolense conocido en su época como el «Méliès» español. De la mano de Queco Ágreda y Roberto Morote el cómic Chomón, publicado por GP Ediciones, nos narra la vida y obra de este pionero del cine europeo cuyo talento fue disputado por los mejores estudios cinematográficos de la época.

Este cómic ilustra los detalles mecánicos de los entresijos del cine, las formas que se tenía de hacer auténtica magia cuando este arte era rudimentario y artesanal. El CGI de los años veinte lo inventaron los hermanos Lumière, Méliès y todos los fundadores del séptimo arte, y Segundo de Chomón merece ser recordado al lado de todos estos genios.

Chomón trabajó en distintas productoras europeas, experimentando técnicas de lo que se llamaban trucajes, o hablando en plata, lo que hoy conocemos como efectos especiales. Bien trabajando directamente sobre la película de nitrato, grabando fotograma a fotograma, o arriesgándose con los movimientos de cámara. En algunas de sus obras, que en su mayoría fueron cortometrajes, vemos objetos desapareciendo o moviéndose solos, sin hilos ni trampa. Lo que estamos viendo es conocido como paso de manivela. Este truco, descubierto un tiempo antes por Meliès, consiste en dejar de rodar y mover los objetos para que dé sensación de que se han trasladado o desaparecido cuando se retome la grabación. En Hotel eléctrico (1908) Chomón lleva este recurso al extremo, en lo que podemos considerar un antecedente del stop motion.

Además, el cómic narra detalles biográficos del protagonista, cuya vida, según explican sus autores, está muy escasamente documentada. La reciente publicación Chomón a media luz (2021) de Iván Núñez Alonso supuso un giro en la trayectoria del cómic, pues desvelaba muchos detalles sobre sus inicios en el cine, que fueron en Barcelona y no en París, pero sirvió para que sus autores pudiesen construir un relato coherente sobre su vida. Que Ágreda sea licenciado en Historia es un garante de la buena documentación que se ha llevado a cabo para sostener y nutrir la historia.

Su romance, con la que luego se convertiría en su esposa, la actriz Julienne Mathieu, y la relación con el hijo de esta, a quien acogerá y criará como si fuera suyo, nos muestra una faceta humana y tierna de un personaje que destacaba por lo enigmático. No solo se nos da un retrato de lo que ocurría detrás de la cámara en un rodaje, sino que se convierte a Chomón en un personaje bonachón, honesto y, sobre todo, apasionado de su trabajo.

Con unas viñetas que son casi un esbozo en trazo grueso de personajes y escenarios los autores consiguen transmitir un dinamismo que contrasta con la ausencia de fondos y predominio de colores planos. A Chomón lo identificamos por un característico bigote, grueso y redondeado, pero pocos atributos más nos ayudan a reconocerlo. Parecería que estamos viendo una película en blanco y negro si no fuera por el característico uso del color que tiene para marcar saltos temporales o cambiar la atmósfera. Es un dibujo naif pero que no resulta infantil, sino tierno y expresivo.

La novela gráfica nos abre una mirilla al mundo que pudimos ver en La invención de Hugo, pero esta vez con firma española. Mientras Méliès, el gran cineasta y truquista de su época, acabó arruinado y trabajando en una pequeña tienda de la Gare Montparnasse, Chomón siguió haciendo cine hasta que murió prematuramente en 1929. Su nombre no resuena como el del gran cineasta francés, pero con esta breve biografía, por fin, nos podemos acercar al perfil de una de las figuras más interesantes del cine.

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