Crónicas desorbitadas

A treinta años del manifiesto cypherpunk

Altered Carbon. © Netflix

El próximo marzo un manifiesto que resumía las inquietudes de científicos, intelectuales, programadores, activistas de los derechos civiles y unos pocos periodistas cumplirá sus tres décadas. En 1993 eran solo unos pocos los que podían comprender las repercusiones en la privacidad que tendría internet, y su potencial no solo para ser el Gran Hermano de Orwell, sino para dar a corporaciones y gobiernos un completo control sobre los ciudadanos. Hoy sabemos que los datos son el oro que las aplicaciones tecnológicas extraen de nosotros, y que gracias a la digitalización los estados pueden cruzar con más facilidad el límite entre el control policial y los derechos y las libertades civiles. Han tenido éxitos, fracasos, e influido en la sociedad, pero no hubieran existido sin la influencia de un puñado de obras de ciencia ficción que pusieron las bases, entre los ochenta y los noventa, de un modo muy concreto de entender cómo iba a afectarnos la tecnología.

Entre los éxitos de los cypherpunks se incluye haber impedido durante el gobierno de Bill Clinton que cualquier método de encriptación de comunicaciones contuviera por defecto una puerta trasera para el acceso del gobierno a los datos de un usuario individual. Sus desarrollos tecnológicos de código abierto pusieron a disposición de todos los programadores las bases del cifrado fuerte, facilitando que apareciese la navegación segura. Eso cambió internet, en aspectos fundamentales como la banca online, o en el uso de certificados digitales. Pero también en aplicaciones más lúdicas como el juego, desde darse de alta como jugador en Fortnite o hacer apuestas deportivas, más la información complementaria en páginas especializadas, que permiten al usuario formarse una opinión sobre 1xBet en España, o sobre la inversión en criptomonedas. Los cypherpunk también pusieron las bases de las divisas digitales, aunque su objetivo era diseñar una herramienta utópica, que permitiría al usuario librarse del control de gobiernos, bancos y de la tiranía de los mercados y sus divisas.

Podemos ser controlados porque los datos digitalizados están en una red de comunicación, pero sobre todo porque no tenemos elección a la hora de elegir si queremos que nuestros datos sean privados o no. Esa era la base con que comenzaba el manifiesto firmado por Eric Hughes desde Berkeley, y que daría origen a un movimiento que permanece activo. Su propuesta general era la de crear un método capaz de proteger la privacidad del usuario, aplicando algo ya inventado, la criptografía. No solo eso, sino poner a disposición de todos el código que permitiera programarlo. Uno de los inspiradores de este grupo, David Chaum, matemático hoy bien conocido por su invención de muchos protocolos criptográficos, había anticipado en un artículo de 1985, con pasmosa claridad, nuestro presente: «los ordenadores se usarán para averiguar el estilo de vida de los usuarios, sus hábitos, conductas, y círculos sociales en base a los datos, a fin de dirigir sus compras». Lo dijo treinta años antes del escándalo de Cambridge Analytica, que demostró exactamente el uso de estas prácticas. Pero contra lo que podamos pensar, estas reflexiones que anticipaban el futuro no eran solo el producto de unos cerebritos bien entendidos en la materia, sino el fruto de un clima social que se vio perfectamente reflejado en la ficción. Entre mediados de los ochenta y finales de los noventa un puñado de libros y unas cuantas películas habían sintetizado la visión del mundo tecnológico que tenía el gran público. Una mezcla de miedo, fascinación y escasa comprensión del fondo en que sustentaban los avances. Algo que contagió también a muchos profesionales de la tecnología, especialmente los informáticos.

Cuando los miembros del grupo interesado en la criptografía comenzaron a hablar a través de una lista de correo encontraron que compartían una admiración general por dos novelas que resumían desde la ficción su visión del mundo. Snow Crash de Neal Stephenson y Neuromante de William Gibson, ambas de ciencia ficción y ambas del subgénero cyberpunk. Todos se veían reconocidos en sus escenarios tecnológicos, en el carácter rebelde de sus protagonistas, hackers en ambos casos, y en la propuesta general de sus argumentos, oponerse al poder establecido. La activista de los derechos civiles en los sesenta, y programadora y hacker desde la década siguiente, Jude Milhon, al ser invitada al grupo, les dijo que eran un «atajo de cypherpunks», juego de palabras entre el subgénero de ciencia ficción y el cifrado de criptografía. Encantados con el nombre, lo adoptaron como propio.

Muchos años después Mark Zuckenberg recomendaría a sus empleados, nada más empezar en la compañía, la lectura de Snow Crash como forma de comprender mejor el proyecto Meta y sus ambiciones de convertir internet en un espacio de convivencia virtual mediante avatares. La misma personalidad excéntrica de Elon Musk, y sus estrategias empresariales basadas en propuestas megalómanas y un tanto maníacas -como terraformar Marte para escapar del cambio climático- parece tomada de un universo de ficción donde la tecnología es el súperpoder y el programador informático el superhéroe capaz de hacer realidad la utopía.

Pero la influencia cultural en los ochenta y noventa de esa figura del hacker superhéroe no se limitaba a esos dos libros, ni al grupo de emprendedores que hoy son los magnates de Silicon Valley. En el gusto de la población general encontramos numerosos ejemplos de libros, películas, cómics, juegos de rol y programas televisivos que reflejaron la preocupación ante un futuro dominado por la informática, y las esperanzas puestas en corregir esa tendencia. En 1983 la película Juegos de Guerra, utilizando el escenario de la Guerra Fría, nos presentaba el primer contacto de un hacker con una inteligencia artificial consciente, que estaba a punto de mandarnos al carajo jugando a la guerra nuclear total. En televisión la serie Max Headroom presentó un futuro donde los televisores pueden controlar los pensamientos de sus espectadores, y las corporaciones de radiotelevisión dominan el mundo. El personaje que da nombre a la serie es una protointeligencia artificial creada en base a los restos de la mente de un activista que luchaba contra esas corporaciones, y que ahora interrumpe las emisiones con sus mensajes. En cómic, el manga japonés tuvo en Akira un ejemplo de humanos modificados mediante la administración de fármacos. Hasta los juegos de rol, que también ejercieron una relativa influencia cultural, tuvieron en Shadowrun un universo donde magia y tecnología están presentes, y donde hay que oponerse a unos transhumanos fruto de la fusión de humanos y robots. La literatura tampoco se quedó atrás, no solo con nuevas obras como las dos citadas, sino recuperando la de autores que antes habían recibido menos atención, como Phillip K. Dick o Stanilaw Lem.

Todas esas ficciones, y tantas otras pertenecientes a la ciencia ficción, tenían en común presentar futuros distópicos con finales felices, gracias a superhéroes tecnológicos, a menudo hackers, que construían un mundo mejor. La idea no es muy distinta a la promesa esgrimida por los activistas cypherpunks, con distintos grados en sus objetivos finales, pero con la aspiración común de convertirse también en superhéroes reales. El caso más célebre es el de Julian Assange, que también formaba parte de este grupo, y que en esa etapa inicial escribió su libro Cypherpunks, la libertad y el futuro de internet. Después fundaría Wikileaks, la plataforma que más documentos confidenciales ha filtrado, y que sería ejemplo para futuras investigaciones periodísticas descentralizadas y coordinadas internacionalmente, basadas en filtraciones, como los Panama Papers o los Pandora Papers. Si la realidad hubiera funcionado como la ficción, la sociedad habría reaccionado ante las informaciones entregadas por Wikileaks, quizá derribado gobiernos, pero sobre todo modificado ciertas prácticas para garantizar una vida mejor a los ciudadanos. Los cypherpunk estaban convencidos de que podía hacerse.

Pero hoy, a casi treinta años de ese impulso pionero, basta mirar a nuestro alrededor para comprobar que esa descentralización ha ido en sentido contrario. Tenemos el reciente caso de Facebook entregando a las autoridades policiales estadounidenses las conversaciones de mensajería entre una joven de diecisiete años y su madre sobre píldora abortivas. Cuando una conversación de Messenger se hace a través del teléfono y se marca como secreta no queda guardada en los servidores de Meta, pero en caso contrario no solo se archiva, sino que puede ser entregada bajo orden judicial, como ocurrió. Obviamente el usuario medio desconoce estos detalles, y así es como una conversación «privada» acaba siendo usada en contra del acusado en un juicio. Por el mismo motivo, y una vez anulada la doctrina Roe Vs. Wade y por tanto el derecho al aborto en EE.UU., se alertó a las usuarias de apps que controlan el período menstrual, pues esos datos también pueden ser usados para acusarlas.

La cultura ha comenzado también a evidenciar el cambio. Sus ficciones continúan explorando la distopía tecnológica, pero ya no hay grandes héroes hackers ni soluciones mágicas. Las series de plataforma están alcanzando un hito, el cineasta Gonzalo Suárez destacaba que son el triunfo de la literatura, no del cine, y el crítico y escritor Jorge Carrión subraya que han alcanzado una calidad literaria equivalente a la novela o el teatro. Dos buenos ejemplos, Separación, el trabajo deshumanizado y cuyo objetivo desconocemos, y Estación Once, el mundo devastado tras una pandemia y el intento de su reconstrucción a través de las historias narradas. No hay héroe hacker, no hay milagro tecnológico. En la ficción, como en la realidad, superados por el desaliento, observamos que ninguna rebelión, contestación, activismo o filtración genere escándalos, movimientos ni resultados duraderos. A treinta años del movimiento cypherpunk tenemos que vivir sin idealismos y vigilados por la tecnología. A ver qué tal nos sale.

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