Crónicas desorbitadas

Los nuevos cortafuegos culturales

La conversión de la Cultura de Gutenberg en la Cultura de Internet trae aparejada un fenómeno nuevo, capaz de definir la creación cultural. Lo que conocíamos como censura, donde un poder gubernamental controlaba la difusión de contenidos, ha evolucionado hacia cortafuegos culturales capaces de dirigir al artista o al intelectual en el proceso de creación de su obra. Ya empiezan a aparecer obras fruto de este dirigismo que alcanzan masivamente el éxito de crítica y el favor del público. Y todo parece indicar que en el nuevo escenario geopolítico, donde la imposición de la propia cultura es un conflicto más, esta tendencia va a acentuarse.

Uno de los ejemplos más evidentes lo encontramos en China, que acaba de implantar un examen para sus creadores de contenido. Las autoridades del país decidirán si el aspirante a influencer está o no cualificado para la función que pretende realizar. Además de eso, allí funcionan ya los algoritmos censores, programados específicamente para discriminar un contenido, o borrarlo de los buscadores, si es contrario a la doctrina oficial. Incluso las empresas extranjeras que trabajan en el país como Google o Facebook han adaptado sus algoritmos, y se someten a auditorías constantes para que el gobierno chino  constate que los están aplicando.

Junto al examen previo, el endurecimiento de los filtros de estos algoritmos ya han hecho cerrar sus canales a muchos creadores chinos. Tanto si estos regresan, como si surgen nuevos, todos ellos procurarán a partir de ahora adaptar sus contenidos para adaptarlos a las directrices oficiales. Como de hecho llevan haciendo desde siempre escritores, músicos, y todo tipo de artistas chinos que no quieren verse encarcelados o castigados.

La censura ha estado presente en China desde que se fundó el Partido Comunista Chino, PCC, considerada como una parte más de su política. Por eso cuando aparecieron los videojuegos e internet, las primeras creaciones de la cultura digital, las autoridades extendieron de forma natural el control que llevaban décadas ejerciendo sobre libros, representaciones teatrales, y periódicos. Eso les hizo también pioneros en la creación de una internet propia y separada del resto del mundo mediante el proyecto Escudo Dorado, conocido como el Gran Cortafuegos. Una barrera tecnológica que impide acceder a cualquier contenido digital producido fuera de China.

Pero los chinos no son necesariamente ciudadanos convencidos de la política del PCC, ni acríticos, aunque no suelan cuestionar el comunismo en sí. Con cada vez más formación, especialmente universitaria, han optado por asomarse al resto del mundo y tener su propio criterio sobre lo que pasa en el extranjero a través de internet. El uso de VPNs para saltarse el Escudo Dorado es más que habitual.

Los VPNs son redes privadas virtuales que redirigen el tráfico de tus datos en internet, ocultando tu origen. No son un recurso difícil de usar, ni requiere más conocimiento técnico que el nivel de usuario, y además  los mejores VPN ofrecen pruebas gratis, compruébalo en esta web. Hasta el propio gobierno chino facilita permisos, previo estudio, a las empresas y universidades que quieren usar VPNs para comerciar o trabajar con Occidente.

Pero el Gran Cortafuegos sigue siendo la forma de censura antigua, que controla la difusión y acceso a los contenidos. El verdadero cortafuegos cultural es el que dirige la creación desde unas directrices. Y ha cosechado su primer gran éxito. La serie china La era del despertar, un drama histórico, ha tenido tanta audiencia y repercusión en el país como en el resto del mundo Stranger ThingsEl juego del calamar o La casa de papel. Con la diferencia de que esta no es una creación libre fruto de la inspiración de sus autores, sino una una producción hecha para conmemorar el primer centenario del PCC. Los ciudadanos chinos, habituados a estas películas gubernamentales de baja calidad, la acogieron con escepticismo, esperando otro petardo. Pero por primera vez, la calidad del guion, dirección, y el tratamiento de la parte humana de los personajes la han equiparado a una serie hecha bajo las premisas de las plataformas occidentales. Es el primer resultado de calidad del cortafuegos cultural.

Este éxito puede parecernos anecdótico, sobre todo si no atendemos el otro fenómeno que está produciéndose en las películas de animación china. Por vez primera sus producciones pueden ser realizadas íntegramente con animadores del país, en lugar de contratar extranjeros. Incluso muchos japoneses han empezado a buscar oportunidades de trabajo en China, manifestando que será la siguiente gran potencia. Y esto lo dicen los magos del anime. El día, aparentemente no muy lejano, en que alguna de estas producciones encaje lo suficiente con la cultura occidental como alimentar el mercado internacional, además del local, comenzaremos a recibir creaciones dictadas bajo el cortafuegos. Con tanta naturalidad como recibimos en su día en nuestras ciudades las tiendas de chinos.

La cultura de la segunda mitad del siglo XX tuvo una fortísima influencia estadounidense, a la par que el Telón de Acero impedía que apenas llegara nada desde la Unión Soviética. A partir de su desaparición comenzó un proceso de descubrimiento más generalizado del cine, la literatura y la música soviéticas. Hoy, el hecho de que Europa importe el veinticinco por ciento de sus productos manufacturados de China, y sea además uno de los mayores tenedores de deuda pública de Estados Unidos, incita a pensar que cuando quieran hacernos llegar sus creaciones culturales encontrarán abiertos los canales comerciales.

Y qué pasará con Rusia, el otro gran bloque autoritario que desde la caída de la Unión Soviética ha ejercido el control cultural sobre su población, aunque revestido de unas formas aparentemente más democráticas. La guerra de Ucrania está facilitando a Vladimir Putin conseguir algo que, hasta el momento, parecía imposible: un cortafuegos parecido al Escudo Dorado. La clave está en Yandex, el buscador equivalente a Google, y por el que su fundador Arkady Volozh era considerado la encarnación perfecta de Steve Jobs y Steve Wozniak, en una sola persona. Antes de la guerra tenía dieciocho mil empleados en Rusia, y se había expandido por muchos países, tanto es así que robots autónomos de Yandex repartían comida por muchos campus de grandes universidades americanas. Cuando se supo que Volozh se había reunido con Putin antes de la invasión, para decidir qué medidas tomarían ante las sanciones de Occidente, el valor en bolsa de la empresa se desplomó, muchos socios occidentales rompieron sus contratos, y también muchos empleados renunciaron.

Hoy en el buscador Yandex es imposible encontrar información crítica con Putin o con la guerra de Ucrania. Además la empresa ha empezado a sustituir los servicios de todas las compañías tecnológicas que se están marchando de Rusia, como Apple Pay. No es ningún secreto que el presidente ruso admira el Escudo Dorado, y que le gustaría tener uno para él mismo. Si alguien puede dárselo, es Volozh. Para conseguirlo enfrentarán un problema técnico, aún compran todos sus microprocesadores a Occidente, y su red de telefonía móvil depende de compañías europeas y estadounidenses como Cisco, Ericsson y Nokia. Hasta que las sustituya por chinas, o por nuevas empresas rusas, tendrá más difícil controlar internet y tendrá que limitarse a la censura clásica.

Hemos asistido a ejemplos recientes, con medios de comunicación controlados por el estado, y artistas encarcelados por protestar contra la invasión de Ucrania. Hace una década tres de las componentes del grupo punk Pussy Riot fueron encarceladas por manifestar quejas contra Putin. En 2015 el poeta Alexander Byvshev fue condenado a prestar trescientas horas de servicios comunitarios, a no poder trabajar como profesor durante dos años, y su ordenador fue confiscado. Su delito, haber escrito un poema a favor de Ucrania. Uno de los autores rusos más leídos del país, Boris Akunin, y con casi cincuenta libros publicados allí, ha visto prohibidas dos de sus novelas de detectives, ambientadas en la Rusia zarista. Algo en ellas no ha gustado al presidente.

Por tanto, las creaciones culturales rusas ya pasan por el filtro de directrices del Kremlin, y parece cuestión de tiempo que acaben desarrollándose bajo un cortafuegos cultural tan eficiente como el chino. La pregunta, en este caso, es si nos seguirán llegando con la misma regularidad que hasta ahora las creaciones de autores rusos.

Como occidentales que vivimos en democracias puede pasársenos por alto que también nuestros creadores han comenzado a estar sometidos al cortafuegos cultural. La polarización social en corrientes de opinión es hoy capaz de apartar del favor del público y del éxito comercial a cualquier obra, de cualquier tipo. Muchos artistas e intelectuales ya tienen en cuenta la cultura de la cancelación al crear, fenómeno al que ahora se ha sumado la apropiación cultural. Rosalía ha sido acusada de apropiación del flamenco y de la cultura latina. También se ha cuestionado que C. Tangana, sin ser cantaor ni gitano, pueda hacer nuevo flamenco. A nadie se le hubiera ocurrido calificar de apropiación cultural a Paco de Lucía, cuando fusionó el flamenco con el jazz, la música brasileña o la árabe. Pero por entonces la digitalización de la cultura aún no se había producido.

Nuestro cortafuegos cultural tiene además otra vertiente, la de mercado pues ahora la libertad de los contenidos vuelve a depender en mayor medida de las políticas de empresa. En la película de animación de Pixar Ligthyear aparece un beso entre dos personajes femeninos, y la empresa se ha mostrado orgullosa de representar a la comunidad LGTB en sus producciones. Pero también ha perdido con esa decisión los ingresos de Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Malasia, e Indonesia, además de los de padres occidentales que no estén de acuerdo con la homosexualidad. Tampoco es necesariamente un cambio en la política de Disney, cuyos trabajadores y ejecutivos han reconocido que las escenas de homosexualidad se cortan por defecto de cualquier montaje final.

El cortafuegos cultural, por tanto, nos afecta a todos, y es así porque la conversión de toda la cultura en digital, o la necesidad de ser difundida digitalmente, además de físicamente, facilita que la opinión popular sobre cualquier obra se difunda rápidamente. Y con ella, cualquier polémica u oposición a la misma de un grupo ideológico, político, religioso, o de otro tipo. De esta forma, los intereses sociales, generales o mayoritarios, dirigen parcialmente la creación. Así que muy posiblemente, para entender la cultura, tendremos que aprender a identificar cómo son los cortafuegos culturales de cada país y región, y cómo sus claves han influido o dirigido la obra que estemos disfrutando. Da igual si es un libro, una canción, una película, o el contenido emitido en el canal de un creador.

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