Cultura ambulante

D’A Film Fest 2022: tribulaciones de un mirador de películas

Alcarràs.

Las películas son —o deberían aspirar a ser— objetos singulares. Nada más lejos de mi intención que el pretender esbozar una especie de purismo cinematográfico; lo que me ocurre, en realidad, es que no dejo de sentirme neurótico de más cuando trato de hablarle a alguien que no comparte mi enfermedad sobre las películas que tengo ganas de ver aquí o allá, que no suelen ser las mismas de las que a la postre va a hablarse en las redes sociales. Al fin y al cabo, tampoco quiero estar solo y a veces hacemos y decimos cosas extravagantes para no estar solos. Pasaron por distintas pantallas de Barcelona, como una exhalación, los más de un centenar de filmes, entre largos y cortos, de la programación del D’A Film Fest, en la que fue su doceava edición, la primera felizmente pospandémica. Había avidez por ver cuanto antes Alcarràs, oportunísima inauguración en la vigilia de su estreno en salas, o por adentrarse de nuevo en los estados de trance que es capaz de convocar el tailandés Apichatpong Weerasethakul, cuyo último largometraje, Memoria, agotó casi todas las localidades antes de iniciarse el festival. Algo tendrá que ver en ello la muestra de su universo visual y espiritual que acoge hasta el 22 de mayo el centro de arte barcelonés Fabra i Coats.

Las películas son también objetos de deseo, de un cierto tipo de deseo, y uno de los tics ineludibles del cinéfilo neurótico al que espero domeñar algún día es el regresar compulsivamente al programa de mano a cada rato, no fuera que se me escapara algún título o existiera un itinerario alternativo que posibilitara engullir más imágenes. No obstante, en esta ocasión ocurría que los tres filmes que esperaba con más ansia se concentraban en los primeros días del festival. Hablo de las dos entregas de The Souvenir, el portentoso díptico autobiográfico de Joanna Hogg, y de Haruhara-san’s Recorder (2021), de Kyoshi Sugita, una de esas flores raras a las que aludía al principio de este texto, película singular que, construida alrededor de uno de esos inciertos estados de transición que a veces atravesamos las personas, exuda misterio tras cada uno de sus cortes.

Darle esquinazo a la obviedad

The Souvenir (2019) y The Souvenir Part II (2021), cada una a su tiempo, han ido cosechando elogios en festivales y poniendo definitivamente en el mapa a su autora, la británica Joanna Hogg, cuyo primer largo, Unrelated, data de 2007. The Souvenir arranca mostrándonos porosas fotografías en blanco y negro de los contornos industriales de Sunderland, ciudad sobre la que Julie, una joven estudiante de cine, está documentándose para un proyecto. Pero esa posible historia queda inmediatamente en segundo plano para que la conozcamos a ella, una muchacha tierna, tan cautelosa como anhelante, que mira a través del ojo de la cámara que empuña, probando, buscando por entre un salón atestado de amigos algo que le llame la atención. Esa misma noche conoce a un hombre algo mayor, Anthony, con el que iniciará una relación no exenta de espinas que Hogg narra con una suerte de elusiva transparencia que, sin alejarnos nunca de los personajes, permite siempre que se cuele aire por entre los intersticios: así, un viaje a Venecia se condensa apenas en un par de vestidos nuevos, un tren, unas escaleras y el roce de dos cuerpos; hubo otra elipsis que me dejó sin aliento, entre unas puertas de ascensor que se cierran y una conversación en los asientos delanteros de un coche, los rostros emborronados por la lluvia que empaña los cristales. Desde la serie Angel (David Greenwalt, Joss Whedon, 1999-2004), por cierto, que no me topaba con una ficción en la que un ascensor tuviera tanto peso específico.

Las complicaciones sentimentales de Julie se suceden durante el mismo periodo en el que, a través de los rodajes de la escuela y las charlas con sus compañeros, la joven busca su propia voz. Y es emocionante pensar que a lo que estamos asistiendo es a la formación de la personalidad cinematográfica de la propia Joanna Hogg, que busca una forma de hablar de sí misma sin traicionar lo que el cine tiene de inaprensible. Si atendemos a lo que habitualmente se entiende por secuela, es harto llamativo lo que Hogg plantea en The Souvenir Part II: la vida continúa, sí, pero Julie consagrará sus últimos años en la escuela de cine a un re-enactment de lo experimentado junto a Anthony, y es como si la primera película regresara cual fantasma que debe cumplir una misión antes de poder soltar amarras, hasta que la protagonista echa abajo la pared de su apartamento que alojaba el enorme espejo que nos hizo testigos de la primera interacción entre Julie y Anthony, poniendo en su lugar una puerta corredera. Para que corra, de nuevo, el aire.

Si tuviera que escoger un momento divertido, una de esas anécdotas que salpimentan el deambular por festivales de cine, de película en película, me quedaría con el súbito enjambre de rostros conocidos que hallé desperdigados a la salida del primer pase de Haruhara-san’s Recorder. Puede que influyera el buen humor con el que terminé de ver aquella hermética película japonesa, pero parecía que, incluso consternados o desconcertados algunos de mis amigos, hubiera como una necesidad de hablar, de sacar algo en claro, aunque fuera para manifestar que el filme no les había convencido. Alguien me ofreció una interpretación bastante verosímil de lo que habíamos visto, atando cabos que yo no había llegado a atar del todo, y me resulto cuanto menos curioso el que, habiéndola descifrado un poco más que yo, la hubiera disfrutado menos. Se ha emparentado la película de Sugita con el cine de Kiyoshi Kurosawa, de quien fue asistente, y también con el hoy tan en boga Ryüsuke Hamaguchi o con la alemana Angela Schanelec, cuyas películas también nos dejan a menudo con la sensación de que algo se nos escapa. A mí, esta historia de una joven que toma la extraña decisión de pasar el luto por su amiga (¿o es su prima?) muerta en el apartamento en el que esta vivía, me remite también a las escuetas crónicas de desarraigo emocional que filma el norteamericano Ted Fendt, cuyo último largo (¡apenas 61 minutos!), Outside Noise, podrá verse a finales de mes en la Filmoteca de Catalunya, en un ciclo de películas inéditas de 2021 que también incluye Haruhara-san’s recorder y Petite Solange, de Axelle Ropert, que menciono más adelante. Como Fendt, Sugita se fija en ciertos gestos, en como reaccionamos cuando se nos hace raro habitar ciertos espacios, para mostrarnos —sin mostrar nada, realmente: véase esa escena en la que se ponen a jugar a baloncesto sin pelota— como la tristeza va mudando en otra cosa.

Diamantes en la arena y otros desamores

Se me escaparon obras de bien seguro estimulantes —los cortos de Virginia García del Pino y Ángel Santos, entre otros, y filmes como Dúo de Meritxell Colell, Benediction de Terence Davies, Ninjababy de Yngvild Sve Flikke o Eles transportan a morte, de Helena Girón y Samuel M. Delgado—, no me fallaron algunos cineastas que ya sospechaba que no me fallarían —Axelle Ropert (Petite Solange) y Hong Sang-soo (Enfrente de ti), palabras mayores aunque sus películas puedan aparentar ser menores— y caí rendido ante la furia antinacionalista que gasta el israelí Nadav Lapid en la impredecible Ahed’s Knee o el recital interpretativo de Léa Seydoux en France de Bruno Dumont, que dispara contra la hipocresía de los media en un estupendo híbrido de melodrama y sátira bufa con el que se postula como el más corrosivo y esquinado de los humanistas del cine contemporáneo.  También me hubiera gustado repetir la que, desde que la vi en el Festival de Sevilla, es una de mis pelis favoritas de los últimos meses: Diarios de Otsoga, la broma radiante con la que Miguel Gomes y Maureen Fazendeiro celebran el amor, el verano y el rodar en tiempos de pandemia. Pero tuve que conformarme con irme encontrando a amigas que, como no podía ser de otra manera, la habían disfrutado.

De unos años a esta parte, la sección Un Impulso Colectivo se ha erigido en una de las apuestas distintivas del D’A, aunque en ocasiones sus coordenadas horarias y espaciales obliguen a hacer malabarismos o renunciar a platos fuertes para asomarse a alguna de sus sesiones de cortos. En todo caso, la selección recoge tendencias y hallazgos del último cine español, aquel que en gran medida se hace fuera de la industria o con apoyos mínimos, y fue de ahí de donde emergió Aftersun, de Lluís Galter, toda una sorpresa cuyo origen doméstico y no excesivamente planificado la convierte en una saludable rareza. El tercer largo de Galter tras Caracremada (2010) y La substància (2016) también se afinca en los rituales veraniegos, presentándonos primero a su mujer y a su hijo, como si estuviéramos frente a una lona en el salón de su casa, para involucrarnos gradualmente en un escabroso suceso real, la desaparición de un niño, acaecida a principios de los 80 del siglo pasado. Abrazando la textura granosa que le proporciona la handycam con la que filma, Galter sugiere a partir de ahí una aventura de investigadoras juveniles como las que, precisamente, nos llevábamos para leer a las playas de nuestra infancia. Sin llegar a ser del todo ni una cosa ni la otra, Aftersun nos inquieta desde ese entredós a la vez que nos hace añorar el tiempo en el que éramos nosotros los que nos aburríamos en un apartamento de Segur de Calafell y escribíamos cuentos de detectives a la caída del sol.

Los caballos mueren al amanecer, el segundo largometraje de la navarra Ione Atenea, es otro relato de detectives. Y un filme que, de algún modo, se va gestando por la pura necesidad de su directora de arrojar luz sobre las novelescas vidas de Rosita, Antonio y Juanito García, los anteriores inquilinos del piso atestado de recuerdos al que se muda. Una ingente cantidad de fotografías, casetes, historietas y demás materiales le permite conocer e incluso especular sobre las vidas vividas y posibles de tres hermanos que, frente a la realidad tétrica e ingrata de la dictadura franquista, concibieron su convivencia como un lugar de libertad y creatividad desbordante. A veces la película se siente deslavazada, como si Atenea no pudiera hacer otra cosa que dejarse arrastrar por la marea de memorias y fantasías que le proporcionan los tesoros de los hermanos, como ella misma admite hacia el final del metraje, emplazándose a terminar de hacer suyas las paredes entre las que lleva viviendo ya tres años. Pero en ese dejarse llevar se percibe una felicidad del vagabundeo y del descubrimiento que no es tan habitual que emerja con naturalidad de las imágenes de una película.

A lo largo del filme de Atenea van apareciendo en pantalla algunas de las fichas con notas mecanografiadas de Antonio García, que además de dibujante de cómics fue un devorador irredento de cine, y es en uno de esos apuntes que García se denomina a sí mismo mirador de películas; vocación, pasatiempo o quimera, se me antoja una forma ocurrente de definir la pasión por el cine, más humilde quizá que la del crítico, en la que quien esto escribe solo se reconoce de vez en cuando y a regañadientes. Este mirador de películas, pues, dará por concluida su transmisión con un último fogonazo jubiloso: me uní definitivamente a la fiesta bollera de La amiga de mi amiga cuando Aroa Ay, cantante y también una de las protagonistas del filme de Zaida Carmona, empieza a tocar su amorosa versión del Lady Dilema de Carlos Berlanga, tema perteneciente a Impermeable, uno de los discos que más acompañó mis erráticos años universitarios. Vencedora de Un Impulso Colectivo, la película de Carmona toma las enseñanzas sobre la sencillez y la belleza de Éric Rohmer para escribir en clave lésbica, lúdica y ligera otra de esas historias todavía no contadas sobre Barcelona. La de sus amigas, presentes en todos los apartados de la producción de esta comedia de enredo que, como las de su amigo y coguionista Marc Ferrer, contagia ese apetito por juntar a gente y hacer películas, como buenamente se pueda, para contar todo aquello que queda por contar.

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