Ficción

Ñachi

Vista de Lican Ray al atardecer. Fotografía: Manuel.moscosov (CC).

¿También vuelves a Lican Ray de vez en cuando, padre? Yo salgo del metro, un martes cualquiera, y me encuentro allá, corriendo por el patio de manzanos del abuelo o hundiéndome en la playa. Pienso que a ti te debe pasar lo mismo. Cuando te dejas llevar a Lican Ray, ¿me ves ahí?, ¿me ahogo o corro en tu recuerdo?, ¿cómo está mi pelo? Tengo una nota en el celular con preguntas que te haría si nos volviéramos a ver. Lo cierto es que son todas preguntas retóricas, porque si alguna vez nos encontramos no me atrevería a preguntarte nada, menos estas cosas. Te veo sentado, volteando el cordero que carneamos como familia esa mañana; se deja atravesar por el metal mientras abre sus costillas como un par de alas al cielo. La clave es el tiempo, dices, hay que darse el tiempo. Abandonas el silencio que se estiraba entre tú y yo. No hay apuro, por eso sólo preparamos asado algunos domingos o cuando estamos de vacaciones en Lican Ray. La frente te suda y te manchas de negro al limpiarte con los dedos cubiertos en polvillo de carbón. Te aviso que tu frente es de ceniza y vuelves a pasarte la mano para limpiarte. Por la cara que pongo te das cuenta de lo que acabas de hacer. Sueltas una risa monosilábica y fuerte y yo también me río. Libero mis brazos cruzados y me acerco a las brasas rodeadas de piedra. El olor omnipresente que va soltando el cadáver mientras se calienta me hace olvidar lo que sentí al matarlo.

Llegas dos días antes del asado, cordero.

Te amarran a un raulí cerca del portón de entrada. Parece que te convertirás en una gran atracción para la decena de primes que nos encontramos en la casona familiar, pero nos aburres rápido. Sólo comes pasto y cuando intentamos hacerte cariño respondes con un tarascón azaroso. Te abandonamos pronto. Volvemos cada par de horas, cuando la acumulación de tu ausencia se convierte en una pregunta, pero cada vez que vamos a verte estás haciendo lo mismo. Paula, en cambio, se obsesiona contigo y se dedica a estar cerca tuyo todo el día. Te habla, te hace parte de sus juegos, te bautiza Ariana. No logra entender que eres macho. Pero si tiene cara de mujer, dice. Cuando se entera de que eres la comida del día siguiente comienza a temblar y a gritar palabras entrecortadas por una especie de hipo. Corre hacia ti llorando, seguramente para abrazarte, y tú le respondes con un cabezazo que la estrella contra el suelo. Su hipo de llanto desaparece y se lleva una mano a la cara para tocarse el labio inferior. Levanta su mano y la detiene en un punto determinado entre sus ojos y el sol, observando los copos de sangre en la punta de sus dedos. Tú te volteas y caminas hasta desaparecer entre las ramas bajas del árbol, como si sintieras algún tipo de culpa. Corro hacia mi hermana y acerco mi cabeza a la suya. En su mirada se acumula algo que en ese momento interpreto como miedo pero que en el futuro entenderé como resignación. Mientras se inflama su labio herido, Paula sigue preocupada por tu muerte, Ariana. La primera vez que conocí a un animal condenado a la muerte mi reacción fue quedarme inmóvil, mirando desde lejos. Ahora, decido que debemos salvarte. Tengo que proteger a mi hermana chica. Tú vuelves a comer pasto, como si fueras un cordero cualquiera, ignorante del protagonismo que tienes en nuestras vidas.

¿Recuerdas cómo planificamos todo, Paula? Hacemos un círculo bajo la sombra del guindo y nos comprometemos a liberar al cordero. Los mellizos se oponen a sacrificar su asado pero tú los convences gritando que Ariana es tu amiga y que no te la quieres comer, porque las amigas no hacen eso. Quieres tenerla para siempre. Mientras repartimos roles para cumplir la misión, los ojos todavía infantiles de Rodrigo se detienen sobre mi pecho que está obsesionado en crecer y yo intento ocultarlo arqueando mis hombros. En la casona del clan Alcayaga compartimos siete familias y tres generaciones. En el bando de les niñes contamos con siete militantes en disposición de enfrentarse a trece apóstoles del mundo adulto. Al medio, dos adolescentes. Cuatro primes no cumplen aún la edad suficiente para unirse a la rebelión, pero aportan al plan cansando al bando adulto con sus exigencias y llantos. La misión libertadora es complicada y exige muchos pasos. Primero, el mayor de los Alcayaga Guevara nos despertará a las cinco y media con ayuda de la alarma de su Casio. Nuestros padres de seguro iban a jugar dominó y tomar piscolas para dormirse borrachos a las tres o cuatro de la mañana. Claudia, que ya tiene casi catorce años, nos explica qué es estar borrachos y cómo a las cinco y media iban a estar raja así que sería más fácil liberar a Ariana. Claudia participa del plan como una espía del mundo adulto, un puente hacia lo que pasaba en ese lado, pero no se involucra públicamente con la causa pues quiere evitar que la castiguen. No está dispuesta a perder las pocas tardes que le quedan con el chico que visita a escondidas los días de playa. Luego de que nos despierten, saldremos por la puerta trasera hacia el patio, rezándole a las tablas del pasillo para que crujan lo menos posible. Una vez afuera yo desataría a Ariana mientras los mellizos hacen guardia en las entradas de la casa. Las hermanas Fierro Alcayaga tenían como misión fingir una pelea distractora en caso de que alguien se despertara.

No le tienes miedo a la noche, Paula, pero te escondes detrás mío mientras avanzamos hacia Ariana. Tengo frío y agradezco que ya no me obliguen a usar camisón al dormir y me permitan usar buzo. No vemos mucho, pero luego de haber entrenado toda la vida jugando a las escondidas con esos árboles conocemos el terreno de tal manera que podemos evitar accidentes graves. La cuerda está atada al raulí con un nudo simple. La única resistencia que me presenta se debe a lo apretada que está contra el tronco y lo áspera y gruesa que es para mis manos. Logro soltarla y avanzamos hacia el portón, primero rodeando al cordero y luego tirándolo para que avance. Una ventana del segundo piso se abre. Nuestros cuerpos culpables se detienen, ocultos entre las ramas y la luz tamizada de la luna que no alcanza a definirlos. La ventana se mantiene abierta, nadie se asoma. Caminamos a la calle mientras jalo del cordero, que en un principio se resiste, medio dormido, y luego se deja guiar, refunfuñante. Antes de abrir el portón miro a la entrada de la casa buscando el gesto aprobatorio de los mellizos para seguir con la misión y no los encuentro. La puerta de entrada está abierta. Nos acusaron, te digo, y les hago una señal a las hermanas Fierro que miraban desde la ventana de su pieza para que ejecuten las maniobras de distracción. Mientras trato de soltar la cadena que une la compuerta de entrada mis dedos se enredan con la cuerda del cordero que llevo en la mano. La fibra y el metal se cruzan peñiscándome, pero logro abrir el portón. Damos tres pasos por el camino de arena volcánica y tierra cuando siento tu mano capturar la mía. Está tan apretada que es imposible separarnos.

Me da miedo mirar atrás y ver a mi padre intentando alcanzarnos. Pero eres tú, madre, quien se despierta esa mañana.

El pelo largo se me enreda en la cara mientras troto. Sabes que siempre lo he odiado, madre, pero no me dejas cortarlo. Paula y yo avanzamos con la firmeza que nos permiten nuestros cuerpos infantiles, levantando un suspiro de polvo con cada pisada. Te escuchamos gritar nuestros nombres, madre, excepto el del cordero porque aún no lo conoces. De alguna forma me decepciona saber que eres tú quien nos persigue y no nuestro padre. Asustadas por tus gritos, nuestras piernas cortas hacen su mejor esfuerzo para llevarnos hacía el río Melilahuén. Ahí entre los árboles Ariana puede perderse y armarse una vida. Hay que cruzar el río, le digo a Paula. Pero se queda quieta en la orilla y suelta mi mano. Yo entro con mis zapatillas y mi buzo al río negro, que en ese punto es poco profundo pero ancho. Mis pies sumergidos en el agua sienten miedo pero yo sólo quiero ganar, soltar, terminar. La corriente es tan lenta que apenas la siento pasar por mis canillas. Por la mitad del río Ariana se resiste y bala y yo tiro de la cuerda y grito y mis manos se calientan cuando la fibra sintética se desliza a través de ellas. Me resbalo con el musgo que cubre las piedras y caigo de rodillas pero no suelto al cordero. No necesito tu ayuda, madre. Me pongo de pie y jalo del animal sin mirarlo. La orilla contraria del Melilahuén nos recibe y abro por fin mis manos dejando caer la correa. Miro a Ariana a la cara. Te he liberado, pienso. Pero el cordero no se mueve. De su cuerpo caen gotas de agua que desaparecen en la arena. Ariana sólo tiene un año de vida pero sabe perfecto lo que es el miedo. Tomo un puñado de arena y piedras y lo aviento a sus pies. Eres libre, le digo, ahora en voz alta y la veo perderse entre dos arrayanes. Vuelvo al otro lado del agua usando los chillidos de Paula como faro. Mientras me acerco a ella y el río comienza a callarse, el quejido de mi hermana se vuelve más claro. Yo quería a Ariana, llora, quería quedarme con ella. Comienza a aguarse la noche y puedes vernos desde lejos, madre. Con la victoria acomodándose en mi guata me acerco a ti y me recibes con una cachetada de la cual te arrepentirás toda la vida. Por qué eres así, me gritas. Tienes miedo, no nos preguntas por el cordero, no preguntas nada. Caminamos hacia la casa. Paula y tú sienten vergüenza. Yo doy pasos orgullosos por haber liberado a Ariana. Quería ganarte, madre, quería ganarte de antes, de mucho antes. No robé el cordero por eso, pero cuando recibí la cachetada me alegré, porque supe que te estaba derrotando. Supe que éramos personas diferentes. Que si me atrevía podía poner un río entre nosotras.

No dejas que me castiguen físicamente, tía Florencia, te lo agradezco. Ya he cumplido, calculo, tres horas de mi condena en la pieza oscura del fondo, cuando escucho al Coihuesito entrar triunfante al terreno gritando jefa, mire lo que le traigo. Siempre te coquetea, Florencia. Le atrae que seas una mujer que se manda, como él dice, por el hecho de que manejas la pala, el martillo y el dinero. De cierta forma le encanta que no lo necesites. Sabe también que estás casada, pero juega en los márgenes de la tolerancia que existe entre una jefa y el hombre que la ayuda a cortar árboles y pintar paredes. Cuando lo ves entrar con Ariana te acercas saltando y lo abrazas. El Coihuesito satisface el deseo de sentir tu cuerpo agradecido, ilusión que lo llevó a gastar toda su mañana recorriendo el borde del río. Yo te veo pasar por el pasillo hacia el patio trasero, Florencia, avanzando con el cordero como si fuera domingo de ramos.

La tarde ha sido salvada por un varón como ustedes, hombres de la casa.

Mientras en la cocina se abandonan los preparativos del plan B y todo se vuelca a la preparación de ensaladas y acompañamientos para el asado, en el patio ustedes, los hombres, se reúnen alrededor del cordero designando los roles, técnicas y saberes indicados para aprovechar cada gramo de su cuerpo al momento de carnearlo. A los mellizos los recompensan por su traición con la inclusión al comité de los hombres. Les toca la labor de sujetar la bandeja bajo la cabeza del cordero para recibir la sangre que brotará de su garganta. Una vez coagulada, la sangre será aliñada con merkén, ajo, sal, limón y cilantro para preparar ñachi. La jalea de sangre será cortada en pequeños cubos para ser comidos con pan. Florencia procedería con el corte en la garganta. Ningún hombre sabe cortar como tú, le dicen mientras se ríen. A unos metros, mi madre cuelga mi buzo y mis zapatillas para que se sequen. Yo los miro preparar todo desde la ventana de mi prisión improvisada y siento que mis órganos se funden en uno solo que hierve como un caracol bajo la sal. No me molesta la frontera, me molesta el muro. El hervor se me acumula en los pulmones y un pelotón de emociones que aún no sé nombrar se toman mi cuerpo.

Las dejo salir y corro.

Me ves ir hacia ti, padre. La imagen de tu hija con un cuchillo en la mano corriendo descalza a través del patio, gritando, llorando, te debe de horrorizar, mamá. Yo solo pienso por qué tienes que ser tú, Florencia, quien lo mates, quien mate a Ariana. Por qué te dan permiso, tía, cómo entras tú tan fácil en ese mundo y yo tengo que mirar todo desde tan lejos, si yo también soy valiente, si yo me puedo hacer cargo, si yo tengo fuerza como ustedes, si yo también soy hombrecito. Entierro el cuchillo en el cuello de Ariana y no alcanzas, Florencia, a sacar tu mano; ni tú abuelo a detenerme; tú padre no sueltas los tobillos del cordero; y todos ustedes están muy lejos y tampoco entienden qué está sucediendo. El corte en tu mano, Florencia, es superficial pero algo de tu sangre salpica sobre el cordero al momento que siento que el cuchillo se tropieza con una vértebra cervical mientras atraviesa el cuello y su sangre se derrama, mitad sobre la bandeja que sostienen, mellizos, mitad sobre sus ropas. No escucho ni los gritos del mundo ni los tuyos, Ariana, pero veo tus ojos, tu pupila plana, una línea horizontal en pausa, libre de tu cuerpo. Me tomas, abuelo, por la espalda, y me sacas de ahí mientras ustedes los hombres y Florencia intentan poner orden a la situación.

¿Vuelves a ese momento, padre?

Yo vuelvo siempre. Cuando sangro, recuerdo el sabor del ñachi. De la sangre derramada por mí. Escucho a la tía Florencia bromear con que nuestros panes llevan encima sangre del animal y de ella mientras señala el parche en su dedo. El cordero se inclina sobre las brasas atravesado por una lanza, como el hijo abandonado en la cruz y tú te ríes con tu hija, padre, mientras te refriegas la cara completa con el carbón de tus dedos para celebrar ese momento.

El día que hablamos por última vez recordé tu cara manchada. Lograste observarme unos segundos cuando te abrí la puerta y me saludaste con ganas de irte. Sentados en el living tus ojos encontraban excusas en las paredes para escapar de mi imagen. Hablamos poco o hablamos de cosas que no significan nada y que ninguno de los dos recuerda. Esa conversación no existe. Apoyabas tus antebrazos en tus muslos y sólo te movías para untar un poco de queso crema con mermelada en una galleta. Yo sabía que te gustaba mucho esa combinación de dulce y salado y la había preparado para ti, con los nervios apilándose por nuestro encuentro. Un coágulo de mermelada cayó y avanzó una docena de milímetros por tu camisa que era de un color imposible de recordar pero que contrastaba con el fruto cocido de la frambuesa. En ese momento su color se adhería para siempre a la fibra de tu ropa. Me levanté de mi silla pensando un comentario gracioso y tomé una servilleta para entregártela pero tú, papá, decidiste no recibirla y limpiarte con un pañuelo que guardaste en tu bolsillo. Dejaste que un poco de aire se escapara brusco de tu boca y no volviste a abrirla. Retrocedí a mi asiento e imité tu postura enterrando mis codos sobre mis muslos explorando el límite entre la incomodidad y el dolor. Miré a todos lados de la habitación buscando algún pedazo de carbón que nos hiciera reír, que me permitiera pintarme el rostro para que pudieras celebrar al hijo que nacía frente a ti.


Con la colaboración del Máster en Creación Literaria de la BSM-UPF, dirigido por Jorge Carrión y José María Micó, catorce años formando a escritores de España y América Latina. Más información aquí.

jovi (1993). Del sur de Chile, sociólogo. Cursó el Máster de Creación Literaria de la Universtitat Pompeu Fabra el año 2021. Actualmente se encuentra trabajando en un libro de relatos y otro de poesía, a la vez que guía talleres de escritura en su ciudad. Ha participado de publicaciones colectivas en la editorial Lea PorNos y la revista Imagi.

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