Ficción

Estoy en eso

Es año nuevo, no sé cuál, el lugar sí que lo sé: Cafayate. Yo tengo dieciséis años, o diecisiete; aún no llego a los dieciocho. Estamos en la víspera. Estoy. Estamos. Yo en la carpa, mis amigos afuera, preparando un asado. Intento dormir, pero no lo consigo. Hace calor. No tengo hambre. No como carne. ¿No como carne? No. Hace varios años ya. Son las diez, quizá las once; todavía no son las doce. Pero si no como nada me va a doler el estómago en un rato, y si tomo alcohol… No quiero tomar alcohol, quizá me obliguen a tomar alcohol, así que voy en búsqueda de algo para comer. El camino al pueblo está desierto. Son unas diez cuadras, tal vez quince. En las casas suena música, las luces están prendidas, las mesas están puestas, la gente conversa y grita. Visto unas Topper, pero preferiría tener unas Timberland; elegí mal mi calzado para este viaje; los pies me duelen, he caminado todo el día, hemos ido a conocer una quebrada, subimos una montaña y ahora me duelen los pies. Pero tengo que seguir caminando, porque necesito buscar comida, porque necesito llenar mi estómago, porque si tomo alcohol, aunque no quiero tomar alcohol, pero si me obligan a tomar alcohol, debo tener mi estómago lleno.

Llego a la plaza central: Plaza San Martín. ¿Por qué será que todas las plazas se llaman como el libertador? Llevo una cuenta con más de trece; ese número me pone nervioso. Por allí hay un par de restaurantes; me acerco a ellos, noto que todas las mesas están ocupadas. Veo cenando a familias, más que nada familias; pocas personas de mi edad. El menú está lejos de mi presupuesto así que me marcho de la plaza. Intento encontrar algún supermercado abierto. Nada. ¿Qué hora es? Todavía no son las doce. Camino unas cuadras alrededor del centro del pueblo, lo que estaba asfaltado se convierte en camino de tierra. No logro encontrar ningún supermercado. Emprendo el regreso al camping.

A pocas cuadras de la entrada encuentro un pequeño comercio. ¿Cómo fue que no lo vi antes? Parece ser un quiosco, aunque es un poco más grande; tiene productos de almacén, pero tampoco los suficientes. Detalles que no importan. Entro. Veo el mostrador. Demasiadas golosinas; quiero una cena. ¿Tienen sanguchitos? Sí, tienen sanguchitos; me preparan uno, me miran algo perplejos, como preguntándose qué hago en la víspera de Año Nuevo comprando un sanguchito, y yo los miro respondiendo con cara de qué les importa. Son una familia; están festejando en lo que supongo que es su medio de sustento, su negocio; tienen una mesa, celebran con un mantel naranja chillón y unos vasitos con vino y cocacola. Me dan ternura, podría quedarme un rato con ellos, improvisando algún tema de conversación, pero están escuchando una música puertorriqueña tan insoportable que decido volver al camping cuanto antes.

Entro en el camping. La música es otra: murga; fiesta. Yo no estoy en el clima; termino de comer mi sanguchito en la carpa. Mis amigos me obligan a que me sume a ellos al baile; no quiero; me alejo. Voy al baño. Descubro a una chica allí, está bebiendo vino de la botella, me habla, me dice que también es vegetariana, me dice que, de hecho, jamás probó la carne. Me parece curioso. Al rato mira su reloj. Feliz año. Ya pasaron cinco minutos de las doce de la noche. ¿Cómo es que nadie se dio cuenta?, le pregunto. Se ríe. Vamos a avisarle al resto de las personas. Todos están ebrios. Hacemos un conteo regresivo, como si en verdad faltaran pocos segundos para las doce. Nadie se da cuenta del engaño y los gritos se multiplican después de llegar al cero.

Después del cero viene lo que sospechaba: entre dos me agarran de atrás, de frente viene un amigo con una damajuana; me abren la boca, me introducen el pico de la botella en mis labios. Glug, glug, glug; trago cerca de medio litro de vino. Los efectos no tardan en llegar.

A una peña, a una peña, gritan todos y salen en caravana del camping. Los sigo; otra vez me dirijo hacia el pueblo. El clima festivo se mantiene en las calles: sigue saliendo música de las casas, hasta se ven algunos fuegos artificiales en el cielo. De algún modo me distraigo y me desvío de la caravana, quizá deliberadamente, no podría afirmarlo. Cansado de caminar me siento sobre el cordón de la vereda. Veo que enfrente un viejo me observa. Me siento incómodo, pero no tengo ánimos para irme de allí. ¿Qué podría hacerme? Noto que el piso está caliente y eso me resulta extraño, estaba intentando descansar los ojos cuando escucho que me preguntan:

—¿Esperás a alguien?

Es el viejo. Está parado frente a mí; no lo escuché acercarse.

—¿Qué? —le digo haciéndome el desentendido.

—Si esperás a alguien, pibe, lo que escuchaste.

—No, no espero a nadie. ¿Por qué?

—¿Por qué qué?

—Por qué la pregunta.

—Porque me pareció que esperabas a alguien.

No termino de entender qué es lo que hizo pensar al viejo que yo estaba esperando a alguien, cuando se me sienta al lado, sosteniendo el peso de su cabeza con las manos, mirando al piso.

—¿Querés ganarte unos mangos? —me dice al cabo de un rato, luego de recomponerse.

Me quedo unos segundos mirando al piso; el mismo punto al que él dirige su mirada. Estoy demasiado borracho para entender de qué viene su propuesta. Lo miro: tiene la cara arrugada, me hace una mueca, se le marcan las comisuras; no logro distinguir si son hoyuelos o arrugas lo que hay en sus cachetes, sus ojos están rojos, como si hubiese estado llorando una eternidad.

—Tengo tres horas.

—¿Tres horas?

—Tres horas de camino —me responde con hartazgo.

Y luego nos inunda el silencio.

¿A dónde podría ir en Año Nuevo? No me animo a preguntarle. Sigue mirándome fijo a los ojos; parecen sangrar, creo que están efectivamente chorreando sangre.

 —¿Y qué necesitás de mí?

—Que me ayudes con esto —dice y me señala su bicicleta— es la cadena, no puedo ponerla.

Agarro la bicicleta. Está hecha bolsa: despintada, oxidada, con la goma del manubrio carcomida. Miro la cadena; no parece ser cualquier cadena; hay un plástico que la recubre y que hace prácticamente imposible que se pueda acomodar nuevamente allí. Lo miro con cara de no poder ayudarlo, pero él no me presta atención; está parado observando hacia un costado de la calle. Intento acomodar la cadena. Fallo. Me raspo la mano; sangro un poco, apenitas. Es una herida superficial. Intento nuevamente acomodar la cadena; vuelvo a fallar. Él se mantiene inmutable, no me presta atención, no percibe que estoy intentando y que fallo. Dejo de probar; el silencio sigue. No me mira. No me animo a hablarle. Decido doblar el plástico que recubre la cadena, deslizar mi mano, poner la cadena en su lugar. Lo consigo. Me lastimo la mano nuevamente, pero sigue siendo una herida superficial. Qué más da. Ya está, le digo. Se da la vuelta, saca de su joggin un billete de cinco pesos, el de la cara de San Martín. Lo rechazo con un gesto. No insiste. Feliz año, le digo. Él me responde algo que no llego a entender y luego lo veo perderse por la calle pedaleando.

Camino al azar, el pueblo no es muy grande; no tardo mucho en encontrar la peña. Mis amigos están allí. El baile sigue; la murga fue reemplazada por la cumbia. Bailo. Bailamos. Yo, mis amigos, bailamos. Al poco tiempo ya no estoy bailando con ellos, sino con una caderona, que la sostengo de la cintura, que me es difícil seguirle el ritmo, que me sonríe, que me cuenta que es de Salta, que me da vino, que me besa, que me pide de irnos a un lugar más cómodo.

¿Son las cuatro, las cinco? Todavía no son las seis; todavía no salió el sol. Camino con la salteña, tengo mi brazo cubriendo sus hombros. ¿A dónde vamos? Creo que a un hostel, creo que ella dijo que estaba en un hostel, cerca de la Plaza San Martín. Henos de nuevo con el libertador. Subimos a la habitación. No hay nadie. Bien, qué afortunados, pensamos, o pienso yo, y nos desvestimos. La cosa va rápido: pregunta si tengo forros. ¿Si tengo forros? Mierda. No, no tengo forros. Sin forro eso no me vas a meter, nene, me dice. Y me mira desnudo, y creo que siento vergüenza. Andá a buscar al quiosco de la esquina, me pide, como obligándome. ¿Un quiosco abierto a esta hora? Dudo de esa posibilidad, pero ella no admite dudas. Andá, insiste. Y yo bajo. Y se me baja. Y empiezo a sentirme algo mareado, y algo cansado también.

El quiosco, naturalmente, está cerrado, así que me siento en el cordón de la vereda, y se me están entrecerrando los ojos hasta que lo veo de lejos, de nuevo. Es él, el viejo. Me mira fijamente. Me espera en la mano de enfrente. Yo cruzo.

—Te estaba esperando.

—¿Qué pasó? —le pregunto.

No me responde. Me da la bicicleta de nuevo. Veo que la cadena está suelta. Me pongo manos a la obra. El cielo comienza a clarear y el sol no está lejos de asomarse. Unos pájaros chillan en la altura, sus voces al unísono hacen imposible distinguir a qué especie pertenece cada una. Los arbustos en la calle tienen un color excesivamente gris; no sé si es mi vista, el amanecer, o la sequía, los responsables de que sus hojas se vean tan oscuras.

—¿Podés apurarte? —me dice sin mirarme, dándome la espalda, dirigiendo su mirada a una calle vacía que parece no tener final.

—Estoy en eso —respondo. Y luego las palabras resuenan como un eco en mi cabeza.


Con la colaboración del Máster en Creación Literaria de la BSM-UPF, dirigido por Jorge Carrión y José María Micó, catorce años formando a escritores de España y América Latina. Más información aquí.

Tomás Mark nació en 1997 en la ciudad de Buenos Aires. Es licenciado en Ciencias de la Comunicación y trabaja en el sector editorial. Ha publicado poesía en Revista 27 y artículos en Revista Polvo. Actualmente vive en España y es alumno del Máster en Creación Literaria UPF-BSM de Barcelona.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

*