Ficción

Homo dominicus

Fotografía: Carlos Turrubiarte.

A mi tío Toño, por tanto a cambio de tan poco.

El Malmö se presentó para un exótico amistoso en el estadio de la ciudad de oficio metalúrgico, pueblo globero cuyos desdichados moradores fantaseaban incansablemente abandonar. El festejo por los noventa años del equipo local. Durante el calentamiento, la seguridad era laxa y Narciso se arrimó fácilmente al campo. Incurable fetichista, Narciso advirtió el cardumen de futbolistas con tachones de compañías inéditas a su cognición. Botines Umbro, Hummel, Lotto, Pony, Kappa, al igual que los Stylo Matchmakers que encumbró el grandioso chico de Belfast, George Best, diseñados por él mismo. El cuadro del sur de Suecia, liderado por Patrik Andersson y Martin Dahlin, tenía escaso poder de convocatoria entre los vástagos del pueblo solar. La tribuna lucía desolada, con escasísimos seguidores, los irreductibles, los que anteponían cualquier partido por encima de trabajo, escuela, familia. Los que se dejaban la piel, la garganta, las entrañas, el salario, la sensatez. ¡Portero! ¡Quiero un hijo tuyo! / Ese delantero se cae de hambre, aviéntenle un pan / Defensa, defensa, voltea ¡Eres más malo que el SIDA! / Ahí les va el agua, pero de riñón culeros / ¡Zopilote¡ ¡Chingas a tu madre! Los sectores donde las entradas eran más costosas —en la sección de sombra y por encima de los vestidores— estaban vacíos. Ese día, los vendedores tuvieron menos actividad, que un cura en el desierto. Los empleados de las taquillas eran los mismos que más tarde se hallarían en la tribuna despachando cervezas y refrescos tibios, repulsivas tortas de queso de puerco, cuestionables chicharrones de harina supurantes de salsa Valentina, chocolates derretidos, cojines con el escudo y los colores del decano impresos en la funda, rellenos de suave guata para ganar comodidad al sentarse. Una banda de viento animaba los encuentros, una escena disonante, absurda. Narciso jamás comprendió, la relación entre la tuba, el trombón y las letras sufrientes de las canciones, con el juego. La disposición socioeconómica en el estadio era incuestionable, el pueblo salvaje, desatendiendo por algunas horas, su batalla diaria de supervivencia —los pobres— para quienes el alimento era un lujo, pero la entrada, una necesidad, a la grada popular. A la tribuna de sol, la clase media. Los privilegiados, los que meaban colonia, en la zona de sombra, refugiándose del disco solar, socorridos por un tejado colosal, desdeñaban los partidos de la temporada regular y únicamente asistían a la liguilla, a las finales por el título, adoptando una actitud de especialistas de la estrategia del equipo, de los nombres y posiciones de los jugadores, de sus virtudes, pese a que, los habían despreciado a lo largo del año. Personajes hedonistas, que destilaban una estela superficial de veneración al equipo, acudían a ser vistos, a intimar con otros de su tipo y a materializar algún negocio. Su lenguaje es secreto, el idioma del dinero es un misterio para el que no lo tiene. La construcción de un nuevo recinto levantado con dinero público les concedió la ocasión de ensanchar la grieta con la nación cucaracha, gracias a la adquisición de plateas y palcos que los apartó aún más, del tufo del vulgo, al que consideraban atrasado, bárbaro, rapaz, de poco fiar. Narciso procedía de una familia pobre, condición que en el país de los mil santos, con el afán de endulzar el vocablo se había nombrado eufemísticamente clase media-baja. La ropa de beneficencia revelaba su estrechez. El dinero que le daban sus padres apenas le permitía costear un boleto en alguno de los fondos, debía caminar hasta el estadio para evitar abonar el importe del transporte, ni pensar en comprar un refresco durante el juego. Tenía claro el lugar que le correspondía dentro del miserable entramado mercantilista. La grada popular se situaba detrás de las entristecidas porterías. Edificada con tablones que se sacudían en las jugadas clave o al marcarse un gol, daba la sensación que se fragmentarían y la feligresía que ahí se apretujaba, se vendría abajo dramáticamente. Maderos podridos, inestables, peligrosos, montados sobre una estructura tubular oxidada, sospechosa. Al llegar la anotación local, en un juego por el título contra el Zacatepec del fenomenal José Manuel Castrejón, con el fondo norte atestado y enardecido, el delirio fue tal, que al terminar el disparatado festejo, se corrió la voz que un niño se había despeñado al vacío, por entre el tablado. La madre, turbada, se quedó de piedra, sin reaccionar, hasta que un hincha lanzó la voz de alarma. La masa, desorganizada, buscó en el lecho del foso, los artificieros, encargados de activar la pirotecnia en el momento que el equipo salía del túnel de vestidores y cada vez que anotaba, fueron los primeros en llegar, reparando de inmediato en el crío que intentaba levantarse. Al descender, comprobaron con estupor que el chico tenía algunas magulladuras, y se encontraba aturdido, pero casi ileso. El suelo donde estaba asentado el esqueleto de la agonizante tribuna, era de tierra blanda y el infante salió con muy poco daño del accidente.

A Narciso le apasionaba jugar, mas no se había planteado en absoluto, internarse en el nebuloso laberinto del profesionalismo. Por otra parte, el futbol era la pieza principal de su existencia, su leitmotiv. Si no era el futbol entonces qué ¿trabajaría de nueve a cinco como media humanidad? El héroe del arrabal jugaba futbol rápido durante la semana con el equipo de la barriada, el sábado once contra once en una liga interescolar y los domingos en la liga dominical, que se convertiría en el santo grial de su formación. Por los terregales de la dominical, desfilaban veteranos con pedigrí que habían coqueteado con la primera división, que aportaban lustre y el último rescoldo de su buen juego a la liga, curtidos en los intestinos del oficio, conocían sus recovecos, sus cloacas, malaconsejados por el negror de su ego, se encolerizaban cuando algún jovencito los driblaba y los hacía ver mal. La dominical esculpió el talento de Narciso para eludir patadas, asumir arbitrajes inaceptables, resistir una andanada de zafios insultos. Extrajo lo mejor de sí en su travesía por la vorágine de canchas rústicas, anegadas, sin césped, con cráteres, repletas de boñigas de ganado, deplorables. El futbol del averno, distópico, lumpen, asilvestrado, acongojado hasta la médula, excluido de la Toltecáyotl, desamparado por la divinidad, encallado, vilipendiado por la ubicua madre de los dioses, Coatlicue. El futbol desdentado, escoria, sulfuroso, colérico, plagado de individuos enmuinados, del que brotaban reyertas de la nada, la quintaesencia del pueblo llano, la iracunda peonada representada al completo, escorada, comprimida en el desaseado rectángulo, sarta de cafres acribillados por el erosivo acuífero de la privación, el plomero, el mecánico, el chatarrero, el estibador que descargaba bultos de cemento a lomo, el taxista, el gasero, el vendedor ambulante que rancheaba de calle en calle, el burócrata de bajo rango, puro cascajo, un extenso universo de relegados, extraídos del desbarrancadero, renuentes a toda ecuanimidad. Ícaros impedidos para menear sus mordisqueadas alas. Legiones de chacales revolcándose en el fangal de la inopia, rindiendo vasallaje a la policéfala serpiente de la pobreza, cerrando de tajo y para siempre la cancela de la bonanza económica. Era menester del proletariado, asistir venturoso cada domingo, sin falta, a la gala litúrgica, a la ceremonia de piernas feroces, potestades descalabradas, clamores salvajes, vocerío cualificado para despertar al Leviatán, deseos desaforados, enrolarse en la coreografía de identidades chimuelas, desgreñadas, voluntades ninguneadas, incapaces de escatimar improperios, encabronadas nada más nacer. Tránsfugas de la mesura. El futbol apóstata, de baja estofa, soterrado, bastardo, desinhibido, una orgía de empellones y trancazos. Árbitros invisibles, negados para interceder, para instaurar un poco de sensatez, sin abanderados, porque no había para pagarles. Una bacanal de vigorosas ofensas desde las imaginarias bancas, donde al medio tiempo y al finalizar el partido, se suministraban tacos de chicharrón prensado, tostadas de pata, pulque natural en peroles de plástico y cuartitos de cerveza a los gladiadores, a unos pasos de las deyecciones de los canes y de la sustitución del pestilente pañal al infante. La expedición al territorio comanche de la dominical, la morada de los despropósitos, en la cresta de la agresividad, la porra antagonista recreándose, berreando, envuelta en un ambiente combustible, aclimatando a Narciso a la hostilidad. Monte sacro del denuesto, el terremoto de la dominical sería el campamento base desde donde Narciso asaltaría la cumbre de las grandes citas, la liga dominical, como génesis, temible plató que exprimiría hasta su última gota de voluntad. Padre santísimo confieso haber jugado al asilo de los espinosos cactos candelabro y de la gravilla infértil. Amo y señor de la dominical, Narciso dejaba muerto el balón con el pecho, se sacaba de encima a uno, a dos, ordenaba con maestría el juego, acechaba el margen del área luego de hilvanar una rotunda secuencia de paredes y convertía goles con disparos secos. Frente a la tosquedad de los adversarios, Narciso evadía funestos leñazos, una pausa, un engaño, jugándose el tipo, un regate, reconocía la ruindad en los oponentes a leguas y cuando los rijosos mastines procedían a romperle los tobillos, él ya se había escurrido. Un escapista. Sus compañeros, mayores que él, lo protegían, quien se atrevía a estallar un codazo en la garganta de Narciso, se tropezaba con medio equipo que encaraba al agresor con reclamos, empujones, escupitajos, cabezas enfrentadas, pescozones, trompadas. Una mañana con el cielo acerado, Narciso marcó de falta muy lejana, se percató que el guardameta estaba adelantado, distraído dirigiendo a su defensa y aprovechó para pegar directo a puerta sin esperar a que el silbato del colegiado sonara, casi desde medio campo, depositando la pelota con una trayectoria curva, en el ángulo derecho de la portería hecha con vigas de madera oscura, estufada, como la de los durmientes de las vías del tren. Con especial saña asistió entre líneas a sus compañeros para que éstos, sólo empujaran el cuero en el área chica y se lució con un gol olímpico desde el corner izquierdo que estremeció al propio Narciso quién desconocía que aquel futbol existiera en su interior. Removiendo pegajosas tiritas de adhesivo, Narciso apartó las espinilleras de sus tibias, solicitó una botella con agua y buscó en su desteñida petaca la muda limpia de ropa, el esmirriado Zavala, el entrenador asistente del equipo de la ciudad, se acercó para preguntarle por su edad. Narciso lo había visto en otras ocasiones, a un lado de la raya de cal, solitario, con su inconfundible chándal ceñido, rojo cereza, el bigote amarillento y las extemporáneas patillas setenteras. Zavala reveló su tarea de captación cazando jugadores en la categoría de Narciso para integrar el filial de la siguiente temporada. Remojando su voz en el tarro de la euforia, abriendo los párpados de más, Narciso inquirió cuál sería la hoja de ruta para sumarse a la curaduría futbolera, el diálogo con Zavala que bosquejaba la posibilidad de encarar el juego como algo serio lo había seducido. Zavala evidenciando una media sonrisa, complacido ante el interés del destacado zafiro de rodillas prietas, pies negros, al que hacía falta pulir muy poco, expresó exultante, simplemente presentarse el lunes a las cuatro para las pruebas en el vetusto estadio de la colonia Ponderosa. El bestial ojo de Zavala para el talento no podía estar equivocado.


Luego de obtener un diploma universitario, Carlos Turrubiarte (México, 1977) abandonó dicha senda al no encontrar en ella, ni raíces ni misterio, Turrubiarte, que piensa en el autoexilio como la utopía definitiva, ha sido lavaplatos, cocinero, fotógrafo diletante y vendedor de helados. Ha publicado sus relatos en México, España e Islandia. Actualmente se encuentra trabajando en un texto que detalla la visita de diecisiete días de Cioran a Oaxaca.

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