Ficción

Fiel a su propio demonio

Allemaraic (CC).

A Jordi y a Olga, por tanto aprendizaje.

Lenin me esperó un buen rato en el aeropuerto. Desde la ciudad natal de Putin hasta París había tres horas de vuelo y el avión de Aeroflot aterrizó cerca del mediodía en una de las muchas terminales del aeropuerto Charles de Gaulle. Yo iba a volar desde Barcelona por Air France y mi avión, salvo que sucediera lo del vuelo 447, aterrizaría hacia las tres de la tarde. Era martes, un martes de mediados de noviembre en Barcelona, y el sol carnoso como una gamba entibiaba el vidrio del colectivo que me llevaba al aeropuerto. Ya tenía el blíster de pastillas a mano. No quería sufrir otro ataque de nervios.

Pensaba que, a esas alturas, ya había superado mi miedo a volar: tantos vuelos tranquilos en el verano europeo sin tener que tragar Lorazepam, tantos vuelos de Barcelona a Florencia, de Nápoles a Atenas, de Atenas a Palma de Mallorca en una oscura aerolínea griega, de Palma de Mallorca a Ibiza en un aerotaxi minúsculo que olía a vómito y que tenía dos hélices en las alas como los aviones de la Segunda Guerra Mundial, de Ibiza a Barcelona durante una tormenta que hacía temblar los dientes. Había aprendido a tolerar el encierro y acaso la probabilidad de una muerte horrible, pero, a solo diez minutos de subir al avión, volví a sentir el miedo que me había llevado al consultorio de la doctora Goldemberg en Buenos Aires.

Los negros, como todos los que queríamos subir al avión, aguardaban en la fila que se había formado frente a la puerta de embarque. Estos negros eran feos, de rasgos torpes y agresivos, de músculos blandos y pieles como de viruela. No se parecían en nada a los envidiables negros que se ejercitaban por las mañanas en las playas de Barcelona. «They had faces like grotesque masks», recordé que había sentenciado Charlie Marlow en El corazón de las tinieblas. Pensé en el teatro Bataclan, en el bar La Belle Équip, en los tiros, en las bombas y en todos los suicidas recientes, y vi cómo uno de esos negros susurraba Allahu akbar. ¿Cuándo detonaría el cinturón explosivo que llevaba debajo de su jersey? En algún país del África islámica habría aprendido el francés y la Aleya de la Espada, y ahora se preparaba para convertirse en un mártir de Alá en el avión que finalmente me llevaba al Café de Flore.

El fuselaje, como una enorme cáscara de nuez, crujía como si estuviera a punto de hacerse pedazos. Los negros no se movían, solo respiraban y rezaban. Yo pensaba en Louis Armstrong, en el secreto del gran Gatsby, en la mano izquierda del gran Oscar Alemán y en todos los demás negros que admiraba, pero no había caso, ya me imaginaba dentro de una bolsa negra y en la portada del Le Monde. A mi izquierda había un negro con barba de cabra y un pequeño gorro de lana verde. Solo cuando la azafata le preguntó «¿du fromage ou du saumon?», el negro, que tendría unos veinticinco años, se movió un poco y dijo algo en francés. La azafata, una de esas rubias que dan miedo de tan rubias, lo miró como si le hubiera respondido que el rojo de la bandera de Francia era el color del período de una mujer de mala vida.

A mi lado, en el asiento de la ventanilla, había un muchacho igualmente rubio. Vestía un jersey rojo repleto de borlas y un jean bastante gastado. En la pantalla de su Mac se veían castillos y guerreros de yelmo y de barbas rubias, Game of Thrones o alguna serie francesa no muy vieja. Encendió su iPhone y se colocó loa auriculares, apoyó la cabeza junto a la ventanilla y cerró los ojos. Despertó cuando el avión descendía a través de un cielo blanco de niebla y de llovizna. Él y el negro habían comido el mismo sándwich de saumon con té negro. Yo, en cambio, había preferido el sándwich de queso y un café con leche.

Recogí mi valija hacia las tres de la tarde, la enorme valija de plástico negro adornada con una calcomanía del león de San Marcos recortándose en un fondo rojo en forma de escudo, un recuerdo de Venecia y de sus canales de agua negra y de aquel vaporetto de caras cansadas y de ojos azules esquivos que navegaba lentamente en la oscuridad de la noche veneciana.

Lenin no estaba cansada. Se había quedado dormida cuando San Petersburgo todavía se veía desde la ventanilla del avión. Apenas dejamos las valijas en nuestro estudio del 55 de la rue Notre Dame de Nazareth, preparó un poco de té ruso y me dijo:

—Quiero pasear un poco, dorogoy.

Yo también tenía ganas de pasear un poco por París. El viaje desde el aeropuerto Charles de Gaulle no me había gustado en absoluto; desde el tren solo se veían arbustos, pilas de basura y edificios rectangulares como de película de terror soviética. Lenin creía que estaba de nuevo en Rusia, y yo creía que estábamos en las afueras de alguna ciudad alemana de posguerra. Cuando salimos de la estación Châtelet-Les Halles vimos por primera vez París: el cielo de plomo, los edificios elegantes y sucios, los negros y los árabes por todas partes, las tiendas callejeras y ese negro vestido como un rapero puertorriqueño que se rio en nuestras narices cuando le pregunté, en un francés de naufragio, dónde estaba la rue de Turbigo.

—Me gustaría ver la Torre Eiffel de noche —dijo Lenin.

—Bueno, Olga, pero antes tomemos un buen café. Me estoy muriendo de frío —le respondí.

Nunca me gustaron los mapas. Lenin era muy inteligente, pero confiaba demasiado en mí. Al parecer así eran las mujeres de Rusia. Empezamos a bajar por la rue Saint-Martin y luego por el boulevard Sébastopol. Compramos dos cafés pour emporter en una cafetería que atendía una familia de chinos o de japoneses o de malayos y seguimos bajando hacia el Sena, un café muy malo y realmente caro, nada como el café de Italia o de la vieja Buenos Aires, y la Torre Eiffel que estaba más lejos de lo que yo creía, y la llovizna que seguía mojándonos los abrigos.

Esa noche, después de caminar los siete kilómetros que separaban nuestro estudio de la Torre Eiffel, cenamos en un restaurante barato. En el barrio de Saint-Denis había restaurantes baratos y silenciosos, de buena comida y baños perfumados. Un couscous au puolet para mí, un poco de thon para ella. A pesar de las palabras de la doctora Goldemberg, aquello de que nunca hay que volar más alto que los aviones, yo no me sentía culpable: estaba en París con Lenin, una rusa de piernas de acero y rasgos kazajos que todos me envidiaban, había tomado un Martini después de cenar y ahora volveríamos a nuestro estudio, beberíamos un poco más de té ruso, nos desnudaríamos y haríamos el amor toda la noche como conejitos rosas mientras afuera, como ya había descubierto James Joyce, la lluvia continuaría cayendo sobre los vivos y los muertos.

Se lo propuse a las tres de la mañana. Ella no parecía muy contenta con la idea, había tantas cosas mejores para hacer en París que ir a visitar escritores muertos, pero le dije que una parte de mi vida estaba enterrada en ese rincón de París, que teníamos que ir a visitarlos, que por favor teníamos que ir. Cuando el sol estuvo bien alto nos vestimos y tomamos el subte hasta Montparnasse. El guarda, un negro muy simpático que mascaba tabaco en la entrada del cementerio, le habló en francés a Lenin, algo así como que los negros eran mejores amantes que los árabes. Yo le agradecí el elogio cuando ella lo tradujo, aunque me hubiera gustado aclararle que yo no era árabe, que había crecido en un departamento diminuto en avenida Rivadavia y Sánchez de Loria, cerca de la estación Once, en un barrio pobre de Buenos Aires. El guarda, con una sonrisa que parecía franca, nos dio un mapa en que se veían las tumbas más importantes del cementerio de Montparnasse. Los negros siempre nos sonreían y nos ayudaban, en verdad todos nos ayudaban en París, los franceses no eran tan duros como me habían dicho, salvo por el negro de la rue de Turbigo, ese sí que había sido un duro.

Embriáguense. Embriáguense, de vino o de virtud, lo que gusten. Ahí estaba Baudelaire, la tumba llena de flores, el vino, las brasas, el mar, el Baudelaire de los albatros y de las trenzas mordidas que había descubierto a mis quince años; el primero de mis maestros literarios, un poeta maldito y no un feliz médico ni un feliz ingeniero ni un feliz empleado público, de esos que cumplen horario de ocho de la mañana a seis de la tarde, de esos que gozan de una vacación al año, de un auto mediano en el garaje y de una mujer con un crucifijo en el pecho y las piernas demasiado gordas para el amor. ¿Quién se arrodillaba ante la tumba de Baudelaire y le hablaba a un montón de huesos amarillos hundidos en la tierra? ¿Un escritor sin talento que malvivía en Barcelona y que amaba a cuentagotas y con una desesperación de huérfano? ¿Un bon vivant charlatán y decadente que algunos tomaban por una promesa literaria y otros por un delirante?

Lenin no paraba de fotografiarme con su smartphone. En Rusia fabricaban muy buenos celulares, se jactaba, más baratos y más resistentes que los iPhone de los europeos. «Tú y tus muertos», repetía Lenin mientras yo posaba junto a las tumbas. En la humedad gris del cementerio, su vestido negro y la cruz ortodoxa que pendía de su cuello brillaban como un faro. Caminábamos de la mano como dos enamorados en búsqueda de los huesos amarrillos que habían hecho de aquel adolescente solitario que yo había sido en un cachorro de escritor, y Lenin no se quejaba.

Hacía frío y comenzaba a oscurecer. En Paris a las cuatro de la tarde ya era casi de noche. Lenin parecía animada, pero yo sabía que estaba aburrida y que quería pasear un poco más por la ciudad antes de cenar. Consulté el mapa: debíamos seguir por la avenue de L´Ouest en dirección a la Porte Froidevaux y luego girar a la izquierda en la allée Lenoir.

—¿Lo han encontrado? —nos preguntó una pareja de colombianos, ambos en los treinta, un poco gordos y mojados.

—Todavía no. Tendría que estar aquí —dije, y les mostré el número en el mapa.

—Sí, nosotros también hemos consultado el mapa —respondió ella, que parecía la más interesada en el asunto.

¿Encontraríamos finalmente al Cronopio? No podía abusar de la paciencia de Lenin, para ella París no era una peregrinación literaria; para ella, que era ella y todo el mundo, París era la Torre Eiffel, quizá un anillo en el dedo, esas cuestiones menores. Todas las tumbas se parecían, la llovizna seguía picándonos y cada vez había menos luz. No podía abusar de la paciencia de Lenin, qué hacía con ella en el cementerio Montparnasse, solo una vuelta más y luego al centro, el subte hasta Odeon y algunas fotos. Vamos, Lenin, solo una tumba más.

—¡Acá está! ―casi que grité, y comencé a agitar los brazos.

Los colombianos, que estaban buscando del otro lado de la calle, agitaron los brazos también.

—Acá está, Lenin. Lo encontramos —le dije con la mayor felicidad que uno puede sentir cuando está rodeado de miles de muertos notables.

—¿Otro poeta?

—No, Olya. Mi maestro literario.

—Cuántos maestros literarios. ¿Has venido a París solo por ellos? —dijo Lenin y me dio un beso en la mejilla, un beso breve, seco y honesto como eran, según ella, los besos de las nobles mujeres rusas.

—Todavía tenemos que ir al cementerio de Père-Lachaise. No lo olvides.

—¿Más muertos?

—Sí, ahí están Balzac, Proust, Apollinaire.

Lenin desvió la mirada.

—Pero no mañana, dorogoy. Mañana quiero ir otra vez a la Torre Eiffel. ¿Da?

Da —respondí.

Los colombianos se acercaron a nosotros. Él estaba de pie frente a la tumba del Cronopio como quien mira un cachorro enfermo, ese tipo de mirada llena de piedad sincera, mientras ella leía las letras, los nombres, las fechas talladas sobre el mármol gastado por las manos de los turistas de la muerte.

—Pues aquí está, sí. ¿Tú eres argentino? —preguntó él.

Sospeché que ellos no habían leído sus libros, pero no me ofendió como otras veces. Lenin por fin veía que otras personas también estaban interesadas en los escritores muertos de París.

—Sí, eso creo —respondí—. Ella es de Rusia, pero habla muy bien el español.

Lenin habló un poco con los colombianos. Yo no quería meterme en la conversación. Él trabajaba como programador en una multinacional, ella era traductora de inglés como Lenin, y yo era otro desocupado al que todos le decían las mismas mentiras piadosas.

—¿Hay otras tumbas importantes? —preguntó ella.

—Bueno, al menos tendrían que visitar la de Baudelaire y la de Sartre. Están cerca de la entrada principal —respondí.

—No recuerdo por dónde entramos.

—Seguramente entraron por la entrada del boulevard Edgard-Quinet.

—Pues eres todo un experto —dijo ella, mirando a su marido con algo de inquietud—. Bueno, mejor nos vamos a casa. Mañana tenemos que estar a las ocho de la mañana en la Torre Eiffel.

Los colombianos se despidieron. Me hubiera gustado que visitaran las otras tumbas junto con nosotros, aunque sea la de Simone de Beauvoir, pero se fueron bajo la llovizna quién sabe adónde.

Le pedí a Lenin que me tomara otra foto con su celular. Otra, sí, por favor, que se vea la escultura. Sí, eso es un cronopio. No podría decirte qué es, pero muchos piensan que yo lo soy. Algo así como un bohemio torpe y delirante. El mármol de la tumba estaba limpio. Busqué una piedra, un boleto del métropolitain en los bolsillos de mi impermeable blanco, esas monedas argentinas que siempre tenía en los bolsillos de todos mis pantalones, pero no encontré nada. En la tierra que rodeaba la tumba vi un palito de plástico y lo doblé con los dedos.

Lenin se había alejado. Yo dejé mi ofrenda sobre el mármol de la tumba de Cronopio y fui a buscarla. Estaba demasiado maquillada y bien vestida para todos esos muertos, ya lo sabía. Salimos del cementerio y no hablamos de casi nada durante el trayecto de vuelta a casa, solo de boletos de subte y de la frescura de las ostras de Barcelona. Después de cenar un poco de sushi barato y de tomar unos Martini en la esquina de la rue Saint-Martin con la rue Sainte-Apolline, le dije que no estaba cansado, que bien podíamos hacer otro paseo.

—Según Google Maps, estamos bastante cerca —le aclaré a Lenin después de pasar por debajo del arco de la Porte de Saint-Martin.

—Bueno, pero no más muertos. Vamos solo a pasear. ¿D´accord?

D´accord, mademoiselle.

París estaba ruidosa y llena de jóvenes que bebían jarras de cerveza y copas de vino tinto en las terrazas de los cafés. Doblamos en la rue du Château d’Eau y empezamos a caminar hacia la rue Martel. De repente la calle era muy estrecha y había bares de negros y peluquerías de negros y tiendas de negros. Algunos comían sándwiches de kebab en la calle, algunos hablaban a los gritos en un francés que Lenin apenas entendía, algunos simplemente estaban de pie en los portales de los edificios observándonos mientras caminábamos por las calles del X Distrito.

—Qué bonito sitio —dijo Lenin mirando las luces de neón rojas del café Château d’Eau.

—Ya estamos cerca —respondí.

En el 4 de la rue Martel no había nada digno de conocer a las diez de la noche. Solo un edificio antiguo, un portal enrejado y una placa. El resto era oscuridad y bolsas de basura. Yo señalé la placa y le pedí a Lenin que tradujera lo que decía. Ella releyó la placa y pensó un momento.

—No sé qué significa Marelle.

—Es un juego muy popular en Argentina. Se trata de dibujar un camino al cielo. Los niños lo dibujan con tiza en los patios de las escuelas.

—¿Tú jugabas también?

—Sí, pero yo nunca pude llegar al Cielo.

Ya era tarde. Los negros y los magrebíes bebían café en La Violette entre el humo del tabaco y las luces blancas de los tubos. Yo quería tomar otro vermú en algún bar, pero Lenin se veía cansada y me dijo que no se sentía muy bien, que mejor regresáramos al estudio. Lenin nunca me contradecía, así eran las mujeres de Rusia, pero aquella noche no pude tomar otro vermú. Cuando regresamos al estudio bebimos té y comimos chocolate. Lenin se duchó y poco después se quedó dormida. Desnuda sobre la cama, parecía una niña de un metro ochenta y piernas de mulata envueltas en medias de encaje. En Barcelona, después de hacer el amor por primera vez, me había contado que su familia había sobrevivido al sitio de Leningrado, que su abuelo había luchado contra los alemanes y contra el general Mannerheim de los finlandeses, que después había triunfado en Berlín, que la Unión Soviética no era lo que yo creía y que ella no era kazaja, aunque tuviera los ojos de Kazajistán. Y ahora Lenin dormía a mi lado como si París no se acabara nunca, feliz a pesar de haber caminado entre tantos muertos y de comer sushi de salmón viejo junto a mí, feliz aunque en Barcelona yo durmiera en un cuarto de limpieza, feliz a pesar de los muchos hombres rusos que le decían, vení, Lenin, construyamos un futuro de verdad, vayamos a matar osos al bosque y adornemos nuestra casa con sus pieles.

No pude despertarla. Cuando me dio sueño, a eso de las tres de la mañana, todavía pensaba en la tumba de Baudelaire y en los albatros que volaban sobre París cuando yo me asomaba a la ventana y miraba la calle vacía de coches y de personas y de vida.

Al fin subimos a la Torre Eiffel. El frío era insoportable, un frío seco, duro como guillotinas, que te hacía cerrar los ojos y te daba ganas de dormir. En lo alto París parecía un pueblo de casas bajas, una aldea de enanos, una aldea de enanos y de turistas. Después de bajar visitamos el Phantéon y observamos cómo el péndulo de Foucault oscilaba. Lenin miraba las pinturas y yo me detuve ante las placas de los escritores que habían caído en las dos guerras mundiales. Cuando bajamos a la cripta solo me detuve un poquito ante las tumbas de Voltaire, de Rousseau y de Víctor Hugo. No podía pedirle más a Lenin. Después paseamos por el Jardin du Luxemburg y pateamos las hojas naranjas que habían caído de los árboles mientras los adolescentes que comían sándwiches de queso y bebían Coca-Cola ni nos miraban. Y cuando llegamos a la esquina del boulevard Saint-Germain y la rue Saint-Benoît le dije lo que había pensado toda la mañana:

—Este es el mejor café del mundo. Acá vinieron todos mis maestros. Te invito un capuchino.

Lenin no se opuso. Habíamos subido a la Torre Eiffel como todos los turistas, éramos jóvenes, normales, estábamos vivos otra vez. Nos sentamos en la terraza, en una mesa verde al lado de la puerta. El mesero era un negro con una sonrisa elegante y los músculos blandos bajo la camisa blanca. Se demoró bastante en traernos los dos capuchinos, pero nos atendió tan bien que me olvidé de los quince minutos que habíamos esperado; en definitiva, tal tiempo es el que esperan todos, quince minutos, siempre quince minutos. Yo estaba pensando en los bouquinistes del Sena y en los muchos libros de Albert Camus que se vendían al precio de media pizza en cualquier bar de Saint-Denis, pero ella me tomó la mano, yo tenía la boca llena de espuma de leche y de pedazos de chocolate a medio derretir, y ella me tomó la mano y me hizo la pregunta que tenía que hacerme sin darme tiempo a limpiarme la boca con la servilleta:

—¿Qué vas a hacer con tu vida, dorogoy?

No podía mirarla a los ojos. Lenin podía ser tan severa como el verdadero Lenin.

—Tienes que pensar. El tiempo pasa.

—Ahora estamos en París ―respondí como toda respuesta.

—Tienes que pensar, dorogoy. El tiempo pasa —insistió.

Lenin nunca había sido insistente. Salvo cuando le había dicho que todavía tenía unos pocos ahorros y que quería conocer París y Berlín. Alguna de las dos ciudades. O las dos, en el mejor de los casos. «París es mejor. Más días en París si no vamos a Berlín», dijo, y al final tuvo razón.

El mesero nos sonreía. Me hubiera encantado tomarme un trago con él en algún bar de Montmartre, pero Lenin seguía escudriñándome con sus penetrantes ojos kazajos.

—Todo está en tus manos, dorogoy.

—Quizá tenga que volver a Buenos Aires.

—Puedes traducir. Eres inteligente. Hay muchos trabajos que puedes hacer en Rusia.

—No puedo traducir nada, Olya. No soy traductor. Soy escritor.

—Todo está en tus manos —volvió a decir Lenin.

Pensé en mi cuarto de Barcelona. No estaba tan mal, siempre olía a cemento y a lavandina, el problema era que el Croata no quería pintarlo, las paredes estaban descascaradas y a veces me caían pedazos de pintura en la cabeza mientras dormía, a Lenin también le había caído un pedazo en la cabeza la primera noche que dormimos juntos en aquel cuartito.

—El Croata hace cuatro años que no tiene trabajo.

—El Croata está loco. Tú no.

—No sé por qué creés tanto en mí, Olya.

Lenin no respondió. El crucifijo ortodoxo que llevaba en el pecho junto a la piedra de topacio parecía un faro con forma de puñal.

—¿Y qué harás conmigo? ¿Amigos y algo más? Yo no quiero eso.

—Ahora estamos en París. Disfrutemos de todo esto. No sé si podré volver alguna vez.

—Tú solo piensas en ti mismo. En tus muertos y en tus cafés y en tus libros. Las mujeres de Rusia no queremos aventuras.

Me había distraído mirando un estante con libros. Eran los libros que habían ganado el Premio de Flore el año pasado.

—Tengo veintinueve años. A mi edad, la mayoría de los muertos que vimos ya habían publicado una o dos novelas exitosas.

Y respondí mientras miraba al mesero:

—No sé quién pensás que soy, Olya.

Tenía un billete de diez euros y algunas monedas en la billetera. Puse el billete sobre la bandeja plateada y miré otra vez al mesero. Lenin tomó el billete y me lo devolvió:

—Yo te invito.

—No, Olya. Te dije que yo invitaba.

—Mejor tú pagas la cena.

—Ayer vos pagaste la cena también.

Da —respondió Lenin.

Volvimos caminando a nuestro estudio. En el camino nos detuvimos varias veces a comprar baratijas en la rue de la Huchette. Había olor a kebab por todas partes, la carne giraba en las varillas mientras la grasa goteaba hacia la base y una luz amarilla caía sobre los ojos negrísimos de los árabes.

La mañana que visitamos el cementerio del Pére-Lachaise había sol. Al menos había sol en París, pobre Lenin. Estábamos de buen humor y le había prometido que solo visitaría a unos pocos maestros. Después iríamos al Sena y nos besaríamos en los puentes como todos.

Creo que tenía trece años cuando vi la película The Doors. La escuela había terminado y quería distraerme un poco, todos jugaban al fútbol y nadaban en las piletas de sus tíos, pero yo estaba en casa mirando la pared como mi papá, que dormía y miraba la pared y volvía a dormir, y así todo el día. Ya estaba cansado de intentar leer a Kafka. En el cuarto de mi hermana había encontrado un libro que se titulaba Poemas ocultos. En la cubierta había un hombre sin camisa que me miraba como un felino. Aproveché que mamá no estaba y que papá dormía para husmear un poco más en las cosas de mi hermana. Debajo de Atom heart mother de Pink Floyd había un cedé de cubierta blanca y roja, y ese hombre, el de los poemas ocultos, estaba ahí, desnudo y mirándome con su rostro de leopardo hembra. El cedé se llamaba The Doors. Greatest hits. Todavía no sabía que Oliver Stone había dirigido una película muy controvertida y que Val Kilmer era solo un actor. ¿Quién era el hombre de pelo largo y pantalones de cuero, ese dios con cara de niño que gritaba break on through en un escenario mientras las mujeres se desesperaban por tocarlo? Sexo, drogas, poesía y violencia ritual. Papá decía que me sobraban hormonas y granos, que no sabía de quién había heredado los rulos y la nariz grande, que parecía un turco y que los turcos eran feos, feos como el negro musulmán que estaba frente a la puerta de embarque. También estaba gordo, mamá me decía que más deporte y menos fideos, pero siempre cocinaba fideos con manteca y nunca salía a pasear con papá.

The doors of perception. Jim Morrison, el chamán, la puerta abierta al infinito. Quería parecerme a él, pero el pelo me crecía en forma de hongo, un hongo negro como el de los africanos. El desierto, la poesía, el vino. Jim Morrison era todo lo que yo quería ser, un dios de los excesos, un amante salvaje, un poeta lleno de vida y de misterio que conducía un Mustang rojo por las calles de Los Ángeles y que moriría en una bañera de París como había muerto Marat. ¿Marat había muerto en una bañera?

If the doors of perception were cleanesed, everything would appear to man as It is, infinite. Antes de Navidad compré una antología bilingüe de William Blake de la editorial Alianza. La compré en la librería El Ateneo de la peatonal Florida; recuerdo que el vendedor se sorprendió, que me preguntó si era para regalo y le dije que no, que era para mí. Cuando comencé a ojearla en el subte leí en el prólogo algo mucho mejor que aquello de las puertas que se abren y la percepción que se vuelve infinita: He who binds to himself a joy does the winged life destroy; but he who kisses the joy as it flies lives in eternity’s sun rise. Y ahora estaba en París con Lenin, tantos años después de aquellos días, luego de conocer el mareo, el tabaco y las entrepiernas de tantas mujeres, recorriendo las calles cubiertas de hojas y de charcos de agua sucia en busca de los huesos de mis maestros literarios.

—¿Otro novelista? —preguntó Lenin.

—Jim es un rock star. ¿No lo conocés?

—No me gusta el rock.

—Es imposible. Todo el mundo lo conoce. Es la tumba más visitada del cementerio. La gente le deja flores y botellas de vino. ¿No viste el filme The Doors?

—No —respondió Lenin.

Empezamos la búsqueda de los huesos. Esta vez los muertos aparecían con facilidad. Miré en silencio la tumba de Balzac, dejé una piedrita en la tumba de Proust, acaricié la esfinge que cuida la muerte de Wilde; visitamos todas las otras, de Paul Eluard a Edith Piaf, y ante cada una repetí para mis adentros merci, merci beaucoup. Lenin no hablaba, a veces chateaba con su celular o se sentaba en un banco y me decía que fuera tranquilo, que ella me esperaba, pero yo la iba a buscar, la necesitaba: ella era mi guardián en esa ciudad de enanos y de turistas que me estaba llevando a la obsesión por los muertos.

Solo faltaba la tumba de Jim. La encontramos en un rincón bastante tenebroso del cementerio, una tumba como la de un niño detrás de una valla de hierros blancos.

Kata ton daimona eaytoy.

—¿Qué dices?

—Leo lo que está escrito en la tumba.

—Y qué significa —preguntó Lenin.

—Bueno, es griego antiguo. Ancient greek.

—¿Cómo lo sabes?

Volví a leer el epitafio y respondí:

—Significa fiel a su propio demonio.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo leí en alguna parte, quizá en una revista o en Internet.

Quise acercarme más, pero la valla era muy fuerte.

—Es el padre de mi generación.

—No entiendo, dorogoy —dijo Lenin—. ¿De qué hablas?

—Jim murió a nuestra edad. Leí algunos poemas suyos. No eran tan malos como decían.

Un joven flanqueó la valla y se sentó al lado de la tumba de Jim Morrison.

—Los rock stars son más populares que los escritores. En la tumba de Paul Eluard no había flores. Y acá sobran.

El joven prendió un cigarrillo y empezó a tirar el humo hacia la tierra. Después prendió otro y repitió el ritual.

—Mejor volvamos —dijo Lenin.

En el boulevard de Ménilmontan había un viejo de barba blanca y boina negra que vendía posters de Jim Morrison. El viejo, sentado en una silla de mimbre, liaba un cigarrillo con sus manos de dedos de chorizo. Los posters estaban mojados por la llovizna que caía de a ratos sobre París y parecía que no había vendido uno en años. El chamán muerto, el hombre de mirada de leopardo hembra cantaba frente a un micrófono, seducía a la cámara de fotos con sus labios irlandeses en posters amarillos y mojados que nadie compraba.

Almorzamos en un traiteur asiatique sobre la rue du Chemin Vert. Pollo a la tailandesa, pescado y algo más. Cuando salimos nos ardían los labios del picante.

—¿Y ahora? —preguntó Lenin antes de bajar a la estación Pére-Lachaise del subte.

—No, ya no hay más muertos. Ahora vayamos a dormir una siesta. Necesito hacerte el amor hasta dormirme —le respondí mientras en la esquina del boulevard Saint-Germain y la rue Saint-Benoît la lluvia seguía cayendo. No podía ser de otra manera, en París siempre tiene que llover, sobre la tumba de Jim Morrison, sobre el Café de Flore, sobre el muchacho que, ya lejos de París, mira una vieja foto de Lenin en París, ahora ella felizmente casada, ahora ella ya dos hijos y un perro y una vida normal, y descubre que en la foto hace mucho que ha dejado de llover, aunque él siga sintiendo la lluvia.


Con la colaboración del Máster en Creación Literaria de la BSM-UPF, dirigido por Jorge Carrión y José María Micó, catorce años formando a escritores de España y América Latina. Más información aquí.

Eugenio Sulpizio nació en Buenos Aires en 1987. Tras aburrirse de la abogacía y de las finanzas, cursó el Máster en Escritura Creativa de la UPF que codirige Jordi Carrión en 2015. Desde entonces, explora la literatura y sigue fiel a su propio demonio, pero de mejor forma.

Un comentario

  1. Pablo Cavalieri

    Digno perro romántico y fiel. Bueno leerte.

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