Tempus fugit

De basílicas, rosas, libros y padeceres

Tempus fugit: sextadecima septimana

18 de abril de 1506. – Primera piedra del nuevo Vaticano

Fotografía DP.

Una noche de octubre de 1982, un policía corrupto llamó al arzobispo Paul Marcinkus, más conocido por «el gorila», y le advirtió de su inminente detención después de que Michele Sindona, un mafioso relacionado con la quiebra del Banco Ambrosiano y con el «suicidio» de Roberto Calvi, diera su nombre al FBI. Marcinkus, presidente de la Banca Vaticana, tenía relación muy directa con ambos.

Se cuenta que «el gorila», un americano de complexión tremenda, corrió en pijama desde su casa en el centro de Roma hasta la Via della Conciliazione donde aminoró el paso para llegar caminando a la Plaza de San Pedro. Allí no podía ser capturado porque, desde que el Vaticano se convirtiera en un estado independiente, era un lugar seguro al que habría que pedir su extradición con el consiguiente protocolo judicial. La historia real supera a la ficción y ha sido poco contada en literatura y cine a pesar del mejunje que tiene.

El Vaticano es un territorio políticamente soberano desde 1929. Italia, como la conocemos ahora, existe desde 1870 cuando se constituyó como un solo estado; lo más difícil del proceso fue integrar los llamados Estados Pontificios, que ocupaban el centro de la península, porque el papa de turno se negaba a perder sus tierras, versus riqueza y poder. Al final se consiguió la unificación y Roma pasó a ser la capital del nuevo país, capital que alberga este microestado de una extensión de 44Ha sobre una de las siete colinas capitolinas.

Su nombre procede de Vaticium porque era la sede de un oráculo en tiempos de los etruscos. Como suele ocurrir con los perros que levantan la patita donde antes lo hizo otro, las religiones construyen sus templos donde ya hubo uno de una religión anterior y, si es posible, reutilizando las piedras. Así empezó el historial de la Basílica de San Pedro: sobre un oráculo etrusco que vaticinaba el porvenir.

Al monte Vaticium vinieron a parar los huesos del primer apóstol en torno al año 70 d.C. donde eran visitados en secreto por los primitivos cristianos. Cuando el emperador Constantino decretó, en el siglo IV, la libertad de culto, hizo erigir una pequeña basílica sobre la tumba de san Pedro.

¿Por qué una basílica? Porque era el modelo de edificio que los romanos construían para albergar mucha gente, sobre todo comerciantes, además de un basileus (del que toma el nombre) que impartía justicia al modo en el que lo hace el Tribunal de las Aguas de Valencia, sobre la marcha.

Se necesitaba un espacio grande en el que cupiera la ecclesia o asamblea, es decir, que diera cabida a todos los que acudían a los oficios. Esto fue una gran novedad del cristianismo porque en los templos antiguos no entraba el personal, sólo los sacerdotes, y todo el que haya viajado a Grecia o a Egipto lo ha podido comprobar: los recintos sagrados en sí no son grandes, aunque toda la edificación lo sea, porque al sancta santorum solo tenían acceso los elegidos y no la gente corriente.

Esa pequeña basílica del siglo IV se fue deteriorando hasta que el papa Julio II, conocido como «el guerrero», decidió reconstruirla en el siglo XVI contratando para ello a los más grandes de la época, Michelangelo Buonarotti y Raffaello Sanzio entre otros. La primera piedra de esta nueva construcción se colocó (no sé dónde pero allí) el 18 de abril de 1506 y desde ese momento y durante dos siglos más fue convirtiéndose en el primer templo de la cristiandad por su tamaño, pero también por su función porque es el lugar donde sigue teniendo su sede la jerarquía católica.

El papa es, por lo tanto, un jefe de estado con poderes civiles además de ser la cabeza superior y visible de la Iglesia Católica.

Lo curioso es que el Vaticano no es una catedral porque en el listado jerárquico de la Iglesia la palabra catedral se reserva para la que es cabeza de diócesis (provincia eclesiástica), ocupando el primer puesto seguido de basílica que ocupa el segundo en dicha jerarquía. El papa pidió a las autoridades del nuevo país seguir siendo el obispo de Roma para tener un cierto control sobre la ciudad y, por tanto, la catedral de la diócesis de Roma y sede del obispado es una iglesia mucho más pequeña, San Juan de Letrán, cercana al Coliseo, que es un edificio de planta basilical. No, no es un lío: una cosa es la forma de basílica y otra que lo sea en la jerarquía eclesiástica. A veces coinciden ambas cosas como ocurre en Nuestra Señora de la Encina de Ponferrada (categoría y forma de basílica) que pertenece a la diócesis de Astorga (catedral).

En la Semana Grande católica, el Vaticano ha sido protagonista de muchas imágenes televisivas que todavía impresionan por su magnificencia; se entiende que, a lo largo de los siglos, las gentes humildes se convencieran de que aquello tenía que ser lo verdadero y no se cuestionaran nada más.

23 de abril. – San Jorge

San Jorge y el dragón, Rogier van der Weyden, ca. 1425-1430

Ignoro por completo a qué sabe la carne de doncella; ignoro también si un himen entero da un sabor diferente a sus bistecs y si esa será la razón última por la que algunas locuelas se lo hacen reconstruir antes de entregarse a un (otro) hombre. No puedo saberlo dado que me ha tocado este lado de la humanidad, pero sigue siendo una de las preguntas que tengo en el magín sin resolver junto a: por qué el horizonte marino está siempre a la altura de los ojos, por qué todos los seres con ojos nos miramos directamente a los ojos cuando nos encontramos y cómo se hacen los lápices.

Que tiene diferente sabor es la conclusión que he sacado después de muchos años de leer que a los dioses antiguos les gustaban más para sacrificio las de himen entero que las no vírgenes y que en casi todas las culturas se las ofrecen para tenerlos de parte. Una de las historias más populares al respecto es la del monstruo (por supuesto, dragón) que vivía en un lago en la ciudad de Silca, en Libia, que exigía como alimento diario una oveja y una doncella, por este orden.

No se libraba ninguna, ni siquiera la hija del rey, y el día que le tocaba el suplicio se encontró con Jorge, un miliciano nacido en 270 en Capadocia, hijo de un oficial romano llamado Geroncio y de Policromía, que lo educó en la fe cristiana. Jorge se hizo militar, como correspondía, y entró al servicio del emperador Diocleciano formando parte de su guardia personal. Se hallaba en Libia cuando se cruzó con la princesa y se ofreció a salvarla; la princesa, a sabiendas del destino de todos los caballeros salvadores, le suplicó que ni se acercara al monstruo, pero Jorge, convencido de que el Dios cristiano todo lo podía, le dio su cinturón y la doncella pudo amarrar al dragón por el cuello.

Una vez hecho esto, Jorge aseguró al rey y al pueblo que si se convertían al cristianismo los libraría del dragón así es que le hicieron caso y el miliciano dio muerte al susodicho con su lanza o espada. La leyenda tiene monstruo, princesa (virgen), salvador y conversión, como la del arcángel san Miguel o la del mito clásico, mutatis mutandi, de Perseo y Andrómeda.

Por supuesto, este héroe tuvo unos suplicios redundantes entre los que se incluyen torturas como ser colgado, desgarrado, envenenado, abrasado con antorchas y decapitado tres veces hasta que, hechos unos cuantos milagros y curaciones, murió o se esfumó desapareciendo definitivamente el 23 de abril de 303 porque, después de estas pericias para sobrevivir ¿quién negaría la evidencia de que era uno de los extraterrestres que intervinieron en la construcción de las pirámides o en la separación de las aguas del mar Rojo? Uno de esos que viene de vez en cuando a solucionar problemas o a abducir a Miguel Bosé. Cualquiera sabe.

La historia de tan magnífico ejemplar le convirtió en defensor de la fe y de los débiles. Su imagen a caballo, vestido de armadura y lanza, dando muerte al dragón, se asociaría a los cruzados en la lucha contra el Islam y fue adoptada como insignia por nobles y reyes como Ricardo Corazón de León, razón por la cual es emblema de la corona inglesa.

En Aragón se le tiene como ayuda de cámara celestial del rey Jaime I en su conquista del reino de Valencia, un símil de Santiago Matamoros para los cristianos de la parte noroccidental de la península.

La iconografía lo muestra en dos versiones: la del martirio (muy parecida a la de san Sebastián) y a caballo, matando al dragón (muy parecida a la de san Miguel). El 23 de abril se le celebra en muchos lugares y de manera distinta gracias a las coincidencias con dos muertes celebérrimas: la de Cervantes (quizá murió el día antes y esta es la fecha de su entierro) y la de «el bardo» William Shakespeare (que nació y murió el 23, dicen los libros).

Sea como sea, felicidades a los Jorges y Jordis, felicidades a mis amigos lectores y feliz día del libro y de la rosa.

24 de abril de 1854.- Boda en el Imperio Austro-Húngaro.

Matrimonio de la princesa Isabel y del emperador Francisco José I de Austria, en abril de 1854.

El Sábado Santo por la tarde echaron en TVE Los jueves, milagro, una de las películas de Berlanga en la que, cómo no, un personaje dice, sin venir a cuento, «Imperio Austro-húngaro». Era el sello que garantizaba la autoría del valenciano como la imagen de Hitchcock paseando ante la cámara lo era de sus obras. Sonaba muy rimbombante, aunque el imperio ya no existiera cuando rodó esta y otras cintas.

En los años de mayor extensión, el Imperio ocupaba Austria, Hungría, la República Checa, Eslovaquia, Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina y regiones de las actuales Serbia, Montenegro, norte de Italia, Rumanía, Polonia y Ucrania y era gobernado por la rama austríaca de los Habsburgo. Tras la I Guerra Mundial, desapareció como imperio —igual que el alemán, el ruso y el otomano— porque las fronteras se mueven más que las nubes de tormenta. Es una constante histórica.

El 24 de abril de 1854 se casaron en la iglesia de los Agustinos de Viena Francisco José I de Austria y Elisabeth de Baviera, más conocida por Sissi. Eran primos por parte de madres y tenían 24 y 17 años respectivamente. Tuvieron cuatro hijos, tres chicas y un chico (Rodolfo) producto no tanto del amor como de la obligación de dar descendencia a un imperio que hoy se reduce a un territorio, con forma de páncreas, que ocupa, como este órgano, un lugar estratégico en Centroeuropa.

Según las crónicas A), Sissi era culta e independiente, viajera e inteligente, pero, según las crónicas B), era obsesivo-compulsiva y anoréxica lo que la llevaba a pasar el día haciendo ejercicio, a comer como un pajarito y a huir de todo lo que oliera a obligaciones. Su vida cambió radicalmente tras el suicidio de su hijo Rodolfo en 1889; a partir de ese momento nunca más vistió de color y no volvió a vivir en Viena. Algo muy similar a lo que haría la emperatriz Eugenia de Montijo cuando su único hijo murió peleando contra los zulúes: se vistió de negro para siempre y se instaló en casa de su hermana, el palacio de Liria, en Madrid, hasta su muerte.

Sissi se fue a vivir a Ginebra desde donde viajaba; generalmente recorría el Mediterráneo en su barco de vapor y pasaba algunas temporadas en su palacete de Grecia, pero su carácter se fue haciendo cada vez más sombrío hasta que en septiembre de 1898 un anarquista italiano le clavó un estilete en el corazón mientras paseaba por un lago suizo próximo a su vivienda. Tenía 61 años y ninguna gana de vivir.

Una existencia tan trágica daría mucho juego al cine y hasta Visconti la utilizaría para la película que rodó sobre Luís II de Baviera, el primo de Sissi. La actriz que siempre la representó fue la austríaca Romy Schneider, cuya cara es, para nosotros, la de aquella desgraciada emperatriz. En 1981 ella misma perdería a su hijo David en una circunstancia estúpida: clavado en la verja de su casa cuando intentaba entrar; una muerte digna del programa 1.000 maneras de morir (Paramount Media) que la llevaría al alcoholismo y posterior suicidio por sobredosis de pastillas.

Los ricos también lloran, los poderosos también sufren y los guapísimos también padecen cuando, por poner un ejemplo, se les descubren las artimañas con las que comprarse relojes o veleros: así es la condición humana, sufriente.


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