Ficción

La jaula del tigre

Cuando se sube al escenario para bailar su número, mira la maraña de cabezas que tiene delante e imagina que camina por la selva, barriendo a machetazos la maleza que se cruza en su camino.

Los asalariados que la observan ven en ella una bailarina de aspecto seductor pero peculiar, poco acorde con las normas estéticas del momento. Posee unas piernas largas y bien formadas y sus compañeras dicen que con su figura de modelo debería hacerse unas fotos profesionales, antes de que los años, que ya suman veintiocho, la traicionen.

Es verdad que tiene las caderas de una chica de diecisiete y el pecho redondo y turgente, pero no es realmente guapa, pues su nariz aguileña y sus pómulos marcados se desvían demasiado del estándar tradicional que favorece las facciones suaves y redondas de una niña. Una cara angulosa señala una falta de simetría; parecerse demasiado a un extranjero.

Su segundo defecto son sus ojos de pez que destacan por su tono verdoso, un color incongruente, casi imposible, en una chica de su origen. Cuando se acerca algún cliente a charlar con ella entre número y número, la primera pregunta que le hacen suele ser:

—Tienes unos ojos preciosos. ¿Llevas lentillas?

—No, son naturales ––dice, y sonríe en espera de la siguiente pregunta, que también es siempre la misma.

—¿Eres pará-parú?

—No, soy cien por cien extra-terrestre de este país.

—Pues no lo pareces.

—Eso me dicen.

Y de ese modo suele terminar la conversación, la mayoría de las veces con un billete de diez mil metido en la goma de sus bragas.

No le molestan esas pequeñas impertinencias. Además, qué más da, ella tiene muy presente que su estatura y sus rasgos exóticos le ayudan a ganar dinero y, de eso, está agradecida.

Su hermana melliza no aprueba su trabajo. Pero ella presta poca atención a lo que dicen los demás, y menos a su hermana, que desde pequeña ha sido una mojigata de celos incurables. Quizá porque no se parecen en nada y su apariencia singular siempre ha llamado la atención. Cuando vivían sus padres, era la favorita, se queja su hermana a menudo. Ella lo niega porque apenas tiene recuerdos de ellos salvo unas visitas al zoo con su padre y una foto, enterrada en un cajón, de su madre sentada al lado de un río color esmeralda.

Puede que, como dice su hermana, esté a un paso de ser puta, pero a ella no le importa. Piensa que a un cuerpo desnudo no hay que darle tantas vueltas. Desde el escenario observa la manada de hombres trajeados con sus corbatas coloridas y se siente más segura que nunca. Por ser miope es incapaz de percatarse de las miradas lujuriosas que la escudriñan. Cuando termina se pasea entre los clientes recogiendo propinas. De vez en cuando se defiende con firmeza de algún toqueteo, pero, en general, más fácil no puede ser.

Al salir del trabajo, antes del amanecer, siempre se quita los tacones y, descalza, coge el metro ya congestionado de oficinistas desplazándose al trabajo. Se apea en la estación del Museo Nacional, y se dirige al zoológico, eligiendo caminar por las frondosas calles bordeadas de arces con hojas ya rojísimas. Deja a sus espaldas las torres de vidrio y hormigón de la zona y entra por la puerta del este. El parque, repleto de cerezos, había pertenecido al emperador Gran Guerrero antes de que éste lo cediera a la ciudad en honor del matrimonio de la entonces princesa.

Nadie le dirige la palabra al estar descalza en público, salvo una vez que una anciana sacó de su bolso unas zapatillas usadas e insistió en que se las pusiera para que no cogiera frío. Pero el frío nunca le ataca por los pies, sino todo lo contrario. Sale del club y las plantas de los pies le arden como si hubiera estado andando sobre brasas de carbón toda la noche. Quitarse los incómodos tacones es lo que le apetece hacer, sin más.

Una vez dentro del parque, sigue el mismo camino de siempre; observa a los elefantes, después a los loros, las gacelas, los leones, los osos pardos y los pandas antes de llegar al único tigre del zoo. En un banco opuesto a las rejas de hierro de la jaula del tigre, se sienta para disfrutar del astro naciente mientras el felino la mira.

El tigre, capturado en las selvas de Sumatra, es una fiera preciosa con un cuerpo de terrible simetría. El color naranja de su piel reluce contra las paredes de cemento que lo encierran. Contrastan también las rayas negras dibujadas en el lomo y los costados con el blanco que recorre la parte inferior de su cuerpo de más de tres metros de longitud. El tigre le parece ser la esencia de la perfección.

Cada vez que lo visita, parece estar esperándola. Sentado en un rincón de la jaula mientras vigila el camino del lado este por donde ella llega al amanecer. En cuanto la divisa, clava sus ojos verdosos en su figura y no deja de acecharla.

Le duele ver al tigre encarcelado, como si le hubieran convertido en otro a la fuerza, en un ente que no debería ser, que no es. Mientras lo contempla, se le ahonda el vacío en el estómago, y piensa en las únicas palabras que recuerda de su padre: «El tigre siempre sabe, aunque no pueda explicarte lo que sabe». El animal, a pesar de su condición lamentable de cautivo, le transmite una sensación de tranquilidad, aunque no le cabe duda de que a la más mínima oportunidad el gran felino se la tragaría entera.

Sentada en el banco, se quita el maquillaje de esa noche. Y durante ese proceso el tigre echa sus bigotes atrás y olfatea el hedor a humano encerrado que ella arrastra como una nube invisible desde el club.

Ese domingo, se sienta en su sitio habitual y cierra los ojos pensando en cogerse unas vacaciones en la selva de Bengala. Imagina una expedición en busca de tigres en su entorno natural. Con la cabeza inclinada hacia el sol, cree atisbar el centelleo de las aguas de un río bañado en luz matutina. Su guía, que va unos pasos por delante, se da la vuelta de repente y le indica con el dedo que no haga ruido, que en la orilla bebe un tigre. Ella se estremece al escuchar su rugido, pero le es imposible oír bien porque el viento empieza a bambolear las cañas de bambú y además le parece distinguir la voz de un hombre que la llama en la distancia.

—Perdón, siento molestarla. Usted baila en el Teatro G, ¿no?

Abre los ojos y a su lado ve a un hombre trajeado con corbata. Él la observa con una mirada insistente.

—Sí, bailo allí —dice, molesta—. ¿No me estará usted siguiendo?

El hombre desvía la mirada y parece meditar su respuesta.

—Solo quería saber si le interesaría tomar algo conmigo. Me llamo Osamu.

—No salgo con nadie que frecuente el club. Además, es una norma. Me despedirían si lo hiciera.

Si en el club su comportamiento es más bien educado, fuera de él demuestra poca paciencia. Todos creen lo mismo; que por hacer unas piruetas en el escenario se está en celo. Los hombres le parecen unos pesados. De hecho, ni siquiera está segura de que le gusten.

—Es que la vi bailar esta noche y bueno, no sé…  tampoco quería asustarla —dice el hombre.

—No me asusto. Y usted no se obsesione, que acabará mal.

—Comprendo —dice, levantándose para irse—. Siento haberla molestado. Por cierto, tiene unos ojos muy bonitos.

—Oiga, una pregunta —dice ella de repente—. ¿Por qué cree que encerramos a los animales?

El hombre reflexiona y por fin responde:

—No lo sé. Pero a los hombres también los encerramos. De hecho, durante la primera guerra mundial, encerraron desnudo a un piloto norteamericano en esta misma jaula. Y la gente venía a verle. Increíble, ¿no? —Y sin esperar una respuesta, dirigiendo sus pasos inseguros hacia la salida, desaparece.

—¿Y tú? ¿Cómo lo ves, tigre? —ella pregunta en voz alta, pero el felino solo le contesta con su mirada penetrante.

En ese momento, se pone de pie, y acercándose a las barras de hierro que se interponen entre los dos, se detiene a un metro de distancia. El animal se levanta de un salto, mete el hocico entre los barrotes. Ella empieza a tararear una melodía y mece las caderas, bailando lentamente sobre sus pies descalzos mientras mantiene la mirada del tigre que ruge sin parar.

Ante un ansia incontenible de acercar la mano para acariciarle, se resiste. Recuerda la noticia sobre un soldado estadounidense que durante la guerra de Irak perdió medio brazo intentando jugar con un tigre en el zoo de Bagdad. Para salvarle, sus compañeros mataron al animal a tiros. Ella opina que hubiera sido más justo pegarle el tiro al soldado.

Esa tarde, cuando se levanta en casa, a la misma hora de siempre, le llama una amiga del club.

—Miki, ¿has visto? —pregunta su amiga.

—¿Visto qué?

—Que estás por toda la red. Hay un vídeo en que se te ve bailando en el zoo. Te han apodado «la mujer del tigre» —dice su amiga, alborotada—. Verás qué divertido. ¡Míralo!

Y así es. Una búsqueda con las palabras ‘tigre’ y ‘mujer’ dan como resultado vídeos de ella en el zoo bailando descalza frente a la jaula del tigre.

—A lo mejor es tu gran oportunidad —dice su amiga—. Puedes dar un salto a una compañía de baile importante.

—Por favor, Maya, no seas ingenua.

—Venga, mujer. Diviértete con ello. A mí me parece genial, desde luego. La mujer del tigre. ¡Toma ya!  —suelta un gruñido y cuelga.

Esa noche el club está más lleno que nunca. Al entrar, ve folletos tirados por el suelo. Se agacha para recoger uno y se queda pasmada cuando ve que lleva su foto. Está desnuda, con un látigo en la mano que sobrevuela su cabeza. A su lado, la foto de un tigre manso, claramente superpuesto. El título: «Esta noche en el Teatro G: ¡La mujer del tigre!»

Mientras mira la propaganda, su jefe le da una palmadita en el culo.

—¡Enhorabuena! —dice contentísimo—. Ya verás lo que ganamos esta noche.

Ella le responde con una mueca de desaprobación y le gruñe. Él se ríe, interpretándolo como una broma.

Tras cerrar el local se encamina de nuevo hacia el zoo. Un grupo de hombres ebrios la sigue, aullando y gritando que como buenos tigres quieren ser domados por su ama. Ella se sube a un taxi y va a casa.

Cuando se levanta y se tumba en el sofá, escucha horrorizada una noticia en la radio: «Un tigre que escapó de su jaula esta mañana en el zoológico ha sido abatido a tiros tras abalanzarse sobre una mujer joven que paseaba por el parque», dice el presentador.

«La víctima ha sobrevivido, pero el tigre murió cuando los vigilantes del zoo tuvieron que dispararle para salvar la vida de la mujer. Sus lesiones no parecen graves y ha sido trasladada al hospital. No se sabe cómo escapó el tigre, pero las autoridades competentes están llevando a cabo una investigación».

Ella no duda en coger el teléfono y llamar al club para presentar su renuncia. El jefe la critica por ingrata, pero ella no vacila. No pondrá los pies nunca más en ese lugar.

Ya es de noche cuando se le acaban las lágrimas. Decide salir y se pone a deambular. Camina kilómetros por las aceras de la ciudad, hasta darse cuenta de que se aproxima a la entrada del zoo. Sorprendida por haber llegado andando tan lejos de su casa, se dirige hacia la jaula del tigre. Reza para que la noticia esté equivocada y, por un segundo, cree ver los ojos cetrinos del tigre iluminados en la oscuridad.

Arrimándose a las rejas, observa que la puerta de la jaula abandonada está entreabierta. Se adentra y pasea por el espacio encerrado que huele a humedad. Se sienta en el rincón donde el tigre parecía esperarla y quitándose las zapatillas prueba el suelo con los pies desnudos: está helado.


Con la colaboración del Máster en Creación Literaria de la BSM-UPF, dirigido por Jorge Carrión y José María Micó, catorce años formando a escritores de España y América Latina. Más información aquí.

Benjamín Luis Morgan Sanjurjo es un escritor y trotamundos español-inglés. Ha sido periodista de agencia y sus reportajes han aparecido en todos los medios grandes y pequeños del mundo.

Vivió veinte años en varias ciudades del Oriente — Baghdad, Beijing, Shanghái, Ulán Bator —  y volvió a España en 2018 para cursar el Masters de Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra en Barcelona, ciudad en que sigue afincado y escribe una novela que nunca acaba. En 2019 participó en su primera antología de relatos, Trastiendas: Entre la ficción y la memoria.

2 Comentarios

  1. Me gustó mucho el cuento de Benjamín por la sutileza desplegada para armar el universo que reciba con naturalidad la irrupción de lo fantástico. Yo destacaría la maestría de la primera frase, que es el anzuelo para pescar al lector, un lector que no va a querer soltarse ni que lo suelten sino hasta llegar al final. Esa frase contiene una imagen poderosa: «Imagina que camina por la selva, barriendo a machetazos la maleza que se cruza en su camino».

    Conforme se inician las primeras líneas, consigues ubicar el ambiente, el medio y los orígenes, así como la caracterización de la protagonista, como quien está charlando con un amigo; esto es, de modo muy natural. Su personalidad, de naturaleza salvaje, la va derramando a lo largo de la narración; parece que no pasa nada, pero ahí está sintetizado todo, y en ese «no pasar nada» se encuentra la pista para la comprensión de la irrupción fantástica.

    Muy bueno!!!!

  2. Alina del Rosario

    Hermoso, me dejó un deseo de seguir y reinventar la historia.

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