Analógica

La curación por el teatro

La medicina tardó cierto tiempo en subirse a las tablas del teatro en busca de virtudes terapéuticas. El conductismo de principios del siglo XX habitaba despachos y laboratorios, ajeno a lo que ocurría entre las tramoyas, las butacas y las bambalinas. Todo cambió cuando los rebeldes de Freud y los intelectuales más creativos decidieron poner en marcha un nuevo tipo de función: la terapia psicodramática.

Ilustración de Sofía Fernández Carrera.

En su todavía breve pero intenso recorrido, la psicología se ha interesado por los más diversos métodos para conseguir tratar con éxito cualquier tipo de “dolencia del alma” —al menos en su vertiente aplicada, la psicoterapia—. Podría decirse que la disciplina arranca de la propia práctica, mediante la observación y el tratamiento de los más diversos fenómenos relacionados con el comportamiento, el pensamiento y la emoción humanas.

En su búsqueda incesante de métodos y técnicas para curar problemas de salud mental, los distintos profesionales —médicos, psiquiatras y psicólogos— recurrieron a casi cualquier actividad que se considerase útil. Era cuestión de tiempo que alguien tropezara con las artes escénicas, especialmente el teatro y la danza. Sea por su poder para evocar, expresar y dramatizar cualquier vicisitud de la experiencia humana, por su capacidad para integrar el cuerpo con la mente, la emoción con el pensamiento, o por su cualidad de conmover, sugerir e inspirar, el teatro tenía un potencial terapéutico muy estimable.

Sin embargo, los primeros tiempos estuvieron dominados por dos tendencias antagónicas con poco o nulo interés por incorporar la expresión artística en su arsenal psicoterapéutico: por un lado, los psiquiatras de orientación psicoanalítica, volcados en métodos de introspección individual, tan típicos de la relación médico paciente, que transcurrían, cómo no, en el interior de sus despachos. Por el otro, los estudiosos de las conductas observables, fisiólogos y psicólogos interesados en la investigación de laboratorio con animales que buscaban la forma infalible y científica de entrenar seres humanos. Para el conductismo de la primera mitad del siglo XX, el teatro estaba muy alejado de su enfoque.

El iniciador de la relación entre psicología y teatro fue uno de los “rebeldes de Freud”, un grupo heterogéneo de personalidades individuales que se alejaron de las teorías más ortodoxas del psicoanálisis para desarrollar métodos propios. Jacob Levy Moreno nació en el seno de una familia sefardí procedente de Rumanía, y en Viena se convirtió en psiquiatra, matemático y filósofo. Dotado de una fuerte personalidad, rozando la megalomanía, Moreno fue de los primeros en profundizar en la práctica terapéutica grupal, basada en conceptos como la espontaneidad. En 1925 se trasladó a los Estados Unidos, donde fundó el primer teatro de terapia psicodramática. La idea básica era buscar soluciones creativas a situaciones pasadas no resueltas a través de la representación grupal de una escena clave para el paciente con la intención de ayudar a modificar los patrones de relación con los demás y los patrones antiguos que interfieren en el presente.

El psicodrama está estructurado en tres fases diferentes: la primera es el calentamiento, donde el grupo se reúne, y el director —un terapeuta experimentado— propone ejercicios para romper el hielo y fomentar la expresión creativa. En la segunda, la dramatización, se selecciona a la persona protagonista, que expone el problema que le preocupa en la actualidad y describe la situación concreta. A partir de aquí, el director reparte los distintos roles entre el grupo y se improvisa la escena buscando una vivencia alternativa mediante la acción dramática. Algunas de las técnicas incluyen soliloquios y cambio de roles entre los miembros del grupo. En la fase final de participación se comparten las sensaciones sobre lo experimentado por parte de todo el grupo, tanto de los que han actuado como de los que han formado parte del público. Moreno adquirió cierta fama en su país de acogida; empezó utilizando una sala del famoso Carnegie Hall, estudió el método Stanislavski y el Grotowksi, y perfeccionó el psicodrama durante varias décadas. Mientras, se gestaba un cambio de paradigma en la psicoterapia, con la aparición del movimiento de la psicología humanista hacia mediados de los años cincuenta.

Un amplio grupo de intelectuales y personalidades de diversas áreas de conocimiento —psicología, medicina, filosofía de la ciencia— se rebeló contra el doble paradigma psicoanalítico y conductista, que valoraban como excluyente y determinista. Se negaban a concebir al ser humano como alguien indefenso ante supuestas pasiones inconscientes, oscuras e inexorables, ni como una especie de autómata programable, totalmente condicionado por reglas dictadas por su entorno. Abogaban por un marco conceptual que tuviera en cuenta el potencial propio para curarse, la importancia de la subjetividad y la propia vivencia de la persona —centrarse en el aquí y el ahora—, o la creatividad como herramienta terapéutica. Se le otorgaba un lugar primordial al paciente que hasta entonces no tenía, y se hacía hincapié en una psicoterapia de corte experiencial.

Algunos de estos rasgos ya estaban presentes en el psicodrama, por lo que está ubicado a caballo entre el psicoanálisis y el humanismo, pero, con la explosión de esta “tercera vía”, fl orecieron multitud de propuestas terapéuticas basadas en estos principios fenomenológicos, muchas de las cuales incorporaron técnicas procedentes del teatro y de la danza. Uno de los principales introductores de este tipo de recursos en terapia tanto individual como grupal fue otro psiquiatra judío originario de Europa, Fritz Perls, que llegó a Nueva York en 1946 desde Sudáfrica —en donde se había refugiado huyendo de los nazis—. Perls había tenido contacto con el escenario en sus inicios escolares y no dudó en aplicar sus conocimientos a su propio modelo, la psicoterapia Gestalt. Aunque se había iniciado como psicoanalista, Perls acabó rechazando los postulados freudianos, y se situó en la línea humanista de poner énfasis en la creatividad y la espontaneidad. Una de las técnicas más famosas de la terapia Gestalt es la silla vacía: se trata de la representación de un diálogo entre el paciente y una fi gura ausente o significativa —puede ser una persona, una emoción o un objeto— con la que existe un asunto no resuelto. El terapeuta conduce la sesión e indica a la persona cuándo se produce el cambio de roles y esta pasa de una silla a otra para interpretarse a sí misma o al otro personaje, alternativamente.

Durante los años sesenta y setenta, en Estados Unidos se vivió una fiebre liberadora en psicoterapia, muy relacionada con el surgimiento de los movimientos contraculturales o la lucha por los derechos sociales de las minorías, que hizo un amplio —y a veces abusivo— uso de la dramatización, el teatro o la danza. Muchas de estas técnicas se emplearon sin control, aplicadas directamente sin excesiva preocupación por la validación científica, por lo que algunas muy útiles se encuentran hoy en día insuficientemente investigadas e injustamente infravaloradas. Durante los años setenta, una ramificación importante de la escuela Gestalt de Esalen, donde Perls ubicó su sede, arraigó en Chile de la mano de Claudio Naranjo. Al calor de esta “variante chilena” surgirán propuestas de inspiración escénica como la psicodanza, diseñada por Rolando Toro, y la psicomagia o los métodos psicogeográficos de Jodorowsky.

La danza se había utilizado ya como forma de terapia en la Alemania de los años veinte —con su inevitable traslado a Estados Unidos en los cuarenta— de la mano de un grupo de mujeres bailarinas, psiquiatras o terapeutas, como Liljan Espenak, Tina Keller-Jenny, Mary Whitehouse, Trudi Schoop y Marian Chace. La mayoría derivaba del psicoanálisis junguiano o del Instituto Adler —puente hacia concepciones humanistas—, y basaba sus intervenciones en la influencia de la postura y el movimiento en los pensamientos y las emociones. La psicodanza —también conocida como biodanza— retoma esta concepción y la actualiza. Por su parte, Jodorowsky, un personaje odiado y adorado a partes iguales, para unos, genio, y para otros, charlatán, hace profusa utilización de la teatralización surrealista e irreverente, proponiendo escenografías entre incómodas y ridículas a sus pacientes para forzarlos a salir de su bloqueo. La psicogeografía remite a los escritos de Guy Debord sobre el impacto del entorno urbano o rural en las emociones de una persona, que a su vez desarrolla una memoria o mapa emocional del lugar donde vive. Simplificando, podría decirse que la deriva —un paseo terapéutico por lugares importantes para el paciente— lo que hace es sacar la representación al exterior.

El penúltimo episodio en la estrecha relación entre teatro y psicoterapia tiene unos orígenes bastante más dudosos, aunque también radicados en Europa Central. Bert Hellinger, un polémico teólogo católico alemán, malinterpretando conceptos de Jung y de la psicología sistémica —en cuanto se concibe a la familia como un sistema en el que cada miembro adopta un rol—, desarrolla una oscura teoría animista por la que dichos roles son fijos y pasan de una generación a otra de forma inconsciente — afirmación sin ninguna evidencia, por otra parte—. Este determinismo chamánico resulta doblemente nocivo cuando además se da la circunstancia de que los terapeutas que Hellinger reclutaba para sus constelaciones familiares carecían de preparación y de experiencia específica. Sin embargo, esta técnica, que no deja de ser una resurrección del psicodrama, ha gozado de una amplia popularidad en los últimos años.

Despojada de la disparatada y peligrosa teoría de Hellinger, y en manos de un psicoterapeuta bien formado, la constelación familiar podría ser una herramienta útil para resolver problemas de relación actuales o pasados que generan malestar en la persona. Se trata de una representación teatral en la que participan el constelador —el terapeuta— y el constelado —el paciente—. Si es en grupo, los demás asistentes pueden tomar el papel de representantes —miembros de la familia del constelado—, aunque para sesiones individuales se suelen emplear muñequitos. Las constelaciones familiares presentan algunos problemas prácticos: resulta complejo validar su efectividad por cuestiones metodológicas —a pesar de que los pocos estudios realizados reportan mejoras psicológicas— y, además, es una técnica potencialmente muy dañina en manos de gente poco cualificada, pues puede provocar desbordamientos emocionales innecesarios, retraumatizaciones o llevar a la persona a adquirir creencias falsas, dolorosas o perjudiciales. En un ámbito tan proclive al intrusismo como es la práctica de la psicoterapia, las constelaciones familiares se han convertido en una arriesgada ruleta que depende en gran medida de la capacitación de la fi gura del constelador-terapeuta.

Sin embargo, las constelaciones familiares han tenido la virtud de reverdecer el interés por las artes escénicas como herramienta curativa en psicología. Actualmente hay en marcha diversas tentativas de sistematizar estas prácticas en lo que se conoce como teatroterapia, una especialización en este tipo de intervenciones que trata de unir la tradición terapéutica de la dramatización de momentos vitales con elementos tomados del clown o la risoterapia con una intención clínica. En este sentido es importante tener en mente que las artes escénicas y la psicoterapia son dos disciplinas muy diferentes; apuntarse a teatro por sí mismo no es un recurso terapéutico, aunque pueda ayudar a una persona a trabajar aspectos internos o relacionales. Pero un director de escena no es un psicólogo, dirige actores. Inversamente, las técnicas inspiradas en las dramatizaciones no son puramente teatro, y por ello han de estar dirigidas por un experto en psicoterapia con un propósito muy claro: la intervención para promover una mejora en salud mental.


Alejandro García es profesor de Psicología de la Universitat Oberta de Catalunya, escritor y colaborador habitual de las revistas Historia Hoy y Jot Down.

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