Entrevistas

Isaac Rosa: «El miedo es el gran tema de nuestro tiempo»

Isaac Rosa. Reportaje Gráfico: Ángel L. Fernández

Isaac Rosa (Sevilla, 1974) tiene gafas, pelo negro y mucho sentido del humor. Las dos primeras cosas no resultan indispensables para escribir, pero con la tercera salen cosas magníficas. Desde hace años juguetea con géneros, con tópicos y con clichés, componiendo una obra personalísima que gira alrededor de obsesiones varias y estilos cambiantes. Vamos, que muy bien, porque siempre te guarda Isaac un chasquear tras cada metáfora que te deja así, con cara de estar pensando muy fuerte. Quizá por eso (y por otras virtudes de más enjundia) le han dado el último Premio Biblioteca Breve. Lugar seguro, se llama la obra. Sobre ella hablamos con Isaac, pero también aparecen por aquí survivalistas, vendedores de alarmas y tipos de moral reprochable que a ratos se parecen, cuenta, un montón a nosotros mismos.

¿Es posible hacer literatura sin carga ideológica? ¿O esa abstención también resulta, en cierto sentido, una carga ideológica?

Es un viejo debate, que siempre conduce al mismo callejón: si toda literatura es ideológica, entonces no hay literatura ideológica, nada que podamos diferenciar o que suponga alguna intención por parte del autor. Por otro lado, señalamos como arte con ideología aquel en que la ideología es, no tanto explícita, sino más bien opuesta a la ideología dominante; como si el arte que se limita a asentir y reproducir esta última no fuese también arte con carga ideológica. Yo prefiero hablar de literatura política, aquella que tiene una intención disidente, que se aparta de la ideología dominante no solo para confrontarla, sino también para hacerla visible, para señalarla y advertir que es, en efecto, una construcción ideológica, no el aire que respiramos. Es decir, el arte que desnaturaliza todo aquello que hemos naturalizado y ya no vemos.

Si toda literatura es ideológica, entonces no hay literatura ideológica

Siempre intentas acercar tu literatura a la calle, a lo habitual, al día a día. Digamos que huyes del oropel extraordinario.

No, en realidad desconfío de esas categorías: la calle, lo habitual o el día a día, por esa naturalización ideológica de la que hablaba. No me interesa demasiado el realismo formal que mantiene fórmulas estéticas de hace más de un siglo, y que en cuanto pierde pie cae en el costumbrismo. Sin por ello negar que incluso en el costumbrismo puede haber potencia crítica, como lo hay en cualquier estilo, género o subgénero, aunque normalmente hay una correspondencia entre presupuestos formales y políticos. Pienso que toda disidencia política comienza por una disidencia formal; no se puede impugnar un sistema político, social o económico sin impugnar el orden formal que lo reproduce.

Igualmente veo que tus personajes son apenas dos o tres rasgos físicos, que no te detienes (no quieres detenerte) en un dibujo preciso. No sé si buscas crear tipos a dibujar por el lector…

Creo que un personaje literario se define más y mejor por su patrimonio, su sueldo o su posición social que por su estatura o el color de sus ojos. Y de la misma forma que los lectores asignamos un rostro y un cuerpo a cualquier personaje sin necesidad de descripción, también les asignamos unas condiciones materiales cuando no se da esa información. Generalmente los pensamos acomodados, salvo que se expliciten problemas económicos.

¿Se puede desvincular tu obra narrativa de la periodística? Lo digo desde el punto de vista del lector, sí, pero también tuyo como creador. Quizá alguna vez has obviado un tema pensando «este lo toqué en aquel artículo» o «este sale en un relato»…

Escribir una novela o un relato responden a impulsos similares, aunque el proceso y el resultado sean tan diferentes. Y normalmente los autores no nos alejamos mucho de unos pocos temas e ideas, cuando no obsesiones, a los que volvemos una y otra vez aunque no miremos desde el mismo sitio. En mi caso, el único periodismo que practico es el artículo de opinión, e intento que mi escritura como articulista tenga también un componente literario, sin que eso signifique practicar ese «columnismo literario» tan frecuente en la prensa española y del que huyo como de la peste: escribir bonito, pretendidamente lírico, toda esa prosa campanuda que tanto adorna las páginas de periódico, el sonajero que decía Marsé. Sí creo que en la literatura hay herramientas que pueden aportar algo al periodismo, al menos al articulismo, pero no van por el lenguaje sino por la mirada lateral, esquinada y extraña que permite la literatura.

Tu última novela, Lugar Seguro, es casi profética con todo el asunto del miedo, en este caso nuclear, que ha vuelto a aparecer en los últimos tiempos

Me llaman «visionario» estos días, pero yo respondo, medio en broma, medio en serio, que si fuese un visionario habría montado una empresa de búnkeres, no escrito una novela. Sin guerra, la novela tendría el mismo sentido, pues el miedo lleva con nosotros varias décadas. Desde el 11-S al menos es un no parar de crisis, accidentes, imprevistos y todo tipo de sucesos rápidamente etiquetados como «históricos», todo lo cual nos hace sentir vulnerables, a merced del próximo giro de guion.

Precisamente el miedo es uno de tus trasfondos narrativos habituales.

Seguramente es de lo que más he escrito, tanto en ficción como en prensa. El miedo en todas sus formas: miedo laboral, económico, político; pero también miedo a estar solos, tan presente en nuestras relaciones amorosas; miedo a perder, a fracasar, a quedarnos fuera; miedo a no ser el padre o el marido que se espera de nosotros; miedo a tropezar, a perder pie en el alambre, a no poder levantarnos. El miedo es el gran tema de nuestro tiempo, pero en realidad no viene del 11-S: ya en las últimas décadas del siglo pasado el neoliberalismo fue minando estructuras y elementos de seguridad colectiva, dejándonos en una intemperie donde sopla fuerte el miedo, cualquier miedo.

¿Crees que ese miedo resulta uno de los motores de nuestra sociedad hoy en día?

El miedo nos vuelve ansiosos por encontrar seguridad, la que sea. Y compramos cualquier sucedáneo de seguridad, cualquier cosa que nos haga sentir menos vulnerables, que nos alivie un rato tanta incertidumbre; lo mismo una alarma de hogar que un aumento en el presupuesto militar, o ciertas promesas políticas que no dejan de ser otra versión del gran negocio del miedo.

¿Investigaste el fenómeno de los survivalistas? ¿Llegaste a hablar con alguno?

No, mi conocimiento no es muy a fondo, no dejan de ser un elemento secundario en mi novela. Me interesa más bien cómo la doctrina survivalista (estar siempre preparado para todo tipo de eventos, aun los más improbables) va ganando terreno y contaminando todo. Nos estamos volviendo todos un poco survivalistas, claro. Hace unos años nos reíamos de ellos, los veíamos como unos pirados, no muy alejados de los del capirote de aluminio en la cabeza. Ahora sospecho que son los survivalistas los que se ríen de nosotros, sienten que la pandemia, la guerra y los desabastecimientos puntuales les dan la razón.

Ahora sospecho que son los survivalistas los que se ríen de nosotros, sienten que la pandemia, la guerra y los desabastecimientos puntuales les dan la razón

Resulta imposible estar leyendo la novela y no identificar al protagonista con empresas de alarmas de esas que se anuncian por la tele…

Si en vez de búnkeres, Segismundo García vendiese alarmas de hogar, la historia no cambiaría demasiado. La estrategia comercial es la misma: vender seguridad, ofrecer un producto contra el miedo. Uno más de los mercaderes del miedo, la enorme industria securitaria que se ha ido levantando a lomos de la incertidumbre. Frente al miedo, el gran miedo, el que no sabemos nombrar, compramos cualquier sucedáneo. Y otro efecto del miedo es que nos vuelve incapaces de un mínimo cálculo de probabilidades. Por decirlo claro: la experiencia de los últimos años, con decenas de miles de desahucios de familias, demuestra que es más fácil que te eche el banco de tu casa a que lo hagan unos okupas o entren unos ladrones mientras duermes; pero seguimos comprando alarmas de hogar. A veces incluso se la compramos al mismo banco, en sus productos asociados a una hipoteca; el mismo banco que tal vez un día nos echará de casa si todo se tuerce o arrecia otra crisis.

¿Se puede escribir sobre alguien que te cae mal? Quiero decir, Segis es un tipo de moralidad cuestionable… aunque acabas cogiéndole cariño.

Segismundo puede provocar rechazo por lo que hace y dice; pero a veces también nos provoca rechazo porque hace y dice lo mismo que nosotros, y no nos gusta ese espejo. Todos tenemos nuestros momentos Segismundo, claro. Yo quería un personaje antipático, sí, pero no exento de ternura. No deja de ser alguien que se ha quedado solo, que perdió pie y cada vez le quedan menos dedos en el borde del precipicio. Alguien que está solo y busca que lo quieran, esa es su flaqueza y lo que lo hace humano y soportable. Si no, nadie lo aguantaría trescientas páginas.

Aparece aquí una figura con la que tú has jugado mucho en tu narrativa, que es la de ese entrepreneur ultraliberal que entiende el mundo en conceptos de posibilidad / no posibilidad de negocio.

La ideología del emprendimiento es una gran estafa, y es una de las mayores calamidades de nuestro tiempo, porque además lo permea todo. Más allá de lo empresarial, o de la condena de tantos trabajadores, forzados a buscarse la vida y fingir un entusiasmo inexistente, todos nos convertimos en emprendedores de nosotros mismos, obsesionados con vendernos, ser una buena marca, trabajar nuestro perfil y nuestras redes. Incluso en el terreno sentimental, nos convertimos en emprendedores emocionales. Y no digamos en el mundo cultural, poblado de emprendedores artísticos plenos de ese «entusiasmo» que tan bien describe Remedios Zafra.

¿Por qué nos resulta tan interesante el pícaro en literatura?

Supongo que nos fascinan por igual su inmoralidad, su obsesión por lograr una posición, y su inevitable destino: el fracaso. El pícaro es siempre un antihéroe, de ahí su atractivo. Pero la fatalidad del pícaro en su caída no deja de ser prueba de inmovilidad social, de una sociedad donde los papeles están repartidos de antemano y no hay esperanza de mejora, ni por meritocracia ni por pillería.

El pícaro es siempre un antihéroe, de ahí su atractivo. Pero la fatalidad del pícaro en su caída no deja de ser prueba de inmovilidad social

Quizá es por el humor, ¿no?, que también resulta muy importante en tu obra. A mí me pareció valiente (pero también te imagino gozando mucho con el proceso) la relectura cínica que hiciste en ¡Otra maldita novela sobre la Guerra Civil!

Lo de Otra maldita… no dejaba de ser la versión literaria de eso tan cómico del «self-deprecating», aplicado a mi primera novela. Lo pasé bien, claro, y sobre todo me pareció más interesante, coherente y también divertido que limitarme a recuperar mi primera novela y reeditarla tal cual. Si, de paso, podía hacer un ejercicio de crítica cultural a la forma en que la ficción estaba codificando la guerra civil, pues estupendo. Me habría gustado someter a esa misma relectura crítica a otras novelas, no mías, que seguramente lo merecían tanto o más que la mía, pero empecé por mí mismo. 

Juegas en esta última obra con lo que podríamos llamar «ironías dobles»… personajes que se expresan de forma irónica sobre aquello que, creo, ajusta con lo que piensa el propio autor.

El propósito era contar con un narrador a la contra, que obligue al lector a cuestionar su relato y darle la vuelta, sin que quede claro cuánto de ese relato es válido y cuánto merece ser leído a la contra, entre líneas. Segismundo García es un vendedor de búnkeres, y el lector tendrá que decidir si le compra su visión (cínica, descreída, misántropa) del mundo, o si su narración no deja de ser otra forma de vendernos su mercancía. Tiene el riesgo, claro, de que haya quien lea desde la absoluta literalidad; con el riesgo añadido de que además caigan en la confusión (habitual cuando una novela está escrita en primera persona) entre narrador y autor.

La propia saga va mejorando, ¿no? Quiero decir… el Segis más joven presenta «brotes verdes».

La tercera generación mejora, sí, pero no porque sofistique sus pillerías y apunte a un futuro más provechoso que los anteriores, sino porque llegado cierto momento empieza a flaquear, a darse cuenta de dónde acabará si sigue los pasos de su condenado abuelo y su derrotado padre: en la cárcel, en la ruina, en la soledad.

En Lugar Seguro hay una diferencia muy marcada entre personajes masculinos y femeninos.

Así es, y es intencionada. Me lo han señalado como crítica en algunos casos, por sesgar demasiado a los personajes hombres y mujeres. Yo quería representar, en los tres Segismundos, una forma de estar en el mundo, y de relacionarse con los demás y entre ellos, que es muy masculina, de cierta idea vieja de masculinidad, espero que en vías de extinción pero todavía muy presente. La de quienes, como dice Segismundo, «no son muy de tocarse». Frente a ellos, esa otra mirada al mundo más basada en el cuerpo, y por tanto en el cuidado, la ponen las mujeres, sí.

Es, también, una búsqueda del tesoro… el relato de aventuras más desesperante del mundo, podríamos decir. Y eso lo hace tan especial.

El tesoro es siempre un Macguffin en toda historia, es lo que pone en movimiento a los personajes, lo de menos es que aparezca al final o no. A mí me encantan los mapas del tesoro y los juegos de pistas. Escribir y leer una novela no deja de ser un juego de pistas y una búsqueda del tesoro.

Me llama la atención, igualmente, la estructura temporal de la novela, ese transcurrir en menos de 24 horas…

Me gustan mucho las historias llamadas «circadianas», lo mismo en literatura que en cine. En veinticuatro horas cabe una vida entera y toda una visión del mundo. El tiempo se contrae y la memoria se expande a la vez. Además, ese tipo de novelas, que tienen siempre mucho de búsqueda, persecución o huida, implican movimiento, desplazamiento, y ese moverse (deprisa normalmente) se contagia a la propia lectura.

Veo un cierto aire a Ulysses… la contracción temporal, el avanzar a ritmo de flâneur… Supongo que es buscado.

Sí, ese tipo de historias suelen implicar movimiento, normalmente por la ciudad. Yo tenía más en mente al Nadador de Cheever, el relato y más todavía la película de Burt Lancaster, con ese prodigioso manejo del tiempo, ese personaje que comienza pletórico y se va apagando trágicamente con la caída del sol. El plan inicial era que Segismundo recorriese toda la ciudad de sótano en sótano, como aquel iba de piscina en piscina.

La novela trabaja en un plano temporal que es casi (pero solo casi) el nuestro… Es una distopía paradójica, porque huye de lo apocalíptico.

No quería que fuese una novela distópica, estoy muy cansado de tanta distopía rutinaria. La novela mira al futuro, un futuro cercano, y en lo posible un futuro no distópico. Me preocupa nuestra incapacidad como creadores, pero sobre todo como sociedad, de imaginar y narrar un futuro que no sea distópico.

Me preocupa nuestra incapacidad como creadores, pero sobre todo como sociedad, de imaginar y narrar un futuro que no sea distópico

Pese al trasfondo «optimista» que palpo, no puedo abstraerme a la idea de que la novela transcurre en un «después de…» y que ese algo, nunca concretado del todo, fue catastrófico. ¿Crees necesaria la catarsis? ¿O es solo un motor narrativo?

Yo creo que es más bien una novela «antes de». Antes del colapso, ese que ya es parte de nuestra conversación, la asunción de que algo ocurrirá, algo saldrá mal y llegará el colapso. De manera retorcida, leyendo a la contra a Segismundo, intento decir que no es tarde, que no estamos condenados al colapso inevitable.

Quizá es un poco pronto aun, pero ¿crees que sentirás vértigo cara a la siguiente novela después de haber ganado un premio como este?

Llevo ya unos cuantos años y libros, y también unos cuantos premios. El Biblioteca Breve no es cualquier premio, lo sé, y siento que el próximo libro tendrá que estar a la altura del premio, ser un libro propio de un Breve. Pero el vértigo suele ser otro, la exigencia y la presión vienen por otro lado: la frustración (maravillosa frustración, hay que decirlo) de comprobar que cada libro es el primero, que no vale de mucho lo anterior, que en literatura no son tan decisivas la madurez o el aprendizaje, sino que por el contrario aumentan la exigencia y la conciencia de lo escrito.

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