Ficción

Soledad

Foto: Juan Álvarez Ajamil (DP).

Toco su timbre.

Me abre y se abalanzan la canela, el café, dos ojos como banderas. ¿Querés pasar? Sillón, sala de espera, malvones y ortigas, tocadiscos, sillas de mimbre. Botellas de whisky y de anís.

-¿Qué te pongo, linda?

-Me ponés feliz.

Me decido entre sus discos, mientras se apresura a llenar los vasos y se acomoda el pelo, como ordenando las ideas o exorcizándolas.

Me ronronea la oreja, aletea, muerde campanilla, se despeja en el espejo mientras el mundo cobra un poco de sentido, pero sólo el justo.

Apurada como una pantera entre rejas me recita tres veces a Rilke. Está –pienso- al menos tan loca como yo.

Calor seco de boca, que se cura rápidamente entre lenguas danzantes. Desesperadas tomas de brazos, escasas respiraciones, ojos cerrados bien abiertos. Una imagen de playa espejada perfectamente por la luna me cruza hacia el umbral de las caricias, en un sospechoso pero bello paseo de aguas calmas, tregua que dura lo que un ensueño diurno de oficinista. Con dedos de artista hace su Van Gogh en mis piernas, en el leve cielo de los ateos, en el orgulloso círculo de las decisiones que se acaba en el pecho, al cual le da una atención inusitada. Me jura que estudió algún masaje exótico, le creo en mis hombros, me calla con el índice. Me dejo someter encantado por tanta salvaje dulzura. No diré nada de sus pechos apresurados, ni sus piernas de las que, en esa posición, no puedo dar fe -acaso porque la vergüenza es casi siempre un relato del pasado-.

Si diré que, al fin, me tocó tomar el mando, aunque a eso no le llamaría yo control. Le besé tres veces literalmente la risa. Apoyé mis palmas en sus pechos como quien mira hambriento el vidrio de una panadería. Me acontecí. Nos acontecimos mientras mi boca humedecida se tomaba una siesta de respirar, que la nariz cobraba. Sentí la estocada de sus uñas como si me hubiesen crecido alas en los hombros. Se quedó en escombros y floreció. Hice rotar la tierra sólo por tocar el voluptuoso Ecuador. Me aferré a sus hombros como viejo a los recuerdos. ¡Qué mal la deben pasar los cuerdos!  Por respeto a los religiosos y a los impresionables, no intentaré descifrar la intensidad de las embestidas, ni recordar su cara de dientes visiblemente perfectos, el momento en que el alma le abandona los ojos, su majestad ebónica elocuencia onomatopéyica. Tres terremotos, dos tsunamis, ninguna víctima. El pasto húmedo de después de la lluvia. Cinco muertes, dos renacidos.

Afuera es invierno, porque veo caer unas plumas gélidas y perezosas sobre el viejo empedrado del barrio de siempre, ese barrio del que nunca se sale una vez nacido. Muele y transforma en néctar un café casi rojo, sin azúcar ni edulcorantes, en esas cafeteras que tienen tan a gusto los franceses y parecen más bien teteras.

-Me estoy enamorando de vos- le dije.

-¿No estarás exagerando? Contestó. Tuve un sueño raro.

-¿Cuáles sueños no lo son?

-Pero este era feliz. Me miraba en el espejo y tarareaba una antigua canción.

-No hay sonidos en los sueños.

-No importa, calla. ¿No ves que el silencio te queda mejor?

-Está nevando.

-Ya que no puedes callarte, te contaré mi sueño:

«Estaba tarareando una antigua canción, y tenía la sensación de estar pálida, como esperando un augurio, aunque claro, no podía verme. Recurrí al espejo una y otra vez, y, de golpe, este estaba espeso, danzante. Luego tomó un intenso color café, y mis ojos se volvían rojos y mi nariz parecía sonreír o decir que no, como un conejo. Tantas veces dije que no, que el espejo volvió a su color y forma original. Entonces comenzó a desquebrajarse, pero no en un estallido, sino lentamente. Los pedazos de espejo caían sobre el suelo y yo me los tragaba, los saboreaba con el sabor de mi propia sangre. De las comisuras de mis labios, como vómitos de lava, salían personas: mi madre, un policía, el hombre que me tocó demasiado, la rígida directora de mi colegio de monjas». Y tú. Luego aparecías tú.

-¿Y qué forma tenía?

-Eras tú, pero tenías alas.

-Como un ángel.

-Como un águila.

Callé. Tenía frío. Vestía apenas unos shorts y una remera.

-Hace mucho frío para que te vayas.

-Aun así, ya va siendo mi hora.  Tengo que irme, preciosa.

-Ya. Pero afuera es peligroso. Los vampiros salen ya a esta hora.

Reí.

-Esas cosas no existen.

-Deberías mirarte al espejo.

-No quiero.

La ventana tiene, en mis ojos, mucha cara de puerta. La ciudad es angulosa, vertical, encantadora, antigua. Esa maldita iglesia gótica me eriza, y no en el buen sentido. Dos figuras negras se divisan, a lo lejos. La calle es de piedra, y de piedra soy yo.

-Pedro, ven a mí una vez más. Tengo frío, y tú también.

Creo en el calor. Quiero creer en el calor. La abrazo, se duerme, nos dormimos cree ella. Yo no puedo sino rascarme el insmonio como un perro sarnoso. Recordar a través del alprazolam y el vodka y los tiempos en que no creía en mí mismo como llegué a estar aquí.

Y ya no sé si es el pasado o el presente, mi amigo, no lo sé.

Nos besamos como dos enamorados. No lo éramos, a todas luces, pero en la noche y en lo oscuro no hay sombra. Pero también comenzó a haber sombra, una sombra de la oscuridad. Y su sombra y mi sombra anduvieron siendo la misma sombra esa noche que fue todas las noches y cuando desperté, me comía un espejo y vomitaba, vomitaba rabioso al hombre que fui, al hombre que soy todas las noches, sangre vomitando una voz que decía necia y ronca todas las mujeres que no amé, todas las veces que quise amarme y no pude, todos los hombres que soy y seré, y me vi con un vestido, esperando, callado, en ese departamento de malvones y ortigas.

Eran las doce. Alguien se había comido todas las palomas, porque la catedral andaba huérfana. Debajo caminaban dos personas absolutamente de negro. Y molí el café. Y lo puse sobre esa cafetera que parece una tetera. Y cayó sobre mi vestido. Y ella –que era él- puso sus dedos largos sobre mi timbre. Y sus dedos largos tocaron mis pechos, mi sangre tocaron, mi vergüenza, mi nariz. Tocaron mi sexo y se tocaron, y ya no pudimos tocarnos nunca más. Porque tocarla era tocarme. Porque ella y yo somos ahora una sola figura triste que se mira en el espejo. Y que nunca muere. Porque al fin no estamos solos.


Con la colaboración del Máster en Creación Literaria de la BSM-UPF, dirigido por Jorge Carrión y José María Micó, catorce años formando a escritores de España y América Latina. Más información aquí.

Pablo Cavalieri Tudurí (Montevideo, 1982) es psicólogo clínico y egresado del Máster en Creación Literaria por la Universidad Pompeu Fabra-BSM. Ha colaborado como docente en distintas universidades – la Universidad CLAEH y Universidad Católica del Uruguay entre ellas- en las áreas de psicología y comunicación desde el año 2006, y con numerosos artistas en la creación de obras de cine, teatro, poesía y música.

4 Comentarios

  1. Nelson Guerra

    Original y provocador. Felicitaciones.

    • Pablo Cavalieri

      Querido Nelson: has elegido las palabras justas que me hubiera gustado escuchar de alguien con tu trayectoria y talento. No sabes lo bien que le hacen a aquello que en mí se parece a un alma. Gracias.

  2. Pablo, te leo y en mi rostro aparece una sonrisa.
    Muchas felicidades.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

*