Ficción

Nube rosa

Apesadumbrado no me encuentro. Más bien contento, animado, caliente.

Caliente, caliente.

Creo que así dice una canción de… ¿Rafaella Carrá?

Sí. Así dice una canción de Rafaella Carrá. Lo acabo de comprobar en la internet.

Me recuerda a mi mamá y a un grupo de amigas peruanas que solían poner rica música en sus cumpleaños en su casa y en reuniones en general, cuando querían armar la fiesta.

Ahí estaba Rafaella Carrá. Rafaella Carrá ardía. Encendía la máquina y la ponía a andar.

Pero de Rafaella Carrá no iba a hablar.

Iba a hablar del día hermoso que hace hoy. Un cielo tibio y amarillo. Un cielo que no está hecho para el olvido.

He alzado la mano y señalado al cielo: hoy quiero que del cielo caiga una nube rosa. Aunque hoy no hay nubes rosas, es lo que he pedido en mi pecho interno.

Así que la nube rosa ha caído. Ha caído encima de dos chicas que caminaban de la mano, una pareja tan espectacular que cualquier hombre que las viera diría: mierda, una lástima… Así que la nube rosa ha caído en sus cabezas y las ha hecho añicos.

La nube era pesada. Yo no quería que eso pasara.

Las chicas entonces han espabilado y se han mirado sin ojos y sus cuerpos, automáticamente, han empezado a recoger el estropicio. Se han ido a una esquina, allí donde hay una banca con una mesa donde suelen caer tanto abuelitos como drogadictos.

Se han mirado otra vez sin ojos; una le ha hecho un gesto a la otra, se han hablado con mímicas.

He querido gritarles que lo que les ha caído es una nube rosa. Y que las nubes rosas no son cosa mala, son cosa buena, de la buena suerte.

Pero no les he podido decir nada.

No sé por qué pero pensé que en ese instante nada más ocurriría; ya me iba a meter a la sala, cuando de pronto escuché voces; las voces se convirtieron en gritos. Los gritos, en aplausos.

Las chicas estaban siendo animadas a reconstruir sus cabezas con sus propias manos. Alrededor de ellas había otras mujeres y niños y ancianos.

Dudé que pudieran hacer lo imposible; en lo que llevo de vida nunca he visto a nadie reconstruir su propio cuerpo; ni siquiera en las ficciones más atrevidas se ha visto semejante cosa.

Tuve que aguzar bien la vista y alargar el pescuezo para no perderme los detalles. Y así fue como ocurrió: en menos de lo que vuela una piedra una de las chicas tenía su cabeza ya restaurada. En el procedimiento vi cómo la que tenía el pantalón más holgado fue seleccionando pieza por pieza, como si de un rompecabezas se tratara. Movía la mano muy pausadamente, usaba los dedos para medir las distancias entre cuello y quijada, cuello y nariz, y luego boca y ojos. Y así lo consiguió, fue un milagro de la naturaleza.

Su compañera volvía a ver y hasta sonreía; y la gente… ni qué decir de la gente; hubo dos o tres que les lanzaron billetes de veinte o cincuenta euros y pegaron gritos de emoción.

—¡Vivan, vivan las mujeres sin cabeza!

—¡Son una maravilla!

Cuando le llegó el turno a la otra hubo una pausa; esta pidió al público que se callara.

Aunque tardó media hora más también logró lo que quería: restaurar la cabeza de su chica.

—Mierda, dijo entonces la de los pantalones anchos, cómo lo has hecho.

—No lo sé, no lo sé. Para mí ha sido como un sueño.

Y se fueron; se tomaron de la mano y desaparecieron por una calle amarilla envueltas de gente.


Con la colaboración del Máster en Creación Literaria de la BSM-UPF, dirigido por Jorge Carrión y José María Micó, catorce años formando a escritores de España y América Latina. Más información aquí.

Carlos Franco Fernández, 1985. Periodista peruano, limeño, friolento. Duerme con una araña en su cuarto; y vive en Barcelona desde hace no mucho, tres años nomás. En Lima trabajó como periodista y decidió mover el culo a las europas para ver, aprender, vivir. Hizo el máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra. Y ahora no teme jugar con las letras frente a una pantalla, aunque muchas veces las letras juegan con él.

Un comentario

  1. Pingback: Nube rosa – Escribo porque escribo

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