Tempus fugit

Muerte del artista Amedeo Modigliani

Tempus fugit: quarta septimana

Desnudo acostado (Amadeo Modigliani, 1917)

24 de enero. Muerte del artista Amedeo Modigliani

Cuando vemos una pintura o una escultura del colombiano Fernando Botero, la reconocemos enseguida; su lenguaje, tan particular, hace que todos los protagonistas de sus obras parezcan gordos, lo que es un craso error: no son gordos, están inflados. En realidad, tienen una característica peculiar y es que el volumen se impone sobre la forma y el color, como si Botero se decidiera primero por expresar una corpulencia no natural y después se ocupara de la perspectiva, la composición, los tonos, luces y sombras y todo aquello que combina una producción tan reconocible por los especialistas y no especialistas.

En el otro extremo se sitúa la obra de otro escultor y pintor llamado Amedeo Modigliani: sus figuras son siempre flacas flaquísimas, alargadas, lineales o filamentosas. Ese fue su lenguaje, el que elaboró después de un proceso de aprendizaje que se inició en su ciudad natal, Livorno, el puerto italiano al que llegan los cruceros de los chinos, cercano a Florencia.

Nacido en 1884 en el seno de una familia de origen judío sefardí muy culta que se dedicaba al préstamo y el empréstito, fue el menor de los hermanos y el de salud más debilucha. Era muy creativo y los padres lo encaminaron por la senda del arte desde niño. En 1906 se fue a París y, como todos, entró en contacto con lo más vanguardista del momento: Expresionismo, Cubismo, Surrealismo y todos los ismos que componen lo que conocemos como Primeras Vanguardias.

Además de estos jóvenes con muchas ganas de aprender y procedentes de muy diferentes lugares, llegaban a Europa las obras «primitivas» que traían los colonizadores de África y Asia, así como el arte de culturas ancestrales como la china y la japonesa. El cóctel tenía que ser productivo a la fuerza: desprejuiciados, gamberros, artistas que creaban a todas horas del día mientras se reunían en los cafés parisinos a beberse la noche y a otras cosas que mencionar no quiero.

Modigliani conoció a un escultor rumano, llamado Constantin Brâncuși, y se entusiasmó tanto con su obra que se dedicó a la escultura y fue creando el estilo que le caracteriza. Al cabo de un tiempo se fue deslizando hacia la pintura porque le daba más dinero que la escultura y empezó a hacer retratos, sobre todo femeninos, muy reconocibles por sus cuellos largos, sus ojos almendrados y el modelado fino que suele terminar con un trazo negro delimitando los contornos.

Esculpía y pintaba como un poseso, según las crónicas de la época, y era muy excesivo en su vida general porque también se cuenta de él que se bebía, se fumaba y se metía en el cuerpo lo que le ponían por delante en las noches parisinas. Tuvo infinidad de romances y acabó con una chica de la que tuvo una hija y que debió quedar muy afectada por la relación -como las muchas mujeres de Picasso- cuando Modigliani murió el día 24 de enero de 1920, de una tuberculosis muy complicada. Jeanne, que así se llamaba y que estaba embarazada de nueve meses, se suicidó media hora después de fallecer su amor, tirándose por la ventana del apartamento que compartían.

Los historiadores del Arte que no saben dónde colocar a algunos artistas se han sacado de la manga la llamada «Escuela de París» para meterlos en un apartado de sus textos, sí o sí. Se reúnen así todos aquellos a los que no es posible clasificar dentro de un movimiento como Cubismo o Futurismo porque han tomado de aquí y de allá y han construido su propio lenguaje. Es el caso de Modigliani como lo es el de Botero.

Las obras de uno y de otro son dos extremos de una misma cuerda que sirven para no venirse abajo cuando nos miramos al espejo en estos momentos después de los excesos navideños: en vez de pensar que estamos gordos, podemos alegremente imaginar que vamos a posar para Botero, aunque, si hacemos un poco de dieta, quizá pudiéramos posar para Modigliani. El arte siempre viene a socorrernos.

La conversión de San Pablo (Caravaggio, 1600)

26 de enero. San Pablo y el camino de Damasco

La expresión «ahora caigo» convertida hace unos años en programa de televisión, tiene el mismo significado que epifanía y revelación, o sea, «me doy cuenta». Procede lejanamente de la transformación que sufrió Pablo de Tarso cuando, camino de la ciudad de Damasco, fue cegado por una fortísima luz, cayó de su caballo y escuchó la voz de Jesús que le decía: Saulo ¿por qué me persigues? (según relatan los Hechos de los Apóstoles).

Es una figura esencial y, aunque no estuvo en el núcleo duro de los 12 magníficos, ha recibido el título de apóstol de los gentiles. Su nombre original era Saulo: hijo de un judío, nació en Tarso (Cilicia, actualmente Turquía) y su padre era un fabricante de tiendas de campaña que gozaba de la ciudadanía romana. Durante su juventud estudió con el rabino Gamaliel en Jerusalén donde aprendió el ideal fariseo y se convirtió en perseguidor de los nuevos cristianos y seguidores de Jesús. Según la tradición, estuvo presente en la lapidación de Esteban, el primer mártir, y se encargaba de custodiar las capas de los verdugos.

Cuando, camino de Damasco le pasó lo que le pasó, fue recogido y llevado a la ciudad donde estuvo tres días sin comer ni beber antes de tener la revelación que dio la vuelta a su vida: cambió su nombre por Pablo, se retiró un tiempo a meditar y después de ello se dedicó, como el que más, a predicar el cristianismo. Anduvo por toda la zona de influencia judía y llegó a estar preso en Cesárea y en Roma. Durante el trayecto en barco recaló en Malta donde sufrió la picadura de una víbora de la que salió indemne; estuvo también en Hispania y Oriente para regresar a Roma donde fue decapitado en el año 67. En el lugar de la ejecución se construyó la Abadía de Tre Fontane (Via Laurentiana, Roma) en honor de las tres veces que rebotó su cabeza antes de parar.

Cada 26 de enero se celebra únicamente su conversión, la onomástica es para junio.

Su figura ha sido muy representada en la iconografía cristiana, generalmente en forma de señor mayor, calvo, con barba y espada; cuando se trata de la caída del caballo se le caracteriza como soldado romano y en las imágenes posteriores al Concilio de Trento, que tuvo lugar entre 1545 y 1563, se le representa con mucho pelo, barba, y espadón.

En psicología se conoce como «el camino de Damasco» lo que nos ocurre a las personas cuando, después de un hecho o situación muy traumáticos, nos cambia por completo la vida y, en menor medida, les ocurre a los fumadores que lo dejan y se convierten en antitabaco activísimos o a los que, habiendo sufrido por culpa de adicciones, se convierten en buenísimos terapeutas.

La imagen que me sigue pareciendo más bella es la de Caravaggio: una instantánea de una fuerza demoledora y una perspectiva al mismo tiempo natural y artificiosa de un incidente que fue capaz de cambiar una vida.

Vidrieras de Chagall

27 de enero. Nacimiento del arquitecto Viollet-le Duc

Los estilos medievales son muy apreciados por los amantes del arte; me estoy refiriendo a la gran cantidad de aficionados que tienen el Románico y el Gótico que son, sobre todo el segundo, tan llamativos. Existen otras corrientes como el Mozárabe y el Mudéjar, muy de la península ibérica que se reconocen menos.

El Gótico nos parece el estilazo. Las catedrales, características de la Baja Edad Media, son edificios tremendos que todavía nos asombran por su ligereza o por la altura de sus naves. Nos embelesan sus vidrieras narrativas (o no) que llenan de luz celestial el interior de esos templos invitándonos a la elevación del espíritu o al asombro. Tiene tanto poderío el estilo gótico que muchas veces pasamos por alto los añadidos posteriores, los retablos barrocos o neoclásicos y las vidrieras que no corresponden a lo más puro del diseño medieval; es una pena porque los edificios son organismos vivos que se van adaptando a los tiempos: valga como ejemplo que ahora tienen electricidad y calefacción/refrigeración que es lo que toca.

Cada época trae lo suyo, algo que horrorizaba al arquitecto francés Viollet-le-Duc, nacido el 27 de enero de 1814 y considerado el más grande de los constructores góticos. Sí, constructor o reconstructor del estilo medieval, pero en el siglo XIX.

Según su pensamiento, las restauraciones deben reflejar enteramente el espíritu en el que fue concebido el edificio original y se deben eliminar, por lo tanto, todos los añadidos posteriores. Suyas son la mayor parte de las intervenciones que se hicieron en Francia sobre las catedrales medievales y en ellas se suprimieron los elementos que no se correspondían con aquel espíritu puro que él trataba de rescatar. Se dice de él que fue el mayor arquitecto gótico, aunque nacido siglos después y se permitió construir elementos nuevos allí donde los originales no fueron terminados, pero siempre según los planos que dejaron los primeros constructores.

Esta corriente tiene muchas ventajas: contemplamos «lo que fueron» con toda la fidelidad con que se concibieron en su día y con todo su esplendor, como ocurre con su obra más visitada: la Sainte-Chapelle de París (Palacio de Justicia, Ile de la Cité), mandada construir por el rey Luís IX en 1230 como gran relicario de los elementos de la pasión de Cristo o con la propia Notre Dame de París, ahora tan revisada después del incendio de 2019.

Pero ¿cómo no extasiarse ante las magníficas vidrieras –surrealistas- de Marc Chagall en la catedral de Reims? Menos mal que Viollet-le-Duc vivió en el siglo XIX y las vidrieras del pintor ruso se inauguraron en 1974; no le dio tiempo a verlas, aunque cabe que se removiera en su tumba. Los tiempos son los tiempos y hay que ir adaptándose a ellos. Creo yo.


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