Crónicas desorbitadas

Mark Fisher y la lenta cancelación del futuro

 

El 13 de enero de 2017, hace ahora cinco años, Mark Fisher se suicidó en su casa de Suffolk. La muerte, el suicidio, suponen siempre una experiencia catártica para aquellos que están alrededor del fallecido, pero en algunas ocasiones esta desaparición traspasa el umbral de ese círculo cercano y se proyecta hacia la esfera pública. Es algo que pudimos comprobar hace poco en España, con el aluvión de artículos y columnas de opinión que anegó la prensa tras la muerte de Verónica Forqué. En el caso de Fisher no existió tanta presión mediática: después de todo, no se trataba exactamente de un personaje famoso, sino de un escritor y profesor universitario, especializado en crítica cultural y teoría política. Sin embargo, su repentina ausencia provocó un auténtico cataclismo entre compañeros y amigos, un nutrido grupo en el que se encontraban algunos de los mejores periodistas, filósofos y pensadores de Inglaterra. Uno de ellos, David Stubbs, comparó su muerte con «un enorme cráter en la vida intelectual moderna». Simon Reynolds, por su parte, lo definió como «el último de una raza en extinción: la del crítico musical como profeta».

Las razones para este duelo colectivo tenían que ver con las virtudes como escritor y teórico de Fisher, pero también por su capacidad para describir, de una forma sencilla y asequible, la manera en la que la agenda neoliberal ha permeado muchos estratos de la sociedad. Lejos de escribir de teoría con un estilo seco y descontextualizado, prefería trufar sus ensayos con referencias a la cultura pop: no escribía para presumir delante de otros académicos, sino para que sus ideas llegaran al mayor número posible de personas, con independencia de su formación. Le preocupaba en particular la salud mental, y sobre todo la manera en que un problema creciente, las depresiones y enfermedades mentales debidas a nuestro modo de vida, habían dejado de ser cuestiones de salud general para convertirse en asuntos personales: una auténtica privatización del dolor. Matt Colquhoun, aquejado también de depresiones crónicas, explica en su libro Egreso. Sobre comunidad, duelo y Mark Fisher (Caja Negra, 2021) el modo en que esta clarividencia había atraído a muchos de sus compañeros hasta las clases que Fisher impartía en la Universidad de Goldsmiths. En ese sentido, la muerte de su maestro solo se podía entender como un fracaso colectivo, y el duelo consecuente, como un ritual purificador que necesariamente tenían que pasar en comunidad.

Bueno para nada

Nacido en 1968, el joven Fisher creció a caballo entre las décadas de los ochenta y los noventa, alimentado por la televisión pública y la pujante cultura del vídeo doméstico, por la ciencia ficción y la literatura fantástica de H.P. Lovecraft, por las excelentes revistas musicales que existían entonces en Inglaterra y el post-punk de bandas como Gang Of Four, The Fall o Joy Division. Durante su paso por la Universidad de Warwick amplió esta dieta con la filosofía, y a mediados de los noventa entró a formar parte de la Cybernetic Culture Research Unit (CCRU), una célula ligada de manera difusa a la universidad, que el crítico Simon Reynolds definió como «el equivalente académico del Coronel Kurtz de Apocalypse Now».

Bajo el mando del polémico Nick Land, la CCRU investigaba las nuevas relaciones que surgían entre la cultura tradicional y una cibercultura en rápida expansión. Estudios que se traducían en publicaciones de discurso hermético y surrealista, que replicaban los métodos de sampling de la música electrónica. Eso significaba mezclar conceptos tan lejanos en apariencia como la estética ciberpunk y las teorías de Freud, la decadencia del socialismo y la música jungle, la cultura pulp y el nihilismo tecnológico. Fue en ese entorno donde Fisher conoció a varios de sus futuros aliados, como el teórico Kodwo Eshun o el músico Steve Goodman (más conocido como Kode 9), y donde aprendió las herramientas que le permitirían dar forma a k-punk, el blog con el que cimentó su reputación.

A principios de la década siguiente, tras terminar su tesis y empezar a dar clases en Further Education (un sistema de estudios públicos, parecido a la Formación Profesional española), Fisher sufría los síntomas de una depresión crónica, alimentada por «la frustración que suponía trabajar en el sector público en la Gran Bretaña de Blair». Abrir un blog, en esa situación, le permitió reencontrarse con la escritura sin tener que asumir las traumáticas demandas de una publicación académica; un espacio más flexible e informal, una especie de campo de juegos. Por supuesto, pronto descubrió que el nivel de exigencia podía ser incluso más alto. «No hay nada que te haga tan consciente del público para el que escribes como los blogs», confesó en una entrevista años más tarde, «las publicaciones en papel no se comparan».

Para entonces, k-punk se había convertido en el centro de gravedad de una comunidad creciente de blogs, algunos tan populares como el Hyperdub de Steve Goodman o el Blissblog de Simon Reynolds. Según este último, se trataba de un ecosistema «poblado de autodidactas, investigadores independientes, académicos desencantados y excéntricos de toda clase, que formulaban teorías y saqueaban las obras de los pensadores famosos en busca de conceptos y herramientas analíticas, para poder usarlas de un modo no convencional». Todos ellos posteaban en sus propios blogs y comentaban en los otros, dando forma a una extraña construcción colaborativa, un manifiesto que crecía y se ramificaba con la vertiginosa rapidez que facilitaban las conexiones a internet.

La libertad del blog también permitió a Fisher «continuar un discurso que se había iniciado en la prensa musical y las escuelas de arte, pero que casi había desaparecido, provocando consecuencias culturales y políticas espantosas». Se refería a la saludable porosidad que había existido durante décadas entre la cultura popular y la teoría académica: todos los programas de radio y televisión, las secciones en prensa escrita y revistas especializadas que acercaban la cultura y el pensamiento académico a las capas más desfavorecidas de la sociedad. El tipo de espacios que, como el resto de los servicios públicos en tiempos del neoliberalismo, se habían desmantelado poco a poco, en favor de un modelo más espectacular y lucrativo. Para Fisher, un chico de clase obrera que se había criado con la televisión y las revistas, era imprescindible recuperar esa voluntad de servicio, aunque fuera desde el exilio de internet. Por eso, en su blog se alternaban las entradas dedicadas a la música, el cine comercial y las series de televisión con otras que hablaban de libros, política o salud mental. Temas que muchas veces se mezclaban, confundían y entrelazaban, gracias a la inmensa capacidad de Fisher para tender puentes y desbrozar caminos, para exponer sus ideas con un lenguaje asequible y luminoso, que cualquiera pudiera entender. El modelo a seguir era el Greil Marcus de Rastros de carmín y su idea de que «el pop solo podía tener un significado si dejaba de ser solamente música, si reverberaba con una política que no tuviera nada que ver con el parlamentarismo capitalista y una filosofía que no tuviera nada que ver con la academia».

La cultura como síntoma

Fisher tuvo ocasión de llevar más lejos aquel objetivo a partir de 2009, cuando le ofrecieron dirigir un nuevo sello editorial junto al novelista Tariq Goddard. El ideal de Zer0 Books pasaba por «establecer un para-espacio entre la teoría y la cultura popular, entre el ciberespacio y la universidad». Tenía que insistir en «algo obvio, pero que el reduccionismo imbécil de los medios neoliberales nos quiere hacer olvidar: la escritura seria no tiene por qué ser opaca e incomprensible, y la escritura popular no tiene por qué ser facilista». Un propósito que no tardaron mucho tiempo en cumplir.

Escrito y publicado en un tiempo récord, poco después de la muerte del cantante, Jacksonismo. Michael Jackson como síntoma (Caja Negra, 2014) reunía varios textos alrededor de la figura de Jackson, la primera megaestrella de la era neoliberal. Algunos de aquellos escritos estaban realizados desde un punto de vista estrictamente musical, pero eran mucho más interesantes los que relacionaban su carrera con los movimientos sociales y económicos que habían sacudido el mundo durante su breve reinado. Si su fulgurante ascenso como figura mediática había comenzado con la llegada de Thatcher y Reagan al poder, en un entorno dominado por la aparición de la MTV y de la cultura del VHS, el auge del consumismo y la globalización, su muerte se produjo en el momento justo en que aquel sistema de realidad colapsaba con el rescate a los bancos y la llegada de Barack Obama al poder.

Fisher promovió más adelante otro libro colectivo, Post punk: then and now (2016), donde varios autores y artistas reflexionaban sobre la escena de bandas que, surgidas en Inglaterra a finales de los setenta, mezclaban la rabia y la emergencia del punk con herramientas y sonidos experimentales. En la elección de aquella escena pesaba un componente generacional, puesto que Fisher y los otros dos editores del libro, Kodwo Eshun y Gavin Butt, eran adolescentes cuando se produjo aquel breve estallido de invención musical. Pero también una casualidad temporal: los años más fértiles del post-punk coincidieron con la llegada al poder de Margaret Thatcher. Y a pesar de la atmósfera opresiva y fatalista que respiraba el país, aquellas bandas demostraron que «la cultura podía ser popular, experimental e intelectual, todo ello al mismo tiempo».

 

 

 

Una sociedad privatizada

A la vez que el volumen sobre Michael Jackson, Fisher publicó su libro más conocido. Realismo capitalista (Caja Negra, 2016) es un lúcido ensayo acerca de la manera en la que el capitalismo neoliberal se ha infiltrado en todos los aspectos de la vida cotidiana, hasta crear un marco del que parece imposible liberarse. En el punto de partida hay un conocido eslogan de Margaret Thatcher, «no hay alternativa», que dio legitimidad al sistema económico actual, que organiza la sociedad en base a los negocios y el libre mercado. Pero también una sentencia del filósofo Fredric Jameson, «es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo», que demuestra lo extendida que está la idea de que ni siquiera es posible imaginar una alternativa a este sistema.

Para desmontar esta idea, Fisher utiliza un arsenal de referencias a la cultura popular, de manera que sus argumentos calen con mucha más facilidad. Así, la película Hijos de los hombres se muestra como un perfecto ejemplo de la destrucción del espacio público, mientras que el simpático robot Wall-E sirve para desarmar otra consigna habitual del capitalismo: que los recursos naturales son infinitos, incluso cuando estos desaparecieron hace mucho tiempo. Hay también reflexiones acerca de la destrucción de los sindicatos y de su incapacidad para adaptarse a una realidad postfordista, del fracaso que ha supuesto para la izquierda asumir con resignación muchos de los dictados neoliberales, y de cómo han cambiado las relaciones laborales, obligando a muchos trabajadores a convertirse en pequeñas empresas en miniatura. Un discurso similar al que William Deresiewicz desarrolla en su excelente ensayo La muerte del artista.

Los fragmentos más sombríos son los dedicados a la educación y la salud mental, dos cuestiones que conocía muy bien. Describe el implacable proceso de burocratización que entierra a los profesores bajo montañas de informes y evaluaciones; la trampa que supone para los estudiantes elegir entre una educación que no les satisface y unas perspectivas laborales inexistentes; las situaciones de estrés y depresión que se han multiplicado a consecuencia de cómo está organizada la sociedad, y que se tratan de manera privada, a base de antidepresivos y terapias condenadas de antemano al fracaso. Casi resulta sorprendente que Fisher encuentre motivos para el optimismo en la conclusión del libro, el deseo de construir «una modernidad alternativa» que permita reconfigurar la esfera pública hacia un modelo que, esta vez, no puede ser «el de una centralización estatal como la que se dio en el siglo XX».

Nostalgia del modernismo

Los otros dos libros que terminó Fisher en vida son, en realidad, selecciones de artículos publicados con anterioridad, modificados y ampliados para formar un discurso coherente. Lo que no resta ningún ápice de fuerza a Los fantasmas de mi vida. Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos (Caja Negra, 2018), un volumen que parte de una tesis ya expuesta en Realismo capitalista: que el fracaso del futuro al que parecemos abocados es el principal culpable de que la escena cultural que nos rodea desde hace veinte años esté repleta de revivalismos y pastiches. En ese sentido, el gran problema del siglo XXI es que todavía no ha comenzado, su fracaso consiste en que nos ha dejado varados en algún lugar indeterminado entre el presente y el futuro; un lugar en el que progreso y porvenir ya no son sinónimos. La tesis puede parecer similar a la que establecía Simon Reynolds en el popular ensayo Retromanía. La adicción del pop a su propio pasado, con la diferencia de que Reynolds pone el acento en la potencia centrifugadora de internet como el agente que se encarga de deshilachar el continuo temporal, y Fisher prefiere investigar las razones que existen tras la recuperación obsesiva de ciertas épocas y momentos del pasado: ¿qué tipo de futuro esperábamos cuando hicimos esto?

La hauntología, adaptación particular de un antiguo concepto de Jacques Derrida, surge entonces como una etiqueta capaz de acoger a una serie de artistas «envueltos en una abrumadora melancolía y preocupados por el modo en el que la tecnología materializa la memoria». Músicos como Burial, The Caretaker, Philip Jeck, los artistas afiliados al sello Ghost Dog o Mordant Music, que invocan espectros de tiempos pasados en un esfuerzo por alterar la línea temporal y dibujar esos futuros alternativos que nunca sucedieron. Pero también directores de cine, que filtran estos mismos conceptos a través de películas como El resplandor de Kubrick, Inception de Christopher Nolan, o la serie policíaca Life On Mars.

En comparación con el volumen anterior, Lo raro y lo espeluznante (Alpha Decay, 2018) supone un ejercicio más ligero, al menos en apariencia. Liberado casi por completo de consideraciones políticas, los ensayos que conforman este libro demuestran el músculo prodigioso que tenía Fisher para la crítica cultural y para descubrir relaciones entre artistas de origen diverso. En general, el contenido del libro se refiere a dos de los géneros fantásticos a los que el autor era aficionado: el terror y la ciencia ficción. Dos géneros que juegan continuamente con lo raro, que podríamos definir como «aquello que no debería estar allí», la irrupción de un ente extraño en el terreno de lo doméstico, y lo espeluznante, que se puede resumir como “aquello que no está”, ya se trate de la aparición de una presencia donde no debería haber nada, o de la ausencia de una presencia donde debería haber algo. A partir de aquí, se monta un carrusel por el que desfilan Lovecraft y H.G. Wells, David Lynch y The Fall, R.W. Fassbinder y Philip K. Dick, Andrei Tarkovski y Christopher Nolan. Clásicos que, en manos de Fisher, parecen iluminados de una manera distinta.

Tenemos que inventar el futuro

Como si se tratara de un chiste retorcido alrededor de sus propias ideas, la muerte de Mark Fisher no significó una cancelación de su propio futuro. Repeater, la editorial que fundó después de algunos desencuentros con los propietarios de Zer0, publicó en 2018 el monumental K-punk, una colección que reunía entradas de su blog, artículos escritos para diferentes publicaciones, textos que habían permanecido inéditos y varias entrevistas. Un auténtico ladrillo, que superaba las 800 páginas y el kilo de peso en su versión original, pero que Caja Negra ha dividido en tres volúmenes más manejables para la edición en español. Tres volúmenes separados por las distintas temáticas que interesaban al autor: libros, películas y televisión, música, política y reflexiones personales, en los que es posible encontrar textos brillantes sobre algunas de las obsesiones de Fisher (Batman, Ballard), lecturas de series y películas desde su particular óptica y artículos que provocaron un gran revuelo en el momento de su publicación, como «Bueno para nada», donde se sinceraba acerca de su depresión crónica, o «Salir del castillo de fantasmas», un alegato contrario a la cultura de la cancelación.

Sin duda, lo más interesante de todo el paquete (y esto es mucho decir) lo constituye la introducción del que iba a ser su siguiente libro, Comunismo ácido. Según se desprende de las páginas escritas, su intención era volver la vista atrás y estudiar las décadas de los sesenta y los setenta desde la perspectiva de los avances sociales que se produjeron en ellas. También, analizar los enormes esfuerzos que tuvo que realizar el neoliberalismo para contrarrestar esa imparable «revolución social y psíquica de una magnitud casi inconcebible» que se había puesto en marcha. Una revolución que hundía sus raíces en las nuevas percepciones psicodélicas, en los estados alterados que podía provocar y las situaciones en las que el tiempo quedaba suspendido. En mutaciones tan llamativas como las de The Beatles o TheTemptations, que en el plazo de cinco años pasaron de grabar canciones como My girl, donde el amor es de cariz sentimental y pertenece al ámbito de la pareja, a otras como Psychedelic shack, donde el amor es colectivo y se proyecta hacia el exterior. La intención de Fisher, en cualquier caso, pasaba por localizar esos momentos donde un futuro brillante era todavía posible, para reconstruir desde allí un nuevo comunismo ácido, alejado de los viejos totalitarismos, el trabajo alienante y el resentimiento tradicional.

Como decíamos al principio, también se publica estos días Egreso. Sobre comunidad, duelo y Mark Fisher. Su autor, Matt Colquhoun, se encontraba escribiendo un ensayo para la clase de Fisher cuando recibió la noticia de su muerte; un latigazo que sacudió a la comunidad de Goldsmiths, y que a él le sumió en una profunda depresión. Como le sucedió a su maestro con k-punk, fue la escritura de este volumen lo que le permitió canalizar toda esa angustia y el sentimiento de pérdida: una sombra que atraviesa las mejores páginas del ensayo. El resto, dedicado a analizar la obra de Fisher y a estudiar su repercusión posterior, las conexiones y enlaces que podían estar ocultos en algunas de sus obras, supone una avalancha de información que, debido a su densidad y al tono académico, puede saturar al lector neófito. No se trata, por tanto, de una buena puerta de entrada al universo de Fisher (los interesados harán mejor en acudir a alguno de los tres libros que escribió en vida), pero los ya convencidos querrán tenerlo en su biblioteca.

 


Egreso. Sobre comunidad, duelo y Mark Fisher
Matt Colquhoun
CAJA NEGRA
(Argentina, 2021)
368 páginas
23,00 €

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