Culture Club

Mamá, quiero ser periodista

Hugh Firmin, encarnado por Anthony Andrews, en la adaptación al cine de «Bajo el volcán» (1984)

Hugh Firmin, hermanastro de Geoffrey Firmin, el borrachuzo y excónsul británico en México, soltó una inolvidable frase en Bajo el volcán, la desbordante novela de Malcolm Lowry que, cierto es confesarlo, leímos en su día con no poca dificultad. La transcribimos tal cual: «El periodismo equivale a la prostitución intelectual y masculina del verbo y la pluma». Quizá no sepa uno desentrañar qué quiere decir, pero suena fantásticamente bien y nos permite fardar a lo Vargas Llosa («Hay que haber leído mucho para mentir con total tranquilidad»).

Una inquisitiva lectura de hoy dirá que Hugh Firmin no es más que un machirulo que lanza ideas patriarcales sobre el periodismo y sobre todo lo que se tercie. Es más, se buscará en su cuenta de Twitter para ver qué salivazos, qué zascas ha ido deslizando este tal Firmin. Recuerda el siempre agudo Daniel Gascón que Twitter es «ese foro de periodistas donde muchos no están».

La corrala nacional está como está. La crispación ha creado una generación de parlanchines arteros y mediáticos que se prodigan por radios y televisiones truculentas. La calle participa de este basural. En cualquier nimio detalle aflora una suerte de ideología rampante. Si en un velador matamos la mosca que ronda nuestro plato, la mesa de al lado podría acusarnos de asesinos, de romper el orden natural de las especies en la Madre Tierra con gestos deplorables como el nuestro. De nada servirá que al ofendido le declamemos de carrerilla El Libro de Job, el poema religioso y ecológico más bello jamás escrito, como le gustaba decir a Chesterton y ante el que lloró de emoción Dostoievski siendo niño, de quien se cumple ahora su bicentenario.

Ser periodista hoy casi te convierte en militante y hasta en conmilitón. Hay que embadurnarse la cara con lodo para salir, como corresponde, al lodazal de ahí fuera. Leemos ahora que se buscan «periodistas de derechas» para nutrir los nuevos cuadros televisivos de la 7NN y La Séptima del ex de Ciudadanos Marcos De Quinto. En Trece, el programa Código Samboal pretende aglutinar el mal llamado espacio conservador para competir en las noches de sábado con el remozado zapaterismo de La Sexta-La Secta. Sí, Zapatero ha vuelto. De la bobería solemne hemos pasado a la figura del pacificador universalista y doblemente siniestro.

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Los medios denuncian la irritación social que ellos mismos fomentan para mantener audiencias ya maleadas. De nuevo Gascón: «La polarización es algo que impulsan los medios mientras presumen de lo contrario». De ahí el auge de los debatódromos, la opiniología visceral y la todología (dícese de la sabiduría exprés de quien de todo sabe y de todo habla). Se idean secciones fanatizadas —Micromachismos— y se producen noticas enfáticas y desmedidas sobre el nuevo calentamiento cerebral. Se corrompe la deseada igualdad de género con la igualación que se prodiga por todo ámbito hasta la corrosión misma de la creación artística (Carlos Boyero, ese verso suelto, lamenta que las Palmas y Conchas otorgadas este año en los festivales de cine respectivos se hayan concedido a directoras por el mero hecho de ser mujeres).

La inagotable atención a las variantes sexuales —lo último es la llamada antrosexualidad— evidencia que el mito de Narciso, recreado desde Caravaggio a los rafaelitas, ha derivado en una ridícula vanagloria del ser y del ombligo. La oscura vanidad —y no una verdadera causa de injusticia— está creando discursos culturales que estimulan la sensación de que el mejunje de las identidades sexuales —#hoy me levanto antrosexual y mañana soy pansexual— es un problema social tan acuciante como pueden serlo el hambre o la pobreza del prójimo.

Por lo que parece, Ana Rosa Quintana es hoy la sibila mañanera que despotrica contra Pedro Sánchez. ¿En qué momento se la invistió de autoridad intelectual para hacerlo? «Soy mejor periodista, mejor persona y reportero gracias al programa Salvados«, dice Gonzo. El susodicho prometió emociones ebrias al adelantar a la audiencia sus entrevistas a Bruce Springsteen y a Obama por el papel de EE.UU. en Afganistán y a Greta Thunberg (tataranieta del más áspero protestantismo nórdico). Cada cual se considera mejor periodista y mejor persona como quiere. Pero no es periodismo, sino efectismo, lo que ha creado la elogiada escuela de Jordi Évole.

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Por si fuera poco, los periodistas que podríamos considerar de otra época o, tal vez, de un mundo ya extinto, se prodigan pesadamente presentando libros de memorias cuasi funerales o bien libros de vieja cocina política, como el de Toni Montesinos acerca del exasesor de Moncloa Iván Redondo. Dudamos que sean de interés para los nuevos usos periodísticos en los tiempos cloacales de la inmediatez.

Aun así, en las mesas de novedades de las librerías nos topamos ahora con Palabra de director, de Pedro J. Ramírez, cuyo largo subtítulo reza «Las memorias del periodista que nunca ha temido a la verdad». Anterior a este es otro título con aroma cien por cien a tostón, escrito por Bieito Rubido: Contar la verdad. Una confesión periodística tras abandonar la dirección de ABC. ¿A quién le importará saber nada de las confesiones del exdirector de un medio perteneciente al mundo periodístico de ayer?

Todo lo contrario que si Ibai Llanos, ejemplo del nuevo periodismo deportivo en red, decidiera ahora poner por escrito sus vivencias como streamer de la League of Legends de la LVP (Liga de Videojuegos Profesional). ¿Quién iba a estar interesado en el libro de una momia vinculado a ABC cuando Ibai Llanos nos puede contar cómo se le ocurrió montar un torneo mundial de globos llamado Balloon World Cup junto con Gerard Piqué? La Palabra de director de Pedro J. Ramírez nos importa un bledo si pudiéramos leer las confesiones del «rey del Internet 2021», tal y como ha nombrado la revista Forbes a Llanos.

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