Horas críticas

Libros de la semana #38

Recomendaciones literarias de la redacción de Mercurio

Con los pies por delante, de Carles Canals (Sloper)

Se ha cumplido este año una década desde la muerte de Carles Canals (1965-2011) tras una larga convalecencia por el carcinoma pancreático, con metástasis en hígado y pulmones, que padeció. Esa experiencia la fue volcando en un blog que tituló como el libro que ahora publica la editorial Sloper, y en el que iba describiendo en tiempo real el proceso de su enfermedad, que era el de su tránsito casi sin remedio a la muerte. «La estadística es contundente: la supervivencia a esta enfermedad en los cuatro años siguientes al diagnóstico es inferior al cinco por ciento; la mayoría de pacientes muere antes de doce meses», escribía en una de sus entradas, ofreciendo ahí de forma implícita la motivación detrás de este proyecto. Él, que querría haber sido escritor mucho antes, decidió contar cómo se iba muriendo «para no tener que hacerlo»; no quería andar repitiendo a unos y otros su estado de salud, «los funestos partes médicos». Una iniciativa en las antípodas de la épica habitual sobre estos temas que vemos en las redes sociales y de esas «retóricas de la guerra» de las que nos hablaba Mariana Enriquez en una entrevista. La enfermedad tiende a ser aburrida y cruel. Periodista, crítico de arte y articulista mallorquín, filólogo de formación y apasionado de todo lo que oliera y supiera a cultura, Canals entregó un importante documento que fue acogido como tal por sus lectores, que fueron creciendo y redoblando sus agradecimientos por tal relato descarnado y donde afloraba a menudo su particular humor negro, que no lo dejó ni en los momentos más oscuros (valga la redundacia); como muestra, el resumen biográfico en su perfil de Twitter: «Nace, crece, practica el periodismo profesional, se cansa y muere». Un texto pertinente también ahora, en unos tiempos pandémicos que han demostrado que, si bien la muerte siempre ha estado igual de acechante, acaso no solemos pensar en ella lo suficiente, o no con el adecuado prisma. Sirva un extracto de este diario fatal para darnos una pauta: «No tengo un gran legado que dejar a quienes leéis estos párrafos. Si se me permite remedar la salmodia bíblica, el afligido no encontrará consuelo, el arrepentido no entreverá la redención. Pero ¿quién sabe? Estas mismas verdades sencillas y ásperas han limado mi desprecio por cuanto afeaba mi mundo chico. Y si bien me rehuyen las ilusiones, tampoco guardo ira o desesperanza. Morir nada tiene de trágico, terrible o triste. Puede conmovernos, pero aun esto puede ser bello y luminoso». Lo es.

 

Estar aquí es espléndido. Vida de Paula M. Becker, de Marie Darrieussecq (Errata Naturae)

Durante los catorce breves años en los cuales Paula Modersohn-Becker (1876-1907) desarrolló su trayectoria artística, realizó no menos de setecientos lienzos y alrededor de un millar de dibujos que brillan por su fuerza expresiva. Pese a ello, en vida vendió apenas cinco lienzos a conocidos. Uno de ellos, el impresionista Heinrich Vogeler, se dedicó a organizarle varias exposiciones tras su muerte (joven, tras dar a luz), quizá movido por la culpa de haberla considerado hasta entonces como poco más que la esposa de su amigo Otto Modersohn. Se habían conocido formando parte de un grupo de artistas independientes en la villa de Worpswede, cerca de Bremen, donde buscaban el retorno a la naturaleza y a la vida sencilla. Aunque la pintora alemana, punta de lanza del expresionismo en la Alemania de fines del siglo XIX, fue compartiendo aquella rutina tranquila con la efervescencia de París, donde se encontraría con creadores coetáneos como Rodin o Monet. Esta inusual biografía tira de empatía y de la semblanza poliédrica —más que hagiográfica— para entender la brillantez y las contradicciones de una artista que se adelantó a la lucha de muchas mujeres por ser consideradas exclusivamente por su obra y no a través de unas lentes cegadas de prejuicios. Supo innovar, sobre todo, mostrándose como era, sin tapujos y sin otra agenda que la de expresarse: sus autorretratos desnuda y embarazada, como los de otras mujeres amamantando a sus bebés, representaron un arte inédito en su época (y aún hoy no son fáciles de ver, al menos en internet). Marie Darrieussecq, que fue saludada como una de las mejores novelistas jóvenes europeas y en 2013 se hizo con el Prix Médicis por su novela Il faut beaucoup aimer les hommes —algo así como Hay que amar mucho a los hombres—, ha colocado siempre a las mujeres en el centro de su obra literaria, compuesta por una veintena de títulos. En este libro y a partir de las cartas, los diarios y sobre todo las obras de Paula M. Becker, teje un relato fragmentado y fascinante con verdadera potencia novelística, de estilo directo pero envolvente, donde «el horror convive con el esplendor», escribe Darrieussecq; «no eludamos el horror de esta historia, si es que una vida es una historia: morir a los treinta y un años con una obra por delante y un bebé de dieciocho días».

 

El terror rojo, de Wenceslao Fernández Flórez (Ediciones 98)

En esta obra autobiográfica, inédita hasta ahora —solo se había publicado en portugués como O Terror Vermelho, y en el año 1938—, el autor narra sus vivencias en un Madrid asediado durante la primera fase de la Guerra Civil, más de un año de temor y angustia «entre excesos salvajes», y de pérdida material y existencial. Perseguido por su condición de cronista parlamentario para el diario ABC, Wenceslao Fernández Flórez (1885-1964), una de nuestras grandes plumas del siglo XX, se vio obligado a esconderse, hasta en dos embajadas, para escapar al fatal destino que parecía esperarle si quedaba a merced de las milicias antifascistas. El escritor y periodista gallego, autor de varias obras maestras indiscutibles como El bosque animado, algunas de ellas adaptadas al cine por directores como Edgar Neville, José Luis Sáenz de Heredia o José Luis Cuerda, deja a un lado el humor propio de su tierra que lo caracterizó, aun manteniendo su habitual poso de desencanto con la realidad, al hallarse «en el vértice de uno de los más terribles acontecimientos de la historia, que alcanzó en los primeros meses el más alto nivel de crueldad y de anarquía al que puede llegar la locura humana», aunque a la vez admite que «nada de lo que ocurrió es excepcional». Seguramente esa desesperación por el conflicto y el hambre se tradujeron en el odio que rezuman algunas de estas páginas hacia ese «populacho típico de todas las revoluciones: infrahombres sucios, mujeres-hiena […], jóvenes desaseados […], toda la gentuza que sufre de fealdad física o de fealdad espiritual […], la que no debería haber nacido si la eugenesia fuese una cosa más que una aspiración humana». En primera persona, con toda la honestidad y crudeza de que es capaz pero sin excesos dramáticos, el autor coruñés se mantiene fiel al estilo documental de su labor como reportero, poniendo en palabras «lo que vio, lo que sufrió y también lo que comprendió, sucintamente y abandonando, por una vez en su vida, la retórica». Aunque las palabras, simples como pueden llegar a ser en tiempos de muerte, no lo abandonaron a él, y con ellas logró armarse. Es de agradecer el esfuerzo encomiable por arrojar luz sobre su obra de Ediciones 98, que tras haber publicado su anterior antología Tragedias de la vida vulgar. Cuentos tristes (1922), también ha lanzado este año la versión novelada de esta traumática experiencia bajo el título Una isla en el mar rojo (1938) y pronto hará lo propio con La novela número 13 (1941), cerrando así su trilogía en torno a este periodo.

 

Black Sun. Cuando editar era una fiesta, de Dominique de Saint-Pern (Fórcola)

Como personajes salidos de una novela de Francis Scott Fitzgerald, la joven pareja norteamericana de prósperos banqueros protagonista de este libro, instalada en la bohemia del París de los años 20, pronto resultó arrebatadora a ojos de propios y extraños, debido sobre todo a su insultante atractivo y opulencia, pero también a la profusión pública de excesos y extravagancias. La periodista, ensayista y novelista Dominique de Saint-Pern, que también ha escrito retratos biográficos de grandes figuras del mundo literario como Dorothy Parker o Karen Blixen, captura el ritmo vertiginoso y vibrante de aquellos tiempos con una prosa plena de ritmo y encomiable afán documental. Mecenas de artistas en diversos formatos y géneros, Caresse y Harry Crosby se empezaron a codear con los vanguardistas Dalí, Brancusi, Cartier-Bresson, Stein, Ray, Picasso, Ernst o Beach. Ellos mismos también fueron creadores además de sensibles a la cultura: ambos poetas, ella escultora además. Los dos lo suficientemente excéntricos y emprendedores como para que el mito creciese: él apasionado de los coches de carreras, ella patentadora del primer sujetador moderno. Unos personajes, decíamos. Juntos fundaron en la capital francesa la editorial Black Sun Press (llamada así por la obsesión de Harry con el simbolismo solar), a través de la que publicaron —en tiradas muy exclusivas, artesanales y en papel de altísima calidad— las primeras obras de muchos modernistas y de grandes firmas de la literatura anglosajona como Hemingway, Joyce, Pound, Wilde, Proust o Lawrence, en una experiencia que supondría otro hito en el cruce de caminos que la Generación Perdida experimentó en las calles parisinas. El origen de este proyecto editorial se narra en la segunda parte del libro, coincidiendo con el desvarío psicológico de Harry, que provoca la crisis de la pareja y que desembocará en el suicidio de él junto a una de sus muchas amantes, tras de lo cual Caresse continuó con su labor editorial en la década de 1940. Una apasionante lectura cuyas virtudes resume bien el prólogo firmado por Jordi Doce, describiéndola como un «fresco seductor escrito con verbo ágil, de rápidas transiciones y saltos súbitos». Los locos años 20 debieron de ser (¿son?) algo bastante parecido.

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  1. Pingback: Wenceslao Fernández Flórez - El terror rojo - Ediciones 98

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